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sábado, noviembre 10, 2012

Apología de la escuela en tiempos complejos


Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el jueves 08 de noviembre de 2012. 

Los tiempos que vivimos –al menos para nosotros- son complejos. Nos enfrentamos cotidianamente a situaciones que no son fácilmente entendibles y mucho menos sencillamente abordables para que tengan solución.
                Ninguna persona nace sabiendo cómo hacer frente al mundo en el que nace, en el que debe realizarse y crear una sociedad viable para vivir con dignidad y transformar la cultura recibida para que los significados y los valores permitan más humanidad y no sólo la perpetuación del status quo.
Es necesaria la educación para que la generación anterior acerque a una nueva a los desafíos de la personalización, la socialización y la inculturación de tal forma que la experiencia de ser humanos sea algo que se comparta y no se deba inventar la humanidad vez por vez; educar es posibilitar desde lo heredado la apertura y a innovación para afrontar los desafíos de la complejidad.
                Tradicionalmente ha correspondido a la familia ser el agente educativo por excelencia. Al menos como planteamiento de inicio, en ella se aprenden las cosas fundamentales para ser humanos.
Pero resulta que hoy esta institución ha quedado sobrepasada: bien sea porque la realidad es demasiado ininteligible, porque todos los miembros del núcleo deben trabajar para afrontar los gastos que supone vivir, porque falta alguno de los padres o porque la escolarización recibida no ha dado instrumentos para sumarse constructivamente al mundo (y a veces no porque hayan faltado años de escuela, sino porque ésta ha sido de ínfima calidad educativa).
                Las instituciones religiosas también han jugado un papel importante en el tema que nos ocupa, pero el desgaste que han sufrido las ha marginado, para muchas personas las iglesias son cada vez menos punto de referencia para formarse personas responsables del mundo.
                En este panorama la escuela es al parecer el último reducto socialmente aceptado para acompañar la educación necesaria para vivir en estos tiempos. Los estudiantes pasan muchas horas allí, interactúan con sus coetáneos y con adultos, de alguna forma reciben el patrimonio cultural de siglos.
                Sí, ¡la escuela tiene un importante rol qué jugar! ¡En sus paredes y más allá de ellas en actos pedagógicos puede haber cosas importantes para un futuro viable! El asunto es cuestión de estar a la altura de semejante demanda.
                Los miembros de una comunidad escolar pueden sembrar semilla de humanidad si tienen claro que su función no es transmitir conocimientos (un enfoque extremadamente reductivo) ni aleccionar a los educandos para que “se porten bien”, como se espera en el orden social establecido, sino educar; es decir: para acompañar los procesos por los cuales una persona responde a su vocación de ser más, con, por y para los demás en el mundo en apertura a la trascendencia.
                Educar es formar personas en el mundo, capaces de valerse por sí mismos confrontándose y colaborando con los demás. En la medida que las instituciones escolares se preparen para ello y diseñen metodologías, currículos, formas de relación que relacionen la vida con las aulas, los pasillos y los patios, podremos todos salir venturosos allí donde las familias y las instituciones religiosas han perdido espacios para compartir que ser humano y crear un mundo humano sí es posible.

viernes, agosto 24, 2012

Un ciclo escolar... ¿para qué?

José Rafael de Regil Vélez
Publicado en Síntesis Tlaxcala, el 24 de agosto de 2012, en la columna Palabras que humanizan. Si quieres conocer más sobre el autor, haz click aquí

Comienza un nuevo ciclo escolar. Las familias tornan a la normalidad, la industria del vestido tiene el despunte veraniego que supone la venta de uniformes escolares y la de los insumos de papelería aprovecha la temporada.
                Hay un gran esfuerzo para que adultos, niños y jóvenes coexistan los próximos diez meses en la escuela. Escolarizar a un país no es barato: millones de pesos diariamente son movidos para que haya sueldos, edificios, tecnología, planes y programas de estudio, evaluación educativa. Todavía más, millones de personas ponen su energía en función de las múltiples actividades que se desprenden del hecho mismo de que alguien “vaya a la escuela”.
                ¿Por qué vale la pena un ciclo escolar? Respuestas hay muchas: para que los niños aprendan cosas, para que obtengan el certificado de la educación básica, la media o un título universitario cuando ya no sean tan niños, para que saquen medallas y reconocimientos cuando dentro de diez meses haya ceremonia de fin de curso.
                Hay quien piensa que vale la pena todo un año en las instituciones educativas porque los hijos podrán salir moralizados, saberse portar mejor, ser “niños buenos” que no contesten, que obedezcan a sus papás, no causen problemas y no se anden embarazando, emborrachando o vaguen de aquí para allá con singular frescura.
                Estas visiones, si bien pueden ser importantes para diversas personas, no justifican el enorme esfuerzo que supone mantener funcionando un sistema educativo nacional.
                El mundo que hoy vivimos está lleno de oportunidades para ser humanos, seres más creativos, críticos, libres, integrados afectivamente, solidarios, abiertos a la trascendencia, al tiempo que padece enormes problemas como la inseguridad, la inestabilidad económica, la explotación del hombre por el hombre en formas neoesclavistas y de trata de personas con fines de explotación sexual, el ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, la migración en condiciones de vulnerabilidad…
                Existen en la realidad multiplicidad de posibilidades favorables y desfavorables que es menester concretar para que haya mujeres y hombres que vivan con dignidad humana. Y esto supone la presencia de personas capaces para afrontar las condiciones que se les presentan, para resolverlos: ciudadanos que construyen un país, una comunidad; patronos que crean empleo y mueven la economía, familiares que respaldan a los suyos y a sus prójimos. Y todo ello está más allá de los dieces, los uniformes, las demostraciones que tanto emocionan en el diez de mayo pero que pueden quedar reducidas a folklore y sentimentalismo.
                Al preguntarme: “un ciclo escolar: ¿para qué?” Por el momento me respondo: para formar ciudadanía, compromiso con el otro, por el otro y para el otro con respuestas no sólo emocionales sino también inteligentes que con lucidez de lo que es y lo que puede ser permita la creatividad que requiere la complejidad de nuestra vida personal, social, política y económica.
                Un ciclo escolar para ensayar en las escuelas algo más que dar clases: propuestas pedagógicas que del aula lleven a la vida y no sólo a los libros, los ejercicios y las calificaciones: educación para ser, amar, construir la comunidad, saber hacer un mundo mejor del que hemos encontrado.

jueves, mayo 06, 2010

domingo, marzo 07, 2010

¿La familia educa y la escuela enseña?

Autora: Yossadara Franco Luna
Publicación: La primera de Puebla, 04 de marzo de 2010

El grito provocador de André Gide “familias, os odio” parece ser que se está sustituyendo hoy
por un suspiro discretamente murmurado: “familias, os echamos de menos”.


Mucho se habla del papel de la familia hoy día, innumerables estudiosos abordan sus problemas lo que quiere decir que una de las temáticas centrales entorno a la educación es si la familia está cumpliendo o no con lo antiguamente establecido. La respuesta es no. Ciertamente está atravesando una crisis, una especie de claroscuro que no sabemos hacia dónde va a resultar.
     La familia tenía un claro papel: conceder al niño la socialización primaria, es decir, convertir al niño, a través del ejemplo, de las recompensas y castigos, de distinguir a nivel primario lo que está bien de lo que está mal, etc., en un miembro estándar de la sociedad; después sería la escuela, los amigos, el lugar de trabajo, etc. los que se encargarían de la socialización secundaria cuyo proceso tiene que ver con adquirir conocimientos y competencias mucho más especializadas. Por lo tanto había una gran distinción entre el ámbito de lo público y lo privado; es decir de lo que pasaba al interior de una familia y fuera de ella. En pocas palabras: del hostil mundo exterior el niño podía refugiarse en su familia
     Bajo esta premisa, entonces podemos decir que la educación familiar gozaba de suma importancia, pues lo que se aprende en ella tiene de una fuerza tal que sirve para resistir, reformular, responder y arreglar las tempestades de la vida. Por lo tanto, la escuela a su vez tenía otro compromiso: seguir el método antidogmático de llegar al máximo conocimiento con el mínimo de prejuicios y ello se lograba a través de dotar de información real al sujeto; entendiendo que al interior de la familia es muy fácil que se reproduzcan los mitos acerca de la vida. Esto se podría resumir en que la familia educa mientras que la escuela enseña.
     Pero como la familia está pasando por una especie de eclipse, su función se está reconfigurando. De hecho hay nuevas funciones económicas, políticas y sociales en expansión; entre ellas claras transformaciones y preocupaciones económicas, cambios en las políticas públicas, nuevas alternativas de lo que hoy se espera de los sujetos, la moda de lo eternamente joven, entre otras variables que hacen que se pierda el objetivo que se tenía que cumplir al interior de un hogar. La pregunta que aquí cabe es ¿Quién se hará cargo de su tarea? ¿Qué hay de la formación de la conciencia tanto moral como social?
     La escuela, por lo tanto, comienza a ser objeto de nuevas demandas, pero no está preparada para asumirlas. Los padres han dejado de lado por desánimo o desconcierto la tarea de formar las pautas mínimas de lo que es conciencia social y las abandonan dejándolas en manos de los maestros y cuando éstos fallan muestran tanta o más irritación, porque de alguna forma saben que es una obligación a la que han rehuido.
     Dado que los padres no ayudan a los hijos con autoridad amorosa, a crecer y prepararse para ser adultos, la escuela comienza a tomar ese papel en sus manos, pero generalmente no se hace con afecto sino por la fuerza y esto no forma ciudadanos adultos libres; además nunca la escuela podrá asumir esa función porque un maestro no es familiar ni amigo de un alumno. Ser amigo de un alumno implica que el maestro piense como un adolescente, tenga gustos de adolescente lo cual no puede ser porque pierde su carácter de educador; y tampoco puede fungir como un familiar porque al interior de la familia se crean cierto tipo de vínculos en los que el educador, por la propia naturaleza de la situación, queda al margen. ¿Qué hará la escuela? ¿Cuál es su papel?
     La tarea actual de la escuela es tratar de encargarse, queriéndolo o no, de muchos elementos de formación básica familiar y me refiero a someter al sujeto en el esfuerzo que implica aprender, a la disciplina que es previa a la enseñanza misma y en esta tarea ocupa mucho de su tiempo y se su espacio; tarea titánica, remunerada con sueldo bajo y muy escaso prestigio social.
     Sería necesario poner en claro ¿cuáles son las consecuencias más importantes que trae consigo el concentrar todo esto en la escuela? ¿Qué hacer ante tal situación?
     Tal parece que es y será tarea de los educadores recapitular cuál es su función y en ese sentido entender que la escuela es y deberá ser una formadora de gente sensata capaz de entender, desde casi todos los ámbitos, los problemas, hacerse consientes de la realidad de nuestros semejantes; quizá ello pueda resultar en un nuevo tipo de familia que de origen a la formación de un sujeto con menos prejuicios y más reflexivo.
     Ello conlleva que hay que disminuir el afán por ir rápido en el aprendizaje. Hay que darle tiempo a los textos, hay que tenerles paciencia.