viernes, agosto 26, 2011

¿Quién son los Educadores Primarios?

Autora:Celine Armenta
Publicado: e – consulta, 23 de Agosto de 2011

     Millones lo estamos gozando; otros millones lo sufren; y muy pocos pueden decir que no les afecta en sus tiempos, sus recursos, espacios, energía, sueños y desvelos: es el regreso a la escuela de millones de niños y jóvenes mexicanos y de cientos de millones de niños en todo el mundo, en un ritual de coincidencia casi planetaria, en el que familias de todo tipo depositan en docentes profesionales la responsabilidad de educar a sus hijas e hijos.
     Los autobuses circulan llenos, mientras las papelerías, librerías, tiendas de ropa y de instrumentos musicales, peluquerías y misceláneas aumentan sus ingresos. No son pocos los giros que sobreviven todo un año, si logran hacer en estas fechas, literalmente, su agosto. Ciudades de todo tamaño, rancherías y comunidades, sincronizan sus ritmos con el sonar de timbres y campanas escolares, mientras millones de mujeres y hombres participamos directa e indirectamente en la empresa de mayores alcances en la Tierra: la educación de las nuevas generaciones.
     Estos caudalosos ríos de personas y recursos, expectativas e inversiones que cruzan bulliciosos nuestras geografías, son el mejor marco para mis reflexiones sobre las creencias absurdas que mantenemos acerca del papel de la familia y de la escuela en la educación de niños y jóvenes.
     Es común escuchar que "la familia es la primera y principal educadora de los hijos, y el referente fundamental en la formación de valores y principios" en tanto que "la escuela coadyuva y apoya a los padres, en su responsabilidad de educar"; y ni nos damos cuenta de que son mitos que a fuerza de repetirlos, pasan por verdades evidentes.
Pero no es así: la escuela y los educadores profesionales son responsables primarios de la educación; y así deben serlo. El tema amerita un tratamiento serio y detallado, pero ahora solo comento algunos aspectos.
     La familia es un invento relativamente nuevo en nuestra cultura. El maestro también es un invento cultural, pero parece ser más antiguo; ha acompañado a la humanidad casi desde sus inicios. Ello podría bastar para conceder que la tarea de educar se ha encomendado a expertos y profesionales de la educación desde tiempos inmemoriales; en tanto que es más reciente la consigna de que la familia —habitualmente ignorante de teorías, e inexperta en prácticas educativas— es educadora nata.
     Por otra parte, son evidentes las ventajas de encargar la diversidad de actividades humanas a los profesionales; y mientras más compleja la tarea, más profesionalización exigimos a quienes la ejecutan. Estilistas y jardineros, ginecólogas, laboratoristas, sastres, cocineros, veterinarias, técnicos automotrices y dentistas saben su oficio porque lo estudiaron y lo practican; se actualizan y van sumando experiencia día con día. Y sería absurdo afirmar que porque yo amo y comparto genes con alguien voy a cortarle el pelo, eliminar sus caries, hacerle un Papanicolau o confeccionarle un abrigo mejor que los profesionales. ¿Por qué afirmar entonces que madres, padres y familias sin conocimientos ni experiencia profesional en educación pueden educar mejor que quienes invierten largos años a prepararse y el resto de su vida a ejercer y actualizarse?
     La docencia, sus fundamentos e innovaciones han alcanzado una sofisticación tal que, como sucede en otros campos, la sociedad en su conjunto apenas distingue elementos de su complejidad; para comprenderlos, dominarlos y ponerlos en práctica se requiere una larga preparación y práctica.
     La madre y el padre deben tomar decisiones sobre la educación que recibirán sus hijos; e idealmente, a medida que los niños crecen, deben participar en esas decisiones. Pero esto no hace de la familia ni del sujeto, buenos educadores, ni menos aún, "los primeros educadores".
     Hay además investigaciones de sobra que demuestran que la legación de valores de padres a hijos es un mito; que generación tras generación los jóvenes construyen y asumen sus valores, frecuentemente en discontinuidad u oposición a los valores familiares.
Nada ganamos perpetuando el mito de la familia como educadora primaria, ni retrasando el ingreso de los niños a la escuela. En cambio convendría reconocer que los docentes de hoy día pueden y deben educar cabalmente. Y en consecuencia, unirnos todos los adultos con los padres, y los propios estudiantes, en la responsabilidad de exigir y vigilar la calidad de su docencia y en coadyuvar con los esfuerzos educativos de las escuelas y sus maestros. ¡Bienvenido el nuevo ciclo escolar!







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