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viernes, marzo 02, 2012

Prepa para todos



Autora: Celine Armenta, datos del autor haz click aquí
Publicado: e-consulta, 24 de febrero de 2012

     A muchos les pareció fuera de lugar y de tiempo; denunciaron que tras su premura se ocultaban obscenos fines electoreros; y reprobaron su falta de previsiones. Pero yo me niego a destacar los defectos de la reciente reforma constitucional, que ha vuelto obligatoria la educación media superior en el país. Celebro que fuera aprobada unánimemente por las Cámaras de legisladores, y que el titular del Ejecutivo firmara su decreto en días pasados.
     Y me resisto a criticar esta reforma porque el colmo hubiera sido que, para evitar críticas, los jóvenes mexicanos hubieran tenido que esperar aun más la legislación que les promete educación. ¡Por supuesto que hay un trasfondo electorero, pero ello resta pocos méritos al decreto! Y ojalá que el tema educativo siga en la mira de todos los actores políticos para beneficio de México y sus estudiantes.
     La reforma prevé resultados sustanciales para dentro de diez años, aunque desde hoy la sociedad civil debe vigilar que se den pasos firmes para asegurar la oferta universal de una preparatoria pertinente, significativa y de calidad, que brinde a sus graduados la posibilidad de elegir el rumbo de sus vidas adultas.
Cuando se decretó la obligatoriedad del prescolar todos supimos que nada suple a este nivel, pues de él dependen los aprendizajes del resto de la vida. Ahora conviene destacar que la educación media superior tampoco se suple con nada. Los aprendizajes de la adolescencia, cuando la inteligencia ha llegado a una madurez notable, son indispensables para el desempeño exitoso en la compleja sociedad del conocimiento.
     Ahora bien, mi beneplácito ante esta reforma no es ingenuo. Preveo dificultades en la docencia y la infraestructura, en planes de estudio y en perfil de ingreso. Además, hay que considerar que las causas de que hoy día sólo la mitad de estudiantes que concluyeron primaria estén en preparatoria no se consideran siquiera en el decreto de obligatoriedad; ni se deben solamente a que no hay suficientes lugares en las escuelas preparatorias.
Las razones por las que entran tan pocos al bachillerato, y las razones por las cuales la mayoría de los que entran, desertan, son más difíciles de diagnosticar y por tanto, de subsanar. Por ejemplo, hay causas económicas de distintos tipos y gravedad; a ello se suma el desinterés y desánimo de muchos adolescentes para ingresar y, ya dentro, para aprender en una escuela alejada de sus intereses y perspectivas reales. Por si fuera poco, a muchos les falta la preparación necesaria pues cursaron primaria y secundaria deficientes. Y aunque los docentes de preparatoria se están capacitando como nunca en la historia de nuestro país, aún falta mucho por hacer.
     Además, por supuesto, falta dinero. Se requieren presupuestos sustanciales para edificar escuelas, formar y contratar docentes y apoyar económicamente a los estudiantes.
     Aquí es donde los forjadores de esta reforma, tan importante como oportunista y electorera, deberían empeñarse en las otras reformas; por ejemplo, en favor de la eficacia administrativa; contra todas las formas de corrupción e impunidad en los ámbitos educativos; y para descentralizar y democratizar la administración escolar. Además deberían dejar de rehuir la más impopular de todas las reformas: la fiscal. Porque sin ella no se podrán prometer ni asegurar  los recursos necesarios para una educación de calidad. 
Será impopular porque nos gusta saber que México, por el monto de nuestro producto interno bruto, está entre las quince economías más poderosas del mundo. Pero no queremos escuchar que pese a invertir en educación más de 20% del gasto público, o sea casi el doble del porcentaje que invierte la mayoría de las naciones de la OCDE, nuestros niños educación que apenas vale la cuarta parte de lo que reciben los demás niños de la OCDE.
     Es ingenuo pensar que podremos aumentar el porcentaje del presupuesto asignado a educación. Lo que México necesita es una recaudación más amplia, eficiente y equitativa que revierta la situación actual; misma que según Wikipedia, la enciclopedia democrática que todos creamos, corregimos y consumimos, coloca los impuestos de nuestro país, en relación al PIB,  por debajo de los de Etiopía y Guatemala, Liberia y El Salvador; muy por debajo de la República Dominicana, Nicaragua, Senegal y Ghana. Previsiblemente nos coloca muy, muy lejos de Finlandia, Francia, Cuba y Dinamarca, países cuyos sistemas educativos funcionan envidiablemente bien.
La reforma fiscal no será electorera; eso puedo asegurarlo. Pero será histórica. Y eso es lo importante.

lunes, febrero 27, 2012

Prepa para todos


Autora: Celine Armenta datos del autor haz clik aquí
Publicado: e-consulta, 24 de febrero de 2012

     A muchos les pareció fuera de lugar y de tiempo; denunciaron que tras su premura se ocultaban obscenos fines electoreros; y reprobaron su falta de previsiones. Pero yo me niego a destacar los defectos de la reciente reforma constitucional, que ha vuelto obligatoria la educación media superior en el país. Celebro que fuera aprobada unánimemente por las Cámaras de legisladores, y que el titular del Ejecutivo firmara su decreto en días pasados.
     Y me resisto a criticar esta reforma porque el colmo hubiera sido que, para evitar críticas, los jóvenes mexicanos hubieran tenido que esperar aun más la legislación que les promete educación. ¡Por supuesto que hay un trasfondo electorero, pero ello resta pocos méritos al decreto! Y ojalá que el tema educativo siga en la mira de todos los actores políticos para beneficio de México y sus estudiantes.
     La reforma prevé resultados sustanciales para dentro de diez años, aunque desde hoy la sociedad civil debe vigilar que se den pasos firmes para asegurar la oferta universal de una preparatoria pertinente, significativa y de calidad, que brinde a sus graduados la posibilidad de elegir el rumbo de sus vidas adultas.
     Cuando se decretó la obligatoriedad del prescolar todos supimos que nada suple a este nivel, pues de él dependen los aprendizajes del resto de la vida. Ahora conviene destacar que la educación media superior tampoco se suple con nada. Los aprendizajes de la adolescencia, cuando la inteligencia ha llegado a una madurez notable, son indispensables para el desempeño exitoso en la compleja sociedad del conocimiento.
     Ahora bien, mi beneplácito ante esta reforma no es ingenuo. Preveo dificultades en la docencia y la infraestructura, en planes de estudio y en perfil de ingreso. Además, hay que considerar que las causas de que hoy día sólo la mitad de estudiantes que concluyeron primaria estén en preparatoria no se consideran siquiera en el decreto de obligatoriedad; ni se deben solamente a que no hay suficientes lugares en las escuelas preparatorias.
     Las razones por las que entran tan pocos al bachillerato, y las razones por las cuales la mayoría de los que entran, desertan, son más difíciles de diagnosticar y por tanto, de subsanar. Por ejemplo, hay causas económicas de distintos tipos y gravedad; a ello se suma el desinterés y desánimo de muchos adolescentes para ingresar y, ya dentro, para aprender en una escuela alejada de sus intereses y perspectivas reales. Por si fuera poco, a muchos les falta la preparación necesaria pues cursaron primaria y secundaria deficientes. Y aunque los docentes de preparatoria se están capacitando como nunca en la historia de nuestro país, aún falta mucho por hacer.
     Además, por supuesto, falta dinero. Se requieren presupuestos sustanciales para edificar escuelas, formar y contratar docentes y apoyar económicamente a los estudiantes.
     Aquí es donde los forjadores de esta reforma, tan importante como oportunista y electorera, deberían empeñarse en las otras reformas; por ejemplo, en favor de la eficacia administrativa; contra todas las formas de corrupción e impunidad en los ámbitos educativos; y para descentralizar y democratizar la administración escolar. Además deberían dejar de rehuir la más impopular de todas las reformas: la fiscal. Porque sin ella no se podrán prometer ni asegurar  los recursos necesarios para una educación de calidad. 
Será impopular porque nos gusta saber que México, por el monto de nuestro producto interno bruto, está entre las quince economías más poderosas del mundo. Pero no queremos escuchar que pese a invertir en educación más de 20% del gasto público, o sea casi el doble del porcentaje que invierte la mayoría de las naciones de la OCDE, nuestros niños educación que apenas vale la cuarta parte de lo que reciben los demás niños de la OCDE.
     Es ingenuo pensar que podremos aumentar el porcentaje del presupuesto asignado a educación. Lo que México necesita es una recaudación más amplia, eficiente y equitativa que revierta la situación actual; misma que según Wikipedia, la enciclopedia democrática que todos creamos, corregimos y consumimos, coloca los impuestos de nuestro país, en relación al PIB,  por debajo de los de Etiopía y Guatemala, Liberia y El Salvador; muy por debajo de la República Dominicana, Nicaragua, Senegal y Ghana. Previsiblemente nos coloca muy, muy lejos de Finlandia, Francia, Cuba y Dinamarca, países cuyos sistemas educativos funcionan envidiablemente bien.
     La reforma fiscal no será electorera; eso puedo asegurarlo. Pero será histórica. Y eso es lo importante.



viernes, febrero 10, 2012

Educar en Democracia


Autora:Celine Armenta datos del autor haz clik aquí
Publicado: en Lado B, 08 de febrero de 2012

     Por extrañas coincidencias, en las semanas recientes he visto más accidentes automovilísticos que nunca: presencié dos, varias veces pasé frente a autos recién abollados, maltrechos y, hasta destrozados. Vi ambulancias y heridos, conductores sangrando, conmocionados. En otros casos, amigos, colegas y estudiantes me narraron sus accidentes: todos urbanos, pero con hospitalización, y alguno con cirugías serias.
     Los números oficiales no avalan  mi percepción de que en la ciudad de Puebla los accidentes y sus víctimas están al alza. Pero ello no me consuela; porque aunque no fueran más que ayer, los accidentes ocurren; y aunque algunos hayan sido inevitables, muchos fueron causados por automovilistas que violaron las leyes y normas de vialidad: decidieron que el semáforo en alto y los límites de velocidad eran una invitación a acelerar;  no respetaron las reglas de preferencia; no hicieron alto total donde se requería; no avisaron de sus maniobras, o no permitieron a otro que las realizara.  Por otra parte los peatones cruzaron a media calle, toreando autos, sin voltear siquiera a ver el semáforo. Y los conductores de autobuses y combis de pasajeros se corretearon, se cerraron el paso a la vez que maltrataban a sus pasajeros.
     Quizás mi frustración por la cercanía con tantos accidentados me lleva a exagerar, pero lo que percibo es anarquía vial  por parte de conductores y peatones. El espacio común de los poblanos, nuestras avenidas, calles, privadas y callejones son el escaparate de cualquier cosa, excepto convivencia y vocación democrática.
Como en tantos otros ámbitos, detrás del volante nos ufanamos de actuar al margen o incluso por encima de la ley, en flagrante contradicción con nuestras opciones democráticas. Sin caer en la cuenta de que la democracia depende mucho más de nuestra conducta legal que de la perfección de un sistema para elegir gobernantes;  que requiere mucha más educación pertinente, que derroche partidista y electoral; y que se lastima mucho más con nuestro desdén cotidiano por la legalidad y el bien común, que con los deslices bochornosos de nuestros gobernantes.
     Educar en democracia es tarea inaplazable, y es tarea de todos. Educarnos cada uno a sí mismo, yal mismo tiempo educar a quienes tenemos a nuestro cuidado, en las escuelas y fuera de ellas. Educarnos, so pena de sabotear esta democracia nuestra de la que debiéramos estar orgullosos, pero que en realidad ni siquiera estamos asumiendo como nuestra opción colectiva de convivencia y nuestra manera de ver la vida
     La democracia es lo que debiera unirnos a los mexicanos; nuestra cosmovisión común, a diferencia de otras cosmovisiones particulares como el cristianismo, el marxismo, el islamismo, el materialismo, el budismo y el capitalismo.
Bernardo Toro, filósofo y educador de nuestro tiempo, escribió: “Si la democracia es una cosmovisión, o sea una forma de ver el mundo, la comprensión del concepto de la democracia puede transformar la educación totalmente. Una sociedad que se decide por la democracia debe preguntarse cómo tiene que concebir su educación, cómo tiene que diseñar sus escuelas y lo que allí ocurre, qué transformaciones hay que hacer para formar ciudadanos democráticos y promover formas democráticas de pensar, sentir y actuar”.
Al educar en la democracia, lo primero que debiéramos aprender es, precisamente, que la democracia es nuestra decisión; y que las leyes que nos rigen también son nuestras. Bernardo Toro explica: “Esto significa que la democracia es el espacio por excelencia de la libertad, puesto que ésta sólo es posible cuando resulta del mutuo acuerdo de cumplir y respetar aquello que fue producto de una decisión libre, es decir, de un acuerdo fundado colectivamente.  Por eso la democracia requiere de la participación de todos los miembros de la sociedad”.
     A la vez que aprendemos que la democracia es nuestra opción y nuestra construcción, sería bueno aprender a valorarla, a disfrutarla, a celebrarla, y a fortalecerla. Es nuestra: joven, imperfecta y en construcción. Pero poco se avanzará si la denostamos en vez de arroparla y ayudarla a crecer entre todos. Por años la deseamos, y ahora que la tenemos vivimos con la nostalgia de su ausencia, y de un régimen en el que lo normal era culpar o agradecer a las autoridades por las fallas y aciertos de su gobierno.
     John Dewey, filósofo también, escribió que “Una democracia es más que una forma de gobierno; es, antes que nada, una manera de vivir de manera asociada, una experiencia de comunicación conjunta”. Esta sería la tercera lección indispensable al educar en democracia: informarnos y cuidar el tema de las comunicaciones para asegurar su transparencia, pluralidad y accesibilidad.
     Y, ya puestos a educarnos en democracia, no estaría mal aprender las leyes de tránsito y respetarlas. Y exigir a las autoridades que las hagan cumplir; que eliminen los excesos de velocidad, erradiquen la anarquía; y acaben con el miedo que nos acompaña cada día que salimos a la calle.

viernes, enero 20, 2012

Tiempo de Servir a los Grupos Vulnerables


Autor: Celine Armenta datos del autor haz click aquí
Publicado: en Lado B, 17 de enero2012

     En estos días de informes estatales y revisión de planes y programas de gobierno, se cuenta, se mide y se compara la obra pública, los servicios, las instituciones y sus usuarios. Y reiteradamente se menciona la atención, supuestamente significativa, hacia las mujeres y grupos vulnerables. Pero, ¿se ha hecho algo trascendente? ¿Qué había que hacer y por qué?
     La administración estatal lleva apenas un año de labores y es evidente su determinación entusiasta. En las dependencias se está trabajando y, tal como era de esperar, se ven mejoras aquí y allá. Eso ha sucedido siempre; desde antes de la alternancia de partido. En su primer año las administraciones suelen mostrar su mejor cara.
     Pero aún hay mucho espacio para mejorar, y en el caso de la atención a mujeres y grupos vulnerables, lo que se requiere no es más de lo mismo. Es importante otorgar más créditos a la palabra para microempresarias y vacunar a más niñas contra el papiloma humano; pero ello no cuenta como atención a grupos vulnerables. Porque la vulnerabilidad tiene que ver con discriminación, con exclusión y marginación; y por tanto, su atención debe partir de la creación de condiciones que lleven a eliminar todo tipo de discriminación. Y eso no sucede aún en Puebla, ni hay motivos de esperanza.
     Por ejemplo, está por cumplir nueve años la Ley Federal para Prevenir y Eliminar todo Tipo de Discriminación, y Puebla no parece querer sumarse a los estados que han legislado al respecto.
     La atención a grupos vulnerables, mujeres incluidas, se inicia asegurando la equidad y la igualdad ante la ley, y no tolerando que se nieguen derechos y oportunidades, o se humille y agreda a alguien, porque ese “alguien” sea mujer o indígena, sintoísta o mormón, ciego o lesbiana, obesa, sordo, afrodescendiente, niño, adolescente, extranjero, transexual o anciano.
     Se necesitan leyes e instancias, programas y campañas, educación y eventos que reviertan nuestra rancia tradición de ser, como describe CONAPRED, “una sociedad con intensas prácticas de exclusión, desprecio y discriminación hacia ciertos grupos” donde “la discriminación está fuertemente enraizada y asumida en la cultura social, y que se reproduce por medio de valores culturales”.
     Es difícil decidir por dónde empezar. Pero, aunque confieso no ser objetiva, creo que hay dos frentes idóneos para iniciar nuestra transformación. Debemos saber que al combatir un tipo de discriminación, se combaten también otros tipos, tal y como al tolerar la exclusión de un solo grupo vulnerable se refuerza la discriminación en general y se vulneran los derechos de todos.
     La primera discriminación que debería combatirse es la ejercida contra los niños y las niñas: denunciar y eliminar la vulneración de sus derechos, incluyendo la violencia física y psicológica. La segunda modalidad es la homofobia, o sea discriminación hacia las minorías sexogenéricas.
     Mis razones son las siguientes: todos hemos sido niños y no es difícil recurrir a nuestra propia memoria para reconocer la injusticia. Además todos tenemos niñas y niños cercanos, y con un poco de esfuerzo podemos ponernos en sus zapatitos para percibir que los derechos de niños, niñas y adoelscentes son violentados extensamente, en hogares muy diversos, de todos los grupos sociales. Teñidas de amor y sobreprotección, de desdén y olvido, de ira o de odio, las violaciones a los derechos de la infancia dañan a veces de forma irreparable a muchísimos niños y niñas.
      Por otra parte, la homofobia es la intolerancia que menos susceptibilidad tiene de ser abatida a menos que se la ataque de frente. La comparten abiertamente más mexicanos de los que coinciden en otras formas, y también es la que se expresa con más repulsa y conductas negativas. La discriminación hacia gays, lesbianas, transexuales, bisexuales y otras formas de disidencia sexogenérica en México, y en Puebla, se manifiesta en la exclusión social, el lenguaje insultante y hasta la violencia física, ejercida incluso por los propios gays, lesbianas y demás individuos discriminados. Aquí, el odio, el asco y el desprecio se justifican con los argumentos más disparatados, fruto de la ignorancia, e increíblemente propalados por quienes han consagrado sus vidas a hacer el bien, y a sembrar el amor y la concordia.
Alberto Aziz Nassif, experto en temas de discriminación, señala que en nuestro México “plagado de prejuicios, con cargas racistas y maltrato hacia los vulnerables, mucho trabajo tiene por delante el Estado para garantizar los derechos de los diferentes; y amplio espacio tienen las organizaciones sociales en el trabajo con estos sectores para que sus derechos sean una realidad. Muy lejos está la nación de saldar su deuda con los vulnerables. La democracia electorera, que tanto apasiona a los políticos, no mira todavía hacia los derechos ciudadanos de los discriminados”.
     Este segundo año de la administración gubernamental, que apenas inicia, podría ser diferente, y aunque no veo nada que alimente mi optimismo, quiero creer que el clamor de los grupos vulnerables y vulnerados llegará a oídos de legisladores y miembros del poder ejecutivo, y creará condiciones para una democracia verdadera, que asegure la participación de todos, sin distingos ni exclusiones. Y entonces quizás, dentro de un año, escuchemos avances reales en la atención ya impostergable a mujeres y grupos vulnerables.











lunes, noviembre 14, 2011

Más incomodidad, por favor


Autora: Celine Armenta, datos del autor haz klic aquí
Publicado: e-consulta, 08 de noviembre de 2011.


     La familiaridad excesiva suele tener malas consecuencias. León Felipe, el poeta, prevenía contra algunas de ellas: “Que no se acostumbre el pie/a pisar el mismo suelo,/ ni el tablado de la farsa,/ ni la losa de los templos,/para que nunca recemos/ como el sacristán los rezos,/ ni como el cómico viejo/ digamos los versos/… - No sabiendo los oficios/los haremos con respeto-./ Para enterrar a los muertos/ como debemos/ cualquiera sirve, cualquiera.../ menos un sepulturero”.
Por su parte, el paleontólogo más popular de fines del siglo pasado, Stephen Jay Gould, recordaba que, según Esopo, entre los  riesgos de la familiaridad está el desprecio y, según el humorista Mark Twain, la consecuencia más grave  son los chamaquitos, o sea la prole.
     Gould destaca un discurso que Shakespeare pone en boca de Polonio, quien aconseja a Laertes que busque amigos seguros y fieles; y tras hallarlos “los agarre a su alma con anillas de acero”. El problema es que estas anillas no se sueltan fácilmente; y esto es precisamente lo que sucede, según el mismo Gould, con lo cómodamente familiar: nos atenaza el alma y se convierte en prisión del pensamiento.
     La familiaridad cancela el asombro y cría aburrimiento. Los grilletes de la familiaridad cancelan también el pensamiento crítico, el escepticismo y la creatividad. La cómoda familiaridad pasma, inmoviliza; limita nuestra percepción a lo que miramos desde nuestra vieja poltrona sin voltear siquiera la cabeza. Y  le damos carácter de verdad a eso poquito que vemos día tras día; idéntico a lo que nos dijeron los mayores, a lo que fue útil en otras épocas.
     Ingersoll, gran agnóstico del siglo diecinueve, advirtió que a medida que los pueblos crecen en inteligencia valoran menos a los predicadores, y más a los profesores. Quienes tranquilizan o adormecen conciencias aduciendo que poseen la verdad,  resultan obsoletos, ingenuos e irrisorios en tiempos de inteligencia. En cambio, los exploradores de brechas en las selvas de lo desconocido, los formadores de criterio y promotores de la curiosidad, se vuelven imprescindibles. En consecuencia, los pueblos y las personas inteligentes valoran menos y menos los libros de autoayuda con sus recetas para la felicidad y en cambio disfrutan la incomodidad que nace de la literatura audaz y los libros de divulgación científica.
     Lo cierto es que, entre la falta de profesores y el exceso de predicadores; las anillas de acero con que se agarran al alma las ideas anacrónicas e inoperantes; y la insensibilidad nacida de la familiaridad, nos movemos en zonas de percepción tan increíblemente cómodas como estrechas e inútiles para siquiera apreciar la magnitud de los problemas que nos incumben.
     Esta conjunción de sinsentidos son mi única explicación para que, teniendo como marco el  nacimiento del coetáneo número siete mil millones y los dramas sociales y naturales que apiñan cadáveres en nuestras pantallas, alguien proponga en Puebla cambiar las penas corporales dispuestas hoy para las mujeres que interrumpan su embarazo, por la aún más inexpugnable cárcel del diagnóstico dizque científico. Proponen pasar a estas mujeres, de criminales, a enfermas psiquiátricas: discapacitadas mentales o dementes. Y hacerlas pagar una multa considerable, lo cual es aberrante. ¿Multan a la paciente o la curan?
     Y las fracciones parlamentarias, en vez de ponerse a derogar la aberrante ley Bailleres, discuten si apoyan o critican la propuesta. ¿De veras no se dan cuenta de que estamos en el siglo veintiuno? ¿No han abierto los ojos para descubrir que hay mucho conocimiento, sólido y comprobable, para sustituir la creencia cómoda, por vieja y familiar, de que los cigotos tienen derechos iguales a los de la mujer gestante? ¿No han visto la diversidad? ¿No han sido alfabetizados en laicismo y pluralidad?
     Parece que no sienten el cataclismo intelectual creado y sostenido por el feminismo; y que reprobaron las clases de biología, de filosofía, de razonamiento lógico; y hasta las de sentido común. Y que además no ven lo que sus ojos les dicen, lo que sus oídos les gritan, lo que les golpea la experiencia cotidiana. Solo ven lo que creen.
     Necesitamos profesores, no más predicadores, para ayudarnos a romper nuestra zona de comodidad y entender nuestro mundo. Los necesitamos en las escuelas y en los medios; y los necesitan desesperadamente los gobernantes, los legisladores, los jueces.
¡Profesores del mundo, uníos! Y que las señoras y señores predicadores se tomen un descanso, por los siglos de los siglos; amén.

jueves, octubre 27, 2011

Exponer los Saberes Escondidos


Autora: Celine Armenta datos del autor haz click aquí
Publicado: e- consulta, 25 de octubre de 2011

     Este día de Muertos Steve Jobs tendrá ofrendas en altares olorosos a copal y cempasúchil y en altares virtuales como los de mis cursos, que también son virtuales. Así será porque millones de mujeres y hombres lo consideramos entrañable y cercano, vecino de un espacio tan genuino como el real, aunque le decimos virtual.
     Lo extraño de este asunto es que ya no  nos extraña, pues nuestra realidad está  más virtualizada de lo que previeron los más audaces escritores de ciencia ficción. Por eso tampoco nos extraña que Rodolfo Ruiz y su credibilidad crezcan gracias a una campaña que pretendía exactamente lo contrario.  Y es que los intentos por controlar, limitar y tergiversar la información pertenecen al pasado.  Esconder verdades o entronizar mentiras simplemente es incompatible con nuestros  tiempos digitales; eso nadie lo duda.
     Lo que quizá no sabemos con tanta claridad es que la gran diferencia entre nuestro presente y los tiempos idos no radica en el incremento en la cantidad de información o en la velocidad con que la obtenemos; radica en  la transparencia de esa información junto a la mejor distribución del saber que, como Foucault reveló, es distribución del poder.  
     Por estas causas,  las distancias y fronteras físicamente inamovibles y rígidas, se relativizan en el medio virtual. Y me refiero a distancias y barreras entre pueblos y naciones, y entre sujetos de una misma sociedad. Las distancias entre gobernante y ciudadano, entre autor y lector, entre sabio y curioso se relativizan y, a veces, hasta desaparecen. Esta es la esencia de nuestro tiempo: el poder del saber ya no se reserva a unos cuantos; ni podrá reservarse jamás.
El tema tiene tantas aristas, que es inútil tratar de sintetizarlo. Es más sencillo recordar la polarización que ha creado entre liberales como Google, y conservadores como  Sarkozy; los unos queriendo digitalizar millones de libros para que todo el mundo los lea, y el presidente francés apoyando una legislación que puede llevar a juicio a quienes descargan música y películas sin respeto a la ley. 
     Similares enfrentamientos se dan en todo tipo de arenas; no sólo en medios de comunicación como este diario virtual. También en la sala de juntas académicas cualquier iniciativa de los entusiastas del internet es atemperada por el escepticismo de quienes esgrimen la vulnerabilidad de los derechos de autor.
     En este contexto se inscribe la iniciativa "Tercera llamada, tercera", que Fernando Valdés, director de la editorial Plaza y Valdés, presentó la semana pasada. Para comprenderla hay que diferenciar la creación literaria de la creación académica. En general, los autores de literatura aspiran a vivir de lo que escriben. En cambio, los escritores académicos solemos vivir de prestar servicios diversos en universidades e instituciones similares. Estos servicios incluyen dar clase, administrar lo académico,  atender y asesorar estudiantes y, además, generar, divulgar y publicar conocimiento. Los académicos no cobramos al estudiante que asesoramos, pues la tutoría es parte de nuestras funciones. ¿Por qué cobrar lo que publicamos?
     Fernando Valdés denuncia la trágica marginación del libro académico que, pese a su potencial para iluminar y hasta solucionar los problemas más serios del país, se edita en tirajes mínimos, y al llegar a las librerías se esconde bajo los bestsellers literarios y los inútiles, y con frecuencia mal escritos, libros de autoayuda.
     Valdés propone publicar en internet  los libros académicos y asegurar el acceso gratuito para todo el mundo. Este conocimiento es, en el mejor sentido, patrimonio de todos y todos deberían de poder leerlo. Además, al publicar en internet, los académicos tendríamos mayor número de lectores, nuestras propuestas se conocerían mejor y seguramente recibiríamos más invitaciones a congresos en México y en el extranjero.
     La campaña de Valdés busca " atender y divulgar con responsabilidad el libro académico con su mercado de consumo; y que los editores de publicaciones académicas comparezcan ante la sociedad del conocimiento e informen de su compromiso al publicar una obra".
     Si la invitación de Valdés halla eco, sobre todo en  las editoriales universitarias, la obra académica dejará las bodegas oscuras, y los polvosos anaqueles de bibliotecas desiertas. No será posible ignorarla cuando se planee la política pública, y el diálogo erudito será un espectáculo público; ya no habrá saberes escondidos. Además, el derecho de autor no desaparecerá; campeará al mismo paso del derecho del lector.  ¡Ya es tiempo de que suceda!

martes, octubre 18, 2011

Inglés para Todos: se Puede y se Debe


Autora: Celine Armenta, datos de autor haz click aquí
 Publicado:  e-consulta, 12 de octubre de 2011.

     Educación es noticia. De un tiempo a la fecha, los temas relacionados con educación pelean titulares y espacios en las primeras planas o sus equivalentes, de medios impresos, electrónicos y digitales. Hoy los mexicanos, y en particular los poblanos, sabemos mucho más de política, procesos y actualidades educativas de lo que sabíamos hace años; conocemos sus yerros y nos enteramos de sus logros, sus dudas y debates. Y en consecuencia criticamos, discutimos y ponderamos los temas educativos tal como debe de ser: entre todos, porque a todos nos incumben.
     Simultáneamente, los expertos forjados en décadas de magisterio directo y en años de reflexión y estudio en instituciones mexicanas e internacionales, estamos obligados a aportar nuestras miradas sobre los temas educativos del momento. Y hoy, en Puebla cuando menos, el tema es la enseñanza y aprendizaje de inglés en la educación básica.
     El tema merece un tratamiento amplio y serio, pero ante este espacio de nuestro periódico digital favorito, quiero denunciar al menos cuatro de los mitos que han estado circulando, para que podamos valorar mejor esta iniciativa que, desde mi punto de vista, merece el apoyo de todos. Creo que tiene razón el Secretario de Educación Pública, Maldonado Venegas, al considerar a ésta, una “reforma de tercera generación en materia educativa, que debe ser apreciadas por su visión y su clara incidencia en la calidad educativa”. Nuestros niños merecen, necesitan aprender inglés, so pena de verse desplazados por niños y jóvenes cuyos sistemas educativos hace tiempo ya que empezaron a formarlos para un planeta globalizado.
     El primero de los mitos que se escuchan dice que, tras la enseñanza obligatoria de inglés acechan el intervencionismo y la pérdida de identidad. Identidad, tradición y cultura no son temas para tomarse a la ligera; pero no sería válido perder el futuro por conservar el pasado. Lo valioso de nuestra identidad no se ve amenazado por el conocimiento; la ignorancia es el peor enemigo de todo bagaje cultural. Es ingenuo, ciertamente, pensar que una lengua se puede aprender con independencia de la cultura que la creó y la mantiene. Pero igualmente ingenuo es afirmar que una identidad puede sostenerse en el vacío, en un monólogo absoluto; y que para que nuestros niños valoren lo nuestro, hay que cerrarles los ojos ante lo demás.
     Otro mito afirma que no tiene sentido enseñar inglés a niños y jóvenes que han demostrado saber poco y mal el español; que leemos poco y entendemos menos aún. Por tanto, dicen algunas voces, “mejor haríamos en ponernos a enseñar y aprender bien el español antes de coquetear con lenguas extranjeras”. Pero, pese a la aparente coherencia de los defensores de nuestra lengua, aprender inglés mejorará la comprensión del español. No he hallado una sola investigación que avale el miedo al aprendizaje de otra lengua, por sus efectos dañinos sobre la lengua materna; y en cambio hay infinidad de estudios que muestran que aprender otra lengua tiene efectos positivos, precisamente, en la comprensión de la lengua materna, y el mejoramiento del vocabulario y de otros componentes del lenguaje y el pensamiento.
     Un mito que parece incuestionable es que se necesita demasiado dinero para lograr que todos nuestros niños aprendan inglés. Y aquí quisiera invitar a los lectores a mirar las experiencias de otras naciones; muchas de ellas con menos posibilidades financieras que México; casi todas, mucho más alejadas de fronteras angloparlantes que nuestro país. Veamos cómo lo están haciendo: con buenas políticas, con planeación, inteligencia, estrategias. Si partimos de que la única manera de enseñar inglés es crear nuevas plazas para maestros que dominen el inglés y su enseñanza, estamos condenando esta iniciativa al fracaso. Hay muchas otras maneras de enseñar; y muchas son más efectivas que la contratación masiva de expertos.
     El cuarto y último mito que quiero desnudar es el de quienes asumen que la SEP, sus funcionarios y sus docentes, son los únicos responsables de que nuestros estudiantes aprendan inglés. No es así. Los estudiantes poblanos jamás aprenderán inglés si los ciudadanos no nos involucramos. Todos: padres de familia, responsables de medios, profesionales y artesanos de todos los campos necesitamos asumir que para educar a un niño se necesita una comunidad. Los escolares poblanos son nuestros; y apoyar la enseñanza universal de inglés es tarea de todos. ¿Cómo? Aprendiendo un poco de inglés, quizás; y poniendo nuestra creatividad al servicio de una iniciativa realmente buena.

















lunes, octubre 03, 2011

Ciencia contra la Maldad

Autora: Celine Armenta datos del autor haz click aquí
Publicado: e-consulta, 26 de septiembre de 2011

     Si en la actualidad se gastan millones para investigar todo tipo de enfermedades, ¿por qué nadie se ha dedicado a indagar las raíces de la maldad humana, uno de los peores males que acosan a la humanidad? La maldad, la perversidad, la crueldad: ¿a qué se deben?, ¿tienen raíces genéticas? ¿Cómo se puede abordarlas desde la ciencia para comprenderlas primero y contenerlas, modificarlas  y hasta erradicarlas después? Estas preguntas son el pretexto y el tema del libro más reciente de Marcelino Cereijido. Y creo que urge responderlas precisamente ahora, cuando el actuar malévolo de un número creciente de seres humanos está implantando el reino del miedo y la desesperanza en muchos enclaves del país.
     Los profesionales de la educación  hemos dicho, casi unánimemente, que desde las aulas y las secretarías federal y estatales de educación hay mucho por hacer; porque mucho se puede lograr educando más, a más mexicanos y de mejor manera. Aquí y allá surgen y se fortalecen  la investigación y las estrategias de educación para la paz y  la convivencia; se crean programas de educación en valores, educación para la tolerancia, la democracia y la calidad de vida. Por su parte, el arzobispo católico de Puebla, señala que lo que se necesita es amor; y seguramente propondrá estrategias para ponerlo por obra.
     Pero lo que Cereijido propone va más allá de las aportaciones parciales de cada profesión. Su libro, publicado por Tusquets, invita a aplicar la ciencia, su visión y su método al problema de “los malos”.
     Cabe aclarar que la ciencia es mucho más que el ámbito profesional de los científicos. La visión científica de la realidad es patrimonio de todos los seres humanos de nuestro tiempo. Al menos en principio, las mujeres y los hombres de hoy día compartimos criterios científicos: si enfermamos solicitamos un diagnóstico científico, nos hacemos analizar con métodos científicos y usamos medicinas creadas por la ciencia. Y lo  mismo cabe decir de cómo saciamos nuestra hambre, cómo nos trasladamos de un lugar a otro y cómo nos comunicamos. Y salvo excepción,  incluso quienes afirman que la explicación última de la maldad es el karma, satanás o la permisividad divina, coinciden  en que la mirada científica es válida; y sus acciones, eficaces.  Pocos, muy pocos desdeñan el saber científico; por el contrario, día atrás día comprobamos que si miramos la realidad con las herramientas de la ciencia y la explicamos en sus términos, podemos domeñarla.
     Marcelino Cereijido seguramente no es el primero en abordar así el problema de “los malos”, o sea de quienes causan sufrimiento a sabiendas. Pero es el más reciente y su texto llega en el momento apropiado. ¡Hay que mirar al mal con inteligencia!
Imitando el desarrollo de otras ciencias, lo primero que nos propone el libro de Cereijido es una taxonomía con quince tipos de seres malos: desde los cotidianos, entre quienes se encuentran el profesor que castiga a sus estudiantes en silencio y de brazos cruzados durante todo el recreo, el policía que detiene varias horas al pobre heladero hasta que se evapora el hielo seco; y entonces lo deja ir; y los que incendian basureros en nuestra ciudad, arrancan las bocinas de los teléfonos y grafitean las fachadas recién pintadas.
     Otra es la maldad del maestro que humilla a algunos estudiantes; siempre a los mismos, frente a todo el grupo. Y la del padre que amenaza con sadismo creciente a su prole; amenazas imposibles pero no por ello menos terroríficas: “si no te comes la sopa, la caliento aún más y te la meto con una jeringa por las venas”.
     Los torturadores profesionales ocupan uno de los tipos más graves; ¿podría incluirse entre ellos a los tiernos preescolares que gozan quemando lombrices vivas,  y a los preadolescentes que torturan hasta la muerte a  gatitos huérfanos?
     Otra categoría agrupa a quienes cometen cognicidio, maldad que consiste en destruirle al ser humano la herramienta que nos ha salvado desde la prehistoria: el conocimiento. Una forma sutil y generalizada de esta maldad es el adoctrinamiento de los niños en la creencia de dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad.
     Por supuesto, un tipo especialmente  repugnante de maldad es el genocidio; y aquí se incluye a Hitler, a los dictadores de todo el planeta y a quienes ordenaron y a quienes ejecutaron las masacres de San Fernando y de Acteal.
     La maldad lastima más, mucho más que las catástrofes naturales y las enfermedades.  ¿Podrá la ciencia darnos luz para comprenderla?  ¿Se puede detectar de alguna manera antes de que eclosione?  ¿Está dentro de todos nosotros? ¿Existe alguna manera efectiva de frenarla?

lunes, septiembre 19, 2011

Podremos Educar en Valores?

 Autora: Celine Armenta
Publicado: e-consulta, 12 de Septiembre de 2011

     “Podemos, y por tanto debemos educar en valores”, fue la premisa fundamental de la reciente Cátedra Pablo Latapí. “Los valores son el corazón de la educación”; rezaba el título del evento, que este año tuvo por sede a la Ibero Puebla. De tal título se infiere que sin valores, no hay educación imaginable. Y a quien dudara de ello, el erudito colombiano Bernardo Toro explicó en su calidad de orador principal, que el deterioro ambiental y las enfermedades comunitarias y personales pueden prevenirse desde una educación equitativa y de calidad para todos, que sustituya el deseo desmedido de éxito y la ambición del poder, con bienes públicos y posibilidades de una vida digna para todos.
     Con estas ideas en mente, me puse a redactar el borrador de este artículo. El calendario favorecía mis intenciones de escribir sobre educación en valores. Estamos en septiembre, con las fiestas patrias delante, que en buena medida son la conmemoración de gugerras, muertes, intolerancia, incapacidad para el diálogo, abusos y excesos de poder, sojuzgamientos y sangre derramada. Conmemoramos también el aniversario del golpe de estado antidemocrático en Chile, con su secuela de represión y muerte, y el ya no tan reciente ataque terrorista en Nueva York, con su secuela de paranoia y explícitos actos de venganza. Y por si fuera poco, el Dalai Lama hablaba por televisión sobre la necesidad de educar para la tolerancia y la convivencia.
     Total, que el domingo empecé a escribir, sumándome a las voces que afirman, sin lugar a dudas ni escepticismos de ningún tipo, que educar en valores es posible, viable, razonable, factible, y demás términos similares. Yo planeaba añadir un granito de sabiduría y proponer caminos para tal educación, métodos y contenidos. Pero del dicho al hecho, hay mucho trecho; y del plato a la boca se cae la sopa.
Hacia las cuatro de la dominical tarde, tuve que salir de compras; llovía en nuestra Angelópolis y bajo el agua esperé el microbús un rato largo. Tiritando y con la flojera que se cernía sobre toda la ciudad, entré con prisa al supermercado; tomé lo que necesitaba y me formé en la fila rápida.
     Tres lugares delante de mí una mujer más vieja que yo, o sea muy anciana, llevaba dos artículos en las manos; detrás de ella, una mujer joven, treintañera, con su retoño de nueve o diez años, llevaba un carrito con bastantes objetos; posiblemente más de los que supuestamente pueden pasar por las cajas rápidas. Pero nadie le decía nada; los domingos, junto a la flojera, medra la desidia y ambas muestran camuflaje de tolerancia.
     La anciana titubeó al caminar hacia la caja, y la mujer aprovechó la fracción de segundo que duró este titubeo para empujar a su hijo de modo que se colocara delante de la mujer. El chiquillo lo hizo con la pericia de quien está acostumbrado a ello. Cuando la anciana intentó recuperar su lugar, la madre indicó a su hijo que no se moviera; y empujando el carrito lleno de mercancías lo encajó delante de la anciana, y en un santiamén lo vació sobre la banda de la caja.
     La anciana, desconcertada y con la lentitud que dan los años, trataba de colocar su mercancía en la banda sin percatarse de que ya había sido desplazada.
Cuando al fin notó que le habían quitado su lugar, tocó al niño en el hombro y le preguntó con ironía, a manera de reclamo: “¿ustedes estaban delante?” El niño puso cara de susto; no tenía respuesta. La madre terció entonces: “¿qué quiere? No se meta con mi niño”.
     El varón que estaba delante de mí y yo, coreamos apoyando a la anciana: La madre se convirtió en basilisco; gritoneó su derecho a abusar de quienes “se dejan”. Cuando traté de hacerle ver que estaba enseñando a su hijo a comportarse como gandalla, y así creaba un entorno potencialmente abusivo contra todos, me miró despreciativa y me soltó que su hijo no iba jamás a ser “un dejado”; que si otros lo eran, nimodo; y que nadie le iba a decir cómo educarlo.
     Total, la fila rápida se tornó lenta; la lluvia arreció, y las dudas me enfriaron más que el agua. ¿Hay manera de educar en valores cuando hasta nos enorgullecemos por el desprecio hacia la legalidad y el orden, y no reconocemos pero exhibimos un brutal complejo de víctimas que nos lleva a abusar para prevenir que abusen de nosotros? ¿Cómo evitar excesos de poder y de ambiciones desde la educación formal? ¿Cómo predicar tolerancia y legalidad cuando tales conductas se consideran propias de débiles, y ser débil, o sea “dejado”, parece la peor condición posible?





viernes, agosto 26, 2011

¿Quién son los Educadores Primarios?

Autora:Celine Armenta
Publicado: e – consulta, 23 de Agosto de 2011

     Millones lo estamos gozando; otros millones lo sufren; y muy pocos pueden decir que no les afecta en sus tiempos, sus recursos, espacios, energía, sueños y desvelos: es el regreso a la escuela de millones de niños y jóvenes mexicanos y de cientos de millones de niños en todo el mundo, en un ritual de coincidencia casi planetaria, en el que familias de todo tipo depositan en docentes profesionales la responsabilidad de educar a sus hijas e hijos.
     Los autobuses circulan llenos, mientras las papelerías, librerías, tiendas de ropa y de instrumentos musicales, peluquerías y misceláneas aumentan sus ingresos. No son pocos los giros que sobreviven todo un año, si logran hacer en estas fechas, literalmente, su agosto. Ciudades de todo tamaño, rancherías y comunidades, sincronizan sus ritmos con el sonar de timbres y campanas escolares, mientras millones de mujeres y hombres participamos directa e indirectamente en la empresa de mayores alcances en la Tierra: la educación de las nuevas generaciones.
     Estos caudalosos ríos de personas y recursos, expectativas e inversiones que cruzan bulliciosos nuestras geografías, son el mejor marco para mis reflexiones sobre las creencias absurdas que mantenemos acerca del papel de la familia y de la escuela en la educación de niños y jóvenes.
     Es común escuchar que "la familia es la primera y principal educadora de los hijos, y el referente fundamental en la formación de valores y principios" en tanto que "la escuela coadyuva y apoya a los padres, en su responsabilidad de educar"; y ni nos damos cuenta de que son mitos que a fuerza de repetirlos, pasan por verdades evidentes.
Pero no es así: la escuela y los educadores profesionales son responsables primarios de la educación; y así deben serlo. El tema amerita un tratamiento serio y detallado, pero ahora solo comento algunos aspectos.
     La familia es un invento relativamente nuevo en nuestra cultura. El maestro también es un invento cultural, pero parece ser más antiguo; ha acompañado a la humanidad casi desde sus inicios. Ello podría bastar para conceder que la tarea de educar se ha encomendado a expertos y profesionales de la educación desde tiempos inmemoriales; en tanto que es más reciente la consigna de que la familia —habitualmente ignorante de teorías, e inexperta en prácticas educativas— es educadora nata.
     Por otra parte, son evidentes las ventajas de encargar la diversidad de actividades humanas a los profesionales; y mientras más compleja la tarea, más profesionalización exigimos a quienes la ejecutan. Estilistas y jardineros, ginecólogas, laboratoristas, sastres, cocineros, veterinarias, técnicos automotrices y dentistas saben su oficio porque lo estudiaron y lo practican; se actualizan y van sumando experiencia día con día. Y sería absurdo afirmar que porque yo amo y comparto genes con alguien voy a cortarle el pelo, eliminar sus caries, hacerle un Papanicolau o confeccionarle un abrigo mejor que los profesionales. ¿Por qué afirmar entonces que madres, padres y familias sin conocimientos ni experiencia profesional en educación pueden educar mejor que quienes invierten largos años a prepararse y el resto de su vida a ejercer y actualizarse?
     La docencia, sus fundamentos e innovaciones han alcanzado una sofisticación tal que, como sucede en otros campos, la sociedad en su conjunto apenas distingue elementos de su complejidad; para comprenderlos, dominarlos y ponerlos en práctica se requiere una larga preparación y práctica.
     La madre y el padre deben tomar decisiones sobre la educación que recibirán sus hijos; e idealmente, a medida que los niños crecen, deben participar en esas decisiones. Pero esto no hace de la familia ni del sujeto, buenos educadores, ni menos aún, "los primeros educadores".
     Hay además investigaciones de sobra que demuestran que la legación de valores de padres a hijos es un mito; que generación tras generación los jóvenes construyen y asumen sus valores, frecuentemente en discontinuidad u oposición a los valores familiares.
Nada ganamos perpetuando el mito de la familia como educadora primaria, ni retrasando el ingreso de los niños a la escuela. En cambio convendría reconocer que los docentes de hoy día pueden y deben educar cabalmente. Y en consecuencia, unirnos todos los adultos con los padres, y los propios estudiantes, en la responsabilidad de exigir y vigilar la calidad de su docencia y en coadyuvar con los esfuerzos educativos de las escuelas y sus maestros. ¡Bienvenido el nuevo ciclo escolar!







lunes, junio 20, 2011

¿Educación Contra la Violencia?

Autor: Celine Armenta datos del autor haz click aquí
Publicado: Puebla on Line,  14 de junio de 2011

    Confío en que a estas alturas ya nadie dirá que México no vive una crisis de violencia, y que nuestros lamentos evidencian un problema de percepción. Porque la violencia es manifiesta y va en aumento: la del crimen organizado, la de quienes pretenden combatirlo, y la de quienes encuentran en este clima la legitimización de sus delitos.
A las cuarenta mil muertes causadas por cinco años de guerra contra el narcotráfico hay que incluir muchas otras debidas a delitos comunes pero cobijadas por el mismo clima de luto y miedo. Y lo cierto es que casi todos, viejos y jóvenes, mujeres y hombres, vamos sumando nombres de conocidos, amigos y familiares muertos a manos del narco, de los anti-narco o de otros asesinos. Y lo mismo podemos decir de quienes no murieron pero fueron secuestrados, asaltados, o atacados en circunstancias de lo más diversas.
¿Qué hacer por nuestro México? Al menos en principio, la única instancia que puede cambiar eficazmente las conductas, los corazones, los principios y la convivencia, es la educación. Pero ya no es tan clara la manera en que puede hacerlo, pues no se trata simplistamente de dar clases sobre las consecuencias de la delincuencia y las bondades de una conducta ciudadana pacífica y conforme a la ley. Y menos aún de lanzar campañas supuestamente educativas contra la violencia, como las lanzadas contra conductas imprudentes, adicciones, discriminación y corrupción. Eso no sirve.
¿Qué hacer?
La mejor manera en que la educación puede cambiar patrones delincuenciales es ofreciéndola a todos los mexicanos en cantidad y calidad adecuadas. Romper la ancestral inequidad que lleva a generaciones de paisanos a deambular por caminos sin salida, con oportunidades nulas, debido a que la educación que iba a abrirles puertas, simplemente no llegó; o llegó con serias deficiencias.
Esto supone, en principio, actuar contra el individualismo que nos caracteriza; y preocuparnos por todos. Caer en la cuenta de que, mientras las madres y padres con mayor escolaridad puedan pagar una escuela privada y sigan ignorando a la escuela pública, no solo estarán contribuyendo a crear una sociedad segmentada, discriminadora y excluyente; también estarán limitando las oportunidades de sus propios hijos. Esto puede parecer poco creíble, pero las escuelas privadas no necesitan asegurar excelencia; basta con que brinden casi lo mismo que la pública en cuestiones académicas, junto a elementos cosméticos de valor dudoso. En cambio, si la escuela pública fuera excelente, las privadas tendrían que esforzarse en serio para superarlas en lo académico. Hoy día, por ejemplo, no es fácil saber si los mejores resultados de varias escuelas privadas en evaluaciones nacionales e internacionales, son resultado de mejores procesos escolares, o de los privilegios socioeconómicos de los estudiantes.
Entonces, si estamos preocupados por la violencia bien haríamos en exigir y trabajar por mejorar la escuela pública, y por prevenir el rezago y el fracaso escolar, optimizar la absorción de todos los niveles, aumentar la cobertura en educación inicial y preescolar, universalizar realmente la educación básica,  asegurar que todos los mexicanos tengan acceso a la media superior; y que todos los que quieran encuentren sitio en una buena universidad.
Un pueblo educado no verá en el narco y en otros tipos de delitos la única salida a su desesperanza.
La segunda manera en que la educación puede combatir y prevenir la violencia es aprovechando sus planes y programas. Urge que se enseñe bien lo que ya existe. Y que donde no exista se cree la intención expresa de educar para la convivencia, la democracia, la legalidad, el respeto y la resolución de conflictos. No se trata de predicar contra la violencia, sino de reconocer las causas de esta violencia y desarrollar las competencias necesarias para una vida sin violencia. En congruencia, las escuelas deberán convertirse en centros de convivencia y democracia.
Y veo otra manera urgente para combatir la violencia con educación, que  consiste en educar a nuestras autoridades. No sé si se dejen, pero es evidente que lo necesitan. Porque seguirán exacerbando la violencia mientras insistan en suplir su impericia e ignorancia con desplantes de poder e intolerancia, en vez de remediarlo con  una escucha honesta, democrática y atenta a la población, a los expertos, a las víctimas y hasta a los operadores de sus programas; o sea, con una educación pertinente, situada, plural.

martes, abril 26, 2011

Decisión, sí; Resignación, no

Autora:  Celine Armenta datos del autor haz click aquí
Publicado: Puebla on Line, 11 de abril de 2011

     La fecundidad de los creadores de objetos de fe solo es superada por la credulidad de sus creyentes. Sobran quienes creen en todo y en cualquier cosa: en los poderes de imanes y medallitas, zapatos de suela convexa y flores de Bach; diluciones homeopáticas y escobas tras la puerta; exorcismos y bendiciones; brujerías y maldiciones; pasar bajo escaleras y comprar lotería en luna llena; ángeles y demonios; santos degollados y desollados; cruzar los dedos y tocar madera. Cientos de millones creen en seres inmateriales, en difuntos que viven, en objetos que en vez de caer se elevan, en que ellos mismos, los creyentes, vivieron antes y vivirán después de su vida; en sanaciones milagrosas, seres que violan todas las leyes de la física y la biología; en rituales mágicos, sangrientos unos y sutiles otros.
     Pero lo interesante es que incluso quienes creemos que no creemos tanto, quienes pensamos que somos escépticos y todo lo cuestionamos, también creemos en muchísimos hechos y principios que no resistirían el juicio riguroso de un examen racional, ni menos aún pruebas más rigurosas.
     Nuestra especie, la humana, bien podría llamarse Homo fidelis en vez de Homo sapiens. Porque la sapiencia reiteradamente queda opacada por la credulidad. Y porque acabamos muriendo y matando, amando y odiando, viviendo o vegetando, por causa de nuestras creencias que marginan y condicionan a nuestros saberes. Así somos.
     Esto explica mi malestar de cada mañana, cuando el autobús de la ruta 29 que me lleva a la universidad,  pasa —y generalmente se detiene— frente a una banderola del ayuntamiento que dice lo que para mí es un insulto y un dislate: ”Por azar o por destino, Puebla es nuestro hogar”.
     Leo, releo e imagino cada mañana al funcionario que ideó la frase y mandó que la publicaran para que miles de poblanos la leyéramos y releyéramos en el cruce de los Bulevares Atlixco y Niño Poblano. Es posible que quien ordenó escribir la frase no la comprendiera; y eso sería lamentable. Pero temo que sí la comprendió, que cree en lo que significa; que no se avergüenza de esta creencia, e incluso confía en que si compartimos su fe seremos buenos ciudadanos. ¡Y eso me enoja!
     La frase va contra una de mis creencias más queridas: mi fe en la libertad humana; y en nuestra capacidad y obligación de decidir. Quiero creer en ello.
Creo que vivo en Puebla porque aquí quiero vivir.
      Nací aquí, ciertamente por azar y por causalidades; me niego a creer que fue por destino. Pero como adulta, vivo aquí porque quiero. Un día decidí —palabra fuerte pero cierta— que no quería vivir en la ciudad de México sino aquí. Otro día decidí que quería vivir aquí en vez de en Nueva York; y en estos días estoy decidiendo que quiero seguir viviendo aquí en vez de mudarme a Cuernavaca.
     Y por eso, solo por eso, estoy obligada a portarme como ciudadana. En cambio, si creyera que el azar o el destino me pusieron aquí, podría eludir las responsabilidades con mi ciudad y mis conciudadanos. Fácilmente podría decir: Yo no decidí estar aquí; ni soy responsable de ello; por tanto, que el azar o el destino se encarguen de lo que suceda.
     Quien mandó colocar la frase en sitio tan visible haría bien en repasar sus creencias, e incluso en cambiar su fe. Porque sospecho que la convivencia sería deleitable si fuéramos mayoría los poblanos creyentes en que vivimos aquí porque queremos; porque hemos decidido llamar hogar a esta tierra con su sol, su lluvia y sus volcanes, con sus mercados y su centro histórico, sus barrios y sus juntas auxiliares, sus chalupas, su mole y su nogada; sus dulces, su laboriosidad y hasta su arrogancia. En vez de mirar nuestra estancia en esta Puebla con la resignación de quien cree que el destino o el azar lo pusieron aquí, sin tomar en cuenta su voluntad, e incluso quizás violentándola.
     Dicen que Ernesto "Che" Guevara dijo: "Sólo hay una cosa más grande que el amor a la libertad, el odio a quien te la quita." Pues bien, quien niega la libertad como posibilidad, hace algo peor que quitar físicamente la libertad.
Si por mí fuera, llenaría la ciudad con frases provocativas: “Si no estás aquí porque quieres, ve pensando en irte a otra parte”. “Si sientes que el azar o el destino te obligan a vivir en Puebla, estás invitada a irte”.
     Quizás paliaría tan hirientes frases con otras que dijeran: “Si de verdad no puedes vivir donde quieres, empieza a querer la ciudad en que vives”. “Decídete a vivir en Puebla; no te resignes”.
     El tema puede parecer trivial, pero no lo es. De verdad  no lo es.

viernes, marzo 18, 2011

No tan rápida, pero muy furiosa

Autora: Celine Armenta.datos del autor haz clikc aquí
Publicado: Puebla on Line, 14 de marzo de 2011

La manipulación mediática es eficaz y cotidiana; permea  nuestras reticencias  y nos seduce,  nos envuelve, nos aísla, nos vence. Como virulento invasor se reproduce en nosotros, nos utiliza como sus incubadoras, sus propaladores, sus protectores y perpetuadores. Seguramente por ello cuesta tanto descubrir sus artimañas: estamos tan llenos de sus distorsiones y penumbras —de sus falsas verdades simplistas y únicas, repetidas hasta el agotamiento por distintas voces pero con idénticos contenidos—, que apenas y extrañamos las posibilidades de la complejidad, las inquietantes caras múltiples de las verdades, la pasión de disentir, la necesidad de examinar personalmente las versiones y la dolorosa responsabilidad de decidir lo que nos guíe en nuestras creencias y decisiones.
     Tan solo en los días pasados me he encontrado con suficientes evidencias de mi propia vulnerabilidad ante informaciones unidimensionales, planas, escuetas y por eso mismo, engañosas, falaces, mentirosas.
     Tardé días en cuestionar la ira colectiva contra los malos vecinos del norte, alimentada por la generalidad de los medios. No me fue fácil examinar mi enojo y la posibilidad de zafarme de las condenas hacia la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos por haber ideado la operación Rápido y Furioso. ¿Había algo que hacer, además de fruncir el ceño al unísono con el resto del mundo, contra el burdo intervencionismo norteamericano? Lo confieso: tardé en mover mi enojo hacia quienes realmente lo merecen: las autoridades y empleados aduanales de mi país, corruptos, ineptos, coludidos con el crimen organizado e incapaces de cuidarnos  a quienes les pagamos para ello.
Deberíamos combatir el ingreso de armas de asalto a territorio nacional. No pienso que sea algo simple. Ingresan arsenales burlando todos los puestos de control aduanal; pero al parecer, las armas de Rápido y Furioso ingresaron en complicidad con tales puestos. De manera que quienes deben cuidarnos blindando las fronteras nacionales, hacen exactamente lo contrario. Los malos del cuento no son quienes así eran descritos por los medios, sino estos otros, mis paisanos; ellos merecen mi ira, mi condena, mi rencor. Contra ellos estoy muy, muy furiosa; porque son culpables de que miles de armas estén matando a hombres, mujeres, adolescentes y niños, civiles y policías, relacionados con el tráfico de drogas o no; pero todos paisanos, vecinos, hermanos.
     Y este no fue el último caso en que sufrí para llegar a cuestionar. Sé que nada nos releva de la responsabilidad de cuestionar lo que oímos, pero la voz de los medios es tan reiterativa, tan uniforme y tan  intensa, que nulifica o al menos narcotiza mi sentido básico de cuestionar lo que reciben mis sentidos, sopesar su veracidad, dudar; y al fin, creer en lo que ha sobrevivido al tamiz de mi escepticismo, mi juicio, mi experiencia.
     Lo comprobé cuando los micrófonos y la prensa escrita nos bombardearon con la supuesta información sobre la lucha de titanes entre el duopolio televisivo —Azcárraga-Salinas— y Carlos Slim. Los medios parecían querer mostrarse justos, neutrales ante el pleito; por ello condenaban a ambos contrincantes por ser igualmente ambiciosos.
     Tardé también en comprender que de cara a nosotros, los consumidores mexicanos, la maldad de las televisoras es imperdonable; he ahí la diferencia. Ambos abusan en sus prácticas monopólicas, en sus ambiciones, en su sed de poder. Pero solo las televisoras tienen declarada la guerra contra nuestra libertad de juicio; solo ellas se han empeñado en usar su  púlpito electrónico para distorsionar la información, sembrar verdades parciales y mentiras totales, para infundirnos miedo, satanizar a personas y movimientos, lavarnos el cerebro y, además, crear estereotipos, perpetuar y exacerbar la discriminación, la opresión, la exclusión.
     Las televisoras son fuente de misoginia y homofobia; nos bombardean día y noche con imágenes distorsionadas de nosotros mismos. Predican el rechazo a las diferencias y el culto irrestricto a quienes detentan el poder y, por si fuera poco, promueven el conformismo y la resignación.
     Las televisoras se han erigido en conciencia de la nación; sus señales abiertas hacen alarde de baja calidad, muy escasa inteligencia y una ausencia total de pudor para distorsionar burdamente la información y así ganar adeptos hacia las causas y personas que ellos eligen.
     Esto es, con mucho, más condenable que querer enriquecerse a nuestra costa.
En fin: no he hallado la manera de desenmascarar con rapidez los engaños; pero lo que si logro al final es estar furiosa; justa y dignamente furiosa.


lunes, noviembre 22, 2010

Con frío hasta los huesos

Autora: Celine Armente
Publicado: El Columnista, 17 de noviembre de 2010

     El frío cala; se siente en la calle y en las casas. El termómetro desciende a su punto más bajo poco antes de salir el sol, coincidiendo con la entrada a clases de cientos de miles de adolescentes.
     Por eso ahora, como cada año, periódicos y noticieros discuten el horario escolar de invierno. En un tironeo al que ya estamos habituados, los medios y las autoridades exigen y niegan, respectivamente, adelantar el horario invernal. Los medios dicen que hace un frío inusitado, presentan cifras y aducen que la ciudadanía teme por la salud de sus retoños; las autoridades señalan que hay una fecha programada, y que es posible aguantar un poco antes de quitar a los niños tiempo de clase. Porque el horario invernal consiste precisamente en eso: quienes asisten al turno matutino entran media hora más tarde, en tanto que los jóvenes del turno vespertino salen media hora antes.
     Es verdad: el frío cala hasta los huesos. Pero, ¿esta medida ayuda a todos? ¿Ayuda siquiera a algunos? Posiblemente no beneficie sino a unos cuantos; porque muchos, muchísimos, simplemente no pueden cambiar. Papás y mamás no cuentan con el privilegio de poder perder media hora de trabajo; y los niños, en consecuencia, deben salir de casa a la hora de siempre, y esperar a que las escuelas puedan atenderlos. Por tanto, más bien perjudica a muchos niños.
     Además, perder media hora de clase no beneficia a nadie. Aunque sufrir los fríos que azotan nuestra región perjudica, y bastante, a nuestros sufridos escolares.
     La medida emergente es necesaria, pero no soluciona ni una gota del mar de sinrazones en que parecen naufragar especialmente los adolescentes. Para cuando empieza el horario de invierno, los jovencitos de secundarias matutinas han pasado varios días, quizás semanas, sufriendo temperaturas que el cuerpo percibe como bajo cero. Los jóvenes del turno vespertino, por su parte, deben salir de la escuela totalmente a oscuras, y tendrán media hora menos de clase, en su ya de por sí condensado horario.
     El frío fisico y el horario escolar de invierno serían temas marginales, si no fuera porque descubren una verdad mucho más preocupante: que la educación en su conjunto está plagada de prácticas, decisiones y legislaciones escasamente centradas en el estudiante; y en ocasiones hasta contrarias a quienes se supone que deben servir.
     El problema no es privativo de nuestro país, aunque lo nuestro es grave. Aquí, particularmente en la secundaria, el estudiante con su biología y psicología, su geografía y su historia, su motivación y sus posibilidades reales de aprender no son el punto de partida de la educación.
     Veamos algunos ejemplos: ¿El adolescente necesita el periodo vacacional largo a mitad de verano? ¿Dónde, por qué, para qué? El joven inicia cada grado sin muchas de las competencias que el docente y el propio estudiante creían ya desarrolladas. Casi dos meses de vagancia suelen bastar para desbaratar el trabajo de meses previos. ¿Y qué sucede en esas semanas de vacaciones, si mamá y papá trabajan de tiempo completo? El lector quizás lo ha sufrido en carne propia.
     ¿El adolescente en pleno crecimiento se beneficia de entrar a clase a las siete de la mañana? Quizás en Izúcar y Acatlán; pero no en Puebla de Zaragoza, ni menos en Zaragoza, Puebla Las investigaciones en contra de esta práctica son apabullantes. ¿Se trata de forjar el carácter de los adolescentes? Es la única defensa posible para algo que quizás, alguna vez, tuvo sentido, pero hoy es sólo una costumbre que no puede tratar de legitimarse como estrategia intencional e incuestionable.
     Si se reconociera que los madrugones sólo sirven para forjar el carácter, se ganaría en honestidad. Pero en vez de ello la inercia, y la pereza para crear alternativas, se disfrazan de falsas razones, como que los estudiantes están más lúcidos y aprenden mejor tempranito. Este mito autoriza a quienes elaboran los horarios escolares, a colocar las asignaturas que requieren mayor esfuerzo y atención, precisamente a esa hora.
     ¡Por supuesto que es más cómodo enseñar álgebra y física a las siete de la mañana! Los estudiantes no están ni la mitad de alertas de lo que están dos horas más tarde. Y por supuesto que no es "cómodo" dar clases a jovencitos inquietos. Pero estar inquieto es signo de vitalidad; los adolescentes vivarachos están despiertos y alertas; tal como se debe estar para aprender. El reto del profesor es encauzar la energía juvenil, no predicar a un salón de somnolientos y sonámbulos.
     La fragmentación del horario escolar tampoco está pensada en función del estudiante. Los temas se tratan superficialmente; no se relacionan; y, aunque no se pretenda, se termina por memorizar solamente; ¿qué más puede lograrse con tan pocos periodos y tan breves? Manejar tal complejidad es desquiciante. ¿Qué adulto toleraría tener ocho, diez o doce jefes distintos? Cada uno con demandas y exigencias diferentes. Eso es lo que debe enfrentar cada semana la joven de catorce años en su escuela secundaria.
     Además, el mobiliario escolar y la estructura de las aulas tampoco responden a la persona del estudiante. Están pensados en función del docente. Una vez que concluye preescolar, desde primaria a posgrado, el estudiante promedio transita por aulas centradas en el profesor; no en el estudiante y su aprendizaje.
     ¿Y el currículo? Tampoco parece regido por las necesidades, psicología e intereses de los adolescentes. Ni las ciencias ni la lengua, ni las matemáticas ni las artes se enseñarían, se dosificarían y promoverían como hoy se hace, si primordialmente se tomara en cuenta a los jovencitos de doce a catorce años que las sufren.
     Estas razones bastan para explicar las altísimas tasas de deserción, precisamente en el nivel de secundaria. Si el estudiante empieza su día semidormido, enfrenta un frío agresivo, y es reprendido por no entender ni atender temas ajenos a sus temores y pasiones, terminará dejando la escuela.
     Esta fría realidad sí cala hasta los huesos. Duele, como duelen los recién descubiertos jóvenes que ni estudian ni trabajan. Los cientos de miles de mexicanos sin horizontes, contados por el INEGI, que se convertirán antes que nos demos cuenta, en los millones que calculó el doctor Narro. Y no hay previsiones para revertir la tendencia.
     Este sí es un frío futuro para nuestro país; un frío amanecer sin esperanza.
     ¿Qué pasará con el transcurso de los años? Es de prever que estos mismísimos jóvenes, llegado el momento, se vengarán de las malas decisiones con las que tanto los fastidiamos en su adolescencia. Y al no poder obligarnos a pagar la factura, harán que las siguientes generaciones vivan experiencias igualmente absurdas; y así se perpetuarán las condiciones inhóspitas de la escuela secundaria? ¿Vamos a esperar a que un meteorito, una crisis energética o un virus letal anuncien la consumación de los siglos, y con ella el fin de las prácticas educativas contrarias a la naturaleza de los adolescentes? Porque si así fuera, entonces sí, nadie se librará del frío.