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miércoles, febrero 11, 2015

Entregar la vida por una buena causa… ¡sigue siendo una buena causa!

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Artículo publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 12 de febrero de 2015, en la columna Palabras que humanizan

Para GAJ, porque hay buenas apuestas para una vida

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació en marzo de 1917 en el Departamento de San Miguel, República de El Salvador.
                En 1931 decidió que responder al llamado al sacerdocio era lo suyo, así que se fue al seminario. Estudió en su país y en Roma, durante la Segunda Guerra Mundial.  Conoció las penurias del conflicto bélico mientras terminaba su formación clerical.
                En 1942, ordenado sacerdote, regresó a su país y prestó sus servicios en la pastoral parroquial. En 1970 fue ordenado obispo auxiliar, apenas cinco años después de que hubiera terminado el Concilio Vaticano II, gran movimiento de renovación católica orquestado por los papas Juan XXIII y Paulo VI y que convulsionó la vida de la Iglesia, en especial en Latinoamérica.
Al final de los sesenta y hasta los noventa del siglo pasado América Latina se debatía entre la miseria, la pobreza y la doctrina de Seguridad Nacional impulsada por las oligarquías del Continente. Ante ello los obispos latinoamericanos en 1968 señalaron como desafío orientador que la Iglesia debería optar preferencialmente por los pobres al llevar su mensaje evangelizador.
                Para 1974 El Salvador vivía en medio de una violencia muy complicada que a lo largo de varios lustros desangró al pequeñísimo país centroamericano. En ese contexto el obispo Romero había practicado una pastoral muy comprometida con la búsqueda de la justicia, con el apoyo a los desplazados de sus tierras por el conflicto armado y la generación de alternativas para los más pobres. Fue entonces cuando lo hicieron titular de la Arquidiócesis de El Salvador en 1977, la sede eclesial más importante.
                Al poco tiempo de que asumiera el cargo mataron al jesuita Rutilio Grande, de quién se había hecho amigo cercano cuando vivía en el Seminario Mayor –dirigido por los jesuitas- mientras monseñor servía a la Conferencia Episcopal Salvadoreña. Ese hecho llevó al arzobispo a hacer una misa importante en la Catedral y a comenzar un servicio en el cual animaba a todo el pueblo y sus autoridades a construir una paz sin violencia. Se convirtió en profeta en su tierra para señalar de una y otra forma que Dios no puede querer que los humanos se maten porque son hermanos.
                Predicó en cuantos lugares pudo un mensaje de paz que se desprendió de su profunda fe en un Dios que ama que todos tengamos vida en abundancia, con dignidad de ser sus hijos y con relaciones fraternas que se rompen en la injusticia laboral, en la represión asesina del gobierno al servicio de intereses económicos y no del bien común, en los crímenes delincuenciales, en la carencia de los indicadores mínimos de desarrollo humano. Abrió las puertas de su diócesis a las víctimas de la vulneración de los derechos humanos para cuya defensa abrió un centro promotor de los mismos.
                Personajes del clero enriquecido, de la clase empresarial, del naciente derechista partido ARENA al principio lo empezaron a tildar de comunista, marxista, profanador de la misión eclesial de mantener el status quo. Poco tiempo después lo amenazaron de muerte y cuando llevaba tres años y un mes como arzobispo y había arreciado sus críticas a las acciones militares contra los derechos humanos de sus connacionales, fue asesinado en plena misa por el artero y certero disparo de un francotirador al servicio de militares y políticos de ARENA. Fue lo que el 24 de marzo de 2010 el presidente de El Salvador Rafael Funes reconoció como una ejecución extrajudicial realizada al amparo de agencias del Estado.
                Desde que decidió pronunciarse públicamente cuando su amigo el padre Grande fue asesinado hasta más de 30 años después, el arzobispo salvadoreño fue duramente atacado y su trabajo sacerdotal demeritado por ser considerado politiquería comunista.
Ante grandes resistencias de las élites de su país y la devoción y el beneplácito populares, su sucesor, el arzobispo salesiano Arturo Rivera y Damas, sdb, introdujo la causa de canonización por martirio de Óscar Arnulfo Romero. Al interior de la Iglesia grupos cercanos a Juan Pablo II deslegitimaban el proceso que pretendía reconocer la muerte de monseñor por motivos contrarios a la fe, reduciendo todo a que había sido un revoltoso utilizado por la izquierda radical y violenta del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. El mismo santo polaco en la realidad demeritaba el caso. Muchos pensamos que al fin y al cabo Monseñor Romero vivía de manera muy diferente a quienes rodearon –cercaron- a Karol Wojtyla.
                En abril de 2013 Benito XVI, el papa que paradójicamente tanto había lidiado con la teología de la liberación siendo cardenal, dio luz verde para continuar con las tareas que llevaron a que el pasado 3 de febrero de este 2015 el papa Francisco acordara con otro salesiano, el cardenal Angelo Amato, sdb, la procedencia para la beatificación del Siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, asesinado por odio a la fe el 24 de marzo de 1980.
Fue reconocido que su causa fue la del amor de Dios que se vive en el amor concreto, de carne y hueso, que se realiza en estructuras sociopolíticas y económicas específicas construyendo opciones para que las personas sean tales y no meramente objetos en el juego del mercado, las relaciones de producción y los intereses geopolíticos.
                Este paso, simbólico para muchas personas, católicas y no católicas, es un grito para nuestro tiempo, que reza que entregar la vida por una buena causa es ya una buena causa.
                Todos quienes somos humanos a estas alturas del siglo XXI convivimos con la violencia de los estados, la delincuencia organizada, la despersonalización en nombre del capital y los mercados. Existimos en una sociedad que genera miseria, que concentra posibilidades en pocas manos y excluye a muchísimos de las oportunidades de una vida mínimamente digna con suficiente alimento, vivienda, ropa, salud, educación, derecho a expresarse, a tener la religión que uno decida en conciencia.
                Todas y cada una de estas situaciones pueden convertirse en una buena causa que promueva que las mujeres y los hombres podamos vivir como Dios quiere, en fraternidad pacífica y justa. Entregar la vida por alguna de ellas es una buena causa, agradable a Dios y a muchas mujeres y hombres que claman justicia:
                    Periodistas comprometidos con la comunión y el progreso; profesores que educan para formar una ciudadanía humanizante; profesionales de la salud creadores de espacios que acoten el camino de la enfermedad y la muerte, en especial por males derivados de la miseria; comerciantes que practiquen comercio justo; agricultores orgánicos y sustentables…
                Comunicólogos y científicos sociales que desentrañen los mecanismos de nuestras sociedades para proponer formas recreadas de convivencia; ingenieros, economistas y financieros que expliquen de otra forma las relaciones productivas y generen condiciones estructurales y monetarias para redistribuir la riqueza.
                   En fin, profesionales y ciudadanos que pueden entregarse razonablemente a la causa de que triunfe lo humano sobre lo inhumano, personas de buena voluntad que cuando tomen decisiones lo hagan teniendo a todos los excluidos en el horizonte mismo de lo que orienta su actuar.
                En fin, cuanta mujer y cuanto hombre esté dispuesto no a mucho, sino a aunar mente y corazón por los milímetros de compromiso humano que sí son posibles en un mundo complicado frente a los deseables kilómetros del amor y la justicia.

                Hoy, al escribir esto, deseo que la muerte de Monseñor Romero sea un acicate para que le entremos gustosos a celebrar con todos el banquete de la vida, sea cual fuere el precio que nos toque pagar, porque las buenas causas bien valen la pena.

jueves, noviembre 06, 2014

Asepsia académica

Autora: Luz del Carmen Montes Pacheco
Publicado en Puebla on line, el 30 de octubre de 2014

Cuando escribo artículos cortos como este, pienso en temas educativos que se prestan a la reflexión, mía y de los posibles lectores. Normalmente abordo aspectos relacionados con estrategias docentes o con problemas que enfrentamos los profesores en nuestra práctica cotidiana. Escribo sobre ellos porque son temas que surgen en mi práctica o en la práctica de mis compañeros y son los que me ocupan y preocupan cotidianamente.

Continuamente reviso mi práctica y pienso en la manera de mejorarla, o pienso en aspectos que pueden orientarme para proponer un curso o un taller para la mejora de la práctica docente, pues mi principal función, en La Ibero Puebla, es coordinar el programa de Formación de Profesores.

Con mis estudiantes, me esfuerzo porque logren aprendizajes auténticos relacionados con su profesión, atiendo la manera en la que hablan y escriben, retroalimento rigurosamente sus trabajos con la idea de que los mejoren; incluso a veces abordamos temas relacionados con los aspectos éticos de la profesión aprovechando sus inquietudes y los escenarios en los que hacen sus investigaciones.

Hasta ahí no hay confusión, es lo que normalmente se espera de un académico. Pero en los últimos días, mis alumnos y otros jóvenes, me han manifestado preocupación y desesperanza por lo que está pasando en México.

He escuchado expresiones como: si sigo viviendo en México, no tendré hijos; extraño México, pero cuando leo las noticias como las de Ayotzinapa, no quiero regresar, buscaré vivir en el extranjero; el colmo, una de mis estudiantes cuyos padres viven en el extranjero, me ha dicho a partir del suceso de Ayotzinapa, elegí quedarme aquí a estudiar porque quiero a mi país, pero ahora no sé qué pensar.

Y ante esas expresiones, no he podido más que responder lo entiendo, sé de otros jóvenes que están como tú. Me declaro incompetente para dar una respuesta pertinente, no he leído sobre estrategias docentes que me ayuden a enfrentar estas situaciones, me he ocupado más de la academia que de aspectos formativos que me ayuden a conversar con mis estudiantes en estas situaciones de crisis. Solo sé decir, hay que continuar con nuestro trabajo y hacerlo bien, pero no es suficiente. Ya no es suficiente pensar que otros profesores en mi universidad se encargan de detonar procesos reflexivos sobre nuestras crisis sociales, ellos se han preparado muy bien para hacer frente a estos escenarios.

Esta asepsia académica me está ahogando. Sé que no somos neutrales, ni cuando no queremos explicitar una postura, pero no sé cómo enfrentar estas situaciones porque temo las consecuencias. Hace muchos años, cuestioné a una estudiante porque su rendimiento estaba muy por debajo de su potencial, su respuesta fue que era un acto de rebeldía pues estaba, obligada por sus padres, estudiando una carrera que no quería; yo la alenté a pensarlo bien y a tomar sus propias decisiones, asumiendo las consecuencias por supuesto. Tiempo después supe por su hermano, quien también fue mi alumno, que ella se había dado de la baja y que estaba estudiando cosmetología con muchos problemas familiares. De ello me siento responsable, no sé cuánto, pero creo que contribuí, espero que haya sido para bien.

El viernes pasado hubo en La Ibero Puebla un paro simbólico de labores, en el que tanto académicos como estudiantes, encabezados por nuestro rector, participaron de manera libre para manifestarse en contra de los sucesos de Ayotzinapa; yo no acudí, acompañé a dos de mis estudiantes en su práctica de campo; hubiera asistido pero el hubiera no existe.

En ese acto Eduardo Almeida Acosta, investigador y académico de La Ibero Puebla, persona muy querida y admirada en la comunidad, dijo que en estas situaciones hay que vencer el miedo y para ello hay que nutrirse de tres aspectos fundamentales: no encerrarse, ser humildes y tener confianza. Y aunque estoy de acuerdo, pienso que es difícil tener confianza en un sistema que ha demostrado que no funciona. No hay justicia para los niños de la guardería ABC, para los jóvenes desaparecidos del caso Heaven y ahora del caso Ayotzinapa, solo por mencionar algunos.

Manifiesto en este breve texto dolor, frustración, indignación e impotencia. Manifiesto mi solidaridad con los familiares y compañeros de los normalistas de Ayotzinapa. Pido perdón a los jóvenes de hoy y a las generaciones futuras, pues me hago cargo de lo poco que contribuyo tratando de hacer bien lo que creo que me toca. Tengo la firme convicción de que manifestarse afectando a otros, en menor o mayor escala, es una solución que sirve poco; pero manifestarse como lo han hecho en La Ibero Puebla, me ha permitido abrirme, sentirme humilde y tener algo de confianza. Por ello, gracias.