viernes, abril 17, 2015

En la educación impartir conocimiento no es suficiente

Autor: José Rafael de Regil Vélez, si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Publicado en Síntesis Tlaxcala, el 09 de abril de 2015, en la columna Palabras que humanizan.

La tendencia a pensar que el conocimiento y la inteligencia (entender cosas) son lo más importante en la vida humana es vieja.  Eso pensaba Sócrates en el lejano siglo V. El ateniense solía decir que la virtud, aquello que perfeccionaba a toda persona, era el conocimiento. El razonamiento que seguía era que todo hombre necesita saber lo que le conviene para poder realizarse como persona.
               Los seres humanos necesitan saber quiénes son como seres humanos, su diferencia con otros seres, para poder actuar congruentemente y ser felices. Deben conocer qué es el mundo, que son las cosas que no son él o ella y cuál es la relación que tienen consigo, con los demás. Por ejemplo: si un ser humano desconoce las propiedades curativas de la manzanilla, no podrá hacerse una infusión para mitigar sus malestares estomacales; pero si desconoce cómo funciona su organismo, tampoco la podrá usar. Y así en todos los órdenes: necesitamos saber qué es la familia para poder crear una; qué es la ciudadanía, para participar en nuestros asuntos públicos; qué es la política para no delegarla exclusivamente en las manos de los políticos. La persona ignorante se mueve con errores en su propia vida y en el mundo y la sociedad de los que es parte.
                Esta idea fue confirmada en la Ilustración por la emergencia de las ciencias naturales (seguidas de las sociales), fundadas en una filosofía desligada de la religión en el contexto de la naciente revolución industrial que provocó un acelerado cambio en las condiciones de vida del mundo occidental, primero, y todo el demás, posteriormente. En ese entonces surgió la escuela como un medio para que los niños se liberaran de la oscuridad del prejuicio y el error y entrara en las luces del conocimiento, a partir de las cuales ejercerían una ciudadanía madura.
            En aquel tiempo poco a poco se fue desarrollando una pedagogía encaminada a profesionalizar la impartición de conocimientos. Se sofisticaron los planes y programas de estudio, surgió la especialización técnica de la didáctica. 
                     En países como el nuestro pasamos muchos años en la escuela, al menos seis, cuando no hasta 19, para conocer y conocer. Y pese a ello nos seguimos encontrando personas que después de tanta escolaridad hacen cosas que nos dejan boquiabiertos: financieros que son capaces de dejar sin nada a miles de personas de su propia empresa sin más, políticos que con salarios de 60 mil pesos mensuales construyen un patrimonio de millones de pesos junto con constructoras que entregan unidades habitacionales, calles o carreteras con fallas producto de la corrupción y un etcétera muy largo.
                Sin ir tan lejos. Un muchacho o muchacha recibe conocimientos sobre sexualidad desde la primaria y quedan involucrados en embarazos tontos; hay personas con trastornos alimenticios que han logrado saber que su conducta los está dañando y sigue anclados en ella.
                Sabemos muchas cosas y actuamos poco humanizantemente. 
                 Giovanni Reale, en el primer volumen de su Historia de la Filosofía, comenta a propósito del racionalismo socrático: “Sócrates tiene toda la razón cuando afirma que el conocimiento es condición necesaria para hacer el bien, (porque si no conozco el bien, no lo podré hacer); pero se equivoca cuando considera que, además de condición necesaria, es condición suficiente. […] Para hacer el bien, en efecto, se requiere también el concurso de la ‘voluntad’”. No basta conocer la sexualidad, es necesario también querer vivirla para crecer como persona, negociar con la propia estima por lo sexual y los afectos que provoca nuestra genitalidad.
                Daniel Goleman habla de inteligencia emocional: una relación con nuestras emociones respecto de nosotros mismos, de los demás, de las cosas que nos permita actuar no de cualquier forma sino de la mejor que seamos capaces y que requiera la situación para salir adelante en la vida.
                Roberto Baden Powell en los albores del siglo XX en Inglaterra fundó un movimiento educativo convencido de que era necesario complementar la impartición de conocimientos de la escuela con la formación del carácter de los jovencitos y las jovencitas frágiles de su tiempo. Supo que era necesario apostar por la formación de chicas y chicos capaces de cuidar de sí, de su cuerpo; competentes para alcanzar metas por difíciles que pudieran parecer, hábiles para resolver problemas, para sonreír ante las dificultades, de manejarse con libertad frente a las posesiones incluso en situaciones de austeridad. Ciudadanos preparados para participar en la vida pública, que en su tiempo estuvo marcada por las guerras imperiales y después por la primera y segunda mundiales.
                En la educación impartir conocimientos es necesario, pero no es suficiente. Hay que dar el paso a la existencia de instituciones escolares que ofrezcan realmente –y no solo en el papel- una formación integral en la que la información recibida sirva no para repetirla sino para solucionar problemas reales; en la que las personas se vuelvan autónomas en el cuidado de sí –del cuerpo y más que el cuerpo-, de los demás y del mundo en el que les tocó vivir; capaces de conocer el bien que los realiza y valorarlo para jugarse la vida por cosas verdaderamente humanizantes y no meramente accesorias; creativas para proponer alternativas para el mundo, capaces de reaccionar en las relaciones interpersonales con manejo de afectos y emociones que permitan la colaboración y la solidaridad y no solo la frustración y el capricho. Una educación que forme ciudadanos capaces de encargarse de los asuntos políticos que les corresponden y no lloren por querer mamar de la ubre gobierno toda respuesta, al tiempo que sean los auditores y vigilantes de la gestión de políticos y administradores públicos.

                Esto será posible si el proyecto educativo de una escuela es más que un plan de estudios, uniforme y urbanidad. Se trata del diseño de un camino en el que niños y jóvenes puedan ser acompañados profesionalmente para transitar de la heteronomía a la autonomía; de la dependencia a la libertad, de la ignorancia a la posibilidad de construir conocimiento; del egoísmo a la colaboración solidaria.  Es este el desafío de la educación del siglo XXI.

1 comentario:

Alejandro Amaya dijo...

Nada más cierto, en lo personal creo que nuestro sistema educativo pasa demasiado tiempo invirtiendo tiempo en incentivar el conocimiento, pero una verdadera formación implica educar; Y la educación se fundamenta en los valores. Educar en el desarrollo de virtudes y en la detonación de habilidades y destrezas útiles para vida y la profesión supone un cambio de paradigmas en nuestros procesos de formación, no de forma sino de fondo. Lo cierto es que el grueso de la población aún recibe en aulas el fracaso de un proyecto académico nacional corrupto, sin visión y arcaico.
ALEX AMAYA