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sábado, febrero 06, 2016

"Que lo castiguen con todo el peso de la ley"... ¿por tonto?

Autor: José Rafael de Regil Vélez
Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el jueves 4 de febrero, en la columna Palabras que humanizan

Escribo mi artículo semanal el día de asueto en el que conmemoramos el aniversario 99 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el documento legal fundante de la relación entre los mexicanos, la que estipula derechos y deberes y de la cual emanan leyes y reglamentos.
                Mientras pensaba lo que redactaría en mi texto leí en uno de los grupos de las redes sociales en las que participo que habían atrapado cerca de la casa de uno de mis conocidos a unos muchachos que estaban haciendo graffiti en las paredes y a quienes los vecinos tenían detenidos en espera de que llegase la policía para llevarlos a donde sea que lleven a los graffiteros. Alguien que estaba en la conversación dijo: “que los castiguen con todo el peso de la ley”.
                Como entre bueyes no hay cornadas pensé: “¿por qué pedir el “peso de la ley” para esos chicos cuando me consta que algunos de los conectados en la charla, no nos medimos con ella en acciones que nosotros cometemos?” Varios de quienes conozco (incluidos algunos en el chat) nos ufanamos de poder dar vuelta a la autoridad, de que no nos “cachan” cuando transgredimos una ley, un reglamento… Aunque sea cuando nos “volamos” el reglamento de tránsito y después tratamos de convencer al agente de que no, que él se equivocó al infraccionarnos (o sin agente, incumplimos la norma y punto).
                Así las cosas me dije: “para esos jóvenes no se pide castigo porque hayan hecho un quebranto jurídico, sino por tontos”. Como los espartanos.
Estos griegos de hace muchos siglos eran un pueblo fundamentalmente guerrero. En su ciudad estado la mayor virtud a la que alguien podía aspirar era la valentía. En la educación de sus jóvenes se estimulaba el aprendizaje de la astucia, al grado que si alguien era sorprendido, por ejemplo, robando, se le castigaba públicamente no por ladrón, sino por poco astuto; por pen… tonto, diríamos a la mexicana.
                En el aniversario de la Constitución Política nos viene bien reflexionar sobre el significado de las leyes para la convivencia humana, pues ellas son instrumentos para que la interacción de las personas encauce el poder para aquello que les permita -valga la redundancia- vivir más humanamente.
                Me explico. Las mujeres y los hombres, por ser necesitados de muchas cosas para vivir desde el momento de su nacimiento, pueden exigir a los demás lo que les corresponde para poder seguir viviendo: alimento, techo, casa, salud, educación, reglas del juego claras para coexistir socialmente.
Dado que la forma en la que cada uno entiende que se concretan sus derechos entra en conflicto con las de los demás, quienes no necesariamente los miran de la misma manera, se hace necesario dialogar (la palabra diálogo significa proceder a través de la razón) para encontrar los cauces de la coexistencia, los que aseguren que las personas tendremos acceso a aquello que necesitamos para realizarnos.
El producto del diálogo en un consenso social “positiva” (hace objetivos, visibles) los derechos en un instrumento que se llama ley. Así, las leyes, las normas jurídicas, son la objetivación de aquello que hemos acordado socialmente que mejor puede reflejar lo que humaniza en un momento histórico específico, de acuerdo a la cultura, los lugares, usos, costumbres, etc.
Quien rompe una ley impide que nos realicemos y por eso debe recibir una sanción; esto es, merece una consecuencia acorde al daño que nos infligió a sus conciudadanos, previendo inicialmente incluso que pueda resarcir el daño que causó.
Cuando alguien quebranta una ley nos daña, lo alcance a ver o no la autoridad, o nosotros mismos. Mis amigos y yo mismo cuando hemos sido corruptos ocasionamos perjuicios diversos que quedan allí, nos hayan sancionado o no; incluso si actuamos ignorantemente.
Hoy creo que una buena manera de conmemorar el aniversario de la Constitución de 1917 es que los ciudadanos volvamos a caer en cuenta del significado de la ley y el papel que ha de jugar en nuestras vidas y qué significado ha de tener para nuestro ser social. Ojalá que si la rompemos nos castiguen por impedir la humanización y no solo por haber sido tan tontos como para que alguien nos cachara, condenándonos así a vivir infantilmente cuando los desafíos de nuestro tiempo requieren ciudadanos maduros, capaces de afrontarlos para que podamos vivir en solidaridad, paz y justicia.

miércoles, octubre 31, 2012

Reflexiones sobre la ley y los ciudadanos (1): Ni magia ni ornato

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres saber más del autor haz click aquí.

Texto publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 25 de octubre de 2012.

Hoy la reforma laboral está en el medio político mexicano, con su larga lista de declaraciones, los dimes y diretes de los diversos actores del mundo laboral y las charlas de sobremesa y de café de los ciudadanos en general. La gama de actitudes asumidas ante las modificaciones a la Ley Federal del Trabajo que se cocinan en el poder legislativo me han hecho pensar en la forma en la que los ciudadanos solemos relacionarnos con lo legal.
       Dos palabras expresan lo que siento y pienso: magia y ornato.
     Por una parte, las leyes ni conocidas, ni comprendidas- y sus administradores se nos presentan con visos mágicos. La magia, como la define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es el Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales”.
     Ante  un malestar derivado de la convivencia social o de las relaciones comerciales el ciudadano voltea a ver a los abogados, ministerios públicos, jueces casi como magos para pedirles que con sus conjuros consignados en ininteligibles documentos jurídicos resuelvan sus conflictos. Y así, recurriendo a lo que no se entiende se esperarían los resultados inmediatos por la intercesión de los pontífices de lo legal.
      Por otra parte, la cotidianidad nos muestra ciudadanos que en caso de no sentirse afectados por algo miran a la ley como un ornato, pero resuelven sus asuntos como cada quien los entiende: ignorando las cosas, tomando justicia por propia mano, haciendo mitote y presión política. La legislación no es algo que realmente haya que tomar en cuenta.
      Lo que se pierde en esta manera de vivir la vida pública es la posibilidad de que nuestros esfuerzos se articulen razonablemente en un instrumento normativo y que quedemos a expensas de capricho, el arbitrio y la impunidad del poderoso…
      ¿Por qué sucede esto? La respuesta debe ser compleja, pero seguramente tiene que ver con que nuestra la ciudadanía vivimos como espectadores y sentimos todo ajeno a nosotros.
     Es necesario pensarnos de otra manera. Las leyes no son producto de fuerzas sobrenaturales, sino de mujeres y hombres de carne y hueso con intereses específicos, que nos representan o no y que aciertan o se equivocan; en última instancia son nuestros empleados. A ellos hay que indicarles la tarea y pedir cuentas de lo que hacen. El sistema judicial es administrado por otros ciudadanos, también empleados nuestros, cuya tarea debemos comprender. Lo legal es nuestro y no nos podemos permitir el lujo de alienarlo.
      En las instituciones educativas y las familias no hay una pedagogía de la ciudadanía, no se permite a las personas aprender a ser ciudadano, responsable de la ley, capaz de utilizarla razonablemente, de crearla, de modificarla. Las normas están dadas siempre por alguien más y sólo hay que obedecerlas o ignorarlas y confiar en algún ser humano o instancia que la administre ante nuestros ruegos. Cuando mucho se habla de las leyes y en alguna clase de cívica y ética o de introducción al derecho se les refiere, pero NO se permite a los alumnos vivir como protagonistas de su propio compromiso razonable con los demás. Se forma cuando mucho espectadores o consumidores de la ley.
     Y sin embargo sí se puede avanzar para que las personas vivamos las normas y preceptos como algo propio, que articule nuestra existencia en sociedad. El desafío es inventar las formas para aprender haciéndolo.