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sábado, mayo 01, 2010

Muchos davides para vencer a Goliat

Autora: Celine Armenta
Publicación: El Columnista, 28 de abril de 2010

Hasta donde alcanzan a ver mis viejos ojos, ni la democracia ni la participación, ni los derechos de todos, ni la bonanza, la paz, la equidad o la justicia; ni la educación excelente, la libertad, o la estabilidad de las naciones y las comunidades son dádivas de quienes detentan el poder político, económico o ideológico. El porqué es claro: todos estos indicadores sociales y personales de bienestar implican dilución del poder. Cuando todos participamos en decidir nuestros destinos, no hay espacio para dictadores; cuando todos participamos de los bienes materiales, no hay lugar para concentraciones escandalosas de riqueza; y cuando todos velamos por cada uno, maniatamos a los abusadores y los criminales, y aseguramos que la ley proteja a todos y dé a cada uno lo que merece.

     Pero también hasta donde alcanzan a ver mis ojos viejos, una sociedad, una comunidad o una familia dividida por prejuicios e invadida de miedo son perfectas cómplices de los dictadores, los abusadores y los violentos. La discordia ciudadana y la falta de solidaridad nutren a la injusticia, la violencia, la discriminación, la marginación, la pobreza y hasta a la muerte.
     Estas reflexiones son especialmente punzantes en este año, cuando cumplimos doscientos años de una independencia que prometía unirnos bajo una misma bandera; cumplimos cien arios de una revolución que prometía equidad y conquistas ciudadanas para todos; y cumplimos diez arios de una alternancia que prometía democracia, participación y respeto a la voluntad popular. Muchos compartimos hoy la sensación de que estos cumpleaños no ameritan celebraciones sino reclamos: porque la sangre derramada y los desvelos no acaban de dar su fruto. Porque la inseguridad, la inequidad, el abuso del poder, el crimen organizado, la violencia y la corrupción nos tienen sitiados como un gigantesco Goliat feroz e implacable que nos roba la esperanza y bloquea las rutas de salida hacia el futuro.
     Y eso que estamos en Puebla, donde el ejército no patrulla las calles y no sabemos aún lo que es el toque de queda autoimpuesto por la ciudadanía como medida de supervivencia. ¿Pero, cuánto tardará en llegar a nuestra privilegiada Angelópolis el virtual estado de sitio de la vecina Cuernavaca, de la más lejana Matamoros, de la otrora bulliciosa y próspera Ciudad Juárez?
     No podemos sentarnos a esperar que aparezca un mesiánico David. El mítico, el de la Biblia, está ahí precisamente porque fue único y su hazaña es increíble. Los otros David, y las Carmen, los Andrés, las Lourdes, los Cuauhtémoc y muchos, muchos más, cuando enfrentaron solitos y armados con sus hondas al enorme Goliat, simplemente no ganaron. Y quienes apostaron a que una piedrecita solitaria atinaría a dañar un minúsculo punto vital de Goliat, simplemente perdieron.
     Para derrumbar a Goliat, siendo los milagros tan improbables, se necesita un ejército de Davitcles que gritemos en coro: "somos muchos y seremos más"; "el pueblo unido, jamás será vencido"; "no, nos moverán".
     Porque si la discordia entre quienes buscamos vivir en paz y equidad es poderosa aliada de Goliat, también es cierto que la solidaridad puede derrotar al enemigo. Y aquí radica la importancia de aprovechar las oportunidades de solidarizarnos con las causas justas, aunque en apariencia busquen reivindicaciones de otras personas. Porque a menos que todos acojamos las causas de todos como propias, seguiremos inmersos en la injusticia general. Eso es el corazón de la democracia: todos velando por todos; todos procurando el bienestar de todos, y muy especialmente el bienestar y la justicia para quienes históricamente han sido más marginados.
     Tenemos enfrente una oportunidad de oro: la Novena Marcha y jornada Contra la Homofobia, en nuestra ciudad de Puebla.
     Ciertamente cualquier movimiento contra la discriminación podría catalizar nuestra repulsa ante la situación actual y darle forma de solidaridad. Pero la lucha contra la horno- fobia tiene ventajas sobre casi cualquier otro movimiento.
     Lesbianas, gays, y demás grupos de la disidencia sexual constituimos minorías con la ominosa peculiaridad de que en México aún resulta socialmente aceptable discriminamos. Aún más: esta discriminación se legitima, con argumentos falaces, pero sin recato alguno.
     Esto no sucede con otros grupos y personas. En México la discriminación abierta y explícita contra indígenas, personas con discapacidad y otras minorías históricamente subordinadas se ha modificado muy modestamente, pero al menos resulta cada vez menos aceptable hacerlo abiertamente. Sin embargo, los despliegues públicos de homofobia y discriminación hacia gays y lesbianas son práctica común. Entre amigos y en la familia se ridiculiza a las minorías sexuales. Y desde el púlpito y el podio de los gobernantes, desde la tarima del aula y la pantalla de televisión se promueven prejuicios e ignorancia; se degrada a quienes no se ciñen a los patrones de orientación sexual convencionales; se azuza a feligreses, ciudadanos, alumnos y televidentes a hundir a los diferentes en una marginalidad aún peor.
     Por ello, luchar contra la homofobia es tan efectivo. Porque este odio irracional hacia los diferentes engorda abiertamente a Goliat. De ahí que las probabilidades de dañar al gigante sean mejores al luchar contra la homofobia que si enfocamos nuestros esfuerzos en otros cómplices menos conspicuos.
     Las encuestas nacionales entre adultos y adolescentes sobre exclusión evidencian la gravedad y la extensión de la homofobia: uno de cada tres homosexuales reporta haber sufrido acoso por la policía; también uno de cada tres reconoce haber sido objeto de burlas y humillación en la infancia y adolescencia. En congruente contraparte, dos de cada tres adultos no toleraría vivir en la misma casa que un homosexual; y una proporción aún mayor, entre los jóvenes, no apoya los derechos de las minorías sexuales. Además, según el informe preliminar de la Comisión Ciudadana Contra Crímenes de Odio por Homofobia, el número de ejecuciones por homofobia en México podría llegar a 97 al ario; esto significa ocho ejecuciones en el país cada mes, para totalizar 876 en nueve años.
     Todas y todos estamos convocados a marchar en Puebla en contra de la homofobia el 29 de mayo. Todos somos David y ese día nuestras hondas lanzarán una andanada de piedrecitas sencillas, un reclamo primordial: "Que mi derecho a querer, la ley lo haga valer".
     La convocatoria va dirigida primeramente a las propias lesbianas y homosexuales de Puebla y a todos los demás que se identifican como no-heterosexuales. La Novena Marcha es la oportunidad para asumir nuestro papel en la construcción de una Puebla justa, democrática, incluyente.
     Pero la convocatoria se extiende a quienquiera que desee apoyar y promover una sociedad nueva y mejor. Que asistan a marchar quienes son marginados por cualquier condición: maestros, obreros, comerciantes, jóvenes, mujeres, ancianos, personas con discapacidad. Y por supuesto están convocados también quienes en este momento no han sido tocados seriamente por Goliat, pero saben que sin equidad para todos no habrá una Puebla sana ni una sociedad plena.

domingo, abril 18, 2010

METIÉNDOME DONDE NO ME LLAMAN

Autora: Celine Armenta
Publicación: ¨Puebla on line, 19 de abril de 2010

Todos somos expertos en beisbol y gimnasia olímpica desde el sillón de la sala. La distancia nos engaña parcialmente pero también nos da una claridad difícil de alcanzar por el manager y el entrenador. Por eso muchos, yo incluida, adquirimos el feo hábito de arreglar el mundo, ofrecer sugerencias no solicitadas y meternos donde no nos llaman.
     Esto explica que yo quiera aportar unos consejos a la Iglesia Católica en lo que, sin exagerar, considero que es su primera crisis planetaria: una tormenta impensable en cualquier otra época, cuando la tiranía de las comunicaciones no decidía sobre la vida y la muerte, el endiosamiento y la condenación.
     Así lo veo: aunque relativamente fueran muy pocos, los curas pederastas no son perdonables, ni lo es la institución en que militan, de la que comen, y para la que viven; menos perdonable es la canallada de quienes seguramente son muchos: los obispos, curas y laicos encubridores por comisión u omisión, y cómplices de un delito que no debiera prescribir jamás.
     Pero tampoco hay que ser ingenuo; nada ganan hoy las víctimas del pasado, ni se previene nada para las del futuro, arrojando a los curas pederastas a un infierno en vida. Estos delincuentes deben ser juzgados y condenados; aunque un tratamiento siquiátrico serio, pagado por la propia iglesia, operaría mejor que cualquier prisión.
     Por otra parte, con un sentido mínimo de justicia, las víctimas debieran ser muy generosamente indemnizadas con dinero, ese que las homilías juzgan como material y despreciable; indemnizadas sin tardanza y a manos llenas Estas no son recomendaciones de una editorialista metiche: son reclamos mundiales en aras de una justicia elemental.
     Mis recomendaciones son más audaces, y las resumo en dos palabras: transparencia e inteligencia.
     Me explico: no creo que todos los pederastas sean del estilo calculador, brillante aunque execrable de Marcial Maciel. Muchos serán oscuros, torpes; reclutados en una adolescencia turbulenta por seminarios semivacíos; habrán crecido solitos, ignorantes de lo elemental, estudiando mal y poco hasta graduarse sin herramientas para ver por ellos mismos; y menos aún para velar por los demás.
     Ninguna escuela profesional opera hoy sin mínimos controles de calidad; aunque la mayor parte de sus egresados no tenga posibilidades de dañar como lo hacen los curas, porque nunca tendrá en sus manos las conciencias, vidas, muertes e hijitos de sus clientes.
     Hay que indagar en serio las prácticas de reclutamiento y formación eclesial. Hay que ventilarlas y cambiarlas de una vez y para siempre.
     Y con igual o aún mayor rigor deben juzgarse y condenarse las prácticas de encubrimiento, la secrecía, la fraternidad muy mal entendida, la misericordia otorgada con largueza al violador y negada sistemáticamente a los niños y niñas, a los y las adolescentes, y también a las mujeres violadas o seducidas con engaños por clérigos, de las que sabemos bastante poco.
     Ahora bien: desde dentro y también desde fuera se han buscado posibles causas a la pederastia de curas católicos: grupos antagónicos han mencionado la homosexualidad y el celibato. Creo que es inútil buscar una causa para algo tan complejo; además, estas dos supuestas causas, fuera de servir a la causa de los homófobos por un lado y de los erotómanos por el otro, no arrojan nada de luz.
     Mejor sería aprovechar esta tormenta para revisar a fondo las fobias anacrónicas de una institución de enorme importancia tanto para creyentes como para quienes la miramos desde fuera sabedores de su enorme influencia en nuestro siglo, en todo el orbe.
     Se debería evidenciar y abolir la misoginia que sigue marginando a las católicas de su propia institución, y que de manera criminal ha lavado cerebros y atizado conciencias para cambiar la legislación de 18 entidades, condenando a las mujeres a retrocesos en nuestras libertades y derechos. Se deben combatir la ignorancia y los prejuicios sobre la mujer, que exaltan la maternidad y sacralizan la sobrevivencia de los embriones por encima de lo que dicta el sentido común, la historia y la ciencia.
     También sería momento de juzgar y abolir la homofobia con su carga de discriminación, marginación y violencia. Y ya puestos a abolir, ¿por qué no terminar con la anacrónica hedonofobia o sea el miedo patológico al placer y al gozo? Esconder las imágenes sangrantes y dejar de exaltar los martirios y las prácticas masoquistas.
     Y finalmente, acabar también con la eleuterofobia, el miedo a la libertad; celebrar la diversidad; acabar con el proselitismo irrespetuoso; experimentar con madurez los sobresaltos de la democracia y la pluralidad.
     Suena bien, ¿no es así?