miércoles, marzo 18, 2015

Retos y desafíos de la mujer educadora I: formar personas de sexualidad integrada

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí.
Publicado en Síntesis, Tlax., el 12 de marzo de 2015, en la columna Palabras que humanizan.

Con ocasión de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer recibí la invitación de un grupo de mujeres en Tlaxco, Tlax. para conversar con ellas sobre un tema que tiene mucho que ver con el lema que asignó la Organización de las Naciones Unidas para esta efeméride: “empoderando a las mujeres, empoderando a la humanidad: ¡imagínalo!”
El tema para nuestra charla fue el de “Retos y desafíos de la mujer educadora”, supongo que en atención al gran número de madres y profesoras existente en esa región (y yo añadiría que en todas).
                La reflexión conjunta comenzó señalando cómo entender la educación de una manera amplia, que dé cuenta de la riqueza de este fenómeno: “Educar es acompañar el proceso por el cual una persona responde a su propio llamado de ser más con, por y para los demás en el mundo que le tocó vivir, de manera integral y abiertos a la trascendencia”.
                La educación, conforme a lo anterior, es un proceso que pretende que una generación acompañe a otra en el descubrimiento de las posibilidades que para ser humano descubrieron las generaciones que las precedieron y en las suyas propias para que el mundo en el que les tocó vivir pueda ser más humano, justo: un lugar para vivir con personas con dignidad.
                Ese día me permití compartirles que yo encuentro que me parece que hay tres áreas prioritarias de retos y desafíos -de oportunidad de empoderamiento-  en esta segunda década de nuestro siglo:
a) El de la educación para vivir una sexualidad integrada, la que forma mujeres que siendo muy mujeres asumen su masculindad y hombres que siendo muy hombres asumen su femineidad.
b) El de la educación que forma personas capaces de valorar todo aquello que los permite ser mejores seres humanos con, por y para los demás con quienes comparten el mundo que deberán transformar en un espacio de solidaridad, justicia y de bien tener, bien ser, bien estar y bien saber.
c) El de la educación que forma para que las mujeres y los hombres se responsabilicen de la creación de condiciones para vivir en paz.

En esta colaboración de mi columna quiero referirme en esta ocasión

                La sexualidad humana es muchísimo más que distinción de hormonas, cromosomas y genitales. Es una forma de estar en el mundo que se caracteriza por su apertura para dar y recibir vida humana y que se constituye en una fuerza que lanza a las personas fuera de sí para lo masculino encuentre lo femenino que puede ser y viceversa.
Un ejemplo entre muchísimos: para una mujer vivir una sexualidad integrada como madre significa que en el contacto con lo masculina descubra las posibilidades paternas que tiene; para el hombre, lo contrario, que significa que un varón debe descubrir sus posibilidades maternas.
Rasgos tradicionalmente relacionados con lo masculino como la agresividad, la capacidad lógica, la racionalidad, la valentía, la fuerza son correlativos con lo femenino, caracterizado como afectividad, intuición, emoción, ternura, capacidad de acoger la vida. Una persona es más completa cuando en el contacto con la sexualidad de los otros integra la suya propia de una manera más amplia, holística.
Esto significa que una persona educada, formada, para construir una sexualidad humana más plena es capaz de ir más allá de los roles de género, de los encasillamientos socio-culturales que excluyen lo masculino de lo femenino y viceversa.
La mujer educadora –lo mismo que el hombre educador- está llamada a propiciar en los educandos la apertura para que de manera libre, respetuosa, ubicada en el contexto cultural inmediato vayan al encuentro del otro mujer u hombre y al compartir responsabilidades domésticas, escolares, sociales, descubran lo masculino y lo femenino y lo integren en su propia forma de ser.
Un amigo varón educado de esta forma puede ser capaz de abrazar con gran ternura a un amigo, hermano, colega que atraviese por momentos reales de dolor, sufrimiento, miedo, frustración o angustia, esos que colapsan temporalmente nuestros deseos de seguir adelante comiéndonos el mundo. Por abrazar así no es menos varón, es más ser humano. Siguiendo esta lógica: debe ser capaz de dar abrazos firmes, recios, de esos que impulsan a salir a comerse la vida a bocados.
Decía anteriormente: se educa en un contexto cultural específico, pero no solo para que las personas se adapten sin más a él, reproduciendo perennemente los valores y las conductas atribuidos tradicionalmente a los roles de género, sino para transformar los significados y las formas de interrelación que permitan que las personas coexistamos con las posibilidades de siempre y las que la complejidad del momento histórico exigen de nosotros.

Educar implica tomar de frente el desafío de formar no mujercitas u hombrecitos, sino seres humanos integrales, integrados, abiertos, capaces de reconocerse en los otros, con los otros y para los otros, con la sabiduría suficiente para rescatar de la cultura lo que humaniza y transformar en ella lo que lo impide, y si de sexualidad se trata: permitiendo que las mujeres sean muy cabales porque son lo suficientemente masculinas y femeninas para generar vida humana en todos los ámbitos; facultando a los hombres para que sean muy cabales porque son los suficientemente femeninos y masculinos para generar vida humana en todos los ámbitos.

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