viernes, febrero 20, 2015

Educación continua y legado socrático

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor haz click aquí

Para María de los Ángeles, por las oportunidades de lo porvenir

De Sócrates más bien sabemos poco históricamente, pero su figura ha trascendido los siglos y las fronteras. Se dice que era ateniense de nacimiento, hijo de partera; que participó en la guerra como sus conciudadadanos y que entregó su tiempo y su intelecto a dialogar por aquí y por allá en búsqueda de la virtud. Para entenderlo hay que hacer un poco de contexto.
                Un siglo o dos antes se consideraba una persona excelente, capaz –virtuosa- a un hombre cuyo linaje era importante en la polis. El gobierno, las leyes y la impartición estaba en manos de los aristócratas, los mejores, que lo eran en virtud del equivalente a los títulos nobiliarios de aquella época, muy ligados a la posesión de la tierra.
                Al paso del tiempo, específicamente las polis griegas recibieron muchos inmigrantes, dedicados al comercio y a la artesanía, cuya actividad trajo prosperidad a las ciudades. Estos hombres tenían que responder en igualdad de circunstancia a las leyes de los lugares que llegaron, pero no tenían capacidad de intervenir directamente en los asuntos del gobierno ni en la creación de leyes que favorecieran su actividad económica, porque no eran virtuosos, no pertenecían al grupo de los mejores.
                Las inmigraciones suelen modificar la forma en la que son vistos los valores y eso fue lo que sucedió en el Peloponeso. Poco a poco se fue cuestionando que el linaje fuera lo que a alguien le diera virtud y por tanto lo habilitara para los asuntos de la vida política, en detrimento de todos los demás.
                En el siglo VI Solón y Clístenes promovieron grandes reformas por las que se pasó de la aristocracia a la timocracia: el gobierno por honra, por méritos públicos. Podían participar en la asamblea ya no solo los nobles, sino todos aquellos que fueran estimados por sus méritos para proponer acciones gubernamentales y promulgación de leyes. La concepción de virtud tradicional entró en crisis y fue suplantada por la de persuasión: el mejor hombre, el hombre más virtuoso es el que mejor convence a sus conciudadanos de lo que considera benéfico. De allí nació la democracia griega.
                Sócrates aparece en ese escenario. A él no le terminaba de convencer que el virtuoso fuera quien mejor convenciera, puesto que alguien podría persuadir de cualquier cosa, incluso no benéfica para todos y eso lleva a grandes desgracias. Así que se puso a pensar en qué es lo peculiar del ser humano, lo que lo hace ser tal y se respondió que el alma; esto es, lo que nos permite vivir humanamente, la razón. La virtud, la acción que nos hace excelentes, consistiría para él en saber quiénes somos, lo que nos conviene para ser razonables.
                Si lo contrario de la virtud es el vicio, para el viejo maestro no habría uno peor que la ignorancia, porque eso paraliza la acción humana. Y el peor ignorante sería el que cree que sabe. Dado que se volvió un apóstol de la virtud, ideó un método para ayudar a sus contemporáneos a abandonar su desconocimiento para acercarse al saber que es necesario para cada persona: la mayéutica.
                La senda metodológica socrática consiste en dos movimientos: la refutación y el alumbramiento. En el primero se ayuda a una persona a que a partir de lo que sabe caiga en cuenta de lo que no sabe y en el segundo se le acompaña para que dé a luz los conocimientos que necesita para tomar las mejores decisiones de cara a lo que más le conviene en cualquier terreno.
                Hoy nos ha tocado un mundo muy complicado, cambiante. Ningún terreno de la existencia humana permanece inmóvil. En él es muy fácil que prontamente nos quedemos fuera de la jugada, como un padre que no comprende el contexto en el que están sus hijos porque solo tiene en la cabeza cómo eran las cosas cuando era joven, o un profesionista que ha pasado muchos años para adquirir una teoría y un método específicos para su área de trabajo y de pronto todo cambia y él quiere seguir aplicando lo que tanto le sirvió en otro momento.
                Tras los años de la formación inicial que llegan hasta las carreras técnicas o universitarias, viene la vida profesional, social y familiar y para responder a los desafíos que se les presentan es necesario comprometerse en procesos de educación continua.
                Esta consiste en la oferta de espacios formativos permanentes de tipo andragógico (para adultos) que permitan evaluar, retroalimentar la propia praxis personal y profesional y a partir de ello ensanchar la visión, los métodos, las técnicas con las cuales puedan afrontar sus propios desafíos y los que compartimos todos para que este mundo pueda ser más justo, solidario, ético. Con ella uno va siendo capaz de responder al dinamismo de la realidad que le ha tocado vivir.
                Una educación continua que valga la pena se imbuye del espíritu socrático. Ayuda de múltiples maneras a quien participa en sus programas a refutar sus conocimientos, concepciones y prácticas previas para descubrir lo mucho que ignoran, pero también lo mucho que saben y a partir de ambas cosas les ayudan a alumbrar nuevas oportunidades.
                En estos días no es posible quedarse con la formación recibida en casa y la escuela. En los distintos ámbitos de la vida personal, social, política y económica se requiere de mujeres y hombres en proceso de formación permanente que puedan abrirse a todas las posibilidades que les ha tocado vivir para entender el mundo e interactuar con él, pero eso solo podrá suceder si los itinerarios de educación continua en los que decidan participar les dan la oportunidad de reconocer su docta ignorancia y desde ella los relanza a la recreación de su realidad.

Hoy, vivir adecuadamente requiere de las personas el reconocimiento de su propia  posibilidad de conocer siempre un poco más. Solo así se permanece vigente y con capacidad de construir efectivamente un mundo lleno de oportunidades humanizantes. Ya Sócrates lo había avisorado; refutar lo que se sabe para alumbrar lo que se puede saber. Ese es su legado; una educación continua que lo recupere, nuestra tarea.

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