Mostrando las entradas con la etiqueta Mauricio López Figueroa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mauricio López Figueroa. Mostrar todas las entradas

jueves, noviembre 06, 2014

Saber escuchar

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado en E-Consulta el 30 de octubre de 2014

Todo mundo entiende, o eso es lo que se dice, la importancia de saber escuchar y de ser escuchado. Parece obvio señalar los beneficios y las implicaciones profundas que conlleva en el desarrollo humano y en el desarrollo social, no obstante vale considerarlas.

En el nivel individual tal vez el aspecto más importante de escuchar al otro sea que nos permite descentrarnos, reconocer que ante la realidad y sus condiciones existe diversidad de perspectivas con una validez inherente, pues cada persona experimenta y crea su realidad (sus valores, sus referentes, sus significados) sobre la que actúa y se construye. Escuchar a los demás nos permite reconocer nuestra propia forma de construir nuestro mundo, identificar bajo cuáles premisas lo hacemos y valorar si son adecuadas o requieren ser modificadas. Escuchar es una forma de verse al espejo.

Asimismo, escuchar al otro es la forma más básica de solidaridad y la base de la solidaridad es la compasión: nuestro fundamento más profundo, la base inherente de nuestra humanidad compartida. La humanidad es una realidad de contrastes, pues no se caracteriza por seamos buenos o malos, sino porque su dinamismo nos lleva a encarnar sus límites más sublimes y más oscuros, y esta dualidad es la que nos permite elegir el mejor camino, pero si bien el camino es individual, nunca es en soledad. Escucharnos compasivamente nos permite identificar las relevancias, los contrastes y los accidentes de nuestra geografía personal, así como valorar y apreciar el camino en lo que éste se termina 

En el nivel social, el saber escuchar no es solo una necesidad sino un imperativo. Ha tomado muchos siglos de historia conflictiva, dialéctica, cíclica, dolorosa, comprender y arribar con tropiezos a sistemas de organización que nos permitan poner más y mejores condiciones para realmente, humanamente, convivir haciendo real ciertos valores como el respeto, el reconocimiento mutuo y el trabajo por el bien común. Nuestros sistemas sociales no son, ni podrán serlo nunca, perfectos, justamente por el carácter ambivalente de nuestra humanidad, no obstante, estamos dotados de recursos para ajustarlos, construirlos y reconstruirlos.

En esta reflexión se parte de la premisa de que para que la sociedad sea capaz de enfrentar adecuada y realistamente sus problemas y pueda dar salida con viabilidad a los retos históricos más urgentes, es necesario e inaplazable trabajar y educarnos personalmente para construir una vida interior saludable, porque un ámbito interior personal es la base de todo cambio social, en alguno punto desvinculamos y fragmentamos esas realidades, no obstante, es hora de volver a lo esencial.

¿Cuál es la condición para escuchar al otro? Hacer silencio. Pero hacer silencio no ser refiere a no hablar, a mantener la boca cerrada mientras el otro habla; hacer silencio tiene la condición de estar plenamente presente al otro, estar de una pieza y ser todo-sentidos para nuestro interlocutor; poner toda, toda nuestra atención primeramente a la persona de enfrente más que a lo que está diciendo. Esto no quiere decir que ignoremos, que no presentemos atención al mensaje, o que no respondamos inteligentemente a él, sino que la atención está puesta a la totalidad dinámica y en flujo de quien demanda, por un momento, nuestra atención, nuestros oídos.

Hacer silencio. Ése es el verdadero desafío de quien escucha. Hacer silencio se refiere a mantener nuestros pensamientos a raya, a no permitir de entrada que todo el proceso de interpretación y proyección personal toda esa verborrea mental que se expresa invariablemente en juicios y valoraciones producto de nuestras expectativas e ideas fijas de lo que debe-ser o de lo que "nos gustaría" que fuera, nos pre-dispongan y se viertan sobre nuestro interlocutor; implica sin duda una confianza básica sobre la complejidad y empuje del dinamismo humano. Y cuando somos capaces de hacer silencio interior y no proyectar nuestras ideas y condicionamientos, así como tampoco identificarnos con las ideas y condicionamientos del otro, la comunicación suele ser fluida y liberadora, especialmente compasiva, inteligente y productiva.

Frecuentemente cuando un buen amigo, la pareja o un colega nos escuchan auténticamente lo que agradecemos no son los consejos o recomendaciones que pueda hacernos sino que justamente no intenta corregirnos u orientarnos, se percibe una apertura incondicional que anima y que en el simple acto de escucha nos sirve como un espejo terapéutico que refleja nuestras inquietudes. Puede que intervenga para ayudarnos a aclarar, formular y confrontar, pero no como una reacción intelectual sino como el resultado de quien intenta entender sin interpretar el lugar desde el que estamos e intenta, con sus recursos, favorecer que seamos nosotros quienes encontremos una salida. Ésa es la razón por la que las personas con esta habilidad son tan invaluables y le hacen un gran servicio a quienes les rodean: maestros, padres y madres, terapeutas, etc.

Lo humano es un cofre de paradojas: somos fuente de paz, de alegría, de justicia y solidaridad, pero la llave de este cofre la posee el otro. La paz que tan urgentemente necesitamos y que buscamos en todos lados radica en nuestra capacidad de hacer silencio interior; radica en nuestra capacidad de vaciar y aquietar nuestra mente mientras nos relacionamos, en el aquí y ahora, con el otro de una manera compasiva y sosegada.

viernes, marzo 08, 2013

Solo se vive una vez


Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: Síntesis Puebla, 26 de diciembre de 2012

     Muchas veces he escuchado la afirmación de "sólo se vive una vez", con semejante idea se pretende animar a no tener miedo de lo que pueda suceder en el futuro, a hacer planes y "vivir la vida al máximo". Esencialmente estoy de acuerdo, creo que es fundamental aprender a disfrutar la vida y que ésa es la finalidad de todo, no obstante quiero advertir que en estas afirmaciones, muy recurridas por la publicidad y los medios de comunicación, puede haber un engaño que, lejos de movernos a disfrutar la vida, nos aleje de ella.
     El problema de estas ideas es que implican que para poder vivir felizmente o "plenamente" uno debe poder hacer muchas cosas, moverse con libertad e independencia; y para lograr lo anterior es fundamental tener objetos que hagan más divertido el viaje, más "placentero". La afirmación "solo se vive una vez" es tramposa, porque implica la irrefutable verdad de la muerte, implica que la vida se acaba en cualquier momento y, aunque eso es cierto e inminente, puede entrañar una trampa para justificar acciones sin sentido, por lo general ligadas al consumismo, para "aprovechar" el tiempo antes de que éste se acabe. Se podrá imaginar el lector que vivir bajo esta premisa contiene la semilla de la frustración permanente, pues es claro que todos queremos hacer muchas cosas y tener otras tantas, nos movemos en el mundo del deseo y en ése siempre, SIEMPRE, va a existir infelicidad y fracaso, por muchas cosas que se tengan u otras que se hagan simplemente porque el deseo no tiene fin y el engaño de "sólo una vida" presiona...
     El reto fundamental consiste en cambiar la idea de lo que es vivir. Vivir no es esperar, es estar, ¿dónde? Aquí y ahora. No hay más vida, nunca la hubo; toda experiencia y toda posibilidad solo se da en el momento presente; gozar, sufrir, aprender, jugar, amar, incluso tener y hacer sucede en este momento.
     Vivir es estar aquí, ser ahora, y ésta es una afirmación radical y escandalosa sobre todo porque se nos ha enseñado todo el tiempo y desde todas partes que la vida es solo lo que haces y lo que tienes.
     "Sólo se vive una vez" es mentira, se vive todos los días; vivir a plenitud es, eso sí, una elección que hacemos a cada momento, donde estemos y como estemos. Y es cierto: habrá momentos, presentes, que no nos gusten, que no sean agradables y que nos veamos con la dificultad de calificarlos como "vida", pero lo son, vivir incluye esos momentos que no nos gustan, de hecho, ellos son realmente la oportunidad de vivir a plenitud, no por lo que nos pasa o por las supuestas carencias, sino porque nos ponen en la extraordinaria posición de escoger como queremos estar.

martes, febrero 07, 2012

Cambiar cuando todo cambia


Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: en Lado , 31 de enero de 2012 

     Cuando miro la vida alrededor, la forma en como las personas hemos aprendido a construir nuestra existencia, reconozco la presencia de un principio vital que inconscientemente nos hace asumir la vida como una constante, como un plano sobre el cual se debe “rodar” en una sola dirección: hacia adelante; como un carril sobre el que debemos conducir todos en fila para que en el momento oportuno, nos integremos a la súper autopista que nos llevará a cada uno y a toda velocidad a la felicidad o a la prosperidad ansiada, una felicidad prometida por una sociedad que se organiza a sí misma para que “todos” lleguen alguna vez.
     Por distintos medios y de distintas formas hemos aprendido que el camino a la plenitud está trazado y lo que se debe hacer es simplemente “dejar que suceda”. En este sentido, parece que la experiencia del presente, del estar ahora, se caracteriza por estar haciendo simplemente lo que toca, lo que se espera; jugar los papeles que corresponden, si somos hombres o mujeres o estudiantes o padres de familia o empleados, etc. pareciera que simplemente que debemos cumplir con lo que durante años de introyección social nos señalaron para que todo funcionara.
     La escuela es un ejemplo de todo esto. El punto de partida de la educación escolar está referido a lo que socialmente se debe saber y se debe ser (hombre y mujeres “de bien”, ciudadanos “responsables”, personas productivas, cultos, etc.), la escuela no tiene como fundamento provocar en los estudiantes, desde niños, la reflexión, la toma de conciencia y la provocación vital para que planteen un proyecto de vida que parta del reconocimiento de si mismo y de la apreciación de la dinámica y complejidad de lo social. Vamos, la escuela no parte de la realidad del proceso de evolución humana llamada cambio.
     La vida es cambio, es un proceso ciertamente dialéctico, complejo y en desarrollo, pero siempre en evolución. Y no puede ser de otra manera porque la vida no se orienta a su disolución o destrucción, sino al equilibrio y la mejora. Este proceso vital nos mete frecuentemente en problemas, ¿por qué? Porque lo resistimos, lo contenemos, lo negamos; por nuestras enseñanzas, nuestra perspectiva limitada, nuestro miedo y nuestro apego a la seguridad. ¿Cómo puede la vida abrirnos a posibilidades si nuestra educación y nuestra cultura nos condicionan poderosamente a la estabilidad, a la uniformidad y a la mediocridad?
     Hoy más que nunca parece evidente que el cambio se impone como perspectiva, y ésta lo primero a lo que nos desafía es a cuestionar y estar abiertos a disolver nuestras ideas y creencias de “lo que debe ser” en cualquier ámbito de la vida: la familia, el desarrollo personal, el amor, la sexualidad, la pareja; la justicia, la política, la economía; la moral, la religión, la espiritualidad; la historia, el futuro… No se trata de cumplir y de aparentar, sino de ser.
     ¿Por qué nos cuesta abrirnos y aceptar el cambio como el pulso de la vida, tanto en lo individual como en lo colectivo? ¿Por qué nos resistimos tanto? Para muchos psicólogos y maestros espirituales la respuesta está en el ego: la imagen e identidad construida con las ideas y experiencias del pasado que nos dice quiénes somos y, por ende, cómo debemos ser. No se va a realizar aquí un tratado sobre semejante concepto, muy estudiado desde la Psicología de distintas corrientes, el cual es complejo tanto en su génesis como en su dinámica, podemos afirmar sin embargo que en lo general hay un consenso sobre su naturaleza: una identidad que funciona como referencia para estar, experimentar y actuar en el mundo.
     La pertinencia de este concepto en nuestra reflexión sobre el cambio radica en que es nuestra primera fuente de resistencia. Frente a los procesos y situaciones de la vida nuestra primera fuente de datos para juzgar y generar una postura viene de esta mente egóica, pero esta mente se ha constituido a sí misma con datos del pasado: experiencias y aprendizajes que en su momento fueron juzgados e integrados a nuestra estructura moral que subyace a nuestra perspectiva de vida y que es inconsciente. Cuando enfrentamos nuevos retos o situaciones de cambio en cualquier aspecto de nuestra vida que no coinciden con nuestros esquemas solemos criticarlos o desecharlos, pero a veces resulta que lo anterior no es posible, porque existen cambios que se imponen a sí mismo cuando la vida encuentra desequilibrios muy agudos. Dos ejemplos: en el nivel global es evidente la inviabilidad de nuestro modelo de desarrollo, el cual tiene décadas mostrando signos de desequilibrio que se están volviendo insoslayables e insostenibles; otro ejemplo es una relación de pareja tramada por la posesión y el dominio porque la mujer “debe” someterse al marido, relación que cuestionado profundamente la noción de pareja y matrimonio, y su viabilidad en la sociedad actual.
Vivir desde el pasado provoca que en el presente se re-actúe ese pasado, reaccionemos; estar en el presente en una actitud abierta, inteligente y crítica frente a nuestras ideas y creencias profundas provoca que en el presente se re-cree el futuro, actuemos. La invitación entonces es asumir el cambio individual y colectivo sin miedo, de manera que la vida sea nuestra creación más elevada. Cambiar cuando todo cambia.


lunes, octubre 24, 2011

¿Reprivatización de la violencia? Hacia una sociedad integrada


Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: La Primera de Puebla, 19 de octubre de 2011

     En los últimos tiempos, y dados los terribles acontecimientos de violencia de los que somos testigos, se ha dado por cuestionar si el Estado ha fallado en su misión de proteger a la ciudadanía. En las sociedades democráticas modernas, el Estado tiene la responsabilidad de ejercer la violencia solo cuando es necesaria, es decir, solo cuando la dinámica social, el orden o la seguridad nacional se ven comprometidos. No obstante, en la situación actual parece que lo que emerge es lo que Ernesto López Portillo llama la reprivatización de la violencia.
     Me gustaría hacer algunas reflexiones, como ciudadano y educador, sobre al menos dos aspectos de este fenómeno: la imposibilidad aparente del Estado para frenar la violencia sistemática y la respuesta de una sociedad frente a este problema.
Para la mayoría de las personas con un nivel suficiente de información es claro que la existencia del crimen organizado y su prevalencia en la estructura política de nuestro país no es nueva. Los crímenes políticos y los actos de corrupción de la década de los 90 anunciaban la clara emergencia de este problema en un nivel estructural fuerte. En la última década, y a partir de la estrategia gubernamental, ha quedado claro el poder y la capacidad de respuesta y organización que lo cárteles tienen en el territorio nacional, evidentemente esta capacidad y organización no es nueva, pues queda claro que muchos de estos grupos gozan de un arraigo en distintas poblaciones y zonas geográficas porque han aprovechado las carencias de la gente y la indolencia gubernamental frente a sus necesidades.
Lo siguiente es la estructura de seguridad. Para nadie es nuevo que las estructuras policiacas además de insuficientes, poco capacitadas y muy mal pagadas, están penetradas por el crimen organizado desde hace mucho tiempo. Virtualmente, no hay estructura de seguridad, ya sea por la ineficacia, ineptitud y poca preparación de los cuerpos policíacos como por sus altísimos niveles de corrupción. Esto es lamentable, pues mientras en otros países la policía corresponde a un servidor público respetable y con un reconocimiento social, en nuestro país la sociedad no los toma en serio como autoridad social y la mayoría de las veces se les tienen más miedo que a los propios criminales.
Existe la percepción de que el gobierno ha sido superado, pues se espera una respuesta eficaz por parte del gobierno federal, no así de los estados. El punto crítico se encuentra en que el gobierno federal jamás podrá resolver este problema de la reprivatización de la violencia simplemente porque no tiene la capacidad y porque, considerando nuestra organización nacional federada, es una responsabilidad compartida con los estados. Hoy se requiere, para avanzar en la construcción de condiciones de seguridad, acuerdos y estrategias comunes, lo que contrasta con un poder legislativo que se caracteriza por la inmovilidad o lentitud en la construcción de consensos relevantes.
Ernesto López Portillo señala que la reprivatización de la violencia no es un problema de la delincuencia organizada, sino de “un fenómeno mucho más profundo, estructural, social, institucional”[1]. La violencia hoy “tiene permiso”, porque las instancias encargadas de regularla en muchas partes del país están ausentes o muestran una rampante incompetencia. El efecto entonces es que la sociedad civil sucumbe al miedo, abandona los espacios, multiplica las psicosis, pierde la confianza, incorpora el temor a sus estilos de vida, a su cotidianidad. La gente ejerce menos sus libertades por temor, y ese temor está ejerciendo una presión inmensa sobre los actores políticos, los cuales ven mermada su capacidad de orientar al país por un camino franco de desarrollo y para imponer orden.
El problema de la reprivatización de la violencia es complejo y no de fácil e inmediata solución, no depende del gobierno en turno solamente y más bien es manifestación de una descomposición histórica muy relacionada con la pobreza y la inequidad estructural. Mantener a las fuerzas armadas en la calle es siempre una medida indeseable, y si no hay alternativa debe ser una medida provisional.
Mi opinión como educador y profesionista es que hoy más que nunca, más allá de cualquier dogma, es imprescindible renovar nuestras conciencias y asumir y encarnar los valores más elevados; no se trata de retórica, se trata, en mi opinión, de leer en la realidad dolorosa que enfrentamos una señal, una llamada de atención que nuestro pueblo puede y debe aprovechar. Es importante que entendamos esta verdad con todas sus letras: nuestra cultura y nuestra sociedad está enferma de corrupción e indiferencia, y estas condiciones son el medio, el agar, en el que la situación de violencia también se alimenta. Si verdaderamente nos preocupa la violencia el paso, la contribución, que como ciudadanos nos toca dar es dejar atrás la indolencia, la insensibilidad y la indiferencia.
Se aproximan tiempos complicados: el próximo año son elecciones federales y “las piezas del tablero se han comenzado a desplazar” en el juego del poder. ¿Cuál será nuestro papel? ¿Contemplar pasivamente cómo el miedo se instaura de nuevo en nuestras estructuras y en nuestras conciencias? ¿O hacer un frente común desde lo que nos une, no desde lo que creemos que nos separa, para demandar lo que merecemos todos? Todos.

martes, septiembre 06, 2011

La educación en tiempos de crisis, hacia una oportunidad .

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado:  e -consulta, 29 de agosto de 2011

     Para nadie es noticia ni sorpresa que nuestra época actual se caracteriza por la incertidumbre y la inseguridad (en todo sentido). La educación que impartimos en nuestros sistemas se encuentra profundamente desafiada por un presente que para muchos es el signo claro del fin de una época y la emergencia de otra, la manifestación de un paradigma que concluye y la inauguración de otro referente que orientará la construcción de una nueva y mejor realidad. Para otros los augurios no son tan optimistas, hay quienes afirman la inminencia de una catástrofe sin precedentes en la historia. En cualquier caso, lo que es claro para todos es que nos encontramos indiscutiblemente transitando una crisis.
     Siempre la educación ha reconocido como propio un cierto estado de crisis, de hecho podríamos decir que la educación es tal porque nuestro proceso formativo supone el constante cuestionamiento de nuestras estructuras. Existe también un doble motivo para entender la crisis como parte de la educación: en primer lugar porque es una actividad que pone en juego directamente la interioridad de las personas, y en segundo lugar porque tal actividad supone inevitablemente un determinado nivel de frustración, tanto en el educador que nunca ve el fruto final de su esfuerzo como del educando que debe aprender a salir del mundo del deseo, para adentrarse en el mundo de la realidad, aprendizaje que no se hace sin su cuota de esfuerzo.
Pero cuando hoy decidimos que la educación está en crisis, no estamos hablando de ese tipo de crisis. Hoy hablamos de una crisis más profunda y más grave: del riesgo de que la educación sea incapaz de cumplir con su cometido y sufra o sucumba a un enorme vacío entre sus criterios y sus recursos.
El destino sin embargo no está sellado ni determinado, las crisis son lo que decidamos que sean: si elegimos condenación que así sea, dejemos solamente que ese negro futuro imaginado y proyectado en nuestra mente suceda sin más; pero si elegimos oportunidad entonces aprendamos a ver el presente de otra manera, recuperemos nuestros referentes más profundos y significativos y reinventemos.
Desde esta última perspectiva, la crisis es entonces transición, desplazamiento de una idea referente a otra. En el caso de la educación, la realidad y los contextos nos apremian porque enfrentamos nuevos y profundos desafíos que exigen una ciudadanía distinta y renovada, que implique una nueva manera de entendernos e involucrarnos, por lo tanto, transitamos a una educación que promueva, por un lado,  en los recintos escolares una manera diferente de construir y articular el conocimiento, el cual estará realmente vinculado con la realidad; y, por otro, una educación que resalte la responsabilidad individual en la construcción del tejido social, que resalte la acción pertinente y transformadora de todos.
Ciertamente entender la educación de esta manera es un desafío porque implica asumir la propia transformación como educadores y como ciudadanos, implica entre otras cosas que renovemos nuestra visión de la realidad a partir de una nueva comprensión del sentido de los saberes escolares. ¿Para qué son los saberes escolares? ¿Para padecerlos y tramitarlos, intercambiarlos, por un 10? ¿O para articularlos significativamente y reconstruir una perspectiva compleja y maravillada del mundo? ¿Cómo construir esperanza y posibilidad para nuestras sociedades tan golpeadas por la violencia y la indiferencia, si la experiencia escolar no se constituye en la columna vertebral del espíritu humano? Una experiencia que alimenta la capacidad para maravillarse de un mundo siempre sorprendente; una experiencia que nos revele a cada uno nuestra diferencia y nuestra singularidad, así como la importancia y la profunda riqueza de la convivencia; saberes escolares que en su reconstrucción, revelen un mundo que nos puede unir si lo decidimos y que nos puede transformar si lo imaginamos. Es imperativo que en nuestra actual crisis y transición los saberes escolares nos ayuden a entendernos como ciudadanos transformadores que pueden multiplicar el contenido y la acción educativa; es necesario que la educación se concrete en una práctica que sitúe a la todas las personas en el mapa de sus propias decisiones.
La educación en tiempo de crisis es oportunidad de volver al corazón de nuestras intenciones más elevadas, tanto en lo personal como en lo social. De verdad que lo único que no nos podemos permitir es dejar de afirmar y declarar la esperanza renovada en el espíritu humano.



martes, mayo 31, 2011

Entre amar y elegir no hay distancia

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: Puebla on Line, 24 de mayo de 2011

     Amar al que no conozco, amar al que no ha nacido, amar al que me cae mal. Pero sobre todo, amar lo que soy, sin condiciones.
     Todos los grandes místicos de las culturas han afirmado que la tendencia natural de los seres humanos es el amor. Pero, ¿qué es el amor?. Nuestra cultura occidental suele reducirlo a su mínima expresión: sentir. La gente suele afirmar que "ama" a alguien cuando es capaz de registrar un sentimiento hacia la otra persona, cuando siente que la quiere. Pero el sentimiento es esencialmente egoísta, está referido a la persona que lo experimenta y eso está bien, juzgar de "egoísta" al sentimiento no es juzgarlo negativamente pues esa es su función: la autoafirmación.
     Aunque amar implica indiscutiblemente los sentimientos, supone un movimiento diferente. Todos los seres humanos frente a otras personas (y todas las cosas) experimentamos sentimientos diversos, todos ellos referidos en última instancia al placer o al dolor. Si algo o alguien no nos gusta por las razones que sean, terminamos juzgándolo como algo "malo", "inconveniente" o de alguna forma "negativo", en función de placer individual y lo rechazamos; si algo nos gusta lo aceptamos y hasta lo "queremos", aunque no tengamos claro si nos construye.
     Tal vez por eso es tan increíble el amor en nuestras sociedades contemporáneas, porque en el imaginario colectivo amar está referido a sentir y los sentimientos están referidos solamente a uno mismo. Cuando suelo preguntar a mis alumnos o a otras personas si aman a su madre o a sus novios o novias, la respuesta es contundente y para muchos hasta obvia o estúpida: sí; pero cuando pregunto si es posible amar a alguien que no conozcan o alguien que les cae mal, la respuesta es negativa.
     Nuestra cultura occidental heredó de la visión judeo-cristiana la idea del amor sacrificado, el cual implica la autonegación y el sacrificio. En la práctica, esto significa que "debemos" amar al que nos hace mal y perdonarlo porque Dios así lo manda y porque semejante acto de piedad tendrá un gran mérito en una vida futura. Este razonamiento llevó en el pasado a horribles injusticias. Pero una reflexión más profunda sobre el amor supone tomar distancia de este planteamiento y ubicarse en una posición más humana, una posición que reconoce la complejidad del drama humano y que pone como centro al sujeto, su experiencia y, sobre todo, su trascendencia. Amar, como dice Erich Fromm, es la respuesta al problema existencial del ser humano porque no supone la dimensión puramente afectiva, por lo menos no en principio; amar implica sobre todo y ante todo una decisión, implica ser progresiva y auténticamente libre, pues amar no consiste en solo sentir, sino en decidir qué es lo que se hace con lo que se siente.
     Cuando abordo este tema con mis alumnos, tanto jóvenes como adultos, suelo preguntarles cuál les parece que es el verbo más elemental, la acción más básica, que mostraría el amor hacia una persona desconocida o incluso una persona desagradable, casi invariablemente me responden que el verbo "dar", verbo que en general está relacionado con una concesión, "¿qué le pueden dar como mínimo a una persona que te cae mal o que no conoces?" Las respuestas son casi unánimes: "tolerancia, respeto, reconocimiento", expresiones todas estas producto de una lógica natural frente a otro que es real, no obstante, las reflexiones anteriores los llevan a reconocer que ser tolerante y respetuoso, como actitud mínima, supone en una toma de postura, una decisión, y en ese ejemplo esencial lo que se quiere poner en evidencia es que amar no es solamente sentir, sino decidir ante lo que se siente. Y uno siempre puede elegir más.
     Amar supone ante todo un acto de autotrascendencia. Supone ubicarse con conciencia ante lo que se siente y decidir, pues una persona puede experimentar aversión a otra y si no atiende a ello terminará actuando contra la persona que le provoca ese sentimiento; amar implica ser consciente y elegir si lo que nos mueve en primera instancia nos construye, si proyecta lo mejor de nosotros, si el sentimiento más espontáneo refleja lo que queremos para nosotros mismos. Cuando uno ama se elige.
     Conducirnos por nuestros sentimientos primarios puede cerrarnos en nuestro propio egoísmo, lo que eventualmente no nos permitirá avanzar en un camino de superación y autoafirmación profunda. Lo anterior no quiere decir negar lo que sentimos, sino reconocerlo, respetarlo e integrarlo; en este sentido, amar no significa aceptarlo todo, humillarse o sucumbir a los caprichos de los demás, pues amar supone siempre estar en la verdad, la cual emerge de la capacidad de tomar distancia de un determinado hecho y de nuestra reacción primera y desplegar nuestras mejores capacidades en función de esa verdad.
     ¿Por qué el amor es trascendencia? Suelo poner dos ejemplos, el primero: cuando estoy en presencia de mi pequeño hijo caigo en la cuenta de que soy una persona tolerante, confiada, segura y hasta tierna, mi hijo no se da cuenta de ello, y no tiene por qué, pero yo soy consciente de que esa experiencia personal me agrada y me hace sentir y actuar mejor; me agrada esa versión de mi mismo que se expresa en una actuación esperanzada y juguetona, tolerante y auto controlada frente a otros afectos o sentimientos no tan agradables que también experimento en la convivencia cotidiana con ese pequeño, la elección es mía...
     Este ejemplo es aparentemente sencillo porque se trata de mi hijo. El otro ejemplo tiene que ver con mis alumnos: el lazo afectivo es diverso, no es tan claro como en el primer caso; hay un recelo de origen, se enfrentan distintas formas de ser y de actuar frente a los retos del conocimiento, la automotivación y la disciplina, en este sentido muchos alumnos hasta se sienten amenazados; la autoridad por la autoridad misma no es suficiente para un conjunto de estudiante que suelen mirar con recelo al docente que exige y demanda. La reacción docente que podría explicarse como natural es la confrontación, establecer una la relación amenazante y restrictiva siempre es una opción, pero si la docencia se entiende como un acto amoroso enseñar supondrá reconocer los sentimientos personales ante los estudiantes y elegir qué hacer: resistir o desafiarse. En el segundo caso, un docente indagará qué estrategias, recursos y acciones le permiten manifestar sus potencialidades en función de lo que reconozca como más valioso. La prueba indiscutible del amor es que se manifiesta en una mejor versión de lo que cada quien es y puede ser en una determinada circunstancia, se manifiesta en una expresión de lo que realmente somos. Esa es la autotrascendencia.
     La autotrascendencia, entonces, proviene de la elección que se hace cuando, frente a un sentimiento egoísta, elegimos lo que consideramos más valioso y más promotor de nuestra propia individualidad. Insisto: no utilizo la palabra egoísmo como algo negativo, la naturaleza de los sentimientos no es buena o mala, nuestros sentimientos están referidos a nosotros mismos, a lo que nos hace sentir bien, a lo que nos da placer, pero no todo sentimiento nos promueve fundamentalmente. Amar auténticamente a los demás, amor que supone un amor fundamental a nosotros mismos, exige considerar lo que sentimos y pensamos en una determinada circunstancia y elegir si a lo que nos mueve representa lo que verdaderamente queremos de nosotros mismos. Esto tiene una especial importancia cuando hablamos de la educación, porque tanto en la casa como en la escuela es fundamental educar a nuestros niños y jóvenes a conocerse, a afirmarse, a formular y elegir una versión cada vez mejor de sí mismos en sus contextos; es difícil el amor y la transformación de nuestro entorno si nuestras generaciones no aprenden a ser libres.
     De manera que no se trata de negar lo que somos y sentimos, sino de transcenderlo si ello nos lleva a una versión superior de lo que somos.
     Amar es elegir, es elegirse. Y esta afirmación es en sí misma subversiva porque no hay una manera única de amar y porque ser libre supone superar los límites de la obediencia y del deber-ser para atender a la propia conciencia promovida en los contextos en los que cada quien se mueve. Amar es complejo e inquietante porque puede conducir por sendas insospechadas: declarar un amor o definir una orientación individual fundamental, reprobar un alumno o hacer lo imposible para que siga su camino, desafiar lo establecido y lo esperado o entregarse a una empresa luminosa, tomar un fusil o quebrantar un ley, dedicar la vida entera a lo que el mundo puede juzgar de inútil o cultivar un árbol; contemplar, orar, sonreír, rechazar, negar, desplazar, precipitar. Emerger.
     Amar es ciertamente un misterio porque nunca es claro cuál es el derrotero en el que nos encontraremos y desde el cual construiremos nuestra humanidad compartida. Y así como Edgar Morin afirma la importancia de educar en la incertidumbre, en la conciencia, en la complejidad y en la condición humana, es urgente promover desde nuestros hogares y centros escolares una educación que tenga como referente fundamental el propio reconocimiento, la propia apreciación y la elección esperanzada en un mundo en el que, de hecho, el amor está operando todo el tiempo, en toda las personas, en todo escenario, hasta en los más imposibles; opera porque todos, TODOS, estamos eligiendo. El amor opera todo el tiempo, no lo sabemos porque no es noticia, no sale en la tele...
     Sí, la tendencia humana es el amor. Y lo es porque quien cuestione los límites que su cultura le ha impuesto, quién tenga el valor de cuestionar el origen de sus pensamientos más fundamentales y se arriesgue a vivir conforme a su conciencia, invariablemente encontrará un halo de esperanza sobre lo que es y puede ser. Porque el efecto del amor no es "abrazar a todos y querer dar limosnas", el efecto más fundamental se encuentra en una mirada, en una cosmovisión, en una perspectiva renovada y comprehensiva que se abre al valor de la incertidumbre, que reconoce el conflicto como posibilidad, no como amenaza, y que mantiene un corazón abierto a sentir y crear el mundo que desea. Así pues, amar supone sentir, pero sobre todo elegir.

lunes, diciembre 06, 2010

La reproducción social

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: Puebla on Line,30 de noviembre de 2010

     La información disponible permite afirmar lo siguiente: la desigualdad socioeconómica en nuestro país y el desajuste estructural, que no terminamos de arreglar y que ha caracterizado el desarrollo de las últimas dos décadas, limita y constriñe las oportunidades de acceso al sistema educativo, así como de empleo y salarios dignos para muchos mexicanos.
     Existen además nuevos desafíos en el ámbito laboral a los que la educación no está respondiendo y esa carencia ahonda aún más la posibilidad de incorporación de muchos y muchas jóvenes al mercado laboral agudizando las diferencias. En ese contexto casi la mitad de los más de 30 millones de jóvenes de 12 a 19 años construyen su porvenir en situación de pobreza, situación que deriva en un alto nivel de deserción escolar.
Pero el problema de la desigualdad económica no impacta de igual manera a los jóvenes que a las jóvenes. La explicación generalizada del nivel de escolarización y deserción suele ser de carácter económico, los datos del deterioro de la economía desde la década de los 80’s muestran que más jóvenes, principalmente ellas, se han visto en la necesidad de abandonar la escuela para ingresar al ámbito laboral y contribuir a la economía familiar. No obstante, es importante reconocer que las razones de la deserción de las niñas y las jóvenes tienen que ver con otros aspectos educativos y de carácter histórico y cultural.
     En efecto, los factores socioeconómicos ciertamente son determinantes para entender la deserción escolar de muchos y sobre todo muchas jóvenes, principalmente del ámbito rural y suburbano. Sin embargo, es fundamental entender que esta situación no explica, por sí sola, el problema de la deserción y de la falta de equidad de género en las oportunidades educativas y posteriormente de inserción al mundo laboral.
     Existe un fenómeno de reproducción social basado en el “destino natural” de las mujeres determinado por su función reproductiva que también condiciona la manera en como se insertan a la educación, a la vida doméstica y al mercado laboral. Lo anterior se sustenta en una representación social que concibe el cuerpo femenino destinado o determinado únicamente por su biología. Y aunque esta concepción se ha ido relativizando en ámbitos económicos medios y medios altos, sigue determinando los ámbitos más desfavorecidos, los cuales corresponden a la mayoría de la población.
     Aunque el problema es complejo y, como se mencionó antes, es determinado en gran medida por el problema económico, es pertinente preguntarse de qué manera la escuela está contribuyendo a una educación que realmente favorezca la equidad de género en la medida en que educa no para la reproducción del destino social de la mujer, no para agudizar las diferencias funcionales y tradicionales de cada sexo, sino para dinamizar y promover la autonomía de la individualidad femenina que impliquen el desarrollo de destrezas, afectos y competencias personales que apuntalen una visión social compartida; de qué manera la escuela está contribuyendo a que las niñas construyan una visión de su propio futuro centrado en elecciones que son producto de procesos de valoración y de construcción de un proyecto de vida que no compite o se nutre de una supuesta rivalidad con los hombres, sino de una capacidad de diálogo.
     Los datos relacionados con el problema de la equidad de género y de la reproducción social revelan que las desigualdades educativas inician en la familia, se confirman en la escuela y se refuerzan en el mundo del trabajo. Es importante por lo tanto favorecer políticas y medidas que favorezcan en las niñas, los niños, los padres y madres de familia, así como en las autoridades educativas el reconocimiento de la importancia de que los alumnos y las alumnas sean capaces de desarrollar proyectos personales que favorezcan la inserción en la vida adulta y el enfrentamiento con autonomía del futuro.
     La problemática de la deserción escolar y su consiguiente efecto en el tejido social y la construcción nacional es compleja, no obstante, hasta para enfrentar los problemas para mejorar las condiciones de vida de todos, es necesario que hombres y mujeres se entiendan a sí mismos de una manera distinta. En este sentido, la escuela, los docentes y los padres de familia deberemos hacer una revisión de los principios y valores con los que educamos a nuestros hijos e hijas para formar en el respeto a la diferencia y principalmente en el reconocimiento, afirmación y amor al valor propio.



jueves, septiembre 23, 2010

¿Qué celebramos con el Bicentenario de la Independencia?

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: E-Consulta, 14 de septiembre de 2010


     La Nación se viste de fiesta. Hemos sido convocados a magna celebración; las calles y avenidas, las plazas y edificios, están lustrosos de nacionalismo y convertidos en espacios heroicos; se nos invita a compartir un espíritu común que nos recuerde el vínculo histórico con lo mexicano: hace doscientos años el sueño de pocos germinó en la conciencia de muchos, sueños y acciones que inauguraron la aventura de un país que, la verdad, no se termina por definir.
     ¿Cuál es el o los significado del Bicentenario? ¿Qué tiene que ver este hecho con las historias y cotidianidades de las millones de personas que nos llamamos mexicanos? ¿Qué es el Bicentenario más allá de los arrebatados discursos de los funcionarios públicos que se adoran a sí mismos y de las atiborradas agendas de los partidos políticos preocupados por perpetuar su versión de "patriotismo"? ¿Dónde quedamos nosotros, los de a pie? ¿Qué es para nosotros semejante hecho de nuestra Historia, más allá de las campañas coloridas repletas de victoriosas campanas, sombreros desparramados y estandartes de oro?
     El movimiento insurgente, como todo hecho histórico, es complejo y requiere distintas miradas (política, social, internacional, cultural, etc.) y contextualizaciones para entender la profundidad y los alcances de tal suceso, y sobre todo para formular los aprendizajes pertinentes en nuestro momento presente. Al revisar el proceso de la Independencia de México es interesante identificar un fenómeno singular que se constata en la historia de otras naciones, particularmente las oprimidas. Durante la década que duró el movimiento insurgente en nuestro país emergió gradualmente una conciencia nacional, una incipiente identidad que animó el despertar de un pueblo en su diversidad. La conciencia de esta diversidad, lejos de ser lisa y llana y de ser aceptada sin más entre criollos y mestizos (de hecho la independencia inició como un movimiento criollo que no reconocía o ignoraba las otras castas), implicó conflictos y fragmentaciones que aún hoy, en muchos lugares de nuestro país, no están resueltas. No obstante, la identidad emergente de hace doscientos años dejaba claro, tal vez por primera vez, que somos diferentes y que esa diferencia resultaba una novedad en la medida en que como pueblo se tomaba distancia de la raíz indígena y española.
     Es fundamental reconocer nuestras diferencias. La mexicanidad no puede ser entendida bajo un símbolo que uniforma las conciencias y las metas de progreso; somos diferentes y en el esfuerzo por valorar y apreciar la diversidad cada individuo estará en posibilidades de afirmarse y contribuir a un mejor país: con mayor armonía, mayor cohesión, mayor capacidad de diálogo, mayor solidaridad. Mayor orgullo.
     En este sentido, es importante subrayar que la identidad es algo mucho más dinámico y sutil, lo cual contrasta con las imágenes estáticas y nacionalistas que los gobiernos y los medios de comunicación intentan posicionar en las conciencias para uniformarlas. La identidad, lo que nos hace diferentes, tiene que ver con el modo en como conviven las distintas maneras de ser y de ver el mundo en nuestro país, por lo tanto, la diversidad supone el reconocimiento y el respeto por lo diferente, supone también la búsqueda permanente de la convivencia, la cual ciertamente no es fácil porque convivir implica siempre e invariablemente la tensión y el conflicto, no obstante el conflicto forma parte de nuestros modos de ser y la clave radica en cuál es nuestra contribución personal a su superación y cómo logramos ponernos de acuerdo. La participación social es la clave de la identidad nacional.
     De manera que recordar la Independencia es actualizar esa diferencia en nuestro presente a partir de dos aspectos que desafían a la ciudadanía actual. Por un lado, el esfuerzo permanente de tomar distancia crítica de lo que "oficialmente" se nos dice e impone como "orgullo nacional" o como "lo mexicano", referentes simplistas y reduccionistas que no promueven una conciencia nacional; cuestionar las historias oficiales que no permiten apreciar la complejidad de los procesos históricos y el papel de las sociedades, más allá de liderazgos mesiánicos y heroicos, en el avance y retroceso. Celebrar la Independencia implica un espíritu permanentemente subversivo frente a lo establecido.
     Por otro lado, la participación social responsable caracterizada por el esfuerzo por contribuir, desde la propia trinchera y con los propios recursos y convicciones, a la mejora de las condiciones de vida compartidas y a la convivencia armoniosa. La participación social es la manera en como se concreta el respeto por la diversidad a partir de las acciones responsables que favorezcan y promuevan la convivencia solidaria, la convivencia interesada en el bien común; la convivencia que no niega ni anula el conflicto, sino que construye sentido desde él. Celebrar la Independencia supone una actitud proactiva que contribuya, respetando las diferencias, al desarrollo de todos.
     ¿Qué es lo que celebramos en el Bicentenario de nuestra independencia? ¿Realmente hay algo que celebrar, sobre todo cuando nuestro país parece resquebrajarse por la violencia, la corrupción y la impunidad? No celebramos el grito, ni las campanas al vuelo o los estandartes y banderas tricolores. A doscientos años lo que celebramos es la búsqueda compartida de ser mejores a pesar de las adversidades, pues festejar la independencia significa seguir peleando por ella.


 

martes, agosto 31, 2010

Eterno recomenzar

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicado: Sintésis Puebla, 25 agosto 2010

     Pensar y reconsiderar. Contemplar y ponderar. Plantear y proyectar. Todas las instituciones educativas reinician cursos en estos días. Todas y todos los docentes confluimos y coincidimos nuevamente en un espacio y en un lugar para trabajar con nuestros alumnos para intentar materializar expectativas y deseos, para contribuir a la construcción de un sueño difuso, de un proyecto de orden y sentido social.
     Revisar el programa de un curso, reflexionar sobre los objetivos y las estrategias didácticas para lograrlos; considerar el mismo contenido de clase y las maneras de evaluar el aprendizaje; preguntarse una y mil veces si realmente lo que hacemos tiene impacto en el desempeño, en la cosmovisión y en la actitud del alumno. Ocupar un aula nueva que es la misma de todo el tiempo en la que confrontamos deseos, temores y expectativas; para muchos el aula es un campo de batallas perdidas, para otros andamios en el que se construyen catedrales, ciudades de futuro, redes de esperanza.
     Convivir con los colegas, mirarnos a veces con ojos renovados, a veces con tono cansino y acostumbrado; discutir los viejos tópicos para nuevas realidades, abrir y construir nuestra experiencia a nuevos aprendizajes; participar en las mismas reuniones para discutir las viejas problemáticas que se renuevan cada vez y en cada situación. La institución que nos circunda, que nos formatea, que da forma a un proyecto profesional tramado en la red social que ayudamos a tejer cotidianamente y que nos cobija en un mundo de sentidos y búsquedas.
     Mirar y pensar la realidad y el entorno desde nuestras atalayas de pensamiento; arreglamos un mundo que, aparentemente, no tiene pies ni cabeza. Resistir la vorágine de un mundo inexorable e inmisericorde que nos envuelve y nos consume, pero que, sobre todo, nos desafía y nos proyecta, nos abre posibilidades de realización y progreso. Mirar el mundo una y otra vez, llegar a él sin nunca abarcarlo, agotarlo; reconocer que lo que hacemos en las aulas es siempre posibilidad.
     Inicia un nuevo ciclo escolar, y con él la exigencia de no olvidar lo aprendido y volver a empezar sin desfallecer, porque, al igual que en todos los ámbitos de nuestra vida, creer y confiar se materializa en eterno recomenzar.

domingo, junio 06, 2010

¿Participación ciudadana o zanahoria electorera?

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicación: Síntesis, Puebla, 02 de junio de 2010

Somos ciudadanos, y es imperativo para nuestro país que lo entendamos, lo valoremos y lo asumamos.

     Las democracias modernas se caracterizan no por ser perfectas, la noción misma de democracia se basa en la imposibilidad de gestar una estructura social perfecta porque somos diferentes y porque existen diversidad de intereses y búsquedas. La diversidad lejos de ser un problema es una característica de la convivencia que la amplía y la hace auténticamente relevante, pues encontrar el propio camino y construir una vida productiva y con sentido exige reconocer, respetar, y fomentar el derecho de todos a su diferencia siempre en un marco de igualdad. Y vivir la diferencia requiere también reconocer la tensión y a veces el conflicto que ésta implica, por eso la necesidad del diálogo y del acuerdo.
     En este sentido la democracia NO es votar, ésta es la mínima expresión del poder popular. La democracia supone la afirmación de la responsabilidad compartida en la construcción de esa estructura para la convivencia, el diálogo y el acuerdo. Es responsabilidad del gobernado en primer lugar contribuir desde su acción cotidiana al desarrollo de una sociedad siempre en proceso democrático, y la primera exigencia ciudadana es la participación.
     Los gobiernos realmente democráticos deberían, entre muchas otras cosas, ejercer su poder como un medio para organizar, " promover y ofrecer canales de participación ciudadana, una participación que gradualmente capacite ciudadanos informados, organizados y comprometidos para trabajar, desde sus distintas trincheras e intereses, por el bien común en sus contextos locales.
     Pero desgraciadamente en nuestras sociedades mexicanas el poder gubernamental no es un medio sino un fin, y por esa razón la propaganda política siempre pone el énfasis en lo que los partidos "le van a dar" a los ciudadanos, lo que les van a regalar como "premio" a su fidelidad...

miércoles, abril 14, 2010

Servilismo ciudadano o conciencia social: hacia una política renovada

Autor: Mauricio López Figueroa
Publicación: La primera de Puebla, 07 de abril de 2010

Desde que tengo uso de razón la presencia de los representantes políticos en nuestras sociedades ha consistido en pregonar de diferentes maneras o por diversas vías sus "logros" y "dádivas" sociales. Sospecho que este estilo de hacer presencia social del político tiene que ver con una cultura, aprendida sin duda desde la escuela, y con una historia nacional que determina la manera en cómo el ciudadano común se relaciona con la autoridad.
    Es común observar la diversidad de medios con los que la gran mayoría de los políticos difunden sus avances, pero con un estilo en el que dejan claro "lo que están haciendo por nosotros". Desde muy temprana edad, los ciudadanos de este país aprenden que las autoridades públicas merecen un especial y constante reconocimiento por los resultados de su gestión; así, es importante agradecerles que haya carreteras y puentes, hospitales y escuelas, transporte, calles y alumbrado. Al parecer nuestros gobernantes y representantes esperan una permanente genuflexión en reconocimiento de lo que, bajo su reinado, luce como producto de sus gestiones. Tal vez por eso no es de extrañarse que continuamente, sobre todo en tiempos electorales (que en este país es todo el tiempo), oigamos y veamos en los medios masivos la proclama de sus eficientes glorias cuando anuncian en sus informes de gobierno o gestión la cantidad de recursos invertidos en la infraestructura construida e inventariada al progreso nacional, como si esos recursos fueran de ellos. Esperan agradecimiento, y para dejarlo claro no hay propaganda política de este tipo que no se acompañe de una imagen estudiada y luminosa de nuestros honorables personajes, para que no olvidemos "lo que han hecho por nosotros", para que no olvidemos que si algo tenemos se lo debemos a ellos: esa raza única, entregada, sacrificada por el bien social.
     La presión es enorme, sobre todo porque no hay partido que no deje claro que estos "logros" no se repetirán si las elecciones no les favorecen; todos sin excepción empaquetan sus promesas en una amenaza implícita de que lo que "nos pueden ofrecer" no será dado si no los elegimos, perderemos lo que, de hecho, es nuestro. No de ellos.
     Esos medios y recursos propagandísticos, además de costosos, muestran también el nivel de cultura política de nuestra sociedad, pues tendemos a pensar que lo que vociferan con dedo acusador es muestra de que realmente están a nuestro servicio y realmente están realizando un trabajo político y social progresista, resultados todos ellos que debemos agradecer besando la mano electoral de los partidos. Pero como siempre en este terreno todo es mentira.
     Desde luego que construir carreteras, hospitales o escuelas es importante, así mismo, la inversión en infraestructura y en la generación de empleos, pero esos resultados no son aplaudibles, son la obligación mínima de cualquier representante dedicado a la administración pública, es lo mínimo que se espera de ellos como servidores contratados y pagados por el pueblo. Diríamos que en esos resultados no se encuentra el magis del quehacer político, sino en lo que son capaces de transformar inteligente y estratégicamente en bien de la sociedad de hoy y del futuro.
     La clave del quehacer político progresista está en que los partidos, en general, desarrollen un proyecto de nación viable e históricamente pertinente, un proyecto que verdaderamente desemboque en un programa de Estado que oriente los lineamientos y las acciones de nuestros representantes, en particular, para el desarrollo; un proyecto que realmente impacte en la conciencia ciudadana y favorezca el debate y la unidad -no la uniformidad- social. Por lo tanto, para juzgar si un político o un partido está haciendo su tarea debemos poner atención en las reformas y en las acciones que realmente mejoran la calidad de vida a largo plazo de todos, a pesar de que tales medidas sean incómodas- especialmente para ellos. En un país con gravísimas e históricas desigualdades necesitamos políticos reformistas, no chambeadores, no se trata de trabajar y cambiar para seguir igual.
     Estas reflexiones no van dirigidas a nuestros representantes, aunque sí plantean un reclamo y una crítica enérgica al estilo que tienen de hacer política, y no van dirigidas a ellos porque es muy improbable que cambien. Estas ideas sí van dirigidas a la sociedad en su conjunto porque nosotros somos los responsables de modificar esa cultura servilista y agachona en la medida en que desarrollemos una verdadera conciencia ciudadana y, con base en ella, discutamos y aprendamos a exigir. Próximamente tendremos elecciones en nuestro Estado y la guerra de ofertas abiertas y de amenazas implícitas está en apogeo, si estamos de acuerdo en contribuir a la modificación de esa cultura nefasta del servilismo ciudadano frente al quehacer gubernamental, discutamos en la medida de lo posible y en los espacios ciudadanos en los que participemos (familia, amigos, escuelas, grupos deportivos, iglesias, universidades, empresas, etc.) cuáles son las necesidades sociales más apremiantes, qué reformas urgen para favorecer el cambio democrático y la justicia social, y qué cambios y acciones podemos promover para exigir claridad en el trabajo del gobierno en cualquier nivel.
     No queremos dar las gracias por recibir lo que es nuestro, agradeceremos que, con lo nuestro, los políticos le den viabilidad a nuestras esperanzas.