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sábado, febrero 06, 2016

Puebla: la creatividad, la innovación

Autor: Alexis Vera
Publicado en Puebla on line el 16 de diciembre de 2015

¿Qué significa que la UNESCO haya incluido recientemente a Puebla en la "Red de ciudades creativas"? Significa mucho y poco a la vez. Mucho porque es un reconocimiento externo de las capacidades creativas de esta ciudad (suponemos que la UNESCO es un organismo serio en sus nombramientos). También dice poco porque no sabemos en qué se basan para incluir ciudades en esa Red. Puebla también está buscando el nombramiento de "Capital de innovación y diseño", que algo tendrá que ver con el de ciudad creativa, aunque innovación y creatividad no son la misma cosa.
          Creatividad tiene que ver con la capacidad para generar cosas inéditas, originales; Innovación se relaciona con generar cosas inéditas que además sirven de algo a un público determinado. En efecto, se pueden crear cosas originales pero de poco valor. Si un artista esculpe una estatua que nadie quiere poner en su casa, negocio, jardín u otro espacio (es decir que nadie quiere comprar), entonces no está haciendo innovación, aunque sin duda haya creado una obra artística. Innovar implica generar valor a otras personas a través de una creación original.
          México es un país creativo pero poco innovador. Como nación tenemos una gran capacidad imaginativa y creadora pero comparativamente generamos poco valor a la gente a través de ellas. Innovar es una actividad que requiere salir de uno mismo y pensar en el otro, en sus necesidades y problemas no resueltos. Se requiere imaginación para salir del cuadro y ver las cosas de manera diferente (creatividad); pero también se requiere enfoque en la resolución de problemas concretos. Es decir, también es necesario el análisis; arte y ciencia a la vez. En Puebla (y México en general) tenemos buenas capacidades artísticas pero nos falta fortalecer las capacidades científicas.
          La palabra innovación se está vulgarizando a pasos agigantados. Ahora casi todas las empresas y organizaciones se autoproclaman, generalmente sin méritos, como innovadoras. Desde el distribuidor de refacciones para coche hasta el gran hotel en la playa se dicen innovadores. ¿Serán? ¿En qué grado?
          Lamentablemente en México no existen rankings empresariales confiables de innovación. Los que hay están basados en algo así como el pago de una membresía para aparecer en la lista. O se basan en un solo proyecto o producto de la empresa, no en la producción continua de innovación, que es lo que distinguiría a una empresa verdaderamente innovadora de otra que solo tuvo un buen hit.
          Asimismo, predominan los rankings centrados en productos de base tecnológica (léase software), como si solo a través de tecnología se pudiese innovar. El ranking de Forbes México, uno de los más serios, sólo incluye empresas que cotizan en bolsa en Estados Unidos, dejando fuera a muchísimas organizaciones innovadoras que no cumplen con esa condición. Luego entonces, no es fácil saber qué empresas son verdaderamente innovadoras en nuestro país, y menos rastrear su desenvolvimiento a través del tiempo. Ser una organización de innovación no es un nombramiento de por vida, hay que trabajarlo y ganarlo cada año.
          En Puebla el reto ahora es, tras el reciente empujoncito de la UNESCO, dar el gran paso hacia la innovación, para que lo producido en Puebla genere más valor, más y mejor distribuida riqueza, así como mayor bienestar para quienes aquí vivimos. Un buen comienzo es ese reconocimiento de creatividad, porque además genera una nueva realidad para los poblanos señalando la dirección a seguir; pero apenas es un pequeño paso en la dirección correcta. Una ciudad más innovadora es una ciudad que resuelve de manera inédita sus problemas más acuciantes. En Puebla estos problemas están en el orden de lo ambiental, económico, impartición de justicia, distribución de la riqueza, urbanización desordenada, etcétera.
         Para convertir a Puebla en una ciudad verdaderamente innovadora (y que con ello se vayan atendiendo los grandes retos de la metrópoli) se requiere abordar el problema desde diferentes aristas. Una de las más importantes es la educación superior: los planes de estudio deben superar su alto grado de irrelevancia frente los desafíos contemporáneos y trabajar más la formación interdisciplinar (articulando ciencia y arte), flexibilidad, y orientación a proyectos -entre otras cosas que requieren cambio-. Por otra parte las empresas deben también educarse para innovar; solo así podrán aprender a invertir y desarrollar proyectos que generen mayor valor agregado. Finalmente, el gobierno asimismo debe aprender a jugar adecuadamente su rol de facilitador de las condiciones para que la innovación suceda en todos los sectores productivos, no sólo en el industrial.
         En suma, convertir a Puebla en la metrópoli innovadora que han planteado tanto el sector público como el privado, requiere más que nombramientos internacionales (que no son malos porque dan rumbo y orientan esfuerzos). Volverse una ciudad innovadora requiere básicamente de una revolución cultural transectorial que cambie los paradigmas de trabajo, de gestión organizacional, generación y distribución de la riqueza, entre otros. Desde mi punto de vista este cambio de chip debe empezar en los tomadores de decisiones del sector público, empresarial y educativo. 

jueves, febrero 26, 2015

México creativo, poco innovador



Autor: Alexis Antonio Vera Sanchez, si quieres conocer más del autor, haz click aquí 
Artículo publicado en Síntesis

México es un país lleno de colores y formas que muestran nuestra enorme creatividad como cultura. Comparativamente somos un país bastante creativo y eso se refleja en nuestros refranes, chistes, artesanías, música, etc. Cada rincón de México tiene su propio sabor y estilo. Ojalá esa creatividad se usara para, además de manifestar la gran riqueza cultural que tenemos, resolver los problemas sociales y económicos que más nos duelen.
          ¿Cómo podemos usar nuestra creatividad para disminuir la brecha entre ricos y pobres (que es de las más escandalosas del mundo)? Quizás la innovación sea la respuesta. Ser creativo no es lo mismo que ser innovador. La creatividad tiene que ver con pensar originalmente (o bien pensar diferente). En contraste, la innovación tiene que ver con generar valor resolviendo los problemas de una manera inédita. La creatividad puede o no ser útil para otros (aparte del autor); la innovación debe ser útil para alguien más. La creatividad es, hasta cierto punto, egoísta (qué importa si le sirve a los demás); la innovación no porque debe producir valor para otras personas.
       El proceso de innovación empieza poniéndose en los zapatos del otro para diseñar soluciones nuevas a sus problemas. Implica análisis, creatividad y aterrizaje. Es decir, requiere mucho más que imaginar o hacer cosas novedosas. Se puede innovar desarrollando nuevos bienes o servicios pero también diseñando nuevos procesos, métodos, experiencias o incluso nuevas formas de mirar el mundo que mejoren la condición actual.
       En México nos falta camino para pasar de creatividad a innovación. Todavía nos gusta más copiar -o adaptar- lo de otros, que desarrollar soluciones totalmente inéditas a partir de nuestra realidad. En parte porque es más caro innovar pero, sobre todo, porque no sabemos cómo hacerlo. Es aquí donde las universidades deberíamos aportar más, enseñando a los alumnos a innovar más que a sólo crear.

lunes, septiembre 08, 2014

Usura farmacéutica

Autor: Alexis Vera, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Publicado en La primera de Puebla, el 2 de septiembre de 2014

Un medicamento genérico puede costar hasta 10 veces menos que uno de patente, ¿por qué? ¿Será la calidad? ¿El empaque? ¿La marca? ¿Los impuestos? ¿El capitalismo salvaje?
          No terminan de sorprenderme estas diferencias exorbitantes de precio; ¿será que, como argumentan los laboratorios, es tanta la diferencia en calidad? Cualquier empleado o directivo de la industria farmacéutica "de marca" te dirá que por supuesto, la diferencia está en la calidad; pero ¿tanto como para marcar sus precios 300, 400, 600, 1000 por ciento arriba?
          En la inmensa mayoría de los demás productos que existen en el mercado (ropa, comida, aparatos, etc.) la diferencia de precio entre marcas "genéricas" y de prestigio difícilmente llega a ser tan grande. Una lavadora -por ejemplo- puede variar su precio en punto de venta entre un 10 y un 30 % según el modelo y marca. Es de suponer que la lavadora con mejor calidad cueste -por decir algo- 30 % más; pero sería poco explicable y aceptable (al menos a la luz de la razón) que costase 600 % más cara que otra idéntica (énfasis en esta palabra) pero de marca diferente. ¿Por qué en las medicinas entonces la gente sí paga tanta diferencia?
          Un día platiqué con el ejecutivo de un prestigioso fabricante multinacional de medicinas, dueño de una de las marcas más importantes en el mercado mundial de farmacéuticos, y me decía que su antibiótico estrella se vendía en las farmacias en $600 pesos mientras que, por otra parte, ellos mismos vendían ese medicamento (idéntico) al gobierno en $6 pesos para consumo en hospitales del sector salud. Entonces sí se puede vender la medicina mucho más barata y aun así ganarle, ¿o no? ¿Será cierto que los medicamentos baratos entonces no tienen calidad? Ya no estoy seguro.
          En diversos países que llamamos del primer mundo se ha criticado, más que en naciones pobres, la inmoralidad de los laboratorios farmacéuticos. En Estados Unidos esta crítica es casi inexistente porque ellos reciben más del 70 % de las regalías mundiales por patentes farmacéuticas. En México estamos todos calladitos pagando nuestras medicinas 10 veces más caras, somos generalmente consumidores bastante dejados.
          Otra ejecutiva de una multinacional enorme, propietaria de la marca de helados más consumida en nuestro país, me decía que en México vendían más caro el litro de helado porque la gente (de casi cualquier estrato social) acepta pagar el precio, mientras que en otros países -incluso con ingresos más altos- se veían obligados a restringir los precios del helado porque los consumidores son más conscientes y sensibles.
         Así pues, por una parte está nuestra pobre cultura de consumo y, por otra, la desmesura de los fabricantes de medicinas que me parece que abusan -y abusarán- mientras nos dejemos. Se entiende y acepta que hay costos de investigación y desarrollo a recuperar y una ganancia que obtener tras la inversión hecha. Sin embargo, lo que me parece cuestionable es el monto de las ganancias buscadas a costa del bienestar de los demás. Otra vez, los ricos se hacen más ricos y los pobres se alejan kilométricamente de ellos.
          Los fabricantes de medicamentos han pervertido el mercado dando una especie de soborno a los médicos para que estos receten sus costosas marcas. Les pagan viajes completos a congresos en otras ciudades y países, por ejemplo. Esto tiene la ventaja de mantener a los médicos actualizados pero la desventaja de pervertir la venta y distribución de medicinas. Así pues, en caso de que existan medicamentos genéricos sustitutos para una receta, el doctor no va a recetar lo que más le conviene al bolsillo del paciente sino lo que más le conviene a él como miembro de esa red de complicidades. 
          El problema es que esto se hace en un sector donde la gente no se siente cómoda escatimando gastos por tratarse de un tema sensible como lo es la salud. Además, se trata de un ámbito donde la asimetría de información es enorme en detrimento del consumidor y las autoridades no intervienen para regular esta forma de robo. Cierto es que no todos los médicos actúan igual pero, lamentablemente, la mayoría en México ya es cómplice de los laboratorios.
          Quizás no todos los fabricantes de medicamentos genéricos o similares tengan óptima calidad, de todo hay en el mercado y habrá que ser selectivos, pero eso no justifica los altísimos diferenciales de precio que hoy se cobran en los medicamentos de patente recetados por los médicos particulares quienes desafortunadamente son cómplices de este acto de insensibilidad e irresponsabilidad social.

miércoles, junio 04, 2014

Simulación

Autor: Alexis Vera datos del autor haz click aquí
Publicado: Síntesis Puebla, 20 de mayo de 2014

     En México la educación es franca y lamentablemente una farsa: los profesores hacen como que enseñan y los alumnos como que aprenden en un juego de complicidades donde nadie hace un gran esfuerzo y todos se "tapan", se encubren, en un pacto de mediocridad que perpetúa la lenta salida del subdesarrollo a una nación que llora porque las cosas sean diferentes.Los maestros de cualquier nivel, desde preescolar hasta educación superior, en escuelas públicas o privadas, apenas invierten tiempo para preparar sus clases o revisar los trabajos de sus alumnos; hacen como que preparan y como que revisan porque en la práctica no realizan, por ejemplo, investigación seria (no digamos de vanguardia), ni tienen generalmente las cualificaciones, tiempo, energía o valor para retroalimentar constructivamente a un alumno.Pero no es extraño que se viva así en un país donde cualquier persona puede ser profesor y, en muchos casos, donde es docente quien no encontró otro empleo; donde los maestros apenas ganan lo suficiente para subsanar lo básico de la existencia (aunque sus compañeros aviadores y fantasmas ganen hasta 20 veces más sin pisar el aula).Quienes hoy somos profesores en México no fuimos suficientemente exigidos como alumnos y, por tanto, tampoco exigimos a los nuestros. El estudiante de cualquier nivel lo sabe, por eso regularmente realiza trabajos y tareas francamente pobres que casi siempre son generosamente calificadas con ocho, nueve o diez; el que de plano está perdido saca menos que eso pero su profesor se expone al reclamo de todos, incluidos padres de familia y administradores escolares. Los alumnos mexicanos se auto exigen poco (perpetuando la cultura del "ahí se va") porque saben que con cualquier cosa sacan buena nota y que su poder de negociación, frente a una debilitada figura docente, es grande.Tenemos uno de los peores sistemas educativos del mundo y eso no cambiará mientras los profesores no exijan más a sus alumnos y los retroalimenten con franqueza y amor, sin regalar calificaciones.El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

lunes, mayo 12, 2014

Todos Tenemos 4 Fantásticos

Autor: Alexis Vera, datos del autor haz click aquí
Publicado: Puebla on Line, 2 abril 2014
     
     En el trabajo nos ha tocado a todos afrontar dificultades porque donde hay gente hay conflictos, así de simple. Sólo por el hecho de tener que coordinarnos con otros para el logro de metas u objetivos ya tenemos un reto y potencial fuente de problemas. Cada cabeza es un mundo, cada persona un ego que satisfacer y domar. El trabajo en equipo no es fácil; lograr acuerdos productivos con otras personas tampoco. Vivimos en una cultura donde “jalar agua para el propio molino” es la norma más que la excepción; vivimos en un país donde el bien privado tiene supremacía sobre el bien público, por eso se desvían tantos recursos ilícitamente. Nuestra cultura es, en efecto, particularista y no universalista. Es decir, para los mexicanos se valen todas las excepciones a la regla, porque cada caso es “especial”. En contraste, en una cultura universalista como -por ejemplo- la alemana, todos los casos se tratan por igual, no hay excepciones o hay muy pocas excepciones. Si una persona “influyente” infringe una regla, tiene consecuencias en un país universalista. Por el contrario, en una sociedad particularista, el influyente siempre tendrá menos consecuencias que el no influyente.
      Esta es apenas una de las barreras nombrables que todos en México encontraremos para desempeñar adecuadamente nuestro trabajo. Es decir, no sólo tenemos que superar el desafío que representa trabajar productiva y armoniosamente con otras personas; sino que, además, tenemos que superar el desafío de nuestra propia cultura. Sin embargo, la solución está en buena medida en nuestras manos. Todos tenemos los recursos para sacar adelante la relaciones con otras personas en el trabajo; todos tenemos herramientas para coordinarnos productivamente con otros equipos; todos tenemos lo que yo llamo los Cuatro Fantásticos: cuatro fuerzas internas que conducen nuestro comportamiento cuando enfrentamos la realidad. Estas cuatro fuerzas las tipificó recientemente la especialista en liderazgo Erika A. Fox en su libro “Winning from Within: A breaktrhough Method for Leading, Living, and Lasting Change” de la siguiente forma.
      Soñador Inspiracional: Es esa fuerza intuitiva que nos permite distinguir -en el fondo- lo que queremos de lo que no queremos. Genera nuestra visión y nos impulsa a alcanzar nuestro sueño; traza el camino hacia adelante. 
      Pensador Analitico: Eso que nos permite crear nuestras ideas y formarnos una opinión. Su motor es la razón y nos sirve para analizar hechos a partir de la lógica; considera las consecuencias y mira la realidad desde diferentes ángulos.

Amante Emocional: Lo que nos permite sintonizar con los sentimientos propios y con los de otras personas. Se enfoca en la confianza y busca construirla, sostenerla. Nos facilita la colaboración con los demás.

Guerrero Práctico: Se enfoca en lo que hay que hacer. Su motor es la fuerza de voluntad. Habla sin pena acerca de las verdades duras; mantiene los pies en la tierra; actúa.
Todos tenemos este equipo de 4 Fantásticos viviendo dentro de nosotros. Son fuerzas interiores que nos mueven cuando nos relacionamos con la realidad. Generalmente una de ellas predomina notablemente sobre las demás pero en diversas ocasiones esa misma fuerza dominante pierde protagonismo y lo sede a otra. En efecto, todos hemos tomado decisiones, grandes o pequeñas, desde cada uno de los 4 Fantásticos, sin embargo, generalmente uno de ellos es preponderante en nuestra personalidad; ¿cuál es el que predomina en usted?
Para afrontar los desafíos del trabajo moderno necesitamos rotar adecuadamente nuestros 4 Fantásticos. ¿En qué momento debe actuar mi Soñador Inspiracional y no mi Guerrero Práctico? Cuando yo juzgue que la situación requiere más de intuición que de fuerza de voluntad.
Debemos desarrollar la habilidad para identificar qué situaciones requieren fundamentalmente intuición, razón, emoción o fuerza de voluntad para llamar al super héroe que corresponda. Obviamente lo más difícil es hacer esto en tiempo real, es decir, en el mismo instante en que estamos siendo retados; lo que Erika A. Fox llama consciencia de estado: cuando me doy cuenta de lo que me está moviendo internamente en ese momento y soy capaz de juzgar si eso que me está moviendo (ese super héroe) es el indicado para la situación.
Claro que no es fácil; requiere trabajo interno constante de auto observación y auto crítica. Lo bueno es que podemos empezar hoy. Poco que perder, mucho que ganar. Sígueme en Twitter: @veraalexis


miércoles, abril 02, 2014

¿Director o líder?

Autor:  Alexis Antonio Vera Sánchez, datos del autor haz click aquí
Publicado: lado B, 19 de marzo de 2014

     Se habla mucho de liderazgo pero ¿qué hace un buen líder? ¿Hace lo mismo un líder que un gerente o directivo? ¿Por qué hay tantas personas que no dan resultado como jefes?
El liderazgo y la función directiva son cosas distintas. Un buen director puede no ser buen líder y viceversa. En este texto hablaremos de director, gerente o alto ejecutivo de manera indistinta, y lo distinguiremos del rol que tiene el líder. A excepción de este último, cualquiera de los tres papeles anteriores tiene la función de hacer que una organización (sin importar su naturaleza), logre los propósitos para los cuales fue creada.      Es decir, el director o gerente tiene fines ejecutivos, y por ello entendemos fines de logro; logro de objetivos y metas necesariamente medibles y verificables. Por otra parte, el papel del líder es relativamente distinto en tanto que su principal aportación social es inspiración y guía. Un buen líder es alguien que sabe hacia dónde deberían moverse las cosas y es capaz de inspirar a otros a seguirle. Un líder confía menos en el control y supervisión y confía más en su capacidad de arrastre; el director necesita controlar y supervisar de alguna manera para hacer bien su trabajo. Con esto no quiero decir que las organizaciones necesiten líderes y no directores; creo que tal noción es muy romántica pero poco realista. Las organizaciones necesitan ambos: líderes y directores.
     Históricamente hemos tendido a idealizar la figura del líder, como si tuviese un ángel o un karma que todo lo arregla como por arte de magia. Mitificamos líderes como si fuesen casi dioses; como si tuviesen poderes sobrenaturales para transformar la realidad. Sin embargo, lo que me parece cierto es que, como afirmó alguna vez Peter Drucker (gurú de la administración contemporánea), las organizaciones necesitan sobre todo buenos ejecutivos, es decir, personas que hagan que las cosas sucedan conforme al plan (o sin mucha desviación de éste). Si además de buenos ejecutivos son buenos líderes, entonces tenemos una verdadera joya porque se trata de esos casos raros donde las metas se logran pero a través de alta inspiración en los equipos de trabajo, y no del control y autoritarismo (por simplificar el tipo de gestión que generalmente hacen muchos altos ejecutivos en una cultura como la latina).
     Toda organización, sin importar el sector donde se encuentre, sin importar si tiene o no fines lucrativos, es un ente económico y, como tal, debe administrar recursos que son escasos. No importa que la organización, empresa o institución tenga fines sociales (no lucrativos), para lograr dichos fines debe administrar tiempo, materiales, dinero, etc., todos ellos recursos escasos porque no hay en este mundo recursos ilimitados. Es básicamente por esta premisa que toda organización requiere, ante todo, un ejecutivo (no un líder). Porque el buen ejecutivo busca la eficacia (lograr objetivos) y la eficiencia (con el menor desperdicio de recursos posible); tiene un enfoque meramente administrativo pero esto permite a cualquier organización la sostenibilidad.
     El líder, por su lado, busca grandes fines también pero a través de grandes medios. Su enfoque no es la eficiencia sino la transformación. Peter Drucker decía que administración (management) es hacer las cosas bien y liderazgo es hacer lo que está bien.      Evidentemente, una organización se beneficiará más si, además de un director, tiene en la misma persona a un líder. El gerente o director gestiona recursos, el líder provoca cambios de valor para la organización. Ambas funciones son requeridas en la empresa o institución moderna. No se trata de esto “o” esto otro, sino de esto “y” esto otro. Por eso es que los altos ejecutivos tienen tanta presión hoy día; se espera mucho de ellos… Ya no basta ser un buen líder o simplemente un buen administrador, la mayoría de las organizaciones, para sobrevivir de manera sostenible, requieren ambas cualidades en la misma persona.
     Muy resumidamente, y con el riesgo que conlleva toda simplificación, expongo a continuación lo que caracteriza a un buen directivo (ejecutivo) y a un buen líder.
Algunas de las características sobresalientes del buen directivo (ejecutivo):
Siempre se pregunta qué se necesita hacer.
     Siempre se pregunta qué es lo mejor para la organización (no para él ni para sus amigos, sino lo mejor para la empresa o institución).
Delega y da seguimiento.
Comunica efectivamente las decisiones tomadas.
Algunas de las características sobresalientes del buen líder:
Tiene visión amplia
Conduce su propia vida con libertad, responsabilidad y autorregulación.
Sostiene fácilmente relaciones cordiales y productivas con los demás.
Es capaz de inspirar a otros con su ejemplo y visión.
Es competente para integrar y conducir equipos.
Propicia el cambio y se adapta relativamente fácil a nuevas situaciones.
Las organizaciones de hoy requieren dirigentes que estén a la altura de nuestros tiempos y, además, necesitan empezar a desarrollar hoy a los dirigentes que requerirán mañana; porque nadie nace competente en ambos roles.
El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: circulodeescritores.blogspot.com
Twitter: @veraalexis

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lunes, marzo 10, 2014

Retos de la Ciudad

Publicado: La Primera de Puebla, 20 febrero 2014

     Basta circular en auto por el Periférico Ecológico de Puebla para darnos cuenta que nuestra ciudad es un desastre urbano. Casas construidas sin ordenamiento inteligente a uno y otro lado del Periférico que se entremezclan con bodegas y naves industriales, gasolineras, terrenos agrícolas, etc. Estamos haciendo vivienda pero no estamos haciendo ciudad. Si asomamos un poco nuestros ojos para ver cómo se construyen hoy las mejores ciudades del mundo, nos daremos tristemente cuenta de que, como ciudad, somos un maravilloso fracaso.
     Los poblanos vivimos en una ciudad desequilibrada. Zonas muy ricas y -hasta cierto punto- desarrolladas, contrastan con zonas pobres, casi miserables, que remiten nuestra imaginación a la vida rural del Porfiriato. Zonas que se conectan por un transporte público indigno, ineficiente, problemático, peligroso, contaminante y generador de canas verdes a todo aquel que se aventure por las calles.
     ¿Los responsables? Todos los poblanos: gobierno, empresas y sociedad (en ese orden de culpa). El principal responsable es el gobierno municipal y, en segundo término, el gobierno estatal porque a ellos corresponde planear el ordenamiento territorial y hacer que se urbanice conforme al plan. Todos sabemos que, con un soborno, cualquier límite territorial o uso de suelo puede modificarse. Así que no solamente hay que tener planeación, hay que saber llevarla a cabo y resistir la tentación de ejecutarla en función de los intereses personales.
     Otro gran monstruo destructor y, por tanto, enemigo de la ciudad, son los desarrolladores y constructores de vivienda que, en aras de maximizar sus ganancias, construyen viviendas sin responsabilidad social. En efecto, la mayoría de los desarrolladores que hacen conjuntos habitacionales en Puebla construyen casas de poca calidad: diminutas (como para que los que ahí habiten acaben gritándose), pegaditas una con otra y separadas por un solo muro (como para que no exista vida privada), con mínimas e insuficientes áreas verdes (como para que nadie salga a caminar), con banquetas y calles demasiado angostas (como para que nadie pueda circular fluidamente o nadie pueda invitar amigos con auto porque no hay dónde estacionarse sin tapar la entrada a alguien), etc. En verdad me parece lamentable lo que el gobierno y los desarrolladores contemporáneos están haciendo con nuestra ciudad. Nosotros, la sociedad civil, también somos cómplices porque no les exigimos otra calidad; somos una sociedad poco exigente y, por eso, nos dan lo que nos dan. Todos juntos, sociedad, desarrolladores y gobierno, si no reaccionamos pasaremos a la historia como la generación que no sólo perdió la oportunidad de diseñar y sentar las bases de una ciudad moderna, ecológica, sostenible y sin atroces desigualdades, sino que posiblemente pasaremos a la historia como la generación que destruyó la ciudad y la convirtió en una verdadera mancha urbana, pero una mancha más con aspecto de jungla que de urbe. Quizás pasemos a la historia como la generación que degradó la calidad de vida de la mayoría en beneficio de la calidad de vida de una muy pequeña minoría.
     Creo que el nuevo presidente municipal, Tony Gali, tiene frente a él una oportunidad de oro, histórica y sin precedentes, para gobernar de manera inteligente y en beneficio de las mayorías, durante un excepcional periodo de 4 años 8 meses. Las tentanciones de gobernar en favor de sus amigos y gente de su mismo elevado estrato social serán muchas, pero todos esperamos que sea valiente, visionario y compasivo para equilibrar lo desequilibrado, ordenar lo desordenado y diseñar un futuro más sostenible para todos.
     Al final de cuentas, todos -ricos y pobres- pagamos los elevados costos de tener una capital desigual, desordenada, insegura y poco disfrutable. Sin embargo, me parecen positivos los recientes esfuerzos del gobierno por crear más espacios públicos. Creo que, donde haya menos espacios cerrados, privados y amurallados, habrá más y mejor convivencia humana; esto equilibra positivamente las relaciones entre las diferentes clases socioeconómicas y disminuye la tensión social, favoreciendo así la generación de un tejido humano más sostenible.
     Ojalá los desarrolladores de vivienda asuman la responsabilidad histórica que tienen frente a ellos y construyan espacios de calidad sacrificando un poco su ganancia personal en beneficio de una mejor ciudad para todos. Nadie dice que no hagan dinero construyendo, pero muchos decimos que no ganen a costa de la calidad de vida de los demás. Twitter: @veraalexis


lunes, febrero 17, 2014

Desigualdad: reto del siglo

Autor: Alexis Vera Sánchez,datos del autor haz click aquí
Publicado: e-consulta, 21 de enero de 2014

     México es lamentablemente uno de los países más desiguales del mundo y me parece que gran parte de nuestra sociedad no está del todo consciente de esta terrible realidad. Vivimos como en un sueño extraño, sueño ajeno, donde caminamos quién sabe con qué fuerzas a quién sabe dónde. Los mexicanos de clase media para arriba por lo general atribuyen la visible desigualdad económica a factores de índole personal como lo son las capacidades individuales de los sujetos. Dicen que los que no tienen dinero están así porque no le echan ganas o porque no han sabido moverse, porque no han negociado correctamente o porque no estudiaron, etc. Pero nunca dan explicaciones estructurales; nunca hablan de lo difícil que es salir de pobre en un capitalismo como el que se vive en nuestro país. En un sistema libre como el que presuntamente tenemos, las capacidades personales hacen diferencia, creo que no hay duda al respecto, sin embargo, si dejamos todo en libertad, las diferencias pueden ser tan grandes que la sociedad se vuelve disfuncional.
     Los que se encuentran en la parte media y alta de la pirámide social se sienten más o menos cómodos con la desigualdad. Los que viven en la pobreza (más de la mitad de todos los mexicanos), no. Quien no vea esto como caldo de cultivo de violencia, entonces quizás deba repetir sus cursos de historia. La movilidad social en México es muy baja comparada con la de las naciones más prósperas y esto trae muchos riesgos para la nación. Para que el hijo de un pobre deje de vivir -ya adulto- en la miseria, tiene que ocurrir casi un milagro porque el sistema económico prevaleciente promueve todo menos una equitativa distribución de la riqueza. Basta echarle un ojo al salario mínimo, ¿qué persona puede vivir humanamente con 67.29 pesos diarios en una economía donde una hamburguesa Big Mac vale entre 37 y 40 pesos? A pesar de lo evidentemente injusto de esta realidad, la cúpula gobernante en los sectores público y privado parece no tener interés por mejorar dicha situación pues apenas este año la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos acordó aumentar un glorioso 3.9 % a dicho salario en 2014, cuando la inflación en 2013 se estimó en 3.97 % según el Banco de México. Es decir, el aumento ni siquiera será suficiente para que el salario mantenga su poder adquisitivo. Con el paso de los años, esta erosión salarial se acumula, agravando a niveles de ridiculez la ya precaria situación de los que menos tienen. Pero debería ser al revés si queremos que los pobres salgan de la pobreza. Es decir, el incremento al salario mínimo debería superar la inflación -poco a poco- y de manera constante para que algún día la clase trabajadora en verdad pueda vivir mejor. Si la gente gana más, entonces gasta más; y si más gente gasta más, entonces todos ganan; una especie de navidad durante todo el año. No hay ciencia oculta, los países más avanzados tienen mucho mejores salarios y mucho menos problemas sociales que nosotros.
      Es claro que mejores sueldos no solucionarán la compleja problemática nacional, pero sí abonarán directamente a la sanación social que tanto requiere México. Por otra parte, un aspecto que me parece crucial para componer el desastre de la economía mexicana es mejorar el modelo capitalista que hemos importado chafamente de Estados Unidos. En ese país, el modelo ya mostró su gran capacidad para aumentar la desigualdad. Sólo en 2012, el 1 % más rico concentró más de la mitad de todos los ingresos del país. Es decir, el capitalismo a la americana es simplemente un gran creador de desigualdad. Pero nosotros tenemos una especie de copia pirata de ese modelo; aquí, el mismo modelo se ve y se vive peor que allá porque, además, somos un país con gran herencia y tradición de inequidad y corrupción.
     La mexicana es una sociedad de alta distancia jerárquica, es decir, una sociedad que acepta la desigual distribución del poder. En México, ver que el jefe llegue en un coche de lujo cuando el resto de los empleados no tiene ni para pagar con holgura el precario transporte público que hay, es aceptado porque se nos enseñó que los jefes deben vivir mucho mejor que los demás. La distancia salarial promedio (diferencia entre quien más gana y quien menos en una misma organización) en nuestro país es de 80 a 1 aproximadamente, cuando en los países de menor distancia jerárquica, como Noruega, es de 7 a 1 en promedio. En dichos países la gente acepta poco la desigualdad, por eso tiene una nación menos desigual.
El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.


miércoles, enero 15, 2014

Marihuana legal, ¿se nos adelanta Uruguay?

Autor:  Alexis Vera, datos del autor haz click aquí
Publicado: e-consulta, 17 de diciembre de 2013

     La semana pasada Uruguay se convirtió en el primer país del mundo que legaliza y regula la producción, distribución y venta de marihuana. Una medida que sin duda ha desatado polémica porque va contracorriente: ningún país le ha apostado a la legalización de las drogas que hoy son ilegales. Todas las naciones han preferido la criminalización, es decir, se han inclinado por una estrategia tipo policías y ladrones, como en los buenos años del contrabando licorero de Al Capone. Pero Uruguay ha dicho otra cosa, ¿tendrá razón?
Cualquier estrategia de combate a las drogas tiene un lado negativo. Creo que la cosa es ver cuál es la estrategia que tiene el flanco negativo más pequeño, es decir, cuál es la que representa el menor de los males. Quizás no haya forma de evitar que una parte de la humanidad viva consumiendo drogas. Es muy difícil eliminar las conductas autodestructivas que tenemos todos los seres humanos. Las drogas se seguirán consumiendo en el mundo, sean legales o no. Siempre habrá gente que, por motivos psicológicos o sociales, busque refugio en ellas (incluyendo al alcohol, una droga legal).
     Se ha tenido la creencia de que, si se prohíbe la producción y venta de drogas como la marihuana (por mucho la más consumida de todas), habrá menos consumo. Los datos de la realidad no comprueban esta teoría; al contrario, el consumo global incrementa año con año. Si la realidad no confirma la teoría, ¿por qué insistir en ella entonces? Por falta de creatividad y miedo, quizás.
     No solamente la prohibición ha mostrado su ineficacia como inhibidora del consumo, sino que también ha demostrado su efectividad como incubadora de crimen y, en países como el nuestro, ha gestado toda una industria criminal, tan poderosa como el mismo estado. Pero seguimos creyendo que estamos en la vía correcta con la prohibición. ¿Cuántas vidas más hace falta perder para que cambiemos de opinión?
Legalizar la producción, distribución y consumo de la marihuana no va a solucionar del todo el problema. En realidad la estrategia debe ser más compleja que eso y debe ser multinacional porque no sirve de mucho que en México se legalice y, por ejemplo, en Estados Unidos se prohíba. Legalizar significa pasar los recursos públicos usados para combatir el crimen, a la esfera de la salud pública para prevenir y tratar el consumo de drogas. En lugar de gastar dinero en armas, gastemos dinero en educación y tratamientos. A la larga, un pueblo bien educado sobre las drogas seguro que será menos vulnerable a cualquier vicio.
     Legalizar no significa traer el neoliberalismo al mercado de las drogas. Es decir, no significa dejar exclusivamente en manos de particulares la producción, distribución y venta de cualquier estupefaciente. Legalizar va de la mano con regular. En Uruguay hay reglas claras para este negocio, no se puede vender y consumir libremente, hay controles (que seguramente se irán afinando y mejorando con el paso del tiempo). Así, se pone bajo un mayor control no sólo a productores sino también a quienes distribuyen y compran. Por otra parte, con la legalización se generan impuestos que se pueden destinar a temas de prevención y tratamiento. En un mercado ilegal, nadie paga impuestos pero sí muchas “mordidas” que alimentan otro mal social: la corrupción.
     Creo que cualquier proyecto de liberalización comercial como este, debe tener reglas claras para cada etapa de la cadena de valor del negocio porque, como ha sido evidente para todos, el liberalismo al 100 % privilegia los intereses particulares sobre los públicos, juego en el que siempre saldremos perdiendo como sociedad.
Liberalizar el mercado de las drogas, empezando por el de la marihuana, no eliminará todos los males sociales relacionados pero sí los puede disminuir significativamente si se ejecuta de manera integral. El mercado negro no dejará de existir, ni para estas drogas ni para otras como el alcohol, pero será de un tamaño mucho menor con la legalización y regulación. Por eso me parece que liberalizar no representa la solución que exterminará todos los problemas y padecimientos de los estupefacientes ilegales, pero sí creo que representa el menor de los males; la mejor opción de todas las hoy disponibles, pues.
     Veo el paso de Uruguay con esperanza; no estará libre de problemas y seguramente requerirá afinaciones y enmiendas en el camino, pero, a la larga, representa nuestra mejor apuesta como sociedad por reducir de manera importante el problema asociado con el consumo de drogas ilegales. @veraalexis


viernes, enero 10, 2014

El Papa y la Economía

Autor:  Alexis Vera datos del autor haz click aquí
Publicado: lado B, 12 de  diciembre 2013

     Tenemos un Papa que, en apego a su formación jesuita, está dando al mundo de qué hablar. Particularmente, Francisco I empieza a incomodar de sus asientos a los prelados más conservadores. La semana pasada, en su primera “Exhortación Apostólica”, el máximo líder de la Iglesia Católica criticó contundentemente al capitalismo y a la economía de libre mercado: “Algunas personas siguen defendiendo las teorías del “derrame” (trickle-down) que asumen que el crecimiento económico, alentado por un mercado libre, inevitablemente tendrá éxito en traer mayor justicia e inclusión en el mundo. Esta opinión, que nunca ha sido confirmada por los hechos, expresa una cruda e ingenua confianza en la bondad de quienes ostentan poder económico y en los trabajos sacramentados del sistema económico predominante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”.
      Independientemente de lo controvertido que pueda ser el manejo del Estado Vaticano en lo relativo a sus finanzas, me parece que el Papa ha sido valiente al criticar abiertamente al sistema económico del cual la misma Iglesia Católica ha obtenido beneficio. Sistema económico defendido por los más poderosos de la Tierra. Jesús también fue crítico de los poderosos de su tiempo y creo que el Papa, como su principal discípulo, hace bien siguiendo su ejemplo. Ya era tiempo de que del Vaticano saliera una firme oposición a un sistema de producción que ha dejado fuera del progreso a la mayor parte de los habitantes del mundo. No lo dice la teoría, lo dice la práctica.
      Lo que me pareció sumamente atinado en las palabras de Francisco I fue la observación acerca de cómo el liberalismo económico confía en la ética y buena voluntad de sus líderes para que exista justicia social; es decir, para que cada quien reciba lo que merece desde el punto de vista económico. En efecto, los defensores del libre mercado aseguran que el sistema por sí solo arregla las cosas y hace justicia a la larga. Los líderes de la economía global siempre han defendido que, en el largo plazo, todos los países que participen del comercio mundial se subirán al carro del progreso y obtendrán beneficios. Sin embargo, desafortunadamente la evidencia muestra que uno de los más devastadores efectos de la globalización es la polarización de la riqueza: algunos tienen mucho, la mayoría tiene muy poco. En Estados Unidos el año pasado el 10 % más rico concentró más de la mitad de los ingresos totales del país. Esto se llama desigualdad -por decir lo menos-. Y lo que muchos ricos no han querido ver es que, tarde o temprano, la desigualdad tiene fuertes repercusiones sociales y que, como vivimos en un mundo interdependiente, al final los efectos negativos también impactan a los más acomodados.
      No intentaré defender al socialismo, pues quedó demostrado que los sistemas autoritarios de producción como ese, también acumulan muchos privilegios para unos cuantos y dejan en la mediocridad al resto. Creo más bien que debemos fijarnos en qué es lo que hoy por hoy ha dado mejores resultados en términos de bienestar y equidad; analizarlo, adecuarlo y mejorarlo. Las economías que en la actualidad tienen menos desigualdad son las de los países nórdicos. Allá hay libre mercado pero con una fuerte participación y regulación del estado. Es decir, no se deja el manejo de la economía exclusivamente en manos de particulares que, por definición, siempre privilegiarán el bien privado sobre el público. En los países nórdicos hay libertad económica pero con límites, en nombre del bien público. Tienen deficiencias, como en cualquier sistema creado por el hombre, pero sus ineficiencias económico sociales son mucho menores que las de naciones donde hay más libertad para la iniciativa privada porque, como bien sugiere lo arriba señalado por Francisco I, el modelo de libre mercado supone que aquellos con poder harán justicia a sus congéneres menos poderosos pero la realidad financiera global evidencia que el ser humano actual, por general -y casi naturalmente-, es egoísta e injusto.
      Me parece que no debemos dejar la generación y distribución de la riqueza exclusivamente en manos de la iniciativa privada porque corremos el riesgo de vivir eternamente en sociedades desiguales e injustas. Tampoco debemos pasar todo a manos de un estado paternalista que todo lo hace ineficiente. Desde mi punto de vista se requiere una adecuada mezcla de sector privado y sector público (en este último me permito incluir a las organizaciones no gubernamentales que por definición no tienen ánimo de lucro y, por lo general, tienen un interés específico de beneficio público) para equilibrar intereses y prosperar como sociedad, donde la gran mayoría quepa y todo aquel que trabaje honrada y efectivamente pueda tener acceso a una vida digna.
     Finalmente entiendo que esa fue la gran lucha del Jesús histórico (la justicia social) y, por tanto, debería ser la gran lucha del Papa en función. Creo que es hora de evolucionar el capitalismo contemporáneo, mejorarlo y orientarlo a la construcción de una mejor sociedad. @veraalexis



jueves, noviembre 28, 2013

El Ego

Autor: Alexis Vera Sánchez datos del autor haz click aquí
Publicado: Síntesis Puebla, 22 de noviembre de 2013

     Hablamos mucho de ego pero con frecuencia sin saber qué realmente es. De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española (RAE), ego es "un exceso de autoestima".Exceso que nos aleja de nuestra esencia y de los demás; el exceso que nos hace sentir que somos el centro de la realidad; exceso que nos hace orgullosos; exceso que nos encierra en nuestra oxidada armadura y nos pone a defender nuestras miserias en lugar de abrazarlas para sanarlas. ¿Qué puede vencer al ego? Desde mi punto de vista, la humildad.De acuerdo con la RAE, humildad es la "virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento". Se dice fácil pero, en mi opinión, es una de las más complejas operaciones del comportamiento humano. Quien es humilde, no es orgulloso.Alguna vez un colega de La Ibero me dijo que la palabra humildad proviene del latín "humus", que significa "tierra". La persona humilde es pues aquella que tiene los pies en la tierra; que conoce sus virtudes pero, sobre todo, sus defectos y por tanto no se eleva ni se siente más que los demás; está abierto a la crítica porque se sabe terrenal, no divino.¿Quién vence pues al ego? Quien conquista un carácter humilde de corazón. Es decir, quien se vence a sí mismo y cede en protagonismo para relacionarse más equilibradamente con los demás. Se vence a sí mismo aquel que deja de pensar que todo gira alrededor de él y de sus necesidades. Esta es una conquista exclusiva de aquellos capaces de sintonizar constantemente con las necesidades y emociones de los demás, tratándoles de la misma manera en que les gustaría ser tratados.De convertirnos en ciudadanos menos egocéntricos, nos convertiríamos en una sociedad más consciente de lo público y, por tanto, cuidaríamos más lo que no es nuestro y, en especial, lo que es de todos, como los ríos, parques y plazas públicas -por nombrar algunas cosas-. Seríamos, entonces, una sociedad más respetuosa de lo ajeno. @veraalexisEl autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla. Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.comSus comentarios son bienvenidos.



jueves, noviembre 07, 2013

Soberbia Mexicana

Autor: Alexis Vera Sánchez, datos del autor haz click a quí

Publicado: Puebla on Line, 30 de octubre de 2013

     Los mexicanos tenemos una cultura de carácter poco humilde. A diferencia de otros países, en México nos cuesta pedir perdón. En una sociedad aún machista como la nuestra, pedir perdón es símbolo de debilidad, incluso entre las mujeres. Un macho nunca pide perdón, nunca llora; su mujer tampoco, sólo le puede pedir perdón y llorar a su macho.
     Mientras estaba de intercambio académico en Montreal (Canadá) me di cuenta que la gente actuaba diferente cuando cometía un error, por pequeño que este fuera. Percibí que los habitantes de aquella gran ciudad tenían la humildad suficiente para disculparse ante cualquier ofensa, ante cualquier molestia causada contra otra persona. En efecto, si alguien por descuido al caminar tocaba mínimamente a otro, entonces se disculpaba de inmediato con una actitud humilde. Me di cuenta que incluso tenían el hábito de pedir disculpas cuando estornudaban frente a la gente aunque se taparan la boca y se voltearan. A pesar de que estas son sólo señales externas y casi triviales, en realidad me parece que reflejan una posición interior mucho más profunda en la persona; una posición de mayor humildad, sensibilidad y respeto hacia los demás.
     En nuestra sociedad es diferente. Aquí por lo regular la gente atropella a la gente al caminar sin mediar el más mínimo perdón. Nos metemos entre las personas, les cortamos el paso, nos detenemos donde sea sin mirar a quién afectamos y todo lo hacemos sin pena. Y cuidado si alguien nos dice algo porque se arrepentirá de haber nacido. Al mexicano(a) no le gusta que le señalen sus faltas, es soberbio.
     El (la) mexicano(a) espera que, al estornudar, a él o ella le digan salud; espera ser servido, le gusta ser atendido(a); quizás herencia de la estructura de servidumbre colonial. Él (ella) nunca pide perdón, es egocéntrico(a): sus necesidades por encima de las de los demás. Por eso nos estacionamos en doble fila deteniendo el tráfico sin preocuparnos: como si viviésemos en una isla solos donde las únicas necesidades que existen son las nuestras; los demás no tienen necesidades o no importan nada. Somos colectivistas para lo que nos conviene, porque en el fondo tenemos un corazón individualista y ególatra. Somos colectivistas cuando se trata de mitigar el interminable sentimiento de soledad que nos asalta; pero cuando se trata de tener en cuenta las necesidades, opiniones y preocupaciones de los demás, entonces nuestro colectivismo se transforma velozmente en individualismo extremo.
     Ceder el paso a un automovilista está fuera de nuestro repertorio comportamental. Tenemos la cultura de primero yo y después yo. Y cuando otro ciudadano reclama su derecho con toda razón, nosotros le echamos bronca, nos defendemos porque en casa nos ensañaron que nadie nos puede llamar la atención más que nuestros papás. A nuestra mamacita santa le perdonamos todo aunque ella esté en un error pero a nuestros conciudadanos no les perdonamos que pidan lo que por derecho les corresponde cuando esto va en contra de nuestros intereses personales.
     Al mexicano promedio no le gusta escuchar críticas. Pierde control de sí mismo cuando alguien le señala un posible error en su comportamiento. Inmediatamente saca sus armas y cuchillos para defenderse porque en casa mamá le enseñó que él o ella es perfecto(a).
     En el hogar mexicano, los papás nos enseñaron que, ante una controversia, los demás siempre están mal, nunca nosotros, y son ellos quienes se deben disculpar. Pedir perdón es de débiles y, en una cultura machista, ser débil es ser menos y casi garantía de ser discriminado, despreciado u objeto de abusos.
     Mientras sigamos siendo una sociedad soberbia que no sabe convivir en la pluralidad, difícilmente veremos la luz del tan deseado desarrollo, porque donde sólo prevalecen intereses personales ningún progreso social relevante es posible. En efecto, requerimos humildad para abandonar nuestras posiciones egocéntricas y evolucionar como nación.
     Empecemos pues, con nosotros mismos. No necesitamos esperar a que los demás cambien para transformar nuestra realidad personal y, en consecuencia, nuestra realidad nacional. Al cambiar nosotros, el mundo cambia. Disculparnos sinceramente cuando hemos errado; escuchar críticas sin defendernos; abrirnos a la opinión de los demás; reconocer y respetar el derecho ajeno… En una frase sencilla: tener un comportamiento humilde desde lo interno. Ni siquiera necesitamos ser religiosos. Yo he vivido en países más ateos que el presidente Calles y he podido ser testigo de la humildad de la gente que en la mayoría de los casos supera a la humildad de un país católico como el nuestro. 
El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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martes, septiembre 24, 2013

¿Qué tan satisfecho estas con tu vida?

Autor: Alexis A. Vera Sánchez
Publicado: en lado B, 19 de septiembre de 2013

     Caminamos por el mundo sin reparar en nuestro grado de satisfacción con la vida que llevamos. Son pocas las personas que hacen un alto para preguntarse si son felices o no con la vida que tienen. ¿Para qué? Dirán algunos; como quien no quiere ver la realidad por miedo a encontrar algo desagradable. Sin embargo, lo cierto es que lo que nos distingue del resto de los animales es nuestra capacidad de razonamiento. Un verdadero ser humano se pregunta continuamente sobre la realidad para entenderla mejor y actuar de la manera que le parezca más apropiada. Así, quien no se cuestiona a sí mismo y a su realidad, se aleja de la condición humana y se acerca más a la condición de la vida irracional, como la que llevan los demás animales.
     Una pregunta fundamental para la edificación de la persona humana es la que da título al presente artículo: ¿Qué tan satisfecho estoy con la vida que llevo hoy? Este cuestionamiento deberíamos planteárnoslo con cierta regularidad porque la vida cambia y es fácil que de repente nos encontremos en una situación que nos limita, nos reprime, nos esteriliza, nos agobia pero no la percibimos del todo. En efecto, no siempre somos conscientes de lo que en realidad estamos viviendo y, sin darnos cuenta, terminamos continuamente bajo circunstancias que jamás hubiéramos planeado o deseado.
     Para aspirar a una vida mejor, el primer paso es darnos cuenta de nuestra actual realidad personal. Después, habrá que entender por qué llegamos hasta esa situación para así poder generar alternativas que den una salida o solución a lo que hoy queremos cambiar.
     El arte de vivir es el arte de cambiar. Ya lo decía Darwin hace varias décadas: quien sobrevive no es el más inteligente ni el más fuerte, sino el que se adapta. Adaptarnos al cambio es más arte que ciencia y requiere -sobre todo- de humildad para aceptar que no todo lo que hoy hago está bien. El soberbio difícilmente se abre al cambio porque no acepta críticas, incluyendo las autocríticas que son fundamentales para el proceso de cambio y adaptación a una nueva situación. En efecto, la autocrítica es básica para la felicidad y supervivencia del ser humano, pero también lo es un corazón abierto a escuchar a los demás. Como bien dice el jesuita John Powell, la escucha es la habilidad básica para cambiar de visión; y cambiar de visión es fundamental para poder cambiar de actitud y comportamiento.
     ¿Y por qué querríamos cambiar? Porque la felicidad y la vida en este mundo no son estáticas ni eternas; al contrario, se mueven constantemente por lo que hay que adaptarse para tener éxito y hallar plenitud.
     Si pudieras cambiar un solo aspecto de tu vida, ese que al cambiarlo te traería significativamente más felicidad, ¿cuál cambiarías? ¿Por qué? ¿Qué te hace falta para cambiarlo?
     Resistencia al cambio.
     Es más cómodo seguir como estamos y no cambiar nada, pero es mucho más peligroso. El impacto, a la larga, casi siempre recae en nuestra felicidad como individuos. Nos amargamos poco a poco y luego nos preguntamos por qué tenemos tan mal genio.
     La resistencia al cambio se presenta de muchas maneras: desde el típico "ahí se va" de la cultura mexicana, "estoy bien, otros están peor", hasta conductas más destructivas como el rechazo a toda crítica que venga de otros (por muy constructiva que fuere); defender mi actuar a capa y espada; pensar que son los demás quienes deben cambiar; comportarnos como si tuviéramos el monopolio de la razón; ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, etc. Por naturaleza e instinto de seguridad somos buenos para defendernos de todo y de todos, pero esa actitud de caballero armado nos va matando poco a poco y nos cierra al mundo.
     Vencerse a sí mismo.
     Para cambiar debemos, en primer lugar, vencernos a nosotros mismos porque dentro de cada uno de nosotros está el primer obstáculo para movernos a una vida más plena: el lado arrogante de nuestro ego. Hay que distinguir claramente entre el amor propio que edifica al ser y el ego que lo envilece. Ese ego que nos dice que estamos bien y tenemos la razón siempre; el ego que considera que son los otros quienes deben de cambiar y no yo; el ego que nos ciega y aleja de todos porque no dialoga.

Vencerme a mí mismo es reconocer con humildad que no soy perfecto y que debo cambiar si quiero ser más feliz. El resultado de esta victoria interior es un sujeto más abierto y, sobre todo, más comprometido con el cambio que mejora a su persona. El resultado también es un sujeto con mayor plenitud porque sus relaciones humanas crecen. Cabe anotar que la principal fuente de dicha humana son las relaciones personales que se logran entablar a lo largo de la vida y, sobre todo, la calidad de estas relaciones.
     Dejarnos ayudar.
     Desafortunadamente, la tarea de mejorarnos como personas es muy difícil de alcanzar solos y mucho más sencilla cuando nos apoyamos en alguien capacitado para ello. Nos podemos hacer ayudar por un amigo en cuyo criterio confiemos o cuyo ejemplo de vida me inspira; también os puede ayudar un sacerdote cercano, un maestro un familiar o un profesional como un coach o un psicólogo.
     También es sumamente recomendable leer textos de crecimiento humano de autores sólidos (porque hay muchas publicaciones y escritos pobres sobre el tema). En la Universidad Iberoamericana, sin duda la institución pionera en el tema en México, encontrarás bibliografía relevante en su hermosa biblioteca (que es de acceso público gratuito para consulta); también encontrarás programas de formación continua y desarrollo humano que pueden ser un excelente vehículo o catalizador de verdaderos cambios que te edifiquen como persona para ser más feliz de lo que hoy eres.
     Navega mar adentro.
     Sea cual sea tu ruta de crecimiento, lo importante es que decidas emprenderla; verás cómo, casi inmediatamente, tu nivel de satisfacción con la vida que llevas empieza a aumentar porque, además, el crecimiento personal se saborea y disfruta tanto como un hermoso viaje a la ciudad de tus sueños.


viernes, septiembre 20, 2013

Activitis vs Felicidad

Publicado: Síntesis Puebla, 20 de agosto de 2013

     El celular se ha convertido en el gran invasor de nuestras vidas. No respeta tiempo ni espacio; reclama toda la atención y no siente pena con las personas a quienes interrumpe. A nuestros compañeros de diálogo los hace a un lado cual niño berrinchudo exigiendo a mamá su atención por encima de todos.
     Pero el celular no es en realidad el tirano. Me parece que la tirana es nuestra activitis que no nos permite hacer una sola cosa a la vez; la activitis que nos detiene de concentrarnos en algo y disfrutarlo plenamente. Si no estamos haciendo varias cosas simultáneamente nos sentimos mal; nos vemos improductivos o nos asalta un sentimiento de soledad ocasionado por el silencio. Lo paradógico es que la activitis no es productiva sino todo lo contrario: es sumamente improductiva y además merma nuestra calidad de vida porque termina por estresarnos. Como afirma el científico Estanislao Bachrach, el cerebro no es capaz de desempeñar dos actividades al mismo tiempo sino que, en realidad, lo que hace es cambiar su concentración de una actividad a otra en milésimas de segundo y este cambiadero lo agota. Por eso a veces nos duele la cabeza al final del día; por eso a veces ya no hacemos bien las cosas después de tanta actividad; la calidad de nuestra vida y producción personal decae. Todo lo que hacemos está influido por el qué tan cansado está nuestro cerebro.
     Esta semana la revista británica The Economist publicó un interesante artículo concluyendo que todos necesitamos agendar tiempo para no hacer nada porque estar todo el día haciendo cosas destruye nuestra creatividad. Por otro lado, Ignacio de Loyola hace más de 450 años concluyó que no el mucho saber harta y satisface el alma sino el sentir y gustar internamente de las cosas. Así, considerando que a mayor creatividad, mayor productividad, podemos concluir que entre menor activitis mayor productividad; y aún más importante, infiriendo a Loyola, a menor activitis mayor felicidad. 
Mi Twitter: @veraalexis


martes, julio 23, 2013

Diferenciación Sexual

Autor: Alexis Vera Sánchez, Datos del autor haz clikc, aqui
Publicado: e-consulta, 09 de julio de 2013


En México es raro ver que haya hombres haciendo y vendiendo quesadillas en una esquina porque esa chamba casi siempre la sociedad se la delega a las mujeres. Igualmente extraño es ver mujeres conduciendo camiones de carga en nuestro país. Esto se debe a que tenemos una cultura de alta diferenciación sexual (DS); es decir, una cultura donde los roles del hombre y de la mujer están definidos de manera tradicional y difícilmente cambian. Sin embargo, existen países de baja DS, como Suecia, Dinamarca u Holanda, donde la línea divisoria de lo que corresponde hacer a hombres y mujeres es mucho más tenue y flexible. En estos países las mujeres participan más en la economía y los hombres más en el hogar; hay menos etiquetas y más equidad.
     La diferenciación sexual es una variable que sirve para entender mejor la cultura de un determinado país. A mayor DS, más división entre el rol del hombre y la mujer; más etiquetas; más discriminación y menos equidad. Algunos autores proponen dimensionar la DS en función de qué tan masculina o femenina es una sociedad. Los países de cultura masculina tienen típicamente una DS mayor. Se trata de pueblos donde los valores duros asociados al sexo masculino prevalecen sobre los valores suaves asociados al sexo femenino. Así, las culturas masculinas, por lo general, favorecen el materialismo, la autocracia, la confrontación, la desigualdad, etc. Las culturas femeninas, por su parte, normalmente favorecen las relaciones humanas, el arte, la democracia, la salud, la ecología y la equidad, entre otros aspectos análogos.
     Los latinoamericanos, por lo general, tenemos bien claro qué cosas debe hacer un hombre y qué cosas debe hacer una mujer. Como si los roles ya vinieran impuestos desde los cielos. El hombre debe proveer las condiciones materiales y la mujer las condiciones relacionales y afectivas en el hogar. El sexo masculino se encarga de hacer las reparaciones con desarmador y tornillos; el sexo femenino de lavar y planchar. Las abuelas y las madres entran en crisis si ven a su hijo lavar su propia ropa; o a su hija revisando el nivel de aceite del coche.
     Al hombre mexicano se le enseña desde pequeño que debe conseguirse una hembra que le resuelva todo lo relativo a la limpieza y comida en la casa. Y a la mujer que se consiga un macho que se haga cargo de las cosas pesadas. Si no tienen a su media naranja se sienten inútiles, incompletos, disminuidos. Así entonces, los/las latinoamericanos/as, no paramos de buscar hasta que encontramos al otro que nos complementa en la vida cotidiana. Mucha gente se suele casar en función de qué tan bien o mal cubre su rol de hombre o mujer la respectiva pareja, más no por amor a ese otro ser; amor a lo que él o ella es (en contraste con amor a lo que él o ella hace para mí).
     En las culturas nórdicas las mujeres son más autónomas y necesitan menos de los hombres para resolver su vida cotidiana. Siempre recordaré el día que una amiga danesa, compañera de la universidad en Copenhague, llegó tarde a nuestra reunión porque su bicicleta tuvo un problema con la cadena. Se detuvo a pedir unas pinzas en el primer lugar que pudo para ella misma arreglar la cadena. Llegó a la reunión, toda hermosa ella, con las manos llenas de grasa pidiendo una disculpa por su retraso. En su sociedad las mujeres aprendieron a resolver temas de hombres y estos, a su vez, aprendieron a resolver temas de mujeres sin prejuicios y de manera muy efectiva.
    Sin duda la diferenciación sexual empieza en casa con la educación de los hijos. Es ampliamente reconocido que las madres mexicanas son las primeras en fomentar el machismo, en especial cuando el padre está ausente. El hijo mayor toma por lo general el rol de protector y proveedor porque esas son las expectativas que en el fondo le transmite su mamá. Y a las niñas se les enseña que ellas están incompletas sin un hombre que les resuelva los temas rudos de la vida, por eso deben buscar un buen partido: alguien que se haga cargo de ellas porque solitas, al parecer, no valen mucho.
     La transformación de nuestro país, desde mi punto de vista, debe empezar con su cultura. Yo no veo, por ejemplo, un México próspero que siga considerando a las mujeres como seres incompletos que necesitan de un hombre para salir adelante. Ojalá eduquemos de otra forma a los niños para que en 20 años tengamos otra realidad.