Autor: F.H. Eduardo Almeida Acosta
Publicación: La Jornada de Oriente, 11 de septiembre, 2008
E-Consulta, 9 de septiembre, 2008
Existe un espacio social, un modelo comunitario que ofrece la ciudad de Puebla a sus habitantes y a sus gobernantes: La laguna de San Baltazar.
Es un lugar de belleza natural cuidada y protegida, sin fines de lucro, en un escenario lacustre, habitualmente soleado, verde, silencioso, en medio de una ciudad descuidada. Desde ahí se puede disfrutar de la vista del Popo, del Izta y de la Malinche.
Conviven en este remanso ecológico variedad de plantas, sin que sea un jardín botánico; variedad de aves sin que sea un aviario; variedad de humanos en convivencia ciudadana, sin que sea una
empresa ni un partido ni una academia ni una denominación religiosa.
Es una plaza cívica para el ocio de empleados, políticos, obreros, académicos, funcionarios, amas y amos de casa, jubilados, empresarios, estudiantes, desempleados.
Puede considerarse un centro de educación informal en democracia, medio ambiente y salud.
Es un lugar de esparcimiento como pocos al alcance de casi todas las clases sociales. Los niños se divierten ofreciendo alimento a los patos. Los jóvenes se preparan en canotaje y carreras para competir tal vez en las Olimpiadas de Londres. Los adultos se mantienen en forma, contrarrestando los achaques que genera la vida estresante. Personas mayores ponen en práctica los consejos que anuncian las botellas de una bebida a base de té verde: “Caminar 30 minutos diarios y sonreir es parte de tu bienestar”.
En justicia debe reconocerse que este parque público, encomendado a una Asociación Civil, recibe un mantenimiento de calidad y da señales de un proceso de mejora continua. Contribuyen a la convivialidad de esta ágora serena y callada el buen humor de sus administradores, el trabajo de sus jardineros, las atenciones de los cuidacoches y las ofertas de los vendedores de jugos y garnachas.
Artículos periodísticos publicados por diversos académicos de la Universidad Iberoamericana Puebla
jueves, septiembre 11, 2008
lunes, septiembre 08, 2008
Impunidad y Educación
Autor: Martín López Calva
Publicación: E-Consulta, 8 de septiembre, 2008
“Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”
Proverbio de una tribu india norteamericana
Las marchas y declaraciones en contra de la violencia que hemos vivido en las últimas semanas en México están mostrando el alto nivel de indignación ciudadana ante la escalada del crimen organizado. En la discusión sobre el tema han surgido propuestas en la línea de endurecer las penas –cadena perpetua e incluso pena de muerte- contra los secuestradores, narcotraficantes y personas que cometan otros delitos graves.
Sin embargo en estas mismas discusiones se ha dejado claro que el hecho de que las penas sean más duras contra los delincuentes no va a resolver el problema de la violencia, porque lo que está haciendo que esta ola de terror vaya incrementándose es la impunidad.
En efecto, la ola de violencia se incrementa cuando un delincuente encuentra que puede cometer cualquier tipo de ilícito sin que vaya a recibir la sanción correspondiente porque la autoridad es ineficiente en el mejor de los casos o corrupta y cómplice en el peor. Esto se vuelve un incentivo perverso que hace que el delito se multiplique.
Mientras no se solucione la impunidad en nuestro país, el problema de la descomposición social manifiesta en el delito y la violencia seguirá siendo una realidad terrible, a la que desgraciadamente –esto es más terrible aún- nos estamos acostumbrando.
Es evidente que este incremento de la violencia no es solamente causado por decisiones individuales –la existencia de personas sin escrúpulos que cometen delitos- sino por todo un sistema que muestra estructuras policíacas y gubernamentales en descomposición y lo más grave de todo, por una distorsión progresiva de la cultura nacional que hace que veamos como natural esta corrupción e impunidad y que pensemos que no hay modo de cambiar las cosas.
Esta descomposición de nuestra cultura ciudadana se muestra desde los detalles más simples de la vida cotidiana y va generando un deterioro progresivo de la situación social que transmitimos a las nuevas generaciones.
¿Cuántos de los que marchamos para decir ¡Ya basta de violencia e impunidad! somos los primeros que agredimos con el claxon, con insultos o aún con violencia física al conductor de un auto que se nos cerró? ¿Cuántos de los que gritamos que queremos que se aplique la ley somos los que nos estacionamos en los lugares reservados para las personas con discapacidad en el estacionamiento de un centro comercial? ¿Cuántos de nosotros transitamos impunemente en sentido contrario en la calle que sea, simplemente porque no queremos molestarnos en hacer las cosas correctamente? ¿Quiénes de los que estabamos marchando en las calles para pedir que se haga realidad el “estado de derecho” somos los que estacionamos nuestros autos en doble o triple fila al llevar o recoger a nuestros hijos en su escuela?
La educación tiene mucho que ver con la impunidad. Si mostramos a nuestros hijos que estamos en contra de que se viole la ley pero somos nosotros los primeros que la violamos con cualquier pretexto, estaremos educando en y para la impunidad. Poco efecto tendrán nuestros discursos sobre los valores si ellos nos ven actuar diariamente en sentido contrario a los principios de convivencia que decimos profesar.
Los que trabajamos en instituciones de educación formal hemos sido testigos seguramente de más de un caso en el que los padres de familia llegan indignados a defender a sus hijos ante una sanción que se les aplicó por romper con principios de convivencia, comportarse violentamente o con indisciplina o hacer trampa en un examen. ¿No estamos entonces defendiendo la impunidad y educando en la impunidad a nuestros hijos que se sentirán siempre protegidos actúen como actúen?
¿Cómo podemos los educadores hablar en contra de la impunidad si se muestran cotidianamente en los medios de comunicación a grupos de profesores cerrando calles, clausurando escuelas o incluso tomando casetas de cobro en autopistas o generando destrozos y violencia? ¿Cómo podemos desde el sistema educativo atacar la impunidad si son evidentes las manipulaciones, los excesos y la riqueza inexplicable de quienes dicen representar los intereses de los profesores y buscar una educación de calidad?
Mientras los adultos de este país, padres de familia, autoridades educativas o sindicales y maestros no hagamos conciencia de que para acabar con la impunidad tenemos que empezar por educar con el ejemplo, la descomposición social seguirá en aumento.
Porque en efecto: Lo que hacemos habla tan fuerte, que nuestros hijos y alumnos no pueden escuchar lo que decimos.
Publicación: E-Consulta, 8 de septiembre, 2008
“Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”
Proverbio de una tribu india norteamericana
Las marchas y declaraciones en contra de la violencia que hemos vivido en las últimas semanas en México están mostrando el alto nivel de indignación ciudadana ante la escalada del crimen organizado. En la discusión sobre el tema han surgido propuestas en la línea de endurecer las penas –cadena perpetua e incluso pena de muerte- contra los secuestradores, narcotraficantes y personas que cometan otros delitos graves.
Sin embargo en estas mismas discusiones se ha dejado claro que el hecho de que las penas sean más duras contra los delincuentes no va a resolver el problema de la violencia, porque lo que está haciendo que esta ola de terror vaya incrementándose es la impunidad.
En efecto, la ola de violencia se incrementa cuando un delincuente encuentra que puede cometer cualquier tipo de ilícito sin que vaya a recibir la sanción correspondiente porque la autoridad es ineficiente en el mejor de los casos o corrupta y cómplice en el peor. Esto se vuelve un incentivo perverso que hace que el delito se multiplique.
Mientras no se solucione la impunidad en nuestro país, el problema de la descomposición social manifiesta en el delito y la violencia seguirá siendo una realidad terrible, a la que desgraciadamente –esto es más terrible aún- nos estamos acostumbrando.
Es evidente que este incremento de la violencia no es solamente causado por decisiones individuales –la existencia de personas sin escrúpulos que cometen delitos- sino por todo un sistema que muestra estructuras policíacas y gubernamentales en descomposición y lo más grave de todo, por una distorsión progresiva de la cultura nacional que hace que veamos como natural esta corrupción e impunidad y que pensemos que no hay modo de cambiar las cosas.
Esta descomposición de nuestra cultura ciudadana se muestra desde los detalles más simples de la vida cotidiana y va generando un deterioro progresivo de la situación social que transmitimos a las nuevas generaciones.
¿Cuántos de los que marchamos para decir ¡Ya basta de violencia e impunidad! somos los primeros que agredimos con el claxon, con insultos o aún con violencia física al conductor de un auto que se nos cerró? ¿Cuántos de los que gritamos que queremos que se aplique la ley somos los que nos estacionamos en los lugares reservados para las personas con discapacidad en el estacionamiento de un centro comercial? ¿Cuántos de nosotros transitamos impunemente en sentido contrario en la calle que sea, simplemente porque no queremos molestarnos en hacer las cosas correctamente? ¿Quiénes de los que estabamos marchando en las calles para pedir que se haga realidad el “estado de derecho” somos los que estacionamos nuestros autos en doble o triple fila al llevar o recoger a nuestros hijos en su escuela?
La educación tiene mucho que ver con la impunidad. Si mostramos a nuestros hijos que estamos en contra de que se viole la ley pero somos nosotros los primeros que la violamos con cualquier pretexto, estaremos educando en y para la impunidad. Poco efecto tendrán nuestros discursos sobre los valores si ellos nos ven actuar diariamente en sentido contrario a los principios de convivencia que decimos profesar.
Los que trabajamos en instituciones de educación formal hemos sido testigos seguramente de más de un caso en el que los padres de familia llegan indignados a defender a sus hijos ante una sanción que se les aplicó por romper con principios de convivencia, comportarse violentamente o con indisciplina o hacer trampa en un examen. ¿No estamos entonces defendiendo la impunidad y educando en la impunidad a nuestros hijos que se sentirán siempre protegidos actúen como actúen?
¿Cómo podemos los educadores hablar en contra de la impunidad si se muestran cotidianamente en los medios de comunicación a grupos de profesores cerrando calles, clausurando escuelas o incluso tomando casetas de cobro en autopistas o generando destrozos y violencia? ¿Cómo podemos desde el sistema educativo atacar la impunidad si son evidentes las manipulaciones, los excesos y la riqueza inexplicable de quienes dicen representar los intereses de los profesores y buscar una educación de calidad?
Mientras los adultos de este país, padres de familia, autoridades educativas o sindicales y maestros no hagamos conciencia de que para acabar con la impunidad tenemos que empezar por educar con el ejemplo, la descomposición social seguirá en aumento.
Porque en efecto: Lo que hacemos habla tan fuerte, que nuestros hijos y alumnos no pueden escuchar lo que decimos.
viernes, septiembre 05, 2008
Explicar la inseguridad pública: ¿una hipótesis o un escándalo?
Autor: Gerardo Palomo González
Publicación: La Jornada de Oriente, 5 de septiembre, 2008
La problemática del crimen organizado tal como la conocemos hoy en día empezó a configurarse en los años de 19921994, aproximadamente, y desde entonces han pasado cerca de 16 años durante los cuales han estado al frente del gobierno federal cuatro administraciones, dos gobiernos del PRI y dos del PAN, incluyendo al grupo actualmente instalado en Los Pinos. Se trata de cuatro gobiernos que han dispuesto de todos los medios del Estado para estudiar y analizar el fenómeno, realizar los diagnósticos necesarios, precisar los medios materiales y humanos para enfrentarlo, definir las políticas públicas correspondientes e ir haciendo los ajustes necesarios conforme se avanzaba en su tratamiento. Sin embargo, considerando el persistente clima de violencia gansteril y el tremendismo de sus acciones, la formación de bandas con medios de fuerza que rebasan a las autoridades locales y estatales, sin dejar de lado el proceso de cooptación de que han sido objeto estas últimas y que también llega a niveles federales o la multiplicidad de ejecuciones que siguen ocurriendo después de la “Cumbre” realizada del pasado jueves 21 de agosto; es claro que es muy poco lo que se ha hecho y la situación por la que atraviesa el país sólo puede calificarse en términos de una verdadera crisis de seguridad pública. Lo cual pone en entredicho una de las funciones más importantes del Estado y de todo gobierno, garantizar la seguridad interna de la nación.
El actual grupo en el gobierno cometió además el grave error de involucrar al ejército en dicha tarea en lugar de haber emprendido la tarea de reformar, en todo caso al mismo tiempo y como política de estado, los cuerpos policiacos del país mediante su efectiva profesionalización. Y no deja de llamar la atención el hecho de que este último tema, también crucial para cualquier Estado visto que lo que está en juego es nada más y nada menos que la legitimidad política de esta última instancia con respecto al conjunto del país, se maneje a diestra y siniestra sin que se precise su contenido y se insista en que todo se resolverá con más tecnología, el negocio de unos cuantos, y más medidas de fuerza, más armas y poder discrecional.
El paseismo del gobierno actual con respecto a este tema es tal que no podemos dejar de hacernos las siguientes preguntas dada la gravedad del problema: ¿se puede decir que desde su instalación en Los Pinos el grupo gobernante empezó a delinear y poner en marcha una política de coordinación sólida entre las diferentes dependencias a las que compete trabajar sobre este grave y crítico tema de la agenda de seguridad del país?, dado que es ya un tema de seguridad nacional considerado por lo menos desde el punto de vista de sus efectos en la frontera norte del país y la repercusión de estos últimos en la agenda bilateral con el vecino país del norte; ¿consideró dicho grupo que los dos secretarios de Gobernación que se han sucedido en el cargo tenían el perfil profesional más adecuado en términos de conocimientos, capacidad de análisis y experiencia política para enfrentar al crimen organizado en su variante narcotráfico y en la parte que le correspondiese a esa secretaría?, ¿en función de qué criterios se decidió que fuese el ejército el que enfrentara dicho problema a sabiendas de que dicho instituto no está diseñado para este tipo de tareas?, aspecto que cualquier analista con un sentido profesional–académico de estos asuntos sabe reconocer; ¿quién fue el promotor de dicha idea? o, en suma, ¿sabe realmente el actual gobierno a lo que se está enfrentando? Porque si la respuesta es positiva entonces no ha tomado las medidas que sí contribuirían a resolverlo y esto nos permite pensar que lo que ha estado haciendo es tratar de capitalizar a su favor la situación de inseguridad que padecemos todos los ciudadanos de este país; lo cual explicaría también, si asumimos que sí sabe a lo que se enfrenta, que se nos haya estado entreteniendo con una versión de dicho problema cuyo único objetivo consistiría en redituarle el máximo beneficio electoral infundiendo miedo y temor en la población, con el apoyo además de medios de comunicación cuya labor de distorsión es ya proverbial y en detrimento de la ciudadanía. Es claro, amable lector, que si el gobierno no sabe a lo que se enfrenta el grupo que asume representarlo debería ser el primero en ubicar la puerta de salida.
La situación se complica si tomamos en cuenta que el gobierno en turno necesitaba una “guerra” en lo interno para ganar algo de la legitimidad política que nunca conquistó en las urnas. Y ahora sucede que ya reconoció haber perdido dicha “guerra” desde el momento en que aceptó el curioso advice de realizar la “Cumbre”. Con lo cual lo único que logró es probablemente que uno que otro actor le pasara la factura política a cambio de algo de seguridad. Actores que, por cierto, también quieren participar en ese gran negocio neoliberal representado por la privatización de Pemex y que dejaría a nuestro país sin medios de poder para impulsar su política exterior a favor de nuestro propio desarrollo.
Ahora bien, tal y como lo hemos expresado en otras entregas, la problemática a la que se enfrenta el grupo en el gobierno tiene como punto central y de partida explicar el crecimiento inusitado del crimen organizado (CO) en su variante narcotráfico (Nt), y de la cual se derivan muchas de las manifestaciones de violencia e inseguridad que todos conocemos. Y sucede que es la caracterización de la estructura de dicha problemática la que nos ofrecería, al mismo tiempo, una explicación. Por lo cual, como primera premisa, bien puede argumentarse que dicho crecimiento se debe a su relación con otros actores. Unos de carácter político, grupos de poder político (Gpp), y otros de orden económico, grupos de poder económico (Gpe). Con lo cual queremos decir que a lo que se enfrenta el gobierno no es al crimen organizado como actor único sino a una estructura de relaciones en la que este último no es sino el actor más visible. Y dicha estructura se puede formular como sigue: [(CO: Nt) / (Gpe/ Gpp)]. En donde el sentido de la diagonal indica, además, relaciones de subordinación
Es claro entonces que la tarea no es nada fácil, que la construcción de soluciones requiere una efectiva política de estado, de un equipo gubernamental que piense realmente en el fortalecimiento de nuestro país y en cuyos cálculos se tome en cuenta el sencillo derecho de nuestra existencia social como ciudadanos. Algo muy distante del “derecho” que se atribuye y más le preocupa a lo que se nos ofrece como gobierno en turno: la venta de esta nación.
Publicación: La Jornada de Oriente, 5 de septiembre, 2008
La problemática del crimen organizado tal como la conocemos hoy en día empezó a configurarse en los años de 19921994, aproximadamente, y desde entonces han pasado cerca de 16 años durante los cuales han estado al frente del gobierno federal cuatro administraciones, dos gobiernos del PRI y dos del PAN, incluyendo al grupo actualmente instalado en Los Pinos. Se trata de cuatro gobiernos que han dispuesto de todos los medios del Estado para estudiar y analizar el fenómeno, realizar los diagnósticos necesarios, precisar los medios materiales y humanos para enfrentarlo, definir las políticas públicas correspondientes e ir haciendo los ajustes necesarios conforme se avanzaba en su tratamiento. Sin embargo, considerando el persistente clima de violencia gansteril y el tremendismo de sus acciones, la formación de bandas con medios de fuerza que rebasan a las autoridades locales y estatales, sin dejar de lado el proceso de cooptación de que han sido objeto estas últimas y que también llega a niveles federales o la multiplicidad de ejecuciones que siguen ocurriendo después de la “Cumbre” realizada del pasado jueves 21 de agosto; es claro que es muy poco lo que se ha hecho y la situación por la que atraviesa el país sólo puede calificarse en términos de una verdadera crisis de seguridad pública. Lo cual pone en entredicho una de las funciones más importantes del Estado y de todo gobierno, garantizar la seguridad interna de la nación.
El actual grupo en el gobierno cometió además el grave error de involucrar al ejército en dicha tarea en lugar de haber emprendido la tarea de reformar, en todo caso al mismo tiempo y como política de estado, los cuerpos policiacos del país mediante su efectiva profesionalización. Y no deja de llamar la atención el hecho de que este último tema, también crucial para cualquier Estado visto que lo que está en juego es nada más y nada menos que la legitimidad política de esta última instancia con respecto al conjunto del país, se maneje a diestra y siniestra sin que se precise su contenido y se insista en que todo se resolverá con más tecnología, el negocio de unos cuantos, y más medidas de fuerza, más armas y poder discrecional.
El paseismo del gobierno actual con respecto a este tema es tal que no podemos dejar de hacernos las siguientes preguntas dada la gravedad del problema: ¿se puede decir que desde su instalación en Los Pinos el grupo gobernante empezó a delinear y poner en marcha una política de coordinación sólida entre las diferentes dependencias a las que compete trabajar sobre este grave y crítico tema de la agenda de seguridad del país?, dado que es ya un tema de seguridad nacional considerado por lo menos desde el punto de vista de sus efectos en la frontera norte del país y la repercusión de estos últimos en la agenda bilateral con el vecino país del norte; ¿consideró dicho grupo que los dos secretarios de Gobernación que se han sucedido en el cargo tenían el perfil profesional más adecuado en términos de conocimientos, capacidad de análisis y experiencia política para enfrentar al crimen organizado en su variante narcotráfico y en la parte que le correspondiese a esa secretaría?, ¿en función de qué criterios se decidió que fuese el ejército el que enfrentara dicho problema a sabiendas de que dicho instituto no está diseñado para este tipo de tareas?, aspecto que cualquier analista con un sentido profesional–académico de estos asuntos sabe reconocer; ¿quién fue el promotor de dicha idea? o, en suma, ¿sabe realmente el actual gobierno a lo que se está enfrentando? Porque si la respuesta es positiva entonces no ha tomado las medidas que sí contribuirían a resolverlo y esto nos permite pensar que lo que ha estado haciendo es tratar de capitalizar a su favor la situación de inseguridad que padecemos todos los ciudadanos de este país; lo cual explicaría también, si asumimos que sí sabe a lo que se enfrenta, que se nos haya estado entreteniendo con una versión de dicho problema cuyo único objetivo consistiría en redituarle el máximo beneficio electoral infundiendo miedo y temor en la población, con el apoyo además de medios de comunicación cuya labor de distorsión es ya proverbial y en detrimento de la ciudadanía. Es claro, amable lector, que si el gobierno no sabe a lo que se enfrenta el grupo que asume representarlo debería ser el primero en ubicar la puerta de salida.
La situación se complica si tomamos en cuenta que el gobierno en turno necesitaba una “guerra” en lo interno para ganar algo de la legitimidad política que nunca conquistó en las urnas. Y ahora sucede que ya reconoció haber perdido dicha “guerra” desde el momento en que aceptó el curioso advice de realizar la “Cumbre”. Con lo cual lo único que logró es probablemente que uno que otro actor le pasara la factura política a cambio de algo de seguridad. Actores que, por cierto, también quieren participar en ese gran negocio neoliberal representado por la privatización de Pemex y que dejaría a nuestro país sin medios de poder para impulsar su política exterior a favor de nuestro propio desarrollo.
Ahora bien, tal y como lo hemos expresado en otras entregas, la problemática a la que se enfrenta el grupo en el gobierno tiene como punto central y de partida explicar el crecimiento inusitado del crimen organizado (CO) en su variante narcotráfico (Nt), y de la cual se derivan muchas de las manifestaciones de violencia e inseguridad que todos conocemos. Y sucede que es la caracterización de la estructura de dicha problemática la que nos ofrecería, al mismo tiempo, una explicación. Por lo cual, como primera premisa, bien puede argumentarse que dicho crecimiento se debe a su relación con otros actores. Unos de carácter político, grupos de poder político (Gpp), y otros de orden económico, grupos de poder económico (Gpe). Con lo cual queremos decir que a lo que se enfrenta el gobierno no es al crimen organizado como actor único sino a una estructura de relaciones en la que este último no es sino el actor más visible. Y dicha estructura se puede formular como sigue: [(CO: Nt) / (Gpe/ Gpp)]. En donde el sentido de la diagonal indica, además, relaciones de subordinación
Es claro entonces que la tarea no es nada fácil, que la construcción de soluciones requiere una efectiva política de estado, de un equipo gubernamental que piense realmente en el fortalecimiento de nuestro país y en cuyos cálculos se tome en cuenta el sencillo derecho de nuestra existencia social como ciudadanos. Algo muy distante del “derecho” que se atribuye y más le preocupa a lo que se nos ofrece como gobierno en turno: la venta de esta nación.
jueves, septiembre 04, 2008
Marchas que iluminan y oscurecen
Autora: Ma. Eugenia Sánchez Díaz de Rivera
Publicacion: La Jornada de Oriente, 4 de septiembre, 2008
No sólo no es “políticamente correcto” en este momento cuestionar la Marcha contra la Inseguridad sino que se corre el riesgo de ofender a cientos de personas que han sufrido de diferentes formas el impacto de la violencia creciente que impera en el país. Y eso de ninguna manera, que quede claro, es mi intención. Me parece simplemente desgarrador el dolor de tantas mujeres y hombres, jóvenes y adultos que de alguna forma pudo expresarse en las marchas que tuvieron lugar el sábado 30 de Agosto. Pero no elucidar los aspectos de la realidad que obscurece esa marcha que pretendía “iluminar México” es también una falta de responsabilidad. Aunque se ha hecho ya en diferentes medios, no puedo dejar pasar la ocasión de expresar mi punto de vista.
Una marcha en demanda de la seguridad y en contra de la impunidad y la delincuencia que no hace referencia a las causas que la originan y al carácter selectivo de la misma demanda, se puede convertir en lo contrario: un ejercicio para encubrir dicha impunidad y dicha delincuencia.
¿Por qué México Unido contra la Delincuencia y las demás organizaciones convocantes a la marcha no se hicieron presentes ante uno de los más graves, importantes y emblemáticos casos de delincuencia e impunidad que fue el de Lydia Cacho – Mario Marín, caso en el que la autoridad moral, nada menos que de la Suprema Corte de Justicia, quedó en entredicho dañando de manera lacerante la ya deteriorada institucionalidad del País. ¿Los niños y las niñas de México no merecían alguna reacción?
¿Dónde estaban esas organizaciones ante el abuso y el homicidio, también emblemático, de una mujer en el máximo grado de vulnerabilidad: mujer, pobre, indígena y anciana, el de Ernestina Ascencio, presuntamente de manos de militares? ¿Y ante la absurda e indignante respuesta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos?
¿Se ha visto a las organizaciones convocantes o a sus representantes reprobar le evasión fiscal de las grandes empresas a las que además, según la Auditoría Superior de la Federación, se les devolvieron -entre 2001-2005 - 604 mil millones de pesos, y solamente en el primer semestre de 2008, 93 mil millones de pesos, que no se han traducido en inversión productiva? ¿No merecían algún comentario esos hechos que muestran la co-responsabilidad de los grandes empresarios en el aumento del desempleo y en la generación de pobreza que orilla a tantos jóvenes a involucrarse en esa “conexión perversa” que es el crimen organizado? ¿Se han inmutado ante la impunidad frente a las muertas de Juárez o de los mineros de Pasta de Conchos? ¿Frente al hostigamiento constante y creciente del Ejercito hacia las comunidades indígenas?
¿Es muy tendencioso preguntarse por qué todos esos casos de violencia atroz, generalizada y paradigmática no han aparecido en las pantallas de TV Azteca y Televisa o han aparecido para ser minimizados y hasta legitimados, mientras que a la reciente Marcha contra la Inseguridad la volvieron todo un espectáculo?
¿Qué reacción se constató en esas cadenas televisivas o por parte de las organizaciones antes mencionadas ante el insulto sufrido por la ciudadanía, sí, insulto, que significó ver en la firma de un Acuerdo por la Seguridad, la Legalidad y la Justicia a personajes como Elba Esther Gordillo, Ulises Ruiz, Mario Marín, Ernesto Peña Nieto o Carlos Romero Deschamps?
¿Nos sugiere algo que ese mismo día a Ignacio del Valle, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de San Salvador Atenco, se le hayan añadido 45 años más a los 67 años a los que ya se le había sentenciado por “secuestro equiparado”? ¿Habrá sido la coincidencia un gesto simbólico de los que puede significar “orden”, “autoridad” y “seguridad” anunciados por Felipe Calderón en esos spots que ofenden la inteligencia de la ciudadanía?
¿Qué no tenemos ya la experiencia de lo que les pasa a los ciudadanos que exigen seguridad en sentido amplio, es decir justicia para una vida digna para todos, que exigen un viraje serio a las políticas económicas, una superación del racismo, una develación de la corrupción en cúpulas de la clase política, del sector privado y de sindicatos? Podemos preguntárselo a Carmen Aristegui, a Lydia Cacho o a las comunidades zapatistas.
Sí, las marchas del sábado 30 de agosto iluminaron los efectos de la situación de violencia desparramada en la nación, pero al ocultar las causas no estoy segura que le hayan dado un buen servicio a la paz y a la dignidad de los mexicanos.
Publicacion: La Jornada de Oriente, 4 de septiembre, 2008
No sólo no es “políticamente correcto” en este momento cuestionar la Marcha contra la Inseguridad sino que se corre el riesgo de ofender a cientos de personas que han sufrido de diferentes formas el impacto de la violencia creciente que impera en el país. Y eso de ninguna manera, que quede claro, es mi intención. Me parece simplemente desgarrador el dolor de tantas mujeres y hombres, jóvenes y adultos que de alguna forma pudo expresarse en las marchas que tuvieron lugar el sábado 30 de Agosto. Pero no elucidar los aspectos de la realidad que obscurece esa marcha que pretendía “iluminar México” es también una falta de responsabilidad. Aunque se ha hecho ya en diferentes medios, no puedo dejar pasar la ocasión de expresar mi punto de vista.
Una marcha en demanda de la seguridad y en contra de la impunidad y la delincuencia que no hace referencia a las causas que la originan y al carácter selectivo de la misma demanda, se puede convertir en lo contrario: un ejercicio para encubrir dicha impunidad y dicha delincuencia.
¿Por qué México Unido contra la Delincuencia y las demás organizaciones convocantes a la marcha no se hicieron presentes ante uno de los más graves, importantes y emblemáticos casos de delincuencia e impunidad que fue el de Lydia Cacho – Mario Marín, caso en el que la autoridad moral, nada menos que de la Suprema Corte de Justicia, quedó en entredicho dañando de manera lacerante la ya deteriorada institucionalidad del País. ¿Los niños y las niñas de México no merecían alguna reacción?
¿Dónde estaban esas organizaciones ante el abuso y el homicidio, también emblemático, de una mujer en el máximo grado de vulnerabilidad: mujer, pobre, indígena y anciana, el de Ernestina Ascencio, presuntamente de manos de militares? ¿Y ante la absurda e indignante respuesta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos?
¿Se ha visto a las organizaciones convocantes o a sus representantes reprobar le evasión fiscal de las grandes empresas a las que además, según la Auditoría Superior de la Federación, se les devolvieron -entre 2001-2005 - 604 mil millones de pesos, y solamente en el primer semestre de 2008, 93 mil millones de pesos, que no se han traducido en inversión productiva? ¿No merecían algún comentario esos hechos que muestran la co-responsabilidad de los grandes empresarios en el aumento del desempleo y en la generación de pobreza que orilla a tantos jóvenes a involucrarse en esa “conexión perversa” que es el crimen organizado? ¿Se han inmutado ante la impunidad frente a las muertas de Juárez o de los mineros de Pasta de Conchos? ¿Frente al hostigamiento constante y creciente del Ejercito hacia las comunidades indígenas?
¿Es muy tendencioso preguntarse por qué todos esos casos de violencia atroz, generalizada y paradigmática no han aparecido en las pantallas de TV Azteca y Televisa o han aparecido para ser minimizados y hasta legitimados, mientras que a la reciente Marcha contra la Inseguridad la volvieron todo un espectáculo?
¿Qué reacción se constató en esas cadenas televisivas o por parte de las organizaciones antes mencionadas ante el insulto sufrido por la ciudadanía, sí, insulto, que significó ver en la firma de un Acuerdo por la Seguridad, la Legalidad y la Justicia a personajes como Elba Esther Gordillo, Ulises Ruiz, Mario Marín, Ernesto Peña Nieto o Carlos Romero Deschamps?
¿Nos sugiere algo que ese mismo día a Ignacio del Valle, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de San Salvador Atenco, se le hayan añadido 45 años más a los 67 años a los que ya se le había sentenciado por “secuestro equiparado”? ¿Habrá sido la coincidencia un gesto simbólico de los que puede significar “orden”, “autoridad” y “seguridad” anunciados por Felipe Calderón en esos spots que ofenden la inteligencia de la ciudadanía?
¿Qué no tenemos ya la experiencia de lo que les pasa a los ciudadanos que exigen seguridad en sentido amplio, es decir justicia para una vida digna para todos, que exigen un viraje serio a las políticas económicas, una superación del racismo, una develación de la corrupción en cúpulas de la clase política, del sector privado y de sindicatos? Podemos preguntárselo a Carmen Aristegui, a Lydia Cacho o a las comunidades zapatistas.
Sí, las marchas del sábado 30 de agosto iluminaron los efectos de la situación de violencia desparramada en la nación, pero al ocultar las causas no estoy segura que le hayan dado un buen servicio a la paz y a la dignidad de los mexicanos.
martes, septiembre 02, 2008
Muy Respetable, Muy Respetable, Muy Respetable
Autor: Rodrigo Saldaña Guerrero
Publicación: E-Consulta, 2 de septiembre, 2008
López Obrador ha hecho una contribución importante a la cultura política de México. Nada más dice dicho sea con todo respeto, y uno se agacha para que no lo toquen las pedradas. Una variante de este truco es decir que algo es muy respetable. Traducción: están locos, ¿a quién se le ocurre?, tienen todo el derecho de creer en lo que sea, mientras no traten de ponerlo en práctica. Concretamente, es la nueva versión de la vieja máxima liberal-priísta según la cual naturalmente hay libertad de religión en nuestro país, pero si el presidente va a La Villa pierde su Silla. Y el aspirante a diputado pierde su curul, etc. Respetados somos, pero ridiculizados quedamos. Fenómeno interesante: desde las filas más habladoras en nombre de la libertad, más desprecio se vierte sobre quienes piensan de manera diferente, en este caso quienes nos oponemos al aborto. En nombre de la duda y el antidogmatismo, se lanza la más fuerte proclamación dogmática. Habrán notado ustedes que las exigencias de los partidarios del aborto se fortalecen con cada victoria. Comienzan tímidas, como pidiendo perdón por existir, pero después de cada triunfo enseñan más los dientes, demandan más, se muestran más agresivos con sus adversarios. Si puede ser que entre los adversarios del aborto haya habido demasiada arrogancia, se ve poco de la famosa tolerancia de la que tanto hablan los que le reprochan eso en su propia actitud. Faltan por consiguiente las condiciones para un diálogo que nos acerque, que acorte distancias, que más allá de las decisiones legislativas una a diversos sectores de la población en esfuerzos que verdaderamente salven vidas, reduzcan peligros, ayuden a las personas en problemas. Mala señal, que el gobierno de Ebrard haya salido con suchistecito de que a la marcha sólo asistieron 80 mil personas. Una y otra vez vemos al lopezobradorismo pelearse con todos los que no quieren rendirles pleitesía de entrada. Y esta exigencia de reverencias y acatamiento total no es política ni lleva a la política. Ni es respeto, desde luego.
Publicación: E-Consulta, 2 de septiembre, 2008
López Obrador ha hecho una contribución importante a la cultura política de México. Nada más dice dicho sea con todo respeto, y uno se agacha para que no lo toquen las pedradas. Una variante de este truco es decir que algo es muy respetable. Traducción: están locos, ¿a quién se le ocurre?, tienen todo el derecho de creer en lo que sea, mientras no traten de ponerlo en práctica. Concretamente, es la nueva versión de la vieja máxima liberal-priísta según la cual naturalmente hay libertad de religión en nuestro país, pero si el presidente va a La Villa pierde su Silla. Y el aspirante a diputado pierde su curul, etc. Respetados somos, pero ridiculizados quedamos. Fenómeno interesante: desde las filas más habladoras en nombre de la libertad, más desprecio se vierte sobre quienes piensan de manera diferente, en este caso quienes nos oponemos al aborto. En nombre de la duda y el antidogmatismo, se lanza la más fuerte proclamación dogmática. Habrán notado ustedes que las exigencias de los partidarios del aborto se fortalecen con cada victoria. Comienzan tímidas, como pidiendo perdón por existir, pero después de cada triunfo enseñan más los dientes, demandan más, se muestran más agresivos con sus adversarios. Si puede ser que entre los adversarios del aborto haya habido demasiada arrogancia, se ve poco de la famosa tolerancia de la que tanto hablan los que le reprochan eso en su propia actitud. Faltan por consiguiente las condiciones para un diálogo que nos acerque, que acorte distancias, que más allá de las decisiones legislativas una a diversos sectores de la población en esfuerzos que verdaderamente salven vidas, reduzcan peligros, ayuden a las personas en problemas. Mala señal, que el gobierno de Ebrard haya salido con suchistecito de que a la marcha sólo asistieron 80 mil personas. Una y otra vez vemos al lopezobradorismo pelearse con todos los que no quieren rendirles pleitesía de entrada. Y esta exigencia de reverencias y acatamiento total no es política ni lleva a la política. Ni es respeto, desde luego.
martes, agosto 26, 2008
¿Quién halla paz en la ira?, El Desbarrancadero de Vallejo
Autora: Celine Armenta
Publicación: E-consulta, 26 de agosto, 2008
Cada vez que leo un libro de Fernando Vallejo me pregunto: ¿Quiénes más lo están leyendo? ¿Quiénes más lo disfrutan? ¿Quiénes han quedado como yo, ahítos de amargura y tristeza, de desencanto y dolor pero sobre todo de la luminosa sospecha de tener un acercamiento genuino a la realidad desnuda? Seguramente somos decenas de miles los consumidores de sus relatos; y muchos miles los fieles golosos de su prosa. Vallejo crea adicción; la amargura con que empapa cada página, por puro exceso, resulta dulce; tal como la dulzura concentrada termina por amargar los sentidos.
Estimado lector, quiero aquí compartir mi aventura más reciente con Fernando Vallejo. El sábado pasado terminé El desbarrancadero (Alfaguara), y no se ha diluido aún la tristeza que me contagió desde su portada sepia, donde el autor, a los 6 años o quizá menos, abraza aprensivo a su hermanito Darío, como mostrándolo a la cámara. Buena portada, síntesis de lo que encierra el libro, tal como se descubre nomás al empezar a leerlo. La trama es limpia, sin trucos ni preciosismos artificiales: Fernando sigue asiendo a Darío a lo largo de casi doscientas páginas dolorosas; lo sostiene mientras este hermano, su hermanito, agoniza de sida. “No pesaba nada, se me estaba desapareciendo. De mi hermano Darío, que me acompañó tantos años, que me ayudó a vivir, sólo quedaba el espíritu, un espíritu confuso. Y los huesos.”
El libro no es un drama y menos aún un melodrama. La dignidad de Vallejo jamás lo permitiría. Es una elegía, una narración descarnada e iracunda, pero a la vez tiernísima. El odio se desborda de cada párrafo, mezclado y a veces opacado por la fiel devoción a su hermano, a la vida de las criaturas que vuelan y se arrastran; y a su mamita que no es, como el lector pudiera imaginar, la autora de sus días, sino la suave muerte: maternal, vigilante, metiche, siempre presente.
“¿Odio luego existo?” —se pregunta Vallejo. “No. El odio me lo borra el amor”— se responde; y continúa: “Amo a los animales: a los perros, a los caballos, a las vacas, a las ratas, y el brillo helado de las serpientes cuando las toco me calienta el alma”.
Vallejo ama a su hermano y la agonía es excusa para rescatar pasados comunes. “¡Qué pasó, niño! … Lo apreté fuertísimo contra el corazón y sentí que volvíamos a ser niños y que acampábamos en el patio en una tienda de exploradores, armada con palos de escoba, cobijas, colchas y sábanas, convencidos de que caía la noche en África.” Fernando, hermano mayor, baña a su hermano víctima de diarreas extenuantes, lava sus sábanas, lo arropa, le acerca una cucharada de caldo a la boca; teje historias, escupe insultos, vomita rencores. Vallejo describe airado a su tierra; la odia hasta despedirse de ella para siempre; la odia como sólo se odia lo que se amó algún día; lo que se gozó a gritos.
Medellín, la ciudad, se desliza como gris telón de la muerte. Sus olores, su lluvia, su periódico, sus aves; y su pasado: cuando el moribundo era inmortal y la juventud inagotable. “Colombia, Colombita, palomita, te me vas. . . . Ay abuela, ya los ríos de Colombia se secaron y los loros se murieron y se acabaron los caimanes y el que se pone a recordar se jodió porque el pasado es humo, viento, nada, irrealizadas esperanzas, inasibles añoranzas.”
¿Recomiendo el libro? No; prefiero no hacerlo. Definitivamente no. ¿Cómo recomendar al lector y al alumno anónimos una obra que duele tanto? ¿Cómo saber si el lector tiene sed de la desgarradora aridez de Vallejo? ¿Cómo adivinar si alguien puede resistir tanta verdad personal, tanta desnudez, tanto sórdido penar, tanto rencor? Desesperanza, hastío; culpas lanzadas certeramente a quienes regularmente se adula; maldiciones hacia quienes suele bendecirse: la madre, la familia, los dirigentes civiles y religiosos, la patria, la vida, la esperanza.
¿Quién lee a Fernando Vallejo? ¿Quién lo lee una y otra vez? ¿Quién encuentra consuelo en sus palabras hirientes, o paz en su ira? ¿A quién le abriga su helada verdad? “Vivir es negocio triste. . . Los momentos de felicidad no compensan la desgracia. . . Entre la mierda nacemos y vivimos y nos vamos”.
Publicación: E-consulta, 26 de agosto, 2008
Cada vez que leo un libro de Fernando Vallejo me pregunto: ¿Quiénes más lo están leyendo? ¿Quiénes más lo disfrutan? ¿Quiénes han quedado como yo, ahítos de amargura y tristeza, de desencanto y dolor pero sobre todo de la luminosa sospecha de tener un acercamiento genuino a la realidad desnuda? Seguramente somos decenas de miles los consumidores de sus relatos; y muchos miles los fieles golosos de su prosa. Vallejo crea adicción; la amargura con que empapa cada página, por puro exceso, resulta dulce; tal como la dulzura concentrada termina por amargar los sentidos.
Estimado lector, quiero aquí compartir mi aventura más reciente con Fernando Vallejo. El sábado pasado terminé El desbarrancadero (Alfaguara), y no se ha diluido aún la tristeza que me contagió desde su portada sepia, donde el autor, a los 6 años o quizá menos, abraza aprensivo a su hermanito Darío, como mostrándolo a la cámara. Buena portada, síntesis de lo que encierra el libro, tal como se descubre nomás al empezar a leerlo. La trama es limpia, sin trucos ni preciosismos artificiales: Fernando sigue asiendo a Darío a lo largo de casi doscientas páginas dolorosas; lo sostiene mientras este hermano, su hermanito, agoniza de sida. “No pesaba nada, se me estaba desapareciendo. De mi hermano Darío, que me acompañó tantos años, que me ayudó a vivir, sólo quedaba el espíritu, un espíritu confuso. Y los huesos.”
El libro no es un drama y menos aún un melodrama. La dignidad de Vallejo jamás lo permitiría. Es una elegía, una narración descarnada e iracunda, pero a la vez tiernísima. El odio se desborda de cada párrafo, mezclado y a veces opacado por la fiel devoción a su hermano, a la vida de las criaturas que vuelan y se arrastran; y a su mamita que no es, como el lector pudiera imaginar, la autora de sus días, sino la suave muerte: maternal, vigilante, metiche, siempre presente.
“¿Odio luego existo?” —se pregunta Vallejo. “No. El odio me lo borra el amor”— se responde; y continúa: “Amo a los animales: a los perros, a los caballos, a las vacas, a las ratas, y el brillo helado de las serpientes cuando las toco me calienta el alma”.
Vallejo ama a su hermano y la agonía es excusa para rescatar pasados comunes. “¡Qué pasó, niño! … Lo apreté fuertísimo contra el corazón y sentí que volvíamos a ser niños y que acampábamos en el patio en una tienda de exploradores, armada con palos de escoba, cobijas, colchas y sábanas, convencidos de que caía la noche en África.” Fernando, hermano mayor, baña a su hermano víctima de diarreas extenuantes, lava sus sábanas, lo arropa, le acerca una cucharada de caldo a la boca; teje historias, escupe insultos, vomita rencores. Vallejo describe airado a su tierra; la odia hasta despedirse de ella para siempre; la odia como sólo se odia lo que se amó algún día; lo que se gozó a gritos.
Medellín, la ciudad, se desliza como gris telón de la muerte. Sus olores, su lluvia, su periódico, sus aves; y su pasado: cuando el moribundo era inmortal y la juventud inagotable. “Colombia, Colombita, palomita, te me vas. . . . Ay abuela, ya los ríos de Colombia se secaron y los loros se murieron y se acabaron los caimanes y el que se pone a recordar se jodió porque el pasado es humo, viento, nada, irrealizadas esperanzas, inasibles añoranzas.”
¿Recomiendo el libro? No; prefiero no hacerlo. Definitivamente no. ¿Cómo recomendar al lector y al alumno anónimos una obra que duele tanto? ¿Cómo saber si el lector tiene sed de la desgarradora aridez de Vallejo? ¿Cómo adivinar si alguien puede resistir tanta verdad personal, tanta desnudez, tanto sórdido penar, tanto rencor? Desesperanza, hastío; culpas lanzadas certeramente a quienes regularmente se adula; maldiciones hacia quienes suele bendecirse: la madre, la familia, los dirigentes civiles y religiosos, la patria, la vida, la esperanza.
¿Quién lee a Fernando Vallejo? ¿Quién lo lee una y otra vez? ¿Quién encuentra consuelo en sus palabras hirientes, o paz en su ira? ¿A quién le abriga su helada verdad? “Vivir es negocio triste. . . Los momentos de felicidad no compensan la desgracia. . . Entre la mierda nacemos y vivimos y nos vamos”.
jueves, agosto 21, 2008
Fannie, Freddie y Fobaproa
Autor: Gerardo Reyes Guzmán
Publicación: La Jornada de Oriente, 21 de agosto, 2008
Publicación: La Jornada de Oriente, 21 de agosto, 2008
Fannie Mae y Freddie Mac se conocen como empresas patrocinadas por el gobierno federal o GSE (Government-Sponsored Enterprise); es decir, son privadas pero gozan del apoyo de la Reserva Federal. Éstas pueden emitir deuda y canjearla en el Banco Central, lo que equivale indirectamente a poder imprimir dinero. La Asociación Federal Nacional Hipotecaria FNMA (Federal National Mortgage Association), conocida como Fannie Mae, fue creada en 1938 en medio de las secuelas de la gran depresión, con el propósito se proveer liquidez al Sistema Federal de Vivienda FHA (Federal Housing Administration). Años más tarde, en 1970, se creó la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios FHLMC (Federal Loan Mortgage Corporation) denominada Freedie Mac. Su función ha sido comprar hipotecas a bancos en el mercado secundario e integrarlas en paquetes de inversión bajo el nombre de seguros hipotecarios respaldados (mortgage-backed securities).
Sin embargo y a partir de los 90, Fannie y Freddie se desviaron de su propósito social para incursionar en la jugosa burbuja hipotecaria bursátil, que reventó con la crisis suprime y condujo a una caída estrepitosa de sus activos. La calificadora Moody´s estimó recientemente que las pérdidas acumuladas por préstamos hipotecarios y de consumo durante 2007 podrían alcanzar la cifra de 525 mmd. A nivel mundial, bancos y corredoras de bolsa involucrados en la crisis hipotecaria han sufrido depreciaciones de activos por más de 400 mmd. Por ejemplo, en marzo se tuvo que rescatar a Bear Stearns y después le siguió Indy Mac Bancorp, ambos golpeados por los créditos subprime. El Fondo Monetario Internacional calcula que las pérdidas en bancos, aseguradoras y fondos de inversión podrían superar los 945 mmd, cantidad equivalente al PIB de México.
Por ello y por iniciativa de George Bush, el pasado 23 de julio, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó recursos por 300 mmd para apoyar a cerca de 400 mil propietarios que enfrentan amenaza de embargo. Este paquete incluye el apoyo a Fannie Mae y Freddie Mac, empresas que, según el Secretario del Tesoro Henry Paulson, requerirían 25 mmd para 2009 y 2010. En la actualidad estas dos empresas dominan más del 50% del mercado hipotecario de los Estados Unidos, y, con solo un capital conjunto de 83.3 mmd afrontan una deuda de 5.3 billones de dólares, es decir una relación de casi 64 a 1. El problema es delicado, pues si Estados Unidos absorbieran la deuda hipotecaria (las nacionalizara), el endeudamiento total de ese país ascendería a más de 14 billones de dólares, monto equivalente a su PIB actual. Es decir, su endeudamiento sería del 100%, hecho que aumentaría el riesgo de bancarrota, mermaría aún más la confianza en el dólar y, haría que la economía norteamericana se colapsara.Una vez más y tal como ocurrió en México con el Fobaproa-IPAB en los 90, se trata de socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, medida que según los políticos, es la menos costosa desde el punto de vista social. Sin embargo, el ciudadano medio norteamericano ve con preocupación que el valor de su casa se desploma, que el precio de la gasolina aumenta, que el desempleo repunta y que la riqueza se concentra cada vez más en unos cuantos. Según Emmanuel Saez, economista de la Universidad de Berkeley, durante la década de los 90, el ingreso del 1% más rico se incrementó 10% al año, mientras que el resto lo hizo solo en 2.4%. De 2002 a 2006, el 1% más rico vio incrementar su ingreso en 11% anual, mientras que el resto lo hizo en menos del 1%.
lunes, agosto 18, 2008
Inicio de curso: nuevas oportunidades con renovadas actitudes
Autor: José Rafael de Regil Vélez
Publicación: Síntesis, Pendiente
Hoy el paisaje urbano ya está vestido para la ocasión: millones de chicas y chicos comienzan el ciclo escolar.
En estos días todo mundo comprará los materiales para el año escolar 2008-2009. Víctimas de la sociedad del consumo más de uno pensará que con las compras de ocasión será suficiente: si los estudiantes van bien equipados a clase tendrán éxito en la tarea educativa.
Pero hay que estar vigilantes: llegar a buen puerto requiere más que útiles y uniformes: hay que afrontar la escuela con renovadas actitudes ante lo material.
Los cuadernos, lápices, bolígrafos y juegos geométricos nos piden estar pendientes de que lo que con ellos sea producido pueda ser convertido en nuevas ideas, en una manera diferente de resolver problemas en el mundo: algo más que sólo escribir información para pasar exámenes.
Los libros de texto nos invitan a leer, pero a verdaderamente leer, que significa descubrir nuevos mundos, la gran aventura del ser humano para ir construyendo el lugar en el cual pueda vivir con dignidad. La lectura no es el reconocimiento de las grafías, de las letras, sino eso más profundo que requiere una actitud atenta, vigilante, curiosa.
Los tenis, los shorts, las playeras abren la posibilidad de la educación física, que requiere una actitud de aprecio por uno mismo: estar dispuesto a vivir con nuestra dimensión corporal, hacer hábitos de nutrición, aprender a estirarnos y dar flexibilidad los músculos que sostienen toda nuestra estructura; aprender a descansar.
Los uniformes invitan a encontrar sentido de pertenencia a un grupo, socializar, ser solidario, entender los valores que nos propone la escuela.
En cualquier caso: sólo tener cosas nuevas e ir a clases no garantiza sino "estar de estreno"... Las actitudes con las cuales abordemos las oportunidades formativas los miembros de la comunidad eductiva son las que harán que todo eso se convierta en formación.
En vacaciones tomamos nuevos aires, ahora hay que comenzar la carrera centrados en la única meta verdaderamente importante: aprender para poder transformar nuestro mundo en un espacio habitable con verdadera dignidad.
Publicación: Síntesis, Pendiente
Hoy el paisaje urbano ya está vestido para la ocasión: millones de chicas y chicos comienzan el ciclo escolar.
En estos días todo mundo comprará los materiales para el año escolar 2008-2009. Víctimas de la sociedad del consumo más de uno pensará que con las compras de ocasión será suficiente: si los estudiantes van bien equipados a clase tendrán éxito en la tarea educativa.
Pero hay que estar vigilantes: llegar a buen puerto requiere más que útiles y uniformes: hay que afrontar la escuela con renovadas actitudes ante lo material.
Los cuadernos, lápices, bolígrafos y juegos geométricos nos piden estar pendientes de que lo que con ellos sea producido pueda ser convertido en nuevas ideas, en una manera diferente de resolver problemas en el mundo: algo más que sólo escribir información para pasar exámenes.
Los libros de texto nos invitan a leer, pero a verdaderamente leer, que significa descubrir nuevos mundos, la gran aventura del ser humano para ir construyendo el lugar en el cual pueda vivir con dignidad. La lectura no es el reconocimiento de las grafías, de las letras, sino eso más profundo que requiere una actitud atenta, vigilante, curiosa.
Los tenis, los shorts, las playeras abren la posibilidad de la educación física, que requiere una actitud de aprecio por uno mismo: estar dispuesto a vivir con nuestra dimensión corporal, hacer hábitos de nutrición, aprender a estirarnos y dar flexibilidad los músculos que sostienen toda nuestra estructura; aprender a descansar.
Los uniformes invitan a encontrar sentido de pertenencia a un grupo, socializar, ser solidario, entender los valores que nos propone la escuela.
En cualquier caso: sólo tener cosas nuevas e ir a clases no garantiza sino "estar de estreno"... Las actitudes con las cuales abordemos las oportunidades formativas los miembros de la comunidad eductiva son las que harán que todo eso se convierta en formación.
En vacaciones tomamos nuevos aires, ahora hay que comenzar la carrera centrados en la única meta verdaderamente importante: aprender para poder transformar nuestro mundo en un espacio habitable con verdadera dignidad.
sábado, julio 19, 2008
Con el Maíz no se juega: los retos del Estado Mexicano.
Autores: Benjamín Ortiz Espejel y José Rodriguez.
Publicación: La jornada de Oriente, Pendiente
Asistimos hoy día a uno de los procesos de organización social más grande y mejor organizado en la historia del México contemporáneo. Se trata de las diversas actividades de manifestaciones que la comunidad campesina mexicana y otras organizaciones de la sociedad civil han organizado en demanda, casi las mismas que las un siglo atrás; de justicia en el campo.
Lo que en las primeras décadas del siglo pasado potenciaba y generaba “la más sangrienta guerra civil de América Latina”, un siglo después induce una masiva muestra pacífica y democrática de organización y tejido social en movimiento en defensa de mucho más que sus derechos económicos, lo que realmente estaba detrás de todo esto, es la defensa de un modo de vida distinto, alterno al que las actuales políticas nacionales y globales le proponen y tratan de imponer al país.
El maíz no es sólo nutrición y sustento en México, sino también cultura y religión. El actual mundo rural mexicano heredero directo de aquellos antiguos mexicanos, es el campo en el que mas de 30 millones de habitantes son productores de maíz y cultivan en predios de menos de cinco hectáreas. Y como maravillosamente reportaba Sahagún, manejan una enorme diversidad de semillas adaptadas durante siglos a diferentes climas y geografías, lo que, al contrario de las semillas estandarizadas genéticamente, son útiles en las condiciones marginales donde los conquistadores y anteriores señores feudales los empujaron a vivir, primero a sangre y fuego y más tarde a punta de urbanización salvaje y otros despojos.
De lo anterior, se desprende que México es un país agrario con un riquísimo mosaico ecológico y cultural sumamente importante, no solo por la composición de su población sino sobre todo por el peso específico que tiene la actividad agroecológica de los campesinos dentro de su conjunto. En esta situación el auge de los sistemas de producción agrícolas tradicionales se mantuvieron después del proceso revolucionario y el reparto de tierras como producto de la reforma agraria que se implementó hasta los años sesenta.
Sin embargo a pesar de la importancia de este tipo de sistemas de producción campesinos, el Estado mexicano desde los años ochenta se etiquetó como “desarrollista” y en los actuales momentos se identifica con el neologismo “neoliberal”, con lo cual asume características peculiares en tanto tiene que conciliar en un mismo espacio y tiempo a modos de producción distintos: los campesinos tradicionales y los productores de agroexportación, que a su vez mantiene relaciones dependientes y subordinadas.
De esta manera el Estado Mexicano adquiere compromisos con empresas trasnacionales de alimentos y semillas (Montsanto, Ciba, Cargrill) y se le dificulta cada vez mas contener las contradicciones sociales que surgen por todo el país. Aunado a lo anterior, la presión migratoria y el consecuente deterioro de los recursos naturales ha tenido como consecuencia, el inicio de una espiral de crisis y conflictos en la producción de alimentos del mundo rural que hoy es precisamente la fuerza motora que impulsan los movimientos sociales en muchos lugares de México y que se evidencian de manera neurálgica en la capital del país. ¿Cuánto más tendrá que esperar el gobierno mexicano para entender que con el maíz y con el pueblo mexicano no se juega?
Publicación: La jornada de Oriente, Pendiente
Asistimos hoy día a uno de los procesos de organización social más grande y mejor organizado en la historia del México contemporáneo. Se trata de las diversas actividades de manifestaciones que la comunidad campesina mexicana y otras organizaciones de la sociedad civil han organizado en demanda, casi las mismas que las un siglo atrás; de justicia en el campo.
Lo que en las primeras décadas del siglo pasado potenciaba y generaba “la más sangrienta guerra civil de América Latina”, un siglo después induce una masiva muestra pacífica y democrática de organización y tejido social en movimiento en defensa de mucho más que sus derechos económicos, lo que realmente estaba detrás de todo esto, es la defensa de un modo de vida distinto, alterno al que las actuales políticas nacionales y globales le proponen y tratan de imponer al país.
El maíz no es sólo nutrición y sustento en México, sino también cultura y religión. El actual mundo rural mexicano heredero directo de aquellos antiguos mexicanos, es el campo en el que mas de 30 millones de habitantes son productores de maíz y cultivan en predios de menos de cinco hectáreas. Y como maravillosamente reportaba Sahagún, manejan una enorme diversidad de semillas adaptadas durante siglos a diferentes climas y geografías, lo que, al contrario de las semillas estandarizadas genéticamente, son útiles en las condiciones marginales donde los conquistadores y anteriores señores feudales los empujaron a vivir, primero a sangre y fuego y más tarde a punta de urbanización salvaje y otros despojos.
De lo anterior, se desprende que México es un país agrario con un riquísimo mosaico ecológico y cultural sumamente importante, no solo por la composición de su población sino sobre todo por el peso específico que tiene la actividad agroecológica de los campesinos dentro de su conjunto. En esta situación el auge de los sistemas de producción agrícolas tradicionales se mantuvieron después del proceso revolucionario y el reparto de tierras como producto de la reforma agraria que se implementó hasta los años sesenta.
Sin embargo a pesar de la importancia de este tipo de sistemas de producción campesinos, el Estado mexicano desde los años ochenta se etiquetó como “desarrollista” y en los actuales momentos se identifica con el neologismo “neoliberal”, con lo cual asume características peculiares en tanto tiene que conciliar en un mismo espacio y tiempo a modos de producción distintos: los campesinos tradicionales y los productores de agroexportación, que a su vez mantiene relaciones dependientes y subordinadas.
De esta manera el Estado Mexicano adquiere compromisos con empresas trasnacionales de alimentos y semillas (Montsanto, Ciba, Cargrill) y se le dificulta cada vez mas contener las contradicciones sociales que surgen por todo el país. Aunado a lo anterior, la presión migratoria y el consecuente deterioro de los recursos naturales ha tenido como consecuencia, el inicio de una espiral de crisis y conflictos en la producción de alimentos del mundo rural que hoy es precisamente la fuerza motora que impulsan los movimientos sociales en muchos lugares de México y que se evidencian de manera neurálgica en la capital del país. ¿Cuánto más tendrá que esperar el gobierno mexicano para entender que con el maíz y con el pueblo mexicano no se juega?
lunes, julio 07, 2008
Fin de cursos
Autor: Martín López Calva
Publicación: Síntesis, pendiente
“Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce”.
Pablo Neruda.
El fin de cursos además de ser momento para festejar a quienes culminan alguna etapa de su formación y preámbulo para un descanso necesario después de meses de trabajo, debería ser una oportunidad para evaluar la calidad de lo que hacemos todos los actores de la educación.
De otra manera, el término de un ciclo escolar y el inicio de otro puede ser simplemente la repetición de una rutina que nos va haciendo “esclavos del hábito” con lo que la auténtica educación va muriendo lentamente.
En estos tiempos en que el mejoramiento de la calidad de la educación está en el discurso oficial y en la opinión pública como uno de los temas fundamentales para lograr el desarrollo y la transformación social, los protagonistas de la educación –maestros, alumnos, directivos, funcionarios, padres de familia- tendríamos que preguntarnos seriamente sobre el sentido de lo que sucede diariamente en los salones de clase.
¿Qué tanto avanzamos en este ciclo escolar en la construcción de un sentido verdaderamente educativo en las actividades de aprendizaje que diseñamos, instrumentamos y evaluamos? ¿Avanzamos en el logro de una formación significativa e integral de nuestros estudiantes? ¿Qué debilidades tendríamos que ir tratando de superar para lograr verdadera educación? ¿Cuál es el sentido educativo que deben tener las actividades escolares para responder a los retos de una sociedad globalizada, incierta y plural y a las necesidades de justicia y democracia de un país como el nuestro?
El planteamiento y la exploración de estas y otras preguntas ayudaría a que nuestro sistema educativo creciera en una cultura de la evaluación.
Porque si los millones de niños, adolescentes y jóvenes que terminan en estos días un año escolar más salieran de este ciclo habiendo aprendido lo que debieron aprender, con la profundidad y el sentido requeridos y habiendo disfrutado este aprendizaje incorporándolo a su vida, México podría realmente empezar a cambiar.
Publicación: Síntesis, pendiente
“Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce”.
Pablo Neruda.
El fin de cursos además de ser momento para festejar a quienes culminan alguna etapa de su formación y preámbulo para un descanso necesario después de meses de trabajo, debería ser una oportunidad para evaluar la calidad de lo que hacemos todos los actores de la educación.
De otra manera, el término de un ciclo escolar y el inicio de otro puede ser simplemente la repetición de una rutina que nos va haciendo “esclavos del hábito” con lo que la auténtica educación va muriendo lentamente.
En estos tiempos en que el mejoramiento de la calidad de la educación está en el discurso oficial y en la opinión pública como uno de los temas fundamentales para lograr el desarrollo y la transformación social, los protagonistas de la educación –maestros, alumnos, directivos, funcionarios, padres de familia- tendríamos que preguntarnos seriamente sobre el sentido de lo que sucede diariamente en los salones de clase.
¿Qué tanto avanzamos en este ciclo escolar en la construcción de un sentido verdaderamente educativo en las actividades de aprendizaje que diseñamos, instrumentamos y evaluamos? ¿Avanzamos en el logro de una formación significativa e integral de nuestros estudiantes? ¿Qué debilidades tendríamos que ir tratando de superar para lograr verdadera educación? ¿Cuál es el sentido educativo que deben tener las actividades escolares para responder a los retos de una sociedad globalizada, incierta y plural y a las necesidades de justicia y democracia de un país como el nuestro?
El planteamiento y la exploración de estas y otras preguntas ayudaría a que nuestro sistema educativo creciera en una cultura de la evaluación.
Porque si los millones de niños, adolescentes y jóvenes que terminan en estos días un año escolar más salieran de este ciclo habiendo aprendido lo que debieron aprender, con la profundidad y el sentido requeridos y habiendo disfrutado este aprendizaje incorporándolo a su vida, México podría realmente empezar a cambiar.
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