lunes, abril 06, 2015

Retos y desafíos de la mujer educadora 3 (último): formar personas que valoran lo que humaniza

Autor: José Rafael de Regil Vélez. Si quieres conocer más datos del autor, haz click aquí
Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 26 de marzo de 2015, en la columna Palabras que humanizan.


En las dos colaboraciones anteriores de la columna Palabras que humanizan he compartido con los lectores dos retos que enfrentan los educadores, de manera especial las educadoras, madres y profesoras, por ser quienes suelen tener en sus manos la creación de condiciones para la formación de los niños, en especial los más pequeños, tanto en la escuela como en el hogar: formar personas sexualmente integradas y que sean capaces de sumarse a la construcción de una realidad más pacífica, en la que las personas encuentren espacios y oportunidades para vivir con dignidad.
                En este texto quiero referirme a un tercer desafío que es muy importante y que ha sido muy manoseado, en especial por las escuelas: el de formar personas que valoran lo que humaniza. Comienzo explicando algunos términos.
                Los seres humanos nacemos siendo bebés, solo eso…. No hemos inteligido muchas cosas, mucho menos hemos amado, tomado decisiones libres o realizado acciones por las cuales podamos ser reconocidos. Somos prácticamente nadie, personas que carecemos de muchísimas cosas para poder ir siendo alguien: de alimento, de vestido, de lenguaje. Nacemos vulnerables, no nos hemos hecho las personas que podemos ser.
                Pero hay una fuerza en nosotros desde la gestación que nos lanza a buscar aquello que completa lo que nos falta: deseamos lo que nos ayuda a ser. Cuando tenemos sed deseamos líquido; en el cansancio, reposo; ante la duda, conocimiento; ante nuestras adicciones, libertad. Nos sentimos impulsados a buscar lo que nos complete, lo que nos permita seguir siendo humanos.
                Históricamente se ha llamado bien a lo que responde a nuestra necesidad y nos humaniza . La sustancia activa de una medicina es buena en la medida que permite la salud; el conocimiento de lo que es una cosa es bueno en tanto que permite relacionarse mejor con ello; una relación humana es buena en tanto que nos permite ser más con, por y para los demás.
                Deseamos lo bueno porque nos completa,  nos realiza. Pero resulta que esto no es suficiente. 
                Cuando encontramos cosas que cumplen con el requisito de la bondad necesitamos valorarlas, darles valor, para entonces sentirnos movidos realmente hacia ellas. Sucede, por ejemplo, que una medicina alópata puede ser buena para tratar alguna afección, pero si una persona no la valora no decidirá por ella, aunque el fármaco contenga sustancias apropiadas.
                El ser humano ha de otorgar valor al bien, a lo que responde a su necesidad de ser más con, por y para los demás en el mundo, en apertura trascendente. Solo así podrá seguir avanzando en la vida. No debe permanecer indiferente ante lo que necesita, ante el bueno. Así, bien-valor forman una dupla inseparable, un diálogo permanente entre lo que se necesita, se desea y lo que -más allá de nuestros caprichos- nos conforma y consolidamos este diálogo con la acción de valorar.
                Nadie puede valorar por nadie: si una madre valora participar en la misa, no podrá hacer que sus hijos valoren lo mismo por más que les diga, que los lleve, que los trate de obligar. Sus vástagos valorarán la misa cuando caigan en cuenta afectiva y volitivamente del bien que representa para ellos la Eucaristía y a partir de ello entiendan intelectualmente por qué y para qué han de involucrarse en los rituales de ese sacramento.
                Sin embargo, hay momentos en los que ante un mismo menester puede haber varias cosas que lo satisfagan. Y allí se vuelve necesario el que se priorice lo que se valora, que se opte por lo uno o lo otro, que se sepa que hay que valorar inmediata o mediatamente. La dimensión axiológica de nuestra existencia es dinámica. Frecuentemente hay que establecer prioridades entre dos o más cosas que consideramos valiosas para que no podemos hacer nuestras o vivirlas al mismo tiempo, como cuando alguien valora estar en un examen profesional, pero por los nervios los esfínteres le piden ir al baño: debe optar por lo uno o por lo otro y darles un lugar para su tiempo y espacio.
                La educación debe afrontar al ser humano también en esta, su faceta valorativa, y acompañarle para que aprenda a reconocer bienes, aunque no le resulten familiares, que pueda atribuirles valor y que sea capaz de priorizar su relación con las personas y las cosas para poderse construir como persona cabal: crítica, solidaria, libre, afectivamente integrada, creativa, abierta a lo ilimitado.
                Se trata no de dar clases para “enseñar valores”, sino acercar al educando a las cosas que lo puedan realizar como persona, para que las descubra como bienes y les atribuya el valor necesario para moverse hacia ellas y hacerlas parte de sí en diálogo con los demás y su contexto.
                Urge la pedagogía del deseo del bien, de la valoración, de la búsqueda de lo que humaniza en todas las dimensiones de la compleja existencia de las mujeres y los hombres: niños, adultos, ancianos.
                El reto supone inventar métodos que vayan más allá de hablar de valores como ideas o conocimientos e involucrar a toda la persona en experiencias que la inviten a querer ser más persona; dentro y fuera del aula, en la escuela o en la casa.
                Las mujeres y hombres que son capaces de asumir la responsabilidad de valorar lo que necesiten y hacerse cargo de ello son quienes pueden asumir el patrimonio cultural que les ha sido dado y que lleva consigo siglos y siglos de valoraciones de cosas que han resultado humanizantes, al mismo tiempo que pueden saber si eso sigue o no siendo realizante, humanizante y apostar por ello o por algo diferente pero que conduzca a lo mejor que cada quien pueda ser, con, por y para los demás en el mundo que le tocó vivir.

                Las instituciones educativas, en su mayoría, carecen de una verdadera pedagogía que forme personas que valoran. Lo bueno es que a cada momento se puede enfrentar el reto de construirlas para que la educación integral no sea un slogan, sino una realidad que sea capaz de formar los ciudadanos responsables de hacer de este mundo un mejor sitio que como lo encontraron.

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