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lunes, noviembre 07, 2011

¿Por qué debemos indignarnos?


Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: La Primera de Puebla, 04 de noviembre de 2011.

     En los últimos meses muchas de las noticias generadas en diferentes partes del mundo tienen como origen el movimiento generado en España conocido con el nombre de M-15, haciendo referencia al día en que iniciaron las movilizaciones, 15 de mayo. Los participantes de este movimiento son conocidos como los indignados. Si bien los primeros indignados se manifestaron en Madrid, pronto surgieron multitudes de autodenominados indignados en otras ciudades de España. Y tiempos de globalización, como era de esperarse, este movimiento traspasó los límites locales para convertirse en un movimiento a escala mundial, cuando menos a escala internacional. En Bélgica o Nueva York se han manifestado otros tantos indignados. ¿Pero quiénes son estos indignados, de qué están indignados? El presente año ha sido un año de múltiples levantamientos juveniles, recordando por mucho al mítico 68. En el mundo árabe los levantamientos de la juventud y del pueblo total han logrado derribar a tres dictadores, que ciertamente eran causa de indignación, pero esta juventud árabe no responde a las características de los indignados, su lucha radicaba en la destrucción de un estado opresor, dictatorial, compartiendo indignidad con muchas otras naciones. Pero los indignados de Europa o de Estados Unidos no pretenden hacer una revolución política, ni tienen la mínima intención de cambiar régimen alguno, cuando menos no en cuanto a derrocar a algún régimen de los llamados democráticos. Sus reivindicación en un sentido son muy “egoístas”, por otro, más sutiles.  
     Los nuevos indignados, que indignados los ha habido en todos los tiempos y desgraciadamente los seguirá habiendo, reconocen que muchos de sus esfuerzos, como el haber realizado estudios de excelencia, no son recompensados, cuando menos como sucedía en otras épocas. Su indignación  trata de combatir al monstruo de las mil cabezas, al que detenta el poder real, pero que no se manifiesta abiertamente, que es el poder financiero, que en la práctica es una especie de poder detrás del poder. Poder que es capaz de gobernar por encima de todo poder institucional reconocido, elegido y legalmente constituido. Pero este poder es una especie de “extraterrestre” porque todos hablan de él, suponen que existe, pero que nadie reconoce su presencia. En la práctica, por tanto, los indignados están reconociendo el estado de justicia estructural imperante en el actual orden internacional. El actual enemigo de la humanidad, el poder financiero, que ha generado la crisis global que la mayor parte de la humanidad está padeciendo, se ha mostrado irresponsable, antisolidario y terriblemente ambicioso. Stéphane Hessel, francés de 94 años, ha levantado el grito de indignación en su ya célebre librito (60 páginas, que se ha vendido por millones) ¡Indignaos!,  da razones mínimas por las cuales la juventud del mundo, mejor sería la sociedad, debería manifestar su indignación por el estado actual del orden mundial. Ante la pasividad imperante que acepta el estado generalizado de injusticia, se invita a manifestarse por un cambio radical. El mundo está seriamente amenazado por el surgimiento cada vez más evidente de fascismos, intolerancias, codicias sin límite, violencia generalizada, individualismo antisolidario, generando, por tanto, un estado en donde la ausencia de la esperanza está permitiendo que las sombras de una nueva edad de hierro, oscura, se extiendan por el mundo. José Luis Sampedro, quien prologa el libro de Hessel, cita: “¡Indignaos!, les dice Hessel a los jóvenes, porque la indignación nace de la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas.” Una nueva resistencia se empieza a hacer presente en diferentes frentes del mundo, resistencia que exige que sea guiada por principios de razón y solidaridad globalizantes, es decir, pensando en la construcción de la tierra patria, como diría Edgar Morin, más allá de las propias reivindicaciones de corte individual. La solución a los problemas particulares no es la solución a los problemas globales, menos de los que ni siquiera se les ha dado la posibilidad de indignarse. Si ciudadanos de los pueblos ricos tienen razones para estar indignados, reconociendo en ello el no acceso a los bienes y derechos que todo hombre debería poseer, ¿cuál debería ser el grado de indignación de los que no han tenido, ni tienen acceso a los mínimos de los mínimos? En el caso de México, ¿se identifican las múltiples razones presentes que invitan a la indignación? ¿Por qué son muy escasas las manifestaciones de indignación? Es compromiso de cada sociedad establecer los medios y acciones para afrontar el tipo de resistencia a seguir.





lunes, octubre 03, 2011

A propósito del 11-S

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: el Lado B, 20 de septiembre de 2011

     El filósofo estadounidense de origen español, Georges Santayana se hizo célebre por acuñar la expresión “Aquellos que no recuerdan su pasado, están condenados a repetirlo”, y esta la emitió por el horror que le causaba el holocausto que muchas víctimas de diversas nacionalidades padecieron a manos de la locura nazi. Particularmente se cuenta que fue expresada en una visita al campo de concentración de Auschwitz. Y tal consigna en Occidente la hemos aceptado como un principio axiomático que por ser tan evidente no admite ser cuestionada. Pero, ¿cómo se debe recordar el pasado?, ¿memorando la bestialidad, el horror de la estupidez humana tal cual fue, con todos sus detalles, o tomando consciencia de que los sueños de la razón producen monstruos, como lo dejó plasmado en su célebre aguafuerte el gran Goya? Todo este preámbulo viene a cuento por el recién aniversario del atentado contra las torres gemelas conocido como el 11-S. Todos los noticiarios de Estados Unidos y los del mundo que los siguen, y muy particularmente los canales destinados a la difusión de temas culturales o históricos como Discovery Channel, History Channel y National Geographic, nos recordaron los acontecimientos de esos días haciendo gala de imágenes terroríficas, sin hacer la mínima concesión al espectador.
     El show mediático del 2001 uno se repitió diez años después, pero corregido y aumentado con imágenes inéditas. Ahora bien, ¿cuál es la intención de tan dantesco espectáculo? En tales medios insistían que ese día el mundo cambió, que la historia de la humanidad es otra a partir de ese día. Cuando el tiempo haya tomado la suficiente distancia que permita valorar tal afirmación serán los análisis de los historiadores los que nos indicarán sobre su trascendencia, es decir, si realmente es un auténtico hito en la historia, o tan solo una anécdota sangrienta de principios de siglo. Los medios de comunicación son muy proclives a manipular con enorme facilidad el sentido de la historia, haciendo de lo trivial un acontecimiento de gran magnitud, que con el paso del tiempo se diluye sin que realmente haya modificado o alterado radicalmente ni la vida del país afectado y mucho menos la del resto de la humanidad.
     Pero en tanto esperamos el juicio ineludible de la historia con mayúsculas, ¿por qué se nos vende un acontecimiento, ciertamente doloroso y criminal, como el 11-S como si fuera el acontecimiento más trascendente de lo que va del siglo, no solo de los Estados Unidos, sino de toda la humanidad?, ¿qué intencionalidad es la que se oculta, qué intereses se esconden?, ¿por qué no se dejan cicatrizar las heridas y se promueve que el dolor se reproduzca una y otra vez? Si de recordar se tratara, también se deberían de recordar las numerosas víctimas que Irak, Afganistán, o Paquistán han tenido como consecuencia de la invasión de las fuerzas imperiales legitimadas por las muertes del 11-S.
     Estado Unidos nunca ha querido empañar su imagen internacional invadiendo a quien se le antoje expresando sus auténticas intenciones que no son otras que hacerse con los bienes de una nación. Tal como sucede con conocidos personajes cinematográficos, por ejemplo, Rambo (Silvester Stalone) o John McClane (Bruce Willis), antes de convertirse en máquinas de matar y cometer toda serie de atrocidades, se les presenta como ciudadanos relativamente tranquilos, respetuosos de la ley, pero que al ser violentados por los malos, atentando contra su dignidad, o masacrando a sus seres queridos, encuentran la legitimación de ser peores que los asesinos con los que se enfrentan, teniendo como plus la complacencia de los espectadores que gozan con la legítima venganza de tales personajes. Pues bien, esta es la misma lógica que Estados Unidos utiliza en sus invasiones. Primero se hacen las víctimas y después atacan ferozmente, por ejemplo: el hundimiento del Main que dio origen a la guerra hispano estadounidense, Pear Harbor, o el 11-S, por citar los más conocidos. ¿Por qué no cerrar las heridas y seguir rascándose las cicatrices? ¿Estados Unidos quiere justicia o venganza, o quiere dejar abiertas las heridas para legitimar una nueva invasión? Si algo ha dejado el espectáculo mediático del 11-S para ser recordado por la humanidad es la institucionalización del miedo.
     Enrique Gil Calvo en una de sus obras parafrasea la famosa frase de Marshall McLuhan, que decía el “Medio es el mensaje”, titulándola: “El miedo es el mensaje”. El miedo es el que se quiere institucionalizar para aterrar a la sociedad y a través de él impedir principios de reconciliación, perdón o construcción de una sociedad en principios de no violencia, como recientemente el Dalai Lama ha recordado una y otra vez. La violencia crea más violencia y además la legitima. Sin duda, en muchos casos la recreación de las imágenes del 11-S generan deseos de venganza, que no de justicia, tanto en las víctimas, como en los espectadores.

lunes, septiembre 26, 2011

A propósito del 11-S

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: en Lado B, 20 de septiembre de 2010

     El filósofo estadounidense de origen español, Georges Santayana se hizo célebre por acuñar la expresión “Aquellos que no recuerdan su pasado, están condenados a repetirlo” y esta la emitió por el horror que le causaba el holocausto que muchas víctimas de diversas nacionalidades padecieron a manos de la locura nazi. Particularmente se cuenta que fue expresada en una visita al campo de concentración de Auschwitz. Y tal consigna en Occidente la hemos aceptado como un principio axiomático que por ser tan evidente no admite ser cuestionada. Pero, ¿cómo se debe recordar el pasado?, ¿memorando la bestialidad, el horror de la estupidez humana tal cual fue, con todos sus detalles, o tomando consciencia de que los sueños de la razón producen monstruos, como lo dejó plasmado en su célebre aguafuerte el gran Goya? Todo este preámbulo viene a cuento por el recién aniversario del atentado contra las torres gemelas conocido como el 11-S. Todos los noticiarios de Estados Unidos y los del mundo que los siguen, y muy particularmente los canales destinados a la difusión de temas culturales o históricos como Discovery Channel, History Channel y National Geographi, nos recordaron los acontecimientos de esos días haciendo gala de imágenes terroríficas, sin hacer la mínima concesión  al espectador. El show mediático del 2001 uno se repitió diez años después, pero corregido y aumentado con imágenes inéditas. Ahora bien, ¿cuál es la intención de tan dantesco espectáculo? En tales medios insistían que ese día el mundo cambió, que la historia de la humanidad es otra a partir de ese día. Cuando el tiempo haya tomado la suficiente distancia que permita valorar tal afirmación serán los análisis de los historiadores los que nos indicarán sobre su trascendencia, es decir, si realmente  es un auténtico hito en la historia, o tan solo una anécdota sangrienta de principios de siglo. Los medios de comunicación son muy proclives a manipular con enorme facilidad el sentido de la historia, haciendo de lo trivial un acontecimiento de gran magnitud, que con el paso del tiempo se diluye sin que realmente haya modificado o alterado radicalmente  ni la vida del país afectado y mucho menos la del resto de la humanidad.  Pero en tanto esperamos el juicio ineludible de la historia con mayúsculas, ¿por qué se nos vende un acontecimiento, ciertamente doloroso y criminal, como el 11-S como si fuera el acontecimiento más trascendente de lo que va del siglo, no solo de los Estados Unidos, sino de toda la humanidad?, ¿qué intencionalidad es la que se oculta, qué intereses se esconden?, ¿por qué no se dejan cicatrizar las heridas y se promueve que el dolor se reproduzca una y otra vez? Si de recordar se tratara, también se deberían de recordar las numerosas víctimas que Irak, Afganistán, o Paquistán han tenido como consecuencia de la invasión de las fuerzas imperiales legitimadas por las muertes del 11-S. Estado Unidos nunca ha querido empañar su imagen internacional invadiendo a quien se le antoje expresando sus auténticas intenciones que no son otras que hacerse con los bienes de una nación. Tal como sucede con conocidos personajes cinematográficos, por ejemplo, Rambo (Silvester Stalone) o John McClane (Bruce Willis), antes de convertirse en máquinas de matar y cometer toda serie de atrocidades, se les presenta como ciudadanos relativamente tranquilos, respetuosos de la ley, pero que al ser violentados por los malos, atentando contra su dignidad, o masacrando a sus seres queridos, encuentran la legitimación de ser peores que los asesinos con los que se enfrentan, teniendo como plus la complacencia de los espectadores que gozan con la legítima venganza de tales personajes. Pues bien, esta es la misma lógica que Estados Unidos utiliza en sus invasiones.    
     Primero se hacen las víctimas y después atacan ferozmente, por ejemplo: el hundimiento del Main que dio origen a la guerra hispano estadounidense,  Pear Harbor, o el 11-S, por citar los más conocidos. ¿Por qué no cerrar las heridas y seguir rascándose las cicatrices? ¿Estados Unidos quiere justicia o venganza, o quiere dejar abiertas las heridas para legitimar una nueva invasión? Si algo ha dejado el espectáculo mediático del 11-S para ser recordado por la humanidad es la institucionalización del miedo. Enrique Gil Calvo en una de sus obras parafrasea la famosa frase de Marshall McLuhan, que decía el “Medio es el mensaje”,  titulándola: “El miedo es el mensaje”. El miedo es el que se quiere institucionalizar para aterrar a la sociedad y a través de él impedir principios de reconciliación, perdón o construcción de una sociedad en principios de no violencia, como recientemente el Dalai Lama ha recordado una y otra vez. La violencia crea más violencia y además la legitima. Sin duda, en muchos casos la recreación de las imágenes del 11-S generan deseos de venganza, que no de justicia, tanto en las víctimas, como en los espectadores.

jueves, julio 21, 2011

Centraciones sociales, imagen y educación

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: e-consulta, 06 de Julio de 2011

     La historia de la humanidad muestra que los seres humanos siempre hemos privilegiado algunos temas o algunos problemas, incluso a Dios, colocándolos en el centro de nuestros intereses alrededor del cual giran, se relacionan y conectan otros intereses vigentes. En la antigüedad, por ejemplo, el pensamiento mítico ordenaba la vida y alrededor de este orden se encontraba la organización social, la vida cotidiana, el orden religioso y político, el arte, la educación, las festividades, incluso los miedos, seguridades, amores y esperanzas de las comunidades, etc.
     En algunos momentos del mundo griego, el ejercicio de la razón ocupa el centro de interés, dando origen a una sociedad logocentrista, por lo que se privilegia la razón por encima cualquier otra actividad humana, o mejor, la razón ordena y da sentido a todas las demás funciones; en este mismo tenor identificamos sociedades teocéntricas, antropocéntricas, economocéntricas, etc.; es decir, en torno a la idea de Dios, el hombre o la economía, se ha ordenado la sociedad toda.
     ¿Pero en los tiempos presentes, qué estamos privilegiando? En principio, la respuesta fácil sería afirmar que lo que estamos privilegiando es el poder económico, que todo gira en torno a la generación de bienes crematísticos; sin embargo, si tomamos una posición desde la que pudiéramos observar el diario vivir de los seres humanos, reconociendo el objeto de atracción que le atrapa y concentra, a lo que en definitiva le dedica la mayor parte de su tiempo, que bien puede ser el libre, pero no necesariamente, por encima de todo se muestra la omnipresencia de la imagen.
     La imagen se nos impone constantemente, de ello se encargan principalmente los medios audiovisuales, televisión, cine, fotografía, videojuegos, vallas publicitarias, espectaculares, etc. ¿Cuántas imágenes bombardean todos los días mentes? Y, evidentemente, las imágenes no son ni neutras, ni inocuas. Las imágenes que invaden nuestra intimidad tienen intenciones específicas, persiguen fines concretos, no siempre ceñidos por buenas intenciones.
     Las imágenes que invaden nuestra intimidad influyen en nuestros gustos, deseos, decisiones, aspiraciones, frustraciones. Si recordamos la novela de Ray Bradbury, Farenheit 451, nos sorprendemos con la visión profética del autor que se atrevió a concebir una sociedad imagocéntrica o iconocéntrica, en la que las viñetas sustituyen a las letras. El aprendizaje y la comunicación entre humanos se realiza a través de las imágenes, siendo el mayor pecado o atentado a la estabilidad social el atreverse a leer. El leer, dice Bradbury, rompe con la igualdad, pues el que sabe leer y comprende textos, por ejemplo, de filosofía, historia o ciencia, se siente superior a los demás, en cambio, si todos conocen al mundo a través de las imágenes existe una igualdad social que no se puede romper.
     Tal parece que la narración de Bradbury, escrita en la década de los cincuenta, hoy en día ha dejado ser una novela de ciencia ficción para adquirir categoría de plena realidad. La inmensa mayoría de seres humanos se niega a leer. México es uno de los países de la OCDE en que menos se lee. Ahora bien, qué podemos hacer ante tal situación: darnos golpes de pecho y seguir acusando a los medios de comunicación de tal fatalismo, pensando que esto es el fin; igualmente les podemos hacer culpables de la involución del buen pensamiento, cuando menos el del diario vivir. Es probable que la mayoría haya adoptado una posición fácil ante este hecho, aceptando con resignación el triunfo de la imagen sobre la palabra escrita.
     ¿Pero, qué pasaría si en lugar de lamentarnos iniciamos una nueva alfabetización, la de la imagen? Si en los tiempos presentes es inevitable el imperio de la imagen, lo mejor sería que aprendiéramos a decodificar imágenes, a reconocer sentidos e intencionalidades.     
     Las imágenes están llenas de simbolismos que la mayoría no reconocemos, ni intentamos reconocer, cediéndole a ellas todo el poder de invadir nuestras mentes y consciencias. Si en los diferentes centros educativos se establecieran programas de hermenéutica de la imagen se podría iniciar una revolución cultural altamente interesante por medio de la cual se podría hacer de la imagen una aliada en los procesos de educación más que la enemiga a vencer.
     Si a los seres humanos se les facilita la comunicación visual más que la comunicación escrita, aprovechemos la ocasión, enfatizando que en última instancia la imagen por sí misma no tiene más poder que el de las palabras que la puedan reconocer y explicar.  
     Puede ser que una imagen diga más que mil palabras, pero para que esto sea así hay que saber cuáles son esas mil palabras. Además, muchas veces, ni con mil imágenes podemos trasmitir el sentido y significado de las grandes palabras: amor, libertad, justicia, esperanza, por ejemplo.

martes, junio 14, 2011

¿Cuáles son las consecuencias de nuestras decisiones?

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: Puebla on Line, 08 junio de 2011

     Los seres humanos estamos condenados a decidir, siendo esta facultad una de las que define como especie. En otras palabras, somos seres que decidimos, que tenemos que decidir.
     Ya en otros trabajos he insistido que la etimología de la palabra inteligencia tiene que ver inter, entre y legere, leer; pero este leer no se ubica únicamente en la identificación de letras, incluyendo las capacidades o facultades de entender, discernir y decidir. Ser inteligente, desarrollar la inteligencia, implica irremediablemente las capacidades de darnos cuenta, entender algo, separar lo que no nos interesa de lo que nos interesa, lo bueno de lo malo, lo bonito de lo feo, lo falso de lo verdadero, etc., que es lo que procede del discernimiento.
     Por tanto, si queremos ser inteligentes no podemos renunciar al compromiso que tenemos de decidir. Pero, hoy en día, no es tan fácil ser inteligente; pues estamos inmersos en un océano de situaciones que nos están interpelando constantemente, obligándonos a pronunciarnos sobre el mundo que nos rodea, a tomar decisiones en definitiva.
     La toma de decisiones nos exige como paso previo la emisión de juicios en las que reconozcamos las cualidades previas de la materia en consideración y con ello el afirmar o negar su condición: es o no es algo. Juicios que son promovidos desde la totalidad de ámbitos de las experiencia humana, desde los más cotidianos y prácticos, hasta los más complejos y eruditos. Enjuiciar de suyo tiene su dificultad, pero enjuiciar y decidir lo es aún más, sobre todo si reconocemos que decidir tiene como paso siguiente la acción, el satisfacer la decisión en función del juicio construido o realizado. Por ejemplo, emitir juicios sobre en qué universidad me conviene realizar mis estudios, con qué persona me interesa tener relaciones afectivas, a dónde realizaré mis vacaciones de verano, etc., tienen como pasos siguientes el decidir y actuar en consecuencia, pero todo esto no es tan fácil porque las opciones con las que contamos los seres humanos actualmente son enormes, complicando tanto la emisión de juicios como la decisión.
     No son pocas las personas que se paralizan ante el hecho de tomar decisiones, de comprometer su decisión con la acción y prefieren, por tanto, que otras personas decidan por ellos, fenómeno que bien comprendió Erich Fromm en la década de los sesenta y que expresa en su célebre libro Miedo a la libertad. El decidir está inseparablemente ligado con nuestra libertad, asumiendo implícitamente el riesgo del error, de la equivocación.    
     Mientras somos más libres, más comprometidos estaremos con nuestras propias decisiones; sin embargo este compromiso no garantiza que nuestras decisiones sean correctas, ni siquiera que seamos capaces de prever sus consecuencias.
     ¿Cuándo decidimos, sabemos en plenitud cuáles son las consecuencias de esas decisiones, la tomas en cuenta? En el campo de la ética uno de sus principios básicos es el reconocimiento de que nuestros actos, nuestras acciones producto de nuestras decisiones tienen consecuencias. Nada de lo que hacemos puede quedar sin algún tipo de consecuencias, siendo estas éticas, morales, religiosas, laborales, científicas, emotivas, afectivas, etc. Pero, todo esto se complejiza cuando no se consideran las consecuencias no deseadas de nuestras decisiones. Es decir, que nuestras decisiones encierran una caterva de consecuencias que ni esperamos, ni consideramos, ni mucho menos deseamos, que, sin embargo, están implícitas en la naturaleza de nuestra decisión.
     Un ejemplo claro al respecto la encontramos en la decisión libre de una pareja que decide casarse. En el horizonte de sus intereses está el encuentro libérrimo de dos seres que se aman y que desean construir una relación de amor que pudiera eventualmente extenderse hasta el fin de sus vidas. Cuando dos personas se casan, lo sepan o no lo sepan, en la práctica se están casando (uniendo) con una familia, una cultura, unas tradiciones, etc., que ni se esperaban ni se deseaban y que con el paso del tiempo modificarán su vida; incluso de idea de amor. Si los contrayentes tienen la capacidad de adaptarse a sus nuevas familias, podrán cumplir con sus expectativas; y de no ser así, por mucho amor y pasión que existiera entre ellos, su historia fenecerá.
     Más allá de nuestras buenas intenciones, los mejores deseos, nuestras decisiones pueden tener como resultado exactamente lo contrario a lo que deseamos. Y, esto puede suceder en todas nuestras decisiones y muchas de ellas con consecuencias fatales; así decidimos elegir a un gobernante en función de sus promesas, pero no en función de sus decisiones, y estas son las que pueden modificar la historia de una nación. Las consecuencias no deseadas de nuestras decisiones deberían obligarnos a reflexionar cada vez más sobre el sentido de éstas y explorarlas, aunque fuera someramente; pues una vez tomada una decisión se ponen en marcha eventualidades y azares.



martes, mayo 10, 2011

La “boda del siglo”

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: La Primera de Puebla, 3 de mayo de 2011

     No es propio de una reflexión académica abordar temas propios de la prensa rosa dedicada a las frivolidades de los famosos o populares. En el pasado fin de semana se presentó un par de acontecimientos que llamaron la atención mundial, convocando a millones de personas interesadas en participar directamente, convencidas de que estaban siendo testigos de la historia, me refiero sin duda alguna a la boda en Londres de Guillermo y Catalina, los ya duques de Cambridge y la beatificación en Roma de Juan Pablo II.  Los dos acontecimientos pueden ser objeto de estudio o cuando menos de invitación a la reflexión sobre su sentido y razón en el imaginario social del hombre moderno. Los dos acontecimientos tuvieron en común el que fueron publicitados a escala global, asistiendo millones de seres humanos de diferentes partes del planeta, incluso muchos habrán programado sus vacaciones para estar presentes en los dos lugares,  independientemente de la legión muchos periodistas televisivos que ciertamente encontraron las ocasión para ser “testigos de la historia”. En cuanto a la beatificación de Juan Pablo II por la polémica que sin duda alguna se abrió y espero que siga abierta en cuanto a conveniencia, pertinencia y sobre todo realidad de su santidad, prefiero pronunciarme en otro momento, no por temor sino porque se requiere de serenidad de espíritu y rigurosidad argumental.  
     En cuanto a la boda en cuestión saltan a la vista una serie de preguntas básicas que me interesan. La primera de ellas cuestiona el por qué diferentes medios de comunicación no se resistieron a promover la boda de Guillermo y Catalina como la boda del siglo. ¿Cómo es posible que se tenga tal denominación  cuando estamos en los albores del siglo XXI? Tal denominación se podría dar con mediana seguridad en el ocaso del siglo, o con rigurosidad histórica una vez que ya ha pasado el tiempo de estudio a considerar, previo consenso de los estudiosos de los fenómenos sociales y aún así, con la inseguridad de haber utilizado los epítetos adecuados y las selecciones paradigmáticas. En este tenor y por los años transcurridos en el siglo es de prever que se verán muchas otras “bodas del siglo”, que cuando menos podrán ser las de los hijos o nietos, o quizá bisnietos de los actuales contrayentes en la primera “boda  del siglo XXI”. Esto nos revela que el sentido del tiempo y de la historia que tienen los representantes de muchos medios de comunicación son limitados y manipulables, propensos a las palabras fáciles, promotoras del espectáculo más que de la información. Así, en este siglo quedan muchos momentos que serán denominados como “del siglo”,   partidos de fut-bol, peleas de box, acontecimientos políticos, funerales, magnicidios, si es que se tercian, conciertos, o cuanto momento histórico pueda ser promovido como producto comercial. Otras preguntas a considerar  tienen que ver con las paradojas de nuestro tiempo: ¿como es posible que una sociedad racional como la inglesa, cuna del positivismo y precursora de los grandes ideales de la racionalidad ilustrada, patria adoptiva de historiadores de enorme prestigio, tome las calles londinenses durante días y días con la única finalidad de ver pasar fugazmente a una pareja de enamorados?, ¿qué tiene esta pareja que no tengan otras? Si queremos encontrar respuestas convincentes desde la racionalidad, sin duda alguna desde el análisis del comportamiento de la sociedad de masas y el poder mediático, encontraremos más de una. Pero si el fenómeno lo observamos desde los resabios del pensamiento mítico subsistente en la sociedad moderna, es probable que cuando encontremos que los comportamientos masivos carentes de racionalidad cobren sentido. Como bien suele decir Edgar Morin, en los seres humanos está presente la ratio y la demens, razón y locura. Pero la locura de los humanos no se debe entender como estupidez, ni como sin razón, pues es motivada por otra racionalidad, otra forma de organizar el orden de la vida. Cuando les planteaba a unas alumnas el por qué de la atracción de una boda como la de Guillermo y Catalina la respuesta fue inmediata y sin duda alguna: porque son príncipes. Resulta que en tiempos republicanos nuestro imaginario social sigue atrapado, cautivado por ideales monárquicos. En la pareja en cuestión no se les reconoce lo humano que tienen, sino la realización de los ideales de millones y millones de seres humanos que  siguen pensando en los ideales románticos de los cuentos de hadas, teniendo a  Cenicienta como paradigma principal, promovido una y otra vez por Disney, Televisa, o la televisora mediocre que fuese. Pero más allá de la promoción de este imaginario, subsiste otra pregunta que nos relaciona con nuestro diario vivir y que sin duda alguna revela que en el fondo nuestro corazoncito es más monárquico que republicano: ¿por qué no le decimos a la mujer que nos cautiva la ratio y la demens, cuando de expresar nuestro afecto se trata: mi senadora, mi diputada, o mi presidenta, y siempre preferimos llamarlas, mi princesa, o reina, según el poder que le queramos asignar? ¿Por qué nunca nombramos a la presidenta de la primavera, o a la diputada de la escuela o club social, prefiriendo siempre el de reina? Tal parece que las denominaciones democráticas no tienen en nuestro imaginario el poder, la fuerza, la categoría, o el chic que nos da el boato y pompa de las monarquías y de esto la inglesa saben un rato largo.

martes, abril 26, 2011

Ética Indignación o ética de la indignación

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: Síntesis Puebla, 10 de abril de 2011

     ¿Qué tanta capacidad de indignación tenemos los mexicanos?. ¿Qué cosas nos indignan: Por indignación los diccionarios registran esta idea: sentimiento de enorme enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial.
     Sin duda alguna, los tres registros de esta definición: injusticia, algo que nos ofenda o que sea perjudicial para la sociedad, son una constante en nuestro diario vivir.
      Los registros reales que podemos enumerar parecen interminables: corrupción, inseguridad, irresponsabilidad, incumplimiento de leyes y principios, mentiras y engaños sistemáticos, afrentas contra los más débiles, iniquidad, aumento de la miseria, falta de oportunidades de realización humana, desempleo, vejaciones contra la dignidad humana, injusticia generalizada, atentados contra los derechos humanos, etc., pero lo sorprendente no es que estén presentes, sino que apenas la gente esté manifestando su indignación.        
     Parece ser que nuestra capacidad de indignación está reservada contra los atentados que sufre nuestro equipo favorito en la jornada futbolera: no soportamos que se corneta una falta, o una expulsión, o que se marque o no un penalti -según nos convenga o no-.
     Nuestra ira la dirigimos hacia el árbitro que se atrevió a ir en contra de nuestro equipo `razón' y 'meta' de nuestros ideales. En Europa, un anciano de 93 años llamado Stéphane Hessel, veterano de la Resistencia, recientemente ha escrito un pequeño libro de 64 páginas: Indignaos!: Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica', el cual es hoy mismo un éxito millonario en ventas. Y lo es porque se ha constituido en un reclamo ante la pasividad de la sociedad, especialmente la de los jóvenes y la indiferencia ante la crisis. Indignarse por el estado caótico en el que se encuentra el mundo es por demás asumir una posición ética, y la ética no es otra cosa que tener consciencia del dolor y mal del otro, los otros; y asumir un compromiso por remediar ese estado y lograr que al mirar a los otros, nos veamos en ellos.

viernes, marzo 18, 2011

Formación de la conciencia y la ciudadanía

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: La Primera de Puebla, 09 de marzo de 2011

     Se ha insistido que no es lo mismo formar que informar: informar es transmitir el conocimiento como dato, como número, como referente, como saber estático, pero de manera acrítica, sin que se cuestione; y muchas veces, sin que se sepa para qué se quiere tener tal conocimiento. Formar se refiere entre otras cosas, a desarrollar los talentos, las capacidades más excelsas de lo humano y dentro de éstas, a la conciencia. Formar la conciencia es desarrollar la capacidad suprema de lo humano por la cual se sabe que se sabe, se adquieren múltiples saberes, sabiendo de qué se tratan éstos, reconociendo su pertinencia, necesidad, importancia social e individual, entre otros aspectos.
     La conciencia nos lleva a reconocer que más allá de nuestro propio yo existe un mundo abierto que nos invita a ser conocido; diferenciando, por tanto, nuestra subjetividad de la exterioridad. Igualmente, la conciencia tiene un movimiento hacia el interior de la subjetividad, por medio del cual valora su propio actuar, la idea sobre el bien y el mal. Por ello, para diferenciar los movimientos de la conciencia, se habla de ella precisamente cuando se habla de la interioridad moral del sujeto.
     Por otra parte, la conciencia no está limitada a una sola manera de saber, por el contrario, es la que posibilita toda adquisición de conocimiento. Así, la conciencia se puede formar haciendo referente a múltiples acciones y objetos que nos importan a los seres humanos, entre otras - e indicando sólo algunos aspectos relevantes-, las siguientes: la conciencia histórica por la cual reconocemos nuestro ser colectivo en el devenir del espacio y el tiempo; la conciencia ética y moral, que nos permite asumir nuestras responsabilidades, deberes y derechos comunitarios; conciencia religiosa, que diferencia la religión de las instituciones que la administran, centrándose en el desarrollo del ser espiritual; la conciencia psicológica, que se centra en el reconocimiento de la conducta del propio yo y su relación con el mundo que lo rodea; la conciencia social, que diferencia y relaciona al yo con relación con los otros en comunidad; la conciencia filosófica, por la cual reconocemos la presencia del ser y la importancia de ser, diferenciándola de la nada; la conciencia cultural, que identifica al ser humano realizándose en sociedad, adquiriendo saberes por imitación, reproduciendo otros más y eventualmente creando y recreando el medio en el que se desarrolla la cultura; conciencia ecológica, mediante la cual nos damos cuenta de que estamos inmersos en un mundo natural y que nuestras acciones o falta de ellas en relación con ella tienen consecuencias que retroactúan a favor o en contra de la propia especie humana; conciencia del cambio, que es el saber - como diría Heráclito- que lo único que no cambia es el cambio, admitiendo así al cambio no como un hecho irremediable, sino como una constante en la historia de la humanidad que posibilita que nuestro mundo no sea uno y el mismo por la eternidad.

     Siendo la conciencia dúctil, moldeable, nos posibilita el reconocer en el desarrollo de cada conciencia particular subtemas de la misma conciencia, o mejor aún, tomar conciencia de las conciencias, como si de una supraconciencia o metaconciencia se tratara. Y de estas conciencias hay una más que por los tiempos que corren valdría la pena destacar, que es la conciencia del saber que somos habitantes de una patria común y miembros de una especie identitaria.
     Edgar Morin nos ubica en el planeta Tierra, reconociendo a éste como la patria común, en la que se ha desarrollado la especie humana, que es la que antes de cualquier nacionalismo se tendría que reconocer como el punto de unión y no el de división. En el trascurso de la evolución de la especie humana, ésta ha sido capaz de cometer todas las perversiones imaginables. Los tiempos actuales nos revelan con toda su crueldad el lado oscuro de lo humano, por lo que no es conveniente ni necesario negar esta cara de la especie humana. Pero la conciencia de lo oscuro, de lo negativo de la especie humana, no cancela ni agota la conciencia de todo lo humano que es positivo, por el contrario. Es ésta la que posibilita el reconocimiento de la otra cara de lo humano, de la que también es necesario que se tenga conciencia, es decir, la que hace referente a la exaltación del espíritu humano que se ha mostrado enormemente creador, generoso, magnánimo en su devenir.
     Finalmente, es necesario reconocer que de los grandes monumentos creados por el espíritu humano y su conciencia, se destaca la filosofía, la ciencia, el arte, la religión, la música, la gastronomía, la cultura toda; así como la generosidad de espíritus que han entregado la vida al servicio de la humanidad, y no sólo de los reconocidos públicamente como Mandela, Gandhi, Teresa de Calcuta -por mencionar a algunos-, sino también la de muchos, muchísimos seres humanos que desde el anonimato tienen <> de que vale la pena entregar la propia existencia al servicio de los demás, principalmente de los que menos tienen, de los que más necesitan, bien desde lo material, bien desde lo afectivo, o lo espiritual.

viernes, marzo 11, 2011

Formación de la conciencia y la ciudadanía

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: La Primera de Puebla, 09 de marzo de 2011

     Se ha insistido que no es lo mismo formar que informar: informar es transmitir el conocimiento como dato, como número, como referente, como saber estático, pero de manera acrítica, sin que se cuestione; y muchas veces, sin que se sepa para qué se quiere tener tal conocimiento. Formar se refiere entre otras cosas, a desarrollar los talentos, las capacidades más excelsas de lo humano y dentro de éstas, a la conciencia. Formar la conciencia es desarrollar la capacidad suprema de lo humano por la cual se sabe que se sabe, se adquieren múltiples saberes, sabiendo de qué se tratan éstos, reconociendo su pertinencia, necesidad, importancia social e individual, entre otros aspectos.
     La conciencia nos lleva a reconocer que más allá de nuestro propio yo existe un mundo abierto que nos invita a ser conocido; diferenciando, por tanto, nuestra subjetividad de la exterioridad. Igualmente, la conciencia tiene un movimiento hacia el interior de la subjetividad, por medio del cual valora su propio actuar, la idea sobre el bien y el mal. Por ello, para diferenciar los movimientos de la conciencia, se habla de ella precisamente cuando se habla de la interioridad moral del sujeto.
     Por otra parte, la conciencia no está limitada a una sola manera de saber, por el contrario, es la que posibilita toda adquisición de conocimiento. Así, la conciencia se puede formar haciendo referente a múltiples acciones y objetos que nos importan a los seres humanos, entre otras - e indicando sólo algunos aspectos relevantes-, las siguientes: la conciencia histórica por la cual reconocemos nuestro ser colectivo en el devenir del espacio y el tiempo; la conciencia ética y moral, que nos permite asumir nuestras responsabilidades, deberes y derechos comunitarios; conciencia religiosa, que diferencia la religión de las instituciones que la administran, centrándose en el desarrollo del ser espiritual; la conciencia psicológica, que se centra en el reconocimiento de la conducta del propio yo y su relación con el mundo que lo rodea; la conciencia social, que diferencia y relaciona al yo con relación con los otros en comunidad; la conciencia filosófica, por la cual reconocemos la presencia del ser y la importancia de ser, diferenciándola de la nada; la conciencia cultural, que identifica al ser humano realizándose en sociedad, adquiriendo saberes por imitación, reproduciendo otros más y eventualmente creando y recreando el medio en el que se desarrolla la cultura; conciencia ecológica, mediante la cual nos damos cuenta de que estamos inmersos en un mundo natural y que nuestras acciones o falta de ellas en relación con ella tienen consecuencias que retroactúan a favor o en contra de la propia especie humana; conciencia del cambio, que es el saber - como diría Heráclito- que lo único que no cambia es el cambio, admitiendo así al cambio no como un hecho irremediable, sino como una constante en la historia de la humanidad que posibilita que nuestro mundo no sea uno y el mismo por la eternidad.
     Siendo la conciencia dúctil, moldeable, nos posibilita el reconocer en el desarrollo de cada conciencia particular subtemas de la misma conciencia, o mejor aún, tomar conciencia de las conciencias, como si de una supraconciencia o metaconciencia se tratara. Y de estas conciencias hay una más que por los tiempos que corren valdría la pena destacar, que es la conciencia del saber que somos habitantes de una patria común y miembros de una especie identitaria.
     Edgar Morin nos ubica en el planeta Tierra, reconociendo a éste como la patria común, en la que se ha desarrollado la especie humana, que es la que antes de cualquier nacionalismo se tendría que reconocer como el punto de unión y no el de división. En el trascurso de la evolución de la especie humana, ésta ha sido capaz de cometer todas las perversiones imaginables. Los tiempos actuales nos revelan con toda su crueldad el lado oscuro de lo humano, por lo que no es conveniente ni necesario negar esta cara de la especie humana. Pero la conciencia de lo oscuro, de lo negativo de la especie humana, no cancela ni agota la conciencia de todo lo humano que es positivo, por el contrario. Es ésta la que posibilita el reconocimiento de la otra cara de lo humano, de la que también es necesario que se tenga conciencia, es decir, la que hace referente a la exaltación del espíritu humano que se ha mostrado enormemente creador, generoso, magnánimo en su devenir.
     Finalmente, es necesario reconocer que de los grandes monumentos creados por el espíritu humano y su conciencia, se destaca la filosofía, la ciencia, el arte, la religión, la música, la gastronomía, la cultura toda; así como la generosidad de espíritus que han entregado la vida al servicio de la humanidad, y no sólo de los reconocidos públicamente como Mandela, Gandhi, Teresa de Calcuta -por mencionar a algunos-, sino también la de muchos, muchísimos seres humanos que desde el anonimato tienen <> de que vale la pena entregar la propia existencia al servicio de los demás, principalmente de los que menos tienen, de los que más necesitan, bien desde lo material, bien desde lo afectivo, o lo espiritual.

lunes, diciembre 13, 2010

Paradigmas, cultura y sujeto

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: La Primera de Puebla, 06 de diciembre de 2010

     Los científicos o académicos crean nociones para explicar sus proposiciones y posiciones que pretenden aclarar algunos aspectos ocultos de la realidad o la verdad, así en la década de los sesenta, el filósofo T. S. Kunh tuvo la ocurrencia de utilizar el término griego Paradigma, indicando con ello  la presencia en el campo de la ciencia de modelos especiales que se caracterizan por sustituir a las viejas maneras de pensar y de hacer ciencia, la teoría de la relatividad significaba una manera radical de entender el universo con relación al modelo newtoniano, por ejemplo. No tardó mucho tiempo para que la idea de paradigma llegara a otros ámbitos del saber y hacer humanos, entre ellos el concerniente al mundo gerencial, el de los negocios, incluso, como no podría ser menos, al trasiego de la de la vida cotidiana. Por eso no nos resulta extraño el que escuchemos que la gente común y corriente te recomiende que cambies de paradigma, queriendo decir tan solo que las cosas que estás haciendo deberías dejar de hacerlas tal como las estabas haciendo para intentar otras posibilidades, que bien podría sintetizarse en la auto construcción de un nuevo guión vital, de reescribir la historia personal, teniendo muy probablemente razón. Cuando las cosas se hacen de una y otra vez igual y los resultados esperados no surgen, es tiempo de cambiar de paradigma, se dice. Bien tenía razón Einstein cuando afirmaba “que no había mayor signo de locura que hacer una y otra vez las mismas cosas esperando resultados diferentes”. En este sentido podríamos diferenciar los paradigmas de los grandes cambios de la ciencia de los paradigmas de la vida de cada sujeto, reconociendo a los primeros como PARADIGMAS con mayúscula y  los segundos como paradigmas con minúscula, no tanto porque unos sean más importantes que otros, como por el impacto de unos y de otros en el estado de la sociedad. Los paradigmas con minúscula son los del diario vivir, no obstante pueden ser más importantes que los primeros simplemente porque nos afectan de manera directa, afectan el sentido o dirección de nuestra propia vida.  Cuando nos instalamos en una nueva manera de ver las cosas, de comprender el mundo que nos rodea, de asumir una ética o filosofía, o simplemente cuando nuestro hacer es diferente y todo con la intención de que nos sintamos mejor, nos relacionemos con las personas de nuestro entorno de manera que todo resulte de manera satisfactoria,  podemos asumir que hemos cambiado de paradigma. Pero ¿podremos cambiar constantemente de paradigmas, de maneras radicales de vida?,  ¿tiene  límites la capacidad de cambio de los seres humanos? En principio se podría pensar que los seres humanos no tenemos por qué tener límites en la búsqueda de nuevos horizontes y con ello realizar  todos los cambios que fueren necesarios. Sin embargo, la verdad es que los seres humanos somos seres con límites, es decir, que podemos cambiar muchas veces de paradigmas vitales, pero no de manera frecuente, ni indefinidamente. El doctor José María Mardones solía contar que en conversaciones con sus colegas del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España), se afirmaba que desde diferentes disciplinas se llegaba a la conclusión que los seres humanos tenemos un umbral de tolerancia al cambio muy limitado: la mayoría de las personas no son capaces de realizan  más del tres por ciento sobre el total de sus modelos aceptados, de cambio radicales, paradigmáticos, de su experiencia vital. Los cambios nos inquietan, trastornan nuestra seguridad, nuestra racionalidad. Reitero que se trata de cambios radicales, los que comprometen profundamente nuestro sentido existencial, nuestra cosmovisión. Por otra parte, la cultura de nuestro tiempo ha trastocado todos los ámbitos que daban seguridad a los seres humanos nacidos no hace muchas décadas. Las ideas que se tenían de las buenas costumbres, la política, el arte, la religión,  la ciencia, la economía, la tecnología, la misma historia, en las últimas décadas han sufrido cambios espectaculares y en muchos sentidos irreversibles, que hacen difícil comprender el  mundo que se ha construido con todos esos cambios. Cambios siempre se han dado, pero no tantos ni en todos los campos de la cultura. Estamos en un cambio de época, es verdad, pero lo que caracteriza a esta nueva época es la gran cantidad de nuevos Paradigmas y éstos están obligando al cambio de los paradigmas del diario vivir. Ser humano hoy en día se ha tornado en una tarea difícil de asumir, exigiendo una enorme capacidad intelectual, psicológica y espiritual para poder sobrevivir a ellos, o cuando menos poder convivir con ello.

martes, octubre 26, 2010

Los barrios indígenas de la ciudad, la otra Puebla

Autor: Rubén Hernández Herrera
  Publicado: El columnista, 20 de octubre de 2010.

     De la Puebla novohispana claramente se pueden identificar dos ciudades, o dos espacialidades urbanas, siendo muy diferentes la una de la otra. La Puebla destinada a los españoles y el sistema de barrios, la otra Puebla, que albergaba a los indígenas. La constitución de barrios dedicados a los indígenas es una contradicción con relación a los principios fundacionales de la ciudad:
     Los barrios indígenas de la ciudad de Puebla parecen surgir como un plan contrario a los propósitos iniciales que dieron lugar a su fundación, en el sentido de que la ciudad se fundaba exclusivamente para españoles y en la perspectiva de evitar la práctica generalizada de los colonizadores de explotar a los indios por medio de la encomienda. La ciudad de Puebla, supuestamente, sería asiento de españoles que se valdrían en todo, por sí mismos. [1] 

     Los indígenas pronto fueron requeridos como ayudantes principales para la construcción de la nueva ciudad, pero no para cohabitar dentro del mismo espacio. Durante el periodo novohispano la ciudad, propiamente dicha, o reconocida como tal se situaba al poniente del rio Almoloya, llamado posteriormente San Francisco, reservada para los españoles, los criollos y los mestizos favorecidos por el sistema, relegando a los barrios a los diversos grupos étnicos, indígenas y castas, manteniendo distancia entre unos y otros. Esta medida de separar a los indígenas de los españoles se llevó a cabo: A partir de 1550 el cabildo dispuso que los indígenas vivieran fuera, apartados de la traza española, y que se les otorgara algún sitio o solar para hacer sus casas.[2] Ni siquiera en los periodos de mayor opulencia se redujeron estas distancias, por el contrario, mientras más riqueza detentaba la ciudad, mayor era el rechazo étnico. En muchas ciudades las clases bajas se establecen en la periferia, atraídas por las bondades que la ciudad ofrece. En el caso de Puebla, desde su origen, existe la conciencia de tener espacios de segregación destinados para los indígenas, origen de los barrios. La población indígena era necesaria para la construcción de la nueva ciudad por lo que en modo alguno se podía prescindir de ellos, casas, edificios públicos, conventos e iglesias sólo fueron posibles gracias a su trabajo. Una normativa de los siglos XVI y XVII impedía el que nuevos grupos étnicos de la ciudad cohabitaran con los grupos indígenas, como lo fueron la creciente población mestiza o la aparición de grupos de negros y mulatos[3].
     Las rivalidades históricas entre las diferentes etnias, principalmente entre tlaxcaltecas y cholultecas, impedía la concentración de todos los grupos dentro de un mismo espacio, por lo que la solución fue la de ubicarlos en espacios distantes entre sí. A los tlaxcaltecas reconocidos como aliados, ya que fueron de suma importancia en tiempos de la conquista, les asignaron la margen oriental del río San Francisco, conocido como Analco, espacio privilegiado por la calidad de tierras para el cultivo y rica en aguas. Hacia el sur poniente de la traza española se erigió el barrio de Santiago para confinar en él a los indígenas de origen cholulteca. Con la aparición de otros grupos indígenas, mixtecos, nahuatlecos, huejotzincas y calpenses, el sistema de barrios se amplió. En los barrio de San Sebastián y de San Pablo de los Naturales, en el norponiente, se situaron a los indígenas huejotzincas, calpenses y grupos menores de indígenas que deambulaban en la región desde tiempos prehispánicos; igualmente hacia el nororiente se dio cabida a los barrios para indígenas de diferentes etnias, siendo estos los de la Luz y San Francisco (Fig. 1).
     A partir de la información que ofrece Hugo Leicht sabemos que los asentamientos destinados a la población indígena no eran considerados como parte integral de la ciudad, por el contrario, los barrios para indígenas eran territorios claramente delimitados para separar la convivencia entre españoles e indígenas, quedando a éstos la prohibición de pernoctar dentro de la ciudad española. La traza española serviría de medio entre ellos, dando origen a la ciudad dual, la Puebla para hispanos y la otra Puebla, la no hispana: una ciudad central con una periferia de barrios indígenas, con entidades y administraciones diferenciadas. La Puebla novohispana, pese a su aparente diseño renacentista, no deja de tener cierta semejanza con una ciudad medieval rodeada de fuertes murallas por su deseo expreso de impedir el ingreso de los no angelopolitanos en su interior. La ciudad era sólo para familias españolas y en donde no habitaban éstas formalmente no era considerada como La Puebla de los Ángeles.
     Los barrios indígenas tenían otro régimen administrativo, organizados de acuerdo a tradiciones ancestrales, que en conjunción con el orden hispano, originó uno de los sistemas de gobierno que han perdurado por más tiempo en la región: el de las mayordomías parroquiales. Todo hombre indígena aspiraba a ser nombrado mayordomo en alguna época de su vida, pues sin tomar en cuenta los gastos que le ocasionarían[4], bien sabía que era la condición sin reparo para ganarse el respeto de sus vecinos y poder participar en las grandes decisiones de la comunidad. Este modelo de gobierno, de origen prehispánico, ha sobrevivido a todas las etapas del México independiente, por encima de las leyes de Reforma, la Revolución, incluso, a la misma iglesia.
     Con el tiempo, una vez que la ciudad ya había adquirido una definición arquitectónica y urbanística, los barrios desarrollaron un perfil ocupacional definido que durante siglos han conservado, así Analco se convirtió en el barrio de los panaderos, Xanenetla en el de los ladrilleros, la Luz en el de los alfareros y Santiago en el de los carpinteros. En los albores de la modernidad poblana, durante el porfiriato, esta división étnica no sólo se mantenía, sino que se fomentaba, siendo ahora la división más por razones económicas que raciales, confinando en ellos a los léperos, pordioseros y miserables

martes, octubre 05, 2010

Lectura e Inteligencia

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: E - Consulta, 28 de septiembre de 2010

     Durante el pasado campeonato del mundo de futbol aconteció un hecho curioso y reiterado: a los comentaristas de futbol de las principales cadenas televisivas del país, - que en términos generales no se destacan por expresar un gran talento, ni mucho menos por el manejo certero, oportuno y claro del lenguaje -, les dio por iniciar sus comentarios afirmando que el director técnico de tal o cual equipo había hecho una buena lectura de las circunstancias del partido, razón por la cual se había hecho con la victoria o, por el contrario, que no supo leer las exigencias del partido, impidiéndole realizar las acciones convenientes para enmendar las circunstancias adversas y hacerse con la victoria. ¿Qué tanta razón tenían los comentaristas deportivos en usar tan notoria expresión? ¿Qué querían decir con eso de saber leer un partido? ¿Qué tanto eran conscientes de lo acertada de la expresión? Pues lo cierto es que por una vez, quizá sin que sirva de precedente, tenían toda la razón en lo que querían decir, aunque probablemente no sepan porqué tenían razón.
     Exploremos un poco el sentido de la palabra lectura, pero antes de hacerlo, acerquémonos a otra palabra que de tan común en el uso diario se ha desgastado tanto que pocas serán las personas que sepan su origen, en este caso me estoy refiriendo a la palabra inteligencia. ¿Qué tienen en común las palabras lectura e inteligencia? ¡Mucho!.
     La palabra inteligencia, que procede del latín intelligere, comprender, introducida en la cultura latina por Cicerón, se compone de inter, entre y legere, leer, que incluye la idea de leer entre líneas. Entonces, ser inteligente significa saber leer, o saber leer nos remite a la idea de ser inteligente.
     De momento hemos identificado la relación entre leer e inteligencia, pero falta llegar a la clave de la expresión, es decir, qué se debe entender por legere, cuál es su sentido. Por Legere, leer, en nuestro diario uso entendemos la capacidad de juntar letras y de identificar el significado de ellas en su conjunto, haciendo que los signos nos evoquen, relacionen o identifiquen ideas, cosas, personas, acontecimientos, etc..
     Sin embargo, legere, leer, tiene un sentido mucho más profundo, implicando discernir, darse cuenta, elegir o escoger. Así, que una persona que es inteligente, que saber leer, por tanto, es capaz de darse cuenta, discernir, escoger. Darse cuenta de los acontecimientos, de lo que está sucediendo, llevar a la consciencia las circunstancias del entorno, serían el primer elemento a identificar y realizar por la persona que sabe leer, que es inteligente.
     Percibir los componentes del mundo y saber qué hacer con ellos está en el origen del ejercicio de todo acto de inteligencia. De discernir tenemos que hacer notar que se trata de la capacidad de separar, de diferenciar, como quien usa un cernidor o coladera en la que separa los productos deseados de los no deseados, o simplemente no necesarios para una actividad específica, como puede ser cuando se cierne la arena para separarla de las piedrecillas que la acompañan y ya limpia ser un constitutivo importante en la mezcla empleada en la construcción de casas.
     En este caso, el de discernir provoca otra curiosidad del idioma y del pensamiento; los griegos a esta actividad de cernir, separar la denominaban como krineo, origen de dos palabras muy presentes en nuestro diario hablar: crisis y crítica, que tienen en común la capacidad y acción de separar, de distinguir.
     Crisis es una de las palabras más repetidas en nuestro diario vivir ya no en los últimos años, sino en las últimas décadas. Crisis, para los griego tenía el sentido de realizar un juicio o emitir un veredicto. Una persona que está en crisis, o que tiene que hacer una crítica, quiere decir que está obligada a separar, a emitir juicios, a afirmar o negar, a tomar decisiones, a elegir o escoger. Conjuntando todas estas ideas, podemos colegir que una persona inteligente será aquella que es capaz de leer, darse cuenta de las circunstancias del medio en el que está inmerso y por ello de realizar las funciones de separar y decidir.
     Por lo que saber leer, ejercer la inteligencia no es privativo de leer libros, sino sobre todo del conjunto de experiencias de la existencia humana, así podemos leer: el tiempo, la historia, la vida diaria, la propia cultura, las relaciones de pareja, los compromisos personales, las exigencias sociales, etc. Ser analfabeta inteligente, remitirá a no saber leer nuestro entorno, no separar o distinguir entre el bien o el mal, por ejemplo, o tomar las decisiones necesarias, o pertinentes que se tienen que hacer en los múltiples momento del diario vivir.
     Una buena formación social, cultural, debería centrar su ejercicio en capacitar a los seres humanos en la toma de conciencia de las diferentes exigencias que la vida nos presenta, en la capacidad para distinguir entre las diferentes opciones que se pueden tomar y de éstas quedarse con las mejores, con la que satisficiera plenamente la circunstancia, problema, o conflicto a resolver.
     Leer la realidad correctamente nos obliga a tomar las mejores decisiones y es así como los buenos directores técnicos de futbol han mostrado su inteligencia, eligiendo a los mejores jugadores, identificando las debilidades de los jugadores contrincantes, aprovechando las capacidades de sus jugadores y corrigiendo oportunamente las desviaciones que impiden alcanzar la meta propuesta. Por una vez, los cronistas deportivos demostraron tener razón.


martes, septiembre 07, 2010

El uso de la filosofía en la vida cotidiana

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: Puebla on line, 31 de agosto de 2010

     Con relativa frecuencia en el transcurso de una conversación se escuchan afirmaciones en la que los interlocutores enfáticamente hace referencia a “su filosofía”, así, “su filosofía le dice tal, o cual cosa”, o su filosofía le permite o no le permite hacer tal o cual cosa”, o “a partir de mi filosofía sostengo tal posición”, es decir, la gente afirma que tiene una filosofía propia. Pero, ¿qué se quiere decir cuando se afirma que se posee una filosofía propia? Si radicalmente cada persona poseyera una filosofía propia, producto de intelecto, de su reflexión, entendiendo por ésta como una posición diferente ante la vida que le hace actuar en consecuencia, sin lugar a dudas sería imposible cualquier intento de diálogo, de compartir experiencias, de convivencia. Si todos los humanos tuviéramos que elaborar una filosofía propia nos encontraríamos ante una tarea por demás imposible de sistematizar. Cuando se afirma que se tiene una filosofía propia en la práctica se está reconociendo que es importante tener unos fundamentos, principios básicos que armonicen y organicen la propia visión del mundo, ideas que sustenten el orden que queremos que exista. Se reconoce, por tanto, que se tiene aversión a un mundo que carezca de comprensión, de lógica, en donde las ideas y la conducta humana no tuvieran consistencia.
     Quien enfatiza una posición filosófica desea que se tome en cuenta tanto su capacidad de pensar, como su capacidad de organizar al mundo que le rodea, etc. Pero ¿a qué tipo de filosofía se está haciendo referencia? A todas y ninguna. La gente reconoce que tiene una cosmovisión que ha asumido, que le sirve de guía y ésta es adquirida por experiencia cultural, no porque se haya leído en los libros o se haya estudiado formalmente en un centro educativo. Esto es posible mediante el fenómeno conocido como endoculturación, aportación valiosa de los antropólogos culturales, que explica que la gente adquiere normas morales, políticas, religiosas, familiares, formas de apreciar y vivir la realidad, evaluar los acontecimientos, de apreciar lo que es bello, o rechazar lo que es feo, en definitiva, la construcción de aquello tan apreciado por los humanos que denominamos como verdad, etc. Ideas todas provenientes del entorno que son introducidas en la persona, en la intimidad de su conciencia, y ésta las adopta reconociéndolas como propias, como si él las hubiera gestado, elaborado y procesado.
     Pese a esta situación, si el entorno es suficientemente flexible como para la libre circulación de ideas, propiciando la aceptación de nuevas posibilidades el pensamiento se podrá enriquecer, pero si, por el contrario, el entorno es estático, poco dado a las innovaciones, a preferir el saber aceptado, “propio”, a cualquier otra posibilidad, puede convertirse en un dogmático del pensamiento, del decir y hacer. Con la posición adquirida se quiere hacer frente a los múltiples retos que presenta la vida cotidiana, retos que pueden ser problemas o conflictos. En sociedades o “mundo” estáticos quizá con esa posición fuera suficiente, pero en sociedades abiertas, plurales e incluyentes, como son o deberían ser las contemporáneas, no basta con parapetarse en una posición monolítica y cerrada.
     La filosofía vivida, asumida, en las condiciones citadas, adopta de las diferentes posiciones filosóficas algunos elementos sueltos que han permeado la cultura, siendo desde este origen un collage de ideas que conviven sin descubrir las antinomias o inconsistencias que esto lleva en sí. En otros términos, se adoptan posiciones filosóficas necesariamente eclécticas. Así, se hace convivir principios existencialistas con principios funcionalistas, el idealismo con el materialismo, según fuere necesario y conveniente. En la práctica se puede ser marxista, estructuralista, vitalista, idealista, e incluso, cínico sin saberlo. La jerga filosófica, y cualquier jerga disciplinar, se introduce en el diario vivir y es adoptado como uso corriente, tenga o no que ver con lo que los filósofos que la crearon quisieron decir. Cuando se dice cotidianamente tómalo con filosofía se está haciendo referencia sin saberlo a la filosofía estoica que promovía la aceptación de las cosas con la más digna de las resignaciones. La filosofía, pese a lo que se pudiera pensar no está recluida en claustros en donde gente de aspecto raro y distante habla con palabras ininteligibles solo para iniciados. Las ideas que la filosofía occidental ha creado a través de los siglos han encontrado la manera de subsistir filtrado a través de los poros de la cultura, haciéndose presente en el diario vivir. Interesante sería que la gente fuera capaz de identificar el origen de las ideas con las cuales se identifica para poder asumir posiciones más lúcidas y consistentes. El filósofo canadiense Lou Marinoff en su muy conocido libro “Más Platón y menos Prozac” ha reconocido las bondades de la filosofía clásica en la vida cotidiana, recomendando su conocimiento y aplicación como medio para resolver y afrontar los problemas y conflictos de la vida cotidiana. Siendo así la filosofía una efectiva fuente terapéutica en tiempos de confusión, como son los presentes, en los que es un imperativo contar con “nuevos” recursos o medios para acercarnos y comprender los dilemas con los que la vida cotidiana nos interpela.