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jueves, marzo 26, 2015

Amor a Bach



Autor: Alfonso Álvarez Grayeb, si quieres saber más del autor haz click aquí. Publicado en La primera de Puebla 

Sucede cada mes, y no por azar: un maravilloso y repetido acto de amor al arte se desarrolla como una partitura precisa en la pequeña aldea suiza de Trogen, en el Cantón de Appenzell. Un grupo de adoradores de la música vocal de Johann Sebastian Bach, en particular de sus más de doscientas Cantatas (que son pretexto para trozos de la música más sublime que se pueda escuchar en la Tierra), han inventado una originalísima celebración del arte de este compositor inconmensurable. Esta gente maravillosa se propuso en el año 1999 ejecutar mensualmente todas y cada una de las Cantatas, de manera que se requieren veinticinco años para completar el ciclo, que pudo comenzar en 2006 y finalizará en el 2030. Nada menos que un cuarto de siglo es lo que durará este proyecto de amor a Bach, solo para expresar una admiración particular y el deseo de compartirla con el mundo, pues la celebración no se limita a los afortunados asistentes que caben entre las paredes de la pequeña iglesia de Trogen, sino que ahí se ejecuta una grabación en vivo con los más altos estándares técnicos, que llegará finalmente a los últimos rincones del mundo a través de CD, DVD e internet.
          La iglesia de Trogen se convierte simultáneamente en una sala de conciertos y en una sala de grabación. Un equipo de técnicos monta esa metamorfosis con una amorosa delicadeza que quiere proteger primeramente la antigua iglesia, y también la comodidad del público, de manera que no se vea estorbado ni por las cámaras ni por los equipos de grabación e iluminación. Se instalan estructuras especiales para colocar las cámaras en forma tal que no sean percibidas por el público y que ellas mismas no aparezcan en la grabación. La plantilla de músicos y cantantes cambia lógicamente de Cantata a Cantata debido a las características distintivas de cada una, pero estos técnicos trazan mapas precisos de su colocación idónea en la iglesia para cada una de las Cantatas. Esta preparación técnica previa toma, luego de la experiencia ganada en los últimos años, unas cuatro horas, dejando la iglesia a disposición de los músicos que ensayan.     
          Con la música no sucede como con la arquitectura o la escultura: no podemos pararnos simplemente frente a ella para admirarla, sino que hay que recrearla en cada ocasión, estableciendo una conexión inédita con la obra de arte musical cada vez. Y cada generación debe hacer lo mismo.
Un equipo de diseñadores discute la estética en la elaboración de los carteles del evento mensual, pero que se extiende a las portadas de discos compactos y DVD que serán difundidas en todo el mundo, además de la presencia en la página Web de la Fundación Bachstiftung, la organizadora del festival, página que se actualiza continuamente. La comunidad involucrada con este proyecto crece año con año a nivel mundial. Sólo en México tiene más de cincuenta y cinco mil seguidores, y se comprueba que el arte de Bach es bien recibido por las jóvenes generaciones de todo el mundo.
          En cuanto a los músicos, vienen de Suiza, del sur de Alemania y de Austria, y son todos especialistas en interpretación –e instrumentos- históricos del tiempo de Bach. Antes de los ensayos, hay que afinar los doscientos cincuenta tubos del órgano, que debido a la falta de humedad y a la temperatura, sufren alteraciones en su sonido. El director musical, Rudolph Lutz, dice que cada Cantata es como un Himalaya, difícil y laboriosa. Un tenor también subraya la dificultad de la interpretación vocal de la música de Bach, y en ocasiones debe respirar a mitad de una palabra. Lutz deja ver el grado de perfección que se quiere alcanzar en cada interpretación, y explica que su tarea es conocer y dominar la partitura de arriba a abajo, y para eso se auxilia de dos expertos, uno musicológico y otro teológico, para dar un contexto completo a la Cantata de turno. El asunto teológico de la Cantata se complica por el antiguo lenguaje barroco que contiene, y se vuelve necesaria una interpretación actual para hallar el sentido correcto de los textos. Para esto se ofrece al público –para su mayor comprensión y disfrute- un taller previo al concierto sobre las dos cuestiones, musical y teológico-linguística.   
          En cuanto al manejo de las cinco cámaras, se hace con algunas personas discretamente dispuestas dentro de la iglesia y por dos más en un camión fuera de ella dirigiendo las secuencias, queriendo todos pasar desapercibidos. Antes del ensayo general, el director, algunos músicos y el ingeniero de sonido analizan, partitura en mano, la grabación previa para pulir errores o afinar detalles de la obra.
           El día del concierto la Cantata se interpreta dos veces (la bellísima Cantata 151, por ejemplo, es muy corta: dura menos de diez y siete minutos), y entre las dos entregas hay una reflexión hecha por un personaje invitado. La post-producción, que incluye el análisis y crítica de las dos interpretaciones, la reflexión y el taller previo, se realiza en Saint Gallen y sirve para corregir o matizar la calidad del producto.

          En fín, que la gente de la Fundación Bachstiftung parece guiarse por la máxima de que Dios está en los detalles, como dijo Flaubert y popularizó Mies van der Rohe. Y hay que ver cuánto detalle hay aquí distribuido en cuánto tiempo, cuánta gente aplicando su experiencia y sus sentidos en este homenaje a Bach. No nos queda más que agradecer a esta gente lo que hacen movidos por el amor y el deseo de perfección. Viva por siempre Bach.   

lunes, junio 17, 2013

Podemos sacar un uso educativo de los Smartphone?

Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado: Síntesis Puebla, 11 de junio de 2013

     No importa dónde se pose nuestra vista: veremos siempre a alguien con un pequeño aparato electrónico de comunicación y/o información en la mano. Familias enteras en automóvil que aprovechan la luz roja del semáforo para sumergirse cada uno en su aparato, o hasta citas románticas o de amigos abortadas por la aparentemente irrenunciable atención al teléfono.
     Un uso desmedido y adictivo que provoca toda una gama de faltas de respeto e irritación en algunos. Los que trabajan frente a grupos de personas (profesores, conferencistas) tiene que competir contra la tecnología y ganar la atención del auditorio. La franca prohibición del uso, siempre que se tenga un mínimo de autoridad, tiene tintes retrógrados aunque es relativamente efectiva.
      Pero por fortuna puede haber otras vertientes del asunto, dadas las fantásticas capacidades técnicas que los aparatos permiten. Una de esas vertientes es la educativa, que se mostraría con la capacidad de conexión a internet, o la de poder ejecutar experimentos de campo que capturen, almacenen y gestionen eventos que incluyen imágenes y sonidos que se pueden compartir con colegas o expertos alrededor del mundo.    
     La potencialidad educativa de estos recursos es inmensa, aunque necesita de modelos conceptuales y operativos para gestionarlos. Esta potencialidad incluye operaciones como compartir archivos y materiales (foto, video, audio, texto) entre maestro y alumnos, responder encuestas, plantear preguntas en forma anónima y recibir retroalimentación del profesor o de expertos, diseminar información (ver la revolución egipcia) o colectar datos de un viaje de estudios, representar el conocimiento en forma visual o esquemática como en mapas conceptuales, y todo esto para el aprendizaje individual o el cooperativo.
     En una frase, permite la inteligencia distribuida. Se intuyen fácilmente las tremendas repercusiones que este uso puede tener en el diseño curricular escolar a todo nivel, desde la escuela primaria al doctorado.
     Pero insistimos en que se requiere de modelos de uso de aparatos digitales con fines educativos, ya que prácticamente no tenemos guías que nos orienten en el mundo virtual.
     Y los necesitamos sin duda ya que esos aparatos están aquí transformando nuestras vidas en formas insospechadas. Todos aquellos que sentimos irritación a la vista de esos grupos de enajenados por la tecnología portable, podemos refugiarnos en el pensamiento de sus grandes potencialidades educativas.

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

Sus comentarios son bienvenidos.

miércoles, marzo 20, 2013

José Guadalupe Posada: del pueblo a la celebridad


Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado: La Primera de Puebla, 15 de marzo de 2013

     Tomemos a un humilde muchacho de Aguascalientes, del barrio de San
Marcos para más señas, nacido en plena mitad del siglo XIX, y que en
cuanto aprende a leer y escribir con un hermano mayor como maestro, se
inscribe a la academia de dibujo del municipio. Ya con 16 años se hace
aprendiz en un taller litográfico, y ahí se relaciona con gente de periódico,
cosa que sirve para empezar a publicar caricaturas de corte político en la
revista El Jicote, que arremete contra el gobernador de su estado;
también invierte su tiempo en copiar imágenes religiosas cuando no está
en su chamba de chalán de un taller de cerámica. Hasta aquí nada
extraordinario, nada del otro mundo, diríamos.
     Pero hagamos ahora un salto hacia adelante en el tiempo dejando a
propósito un hueco de muchos años que llenaremos después, hasta el
momento en un artista mundialmente conocido y celebrado como el gran
pintor Diego Rivera se pinta a sí mismo como el hijo (artístico, moral) de
ese humilde dibujante y grabador apellidado Posada, y de la calavera
catrina, quienes lo toman de las manos, revelando la gran admiración
(¿veneración?) que Rivera guardaba por Posada. Consideremos además
que hoy se reconoce sin ambages que existe una huella innegable de ese
pobre grabador de Aguascalientes en artistas de la talla de José Clemente
Orozco, Francisco Díaz de León y Leopoldo Mendez. ¿Cómo sucedió eso?
¿porqué?
     Retomemos donde habíamos dejado a la vida sencilla de Posada. Se va
para León acompañado del que era el dueño del taller de litografía donde
trabajaba y después se independiza para hacer ilustraciones y grabados
para cajetillas de cigarros, libros y papeles varios. Un año después
regresa a Aguascalientes, tiene 21 años, y a los 23 se casa y poco después
compra el taller de su amigo y ex-jefe. Ahora colabora con varios
periódicos de León, y le toca ilustrar los estragos de la terrible inundación
acaecida en esa ciudad en 1888, que dejó muchos muertos y
desaparecidos. Ya de 36 años se traslada a la ciudad de México, aprende
otras técnicas de grabado en plomo y zinc, colabora en un par de
periódicos, y trabaja en el taller del célebre Antonio Vanegas Arroyo, aquel
gran impresor y editor de gacetas callejeras y deliciosas imágenes de
corridos, historias, adivinanzas y libros para niños, con el que
seguramente aprendió mucho.
     Al fin se hace José Guadalupe de su propio taller en la ciudad de México y
ahí se destapa retratando a las clases populares explotadas por los ricos
porfiristas. Sus grabados, de un verdadero alcance antropológico, ilustran
la vida cotidiana de la gente humilde y sus preocupaciones allá en los
finales del siglo XIX y principios del XX. Gente simple inclinada a la magia,
a la superstición y al miedo al fin del siglo
. y del mundo; Posada retrata
los acontecimientos naturales y los tremendos accidentes tanto como las
manifestaciones populares de las creencias religiosas. Un verdadero
antropólogo involuntario.
     No aspira a más: simplemente quiere narrar acuciosamente las peripecias
de su pueblo; no pretende ser un artista, pero desde esa humildad, la
historia lo ha colocado merecidamente en la celebridad y la admiración
cuasi unánime. Dice el caricaturista Rafael Barajas, El Fisgón, que sin
aspirar a nada, Posada terminó encaramado en el Parnaso. Y es por su
humildad, por su ojo sensible puesto sobre el espíritu del mexicano de a
pié y sus avatares, y no por ser un revolucionario o un crítico radical, pues
a pesar de mostrar y a veces mofarse de las grandes desigualdades de las
clases sociales en el México porfirista y apenas tres años del
revolucionario, no se pasó de la raya en su línea editorial. Con todo,
Posada resulta ser un precursor del movimiento nacionalista mexicano e,
insisto, un antropólogo, al contarnos gráficamente sobre simples historias
populares que lo mismo ilustra crímenes, pasiones y corridos, hasta
historias de aparecidos y de milagros.
     Donde da Posada plenamente en el clavo es con sus celebérrimas
calaveras, forma que escoge para plasmar sus críticas a los despropósitos
sociales y políticos de su tiempo, y las representa en variadas formas, a
caballo, en bicicleta, en los toros, en las procesiones. La más famosa, La
Catrina, sirve para burlarse de los indios enriquecidos durante el
porfiriato, que desprecian sus costumbres y orígenes y que quieren imitar
la moda europea. Por cierto, el nombre de esa calavera no lo puso Posada,
sino tiempo después su
hijo espiritual Diego Rivera. Rememoremos
este año 2013 el primer centenario de la entrada del humilde y genial
grabador José Guadalupe Posada a la posteridad.



jueves, septiembre 27, 2012

Juventino sobre las olas, o una obra más famosa que su autor


Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado: e-consulta, 19 Septiembre 2012

     Un buen amigo músico me dijo hace unos días (hablo de mediados de septiembre), que ese día de marras se cumplía un aniversario más de la composición del hermoso vals Sobre las Olas, o bien, no estaba seguro, del nacimiento de su autor, el músico mexicano Juventino Rosas. A mí se me ocurrió unos días después averiguar algo más sobre este compositor cuya vida parecía ser, al recordar trozos de información y de películas, novelesca; más bien tristemente novelesca. El dato de la fecha era inexacto, tanto de la obra como de su autor, y no por culpa de mi amigo, que es un tipo informado y culto, sino porque simplemente la información sobre la vida de Rosas fue por mucho tiempo sólo un amasijo de historias apócrifas y anécdotas fantasiosas, perpetuadas a lo largo del tiempo por algunas personas a partir de las ingenuas narraciones de dos de sus amigos que, al convertirse Rosas en celebridad, quisieron tomar para sí un poco de ella y “salir en la foto”. Los dos amigos eran, por un lado, un coterráneo de Juventino (del pueblo de Santa Cruz, Guanajuato), y por otro un compañero de atril (Rosas era violinista en la ciudad de México). Lo cierto es que después de 15 años de muerto Rosas, no podía encontrarse en México ni una nota biográfica sobre él. El mito comenzó en 1909, cuando desde Cuba llegaron los restos del músico, ya famoso justamente por ser el compositor del mencionado vals, a reposar en tierra mexicana. Hubo que esperar 60 años más para tener la primera biografía del Juventino Rosas real, y ver la llegada del año 2000 para la primera biografía en un idioma distinto al español, la del investigador austriaco Helmut Brenner, quien nos ofrece además un contexto histórico y cultural de la vida y tiempos de su biografiado, como Dios manda.
     La propia vida del músico ofrece momentos y cosas dignos de ir tejiendo una historia de película, pero entre las fantasías figuran algunas muy pintorescas, como aquella de que Juventino Rosas llegó a poseer un violín Stradivarius que había pertenecido al mítico violinista español Pablo de Sarasate; o aquella historia un tanto deformada de que su padre, el valiente militar Jesús Rosas que se distinguió en el campo de batalla contra los invasores franceses, y era también buen tañedor de arpa, aprovechó la entrada triunfal de Benito Juárez en la ciudad de México para pedir permiso de ir a su pueblo, Santa Cruz en Guanajuato, visita que sirvió para engendrar a Juventino en 1868, y de paso un poco más tarde a un par de hermanos más, por supuesto músicos, como músicos eran también algunos parientes paternos, de donde le llegaba a Juventino sangre de artista. Estos datos son falsos unos y exagerados otros.
     Pero del lado de los verdaderos hay sabrosas historias que no desmerecen frente a las apócrifas, pero están cargadas de tremendas y penosas confusiones y vacíos de información ya sea sobre el día de nacimiento, el apellido materno, el lugar de nacimiento y la fecha y condiciones en que llegó a la ciudad de México, donde era parte del trío familiar que formaba con su padre y un hermano.
     Ya en México se inscribió a Juventino en algunas materias del Conservatorio de Música, pero no presentó los exámenes en dos ocasiones, no se sabe si por problemas de salud o de dinero. Jamás regresó. Por esto mismo es improbable o de plano imposible que Juventino haya sido violinista en la orquesta de la Ópera, como dicen algunos, pero sí lo fue de la  
     Compañía de la eminente soprano mexicana Ángela Peralta, a quien acompañó en sus giras. En una de estas, precisamente en Mazatlán, la cantante enfermó súbitamente y murió en ese lugar, obligando a Juventino a buscarse la vida de otro modo. Se enroló en una banda militar pero no soportó mucho tiempo la disciplina castrense, y se dedicó a la composición y ganarse el pan tocando en fiestas y de vez en cuando a tocar para la clase alta ofreciendo valses y polkas. En esos tiempos cayó en las garras del alcohol y la vida bohemia. Un buen día compuso y dedicó un vals llamado Junto al Manantial a una mecenas, pieza que se popularizó por su elevada belleza y de la que vendió los derechos, junto con otro pieza, por $45.00 bajo el nombre Sobre las Olas. Juventino se hizo famoso por esta pieza, pero no recibió nunca la retribución de su genio. También compuso otro hermoso vals titulado Carmen que dedicó a la esposa de Don Porfirio, quien en agradecimiento le regaló un piano que vendió muy pronto Rosas para salir de deudas.  
    Justamente para intentar salir de ellas se enroló en una compañía de zarzuela que haría una gira por Cuba, pero la compañía quebró en la isla y Juventino con ella, en particular de la salud, y fue a morir en un pequeño lugar llamado Batabanó, al que sin embargo había llegado la fama del vals Sobre las Olas. 15 años estuvo en tierra cubana hasta que lo repatriaron en 1909. Su capilla ardiente fue un acondicionado furgón de ferrocarril, y en cada lugar en que paraba el tren se le homenajeó tocando el famoso vals. Esto último bien puede ser una de esas historias fantasiosas que rodean a Juventino Rosas, pero también puede ser simplemente la expresión sublimada de un deseo causado por el remordimiento ante la historia desgraciada de un músico humilde que nunca se tituló del Conservatorio ni recibió los laureles que merecía, pero que fue tocado por las Musas para que nos regalara, por $45.00, unos momentos de belleza y elevación que lo hacen inmortal. Gracias Juventino, siempre te recordaremos.




martes, marzo 13, 2012

Bach y la primavera


Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado:  Puebla on Line, 06 de marzo de 2012

     Marzo. Junto con la entrada de la Primavera en el hemisferio norte, el mundo recuerda el nacimiento del inconmensurable Juan Sebastián Bach (1685-1750). La importancia de este personaje, central en la historia de la música y del arte todo, es tal que los adjetivos para aludirlo se agotan rápidamente y nos quedamos invariablemente cortos para dimensionar el papel que este hombre a jugado en la cultura universal. Bastarán unas pinceladas de texto trazadas a lo largo de la historia por una serie de personajes que han escrito sobre Bach (Juan Sebastián para ser precisos, pues una de sus peculiaridades es la de pertenecer a una larga cadena familiar de músicos Bach, una treintena al menos, y otra la de haber engendrado 18 hijos). En el propio siglo XVIII, a unos 35 años de su muerte, Daniel Schubart dijo que Bach fue como músico lo que Newton fue como científico, enfatizando el alcance de miras y de influencias que el músico heredó a toda  la cultura posterior, nada menos. Por su parte, A. Scheibe comentó en 1737, después de ser parte del público que presenciaba las cantatas y sobre todo las improvisaciones maravillosas que Bach hacía en los teclados de su época (no existía aún el piano), que (Bach) “es un artista extraordinario en el órgano y clavicémbalo, y no he dado con ningún músico que haya podido rivalizar con él”. Aún en el siglo XVIII, el inmenso genio musical Wolfgang Amadeus Mozart expresó que la música de Bach es algo que hay que aprender (mirar quién lo dice). 
      Robert Schuman dijo en forma grandilocuente pero exacta que la música le debe tanto como la religión a su creador. El vanguardista músico Anton Webern nos dice en 1933 que simplemente “todo ocurre en Bach” (cuántas resonancias despierta esta frase salida de labios de un buscador y señalador de caminos como Webern).  Sigamos adelante con el retrato de Bach hecho a base de pinceladas de gente de la cultura en todos los tiempos, dirigidas al humilde y atareado Maestro de Capilla que debía entregar una cantata entera cada domingo en alguna época de su vida, además de atender a sus 18 hijos. Antoni Ros-Marbà dice en el año 2000 que “La figura de Bach es central en la historia de la música, o dicho de otro modo, Bach es el epicentro de la música occidental”. Dejemos hablar a otro gran músico alemán, Johannes Brahms, después de extasiarse en la audición, y seguramente el análisis concienzudo, de la Chacona BWV 1004, una obra de proporciones monumentales y dificultades inimaginables para la técnica, confiada a un solo instrumento, el violín: “La chacona BWV 1004 es en mi opinión una de las más maravillosas y misteriosas obras de la historia de la música. Adaptando la técnica a un pequeño instrumento, un hombre describe un completo mundo con los pensamientos más profundos y los sentimientos más poderosos. Si yo pudiese imaginarme a mí mismo escribiendo, o incluso concibiendo tal obra, estoy seguro de que la excitación extrema y la tensión emocional me volverían loco”. Ya en pleno impresionismo, el iconoclasta y también revolucionario músico francés Claude Debussy, recomienda a todo compositor encomendarse a Bach antes de comenzar a escribir, como si de un dios tutelar se tratase, el dios de los músicos, y más exactamente como Dios padre, no como el hijo, que en mi humilde opinión vendría siendo Mozart o quizá Beethoven (el Espíritu Santo no sé quién vendría siendo, pero no sería de este mundo, por lo tanto no podría estar arriba de Bach). La penúltima pincelada se la dejaremos al gran violonchelista español Pau Casals: “Inicialmente estaba Bach..., y entonces todos los otros”. Vendrá la última, a cargo de un extraño personaje, pesimista reflexivo, el filósofo del absurdo Emile Cioran, que se destapa al hablar de Bach con un amigo y lanza las frases laudatorias más tremendas y provocadoras: “Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios. Sin Bach, Dios quedaría disminuido, sería un tipo de tercer orden.  Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro. Después de Bach, Liszt resulta insoportable. Si existe un absoluto, es Bach. Bach da un sentido a la religión, compromete la idea de la nada en el otro mundo. Fue un hombre mediocre en su vida. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto”.
     Hasta aquí las pinceladas para tratar de pintar de cuerpo entero la impresión que deja Bach en otros. No hemos hecho hablar a Bach mismo, y no lo haremos. Remataré hablando en primera persona, desde la experiencia de mi humilde atril de músico aficionado: Bach juega con las notas en el sentido más primitivo del término: una voz canta notas ascendentes, la otra en descendentes que sin embargo armonizan a la perfección, y cada voz puede sostenerse a sí misma en solitario; luego las invierte, las reordena, hace acrósticos con ciertas notas para escribir su nombre (los anglosajones nombran a las notas con letras), pasa la melodía en forma imperceptible a cada instrumento, vuela de un tono a otro en forma inadvertida pero sufrida por el músico que no tiene de dónde agarrase en los cambios, no hay nada previsible, la música se va a donde le da la gana sin pedir permiso, una vez es fa sostenido, la siguiente es natural o bemol; regresa a un tema y lo retoma en forma invertida, distinta. Juega, se solaza en su genio pero no es para hacer sentir su poder o por soberbia. Simplemente fluye como un río poderoso y serpenteante que cambia de dirección sin previo aviso, pero siempre majestuoso, equilibrado, económico, sublime. Sin Bach yo quizá también sería un perfecto nihilista. Gracias a Dios por Bach. ¿O es al revés?

lunes, octubre 17, 2011

Micro - cultura de la memela



Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado: Síntesis Puebla, 09 de octubre de 2011

     Para ejercer la acción gastronómica los mexicanos disponemos de una riqueza envidiable producto de una maravillosa mixtura de culturas. Pero yo sólo hablaré de la sabrosa micro-cultura que se da en torno a un puesto de memelas, ese bocado plebeyo y divino en el que converge tanta historia.
      Digamos de entrada que el mexicano es movido hacia un puesto de memelas no por hambre prosaica sino por antojo, que tiene el buen gusto de asaltarnos en los días de asueto. Este hecho marca no sólo los, ritmos pausados que se requieren para el disfrute, sino al aliño relajado que le es natural y que tanto aporta al acercamiento de los más alejados estratos sociales. En los puestos siempre es bienvenida la posibilidad de desear buen provecho a los albañiles escapados de la obra 'o al velador que terminó su turno sin novedad, con los que coincido en la convergencia del antojo de los sabores nacionales. Oír su "buenos días Jefa" a la cocinera me regala la reminiscencia de una cara imagen: la de mi propia madre sirviendo los alimentos a una turba infantil. De ahí que el estatus de la señora cocinera sea fugazmente el de una madre sustituta: "por favor señora (serio), prepáreme una bandera y una quesadilla de chicharrón, si, con todo". Los comensales compartimos el buen humor de aquella mañana luminosa que ahora sí tenemos tiempo de gozar, y cumpliendo con una hermosa costumbre mexicana deseamos buen provecho a la concurrencia, cosa impensable en un McDonald's. Como en ninguna otra coyuntura ni en otro lugar, surgen conversaciones relajadas entre personas que jamás la tendrían en otro contexto. De qué otra forma nos enteraríamos que esa pareja mayor viene desde Cholula a comer memelas con esta señora, porque antes eran vecinos y se acostumbraron al sabor de la salsa verde. La coca cola se convierte por un minuto en la bebida nacional al crear la ilusión de mitigar los estragos causados por el chile cargado de vitamina C y capsaisina anti-cancerígena, pero que qué sabroso pica y cómo nos carga de endorfinas.
      El ritual se completa cuando tengo que partir y pienso dos segundos y medio en el posible colesterol que circulará pronto en las venas, pero que controlaré con una pastilla planeando un ejercicio que jamás llegará. Entrego mi plato de plástico, pregunto cuánto ha costado mi festín, me despido de todos diciendo un cálido buen provecho, y alguien me suelta un "que Dios lo bendiga". La vida es buena.


lunes, julio 04, 2011

Música, evocación, escenarios virtuales

Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado: Puebla on Line. 29 de junio de 2011

     "El poder evocador de la música es una de sus más primigenias y telúricas verdades."
     Evocar, verbo transitivo según los diccionarios, significa "llamar o apostrofar a los espíritus y a los muertos, suponiéndolos capaces de acudir a los conjuros o invocaciones. • [fig.] Traer alguna cosa a la memoria. • [fig.] Recordar una cosa a otra por alguna semejanza o punto de contacto".
     Pero, tratándose de las evocaciones que particularmente nos trae la música, las acepciones del diccionario se quedan evidentemente cortas y reducidas: las "cosas" evocadas por la música son a menudo sentimientos, las huellas de alguna sensación, ciertos estados de ánimo vagos, sutiles, indefinibles, que asociamos arbitraria y oscuramente a un cierto momento, a cierta persona, o a cierto lugar real o ficticio. Por algo, el gran Beethoven dijo que la música comienza ahí donde terminan las palabras. Con palabras del siglo XXI podría decirse que estas evocaciones son una suerte de escenarios virtuales personales creados por nosotros, y que son, por lo mismo, descaradamente subjetivos. Yo las considero, para efectos de lo que diré aquí después, como pequeños milagros que sin embargo pueden ser replicados en laboratorio, al alcance de cualquiera que esté equipado con la mínima tecnología pertinente para reproducir música y que tenga oídos para oír.
     Amparado cómodamente en mi subjetividad, lo cual me permite decir lo que yo quiera, evocaré mi escenario virtual favorito: el-pequeño-valle-con-la-casita-de-tejas-al-borde-del-lago-que-refleja-los-Alpes-al-fondo. Esto es lo que "veo" (evoco) cada vez, sin excepción e infaliblemente a través de los años, al escuchar el mismo glorioso solo de trompeta del 3er movimiento (a los 37 minutos, casi al final) de la Segunda Sinfonía de Gustavo Mahler, mi compositor del alma. Si escuchara mil veces ese pasaje, mil veces vendría la misma visión.
     Cierto día, nada virtual y muy real, montado en un tren transalpino, crucé un largo túnel para desembocar súbitamente en el-pequeño-valle-con-la-casita-de-tejas-al-borde-del-lago-que-refleja-los-Alpes-al-fondo. Recuperada apenas la respiración, pude capturar la escena en mi cámara. Acto seguido pregunté al inspector del tren el nombre de ese lago: Atersee, respondió.
     Al borde del llanto, supe de inmediato que había ocurrido un milagro trans-secular, trans-personal, inquietante y maravilloso: Atersee es el lugar en el que un siglo atrás, Gustavo Mahler (muerto en 1911) acudía todos los veranos a una casa de campo a componer sus obras.

viernes, abril 29, 2011

No quiero entrar a Facebook

Autor: Alfonso Álvarez Grayeb
Publicado: Síntesis Puebla, 28 de abril de 2011

     Me rehusé un par de años a ingresar a Facebook mientras todos a mi alrededor me soltaban con un tono entre incrédulo y compasivo un “¿tú (tontito tecnológicamente retardado y excluido social)… no tienes cuenta?”  El argumento para mi negativa era que aquella cosa no era más que un lugar para andar chismeando en la vida de los otros, algo hecho para gente cuya vida era tan gris y tan plana que para no morir de hastío necesitaban asomarse a la excitante vida de otros, a esa parte de la vida cuidadosamente escogida por ellos para dar alguna impresión particular a un grupo escogido de ingenuos.   
     Por supuesto no era un producto destinado a gente seria como yo. Pero caí. Un buen día yo ya tenía mi cuenta, abierta por algún alma caritativa que no pudo soportar más la pena de que alguien cercano no estuviera en La Red, pensando quizá en que si no lo estás equivale simplemente a que no existes. Ahora el círculo de mis amigos rebasa el número cien, casi todos parientes y amigos antiguos reencontrados con el poderoso sistema de búsqueda de personas, un endemoniado artilugio que abre la posibilidad de caer en la malsana tentación de buscar por ejemplo la foto actualizada de alguna ex novia, al menos por la retorcida curiosidad de ver su rostro después de tantos años y saber si se tuvo buena o mala suerte al haberse alejado de ella. Así van apareciendo unos rostros, y en algunos casos después del rostro la solicitud de “amistad”, y después de la mutua aceptación, algunas graduales confidencias, catarsis y descargas anímicas que resultan a estas alturas absurdas y extemporáneas pero que son igualmente saludables, total, ojos que no ven (aunque chatees y compartas la escritura) corazón que no siente (tanto). Pero ese definitivamente no es mi interés.
     No. La oportunidad fecunda para mí en La Red resultó ser finalmente el encontrar a mi familia ampliada a través de fotos antiguas y recientes, una familia de ramas mexicanas muy cortas por venir por ambos lados de emigrantes, pero prolíficas. Me dedico pues a armar un gran álbum familiar de imágenes que circulan por entre el Facebook de mi parentela. Por eso ahora conozco el rostro de bisabuelos que nunca pisaron esta tierra, fotos infantiles de mis padres o de mi abuela guardadas en álbumes familiares de primos insospechados y lejanos y ahora súbitamente cercanos gracias a esta tecnología del demonio. Bueno, mejor sí entro a Facebook.