martes, octubre 05, 2010

Más que una fiesta de pueblo

Autora: Yossadara Franco Luna, datos de la autora: haz click aquí
Publicado: El columnista, 29 de septiembre de 2010

     Posiblemente los lectores han visto la exuberancia de la fiesta patronal en una comunidad rural: comida para todo el pueblo, adornos para el santo, hasta remozamiento de las casas. Mucho se les critica a este sector de la población este sin-sentido de ser pobres y gastar tanto dinero en festejar al santo del lugar. Entender esta actividad implica situarse en otra perspectiva: se trata del vehículo que da continuidad a una tradición que no sólo sirve para fortalecer la identidad de un pueblo, sino también para enriquecer la vida de los sujetos.
     Las fiestas en las zonas rurales son tan importantes que alrededor de ellas se teje una estructura que articula la vida entera de la localidad; se llama Sistema de Cargos. Son oficios religiosos y a veces políticos ocupados con base en una rotación entre los hombres, y actualmente entre mujeres. Tienen la tarea de cuidar al santo, preparar su fiesta, pero sobre todo de organizar a la población en un sinfín de actividades económicas y políticas que culminarán en un día tan importante. El período suele ser de un año aunque en algunas regiones éste se asume por uno o dos más.
     A su retiro del cargo todas las obligaciones cesan, lo mismo sucede con los derechos, privilegios y la autoridad asociado a éste. Es por ello que se considera que uno de los rasgos más importantes de esta estructura político-religiosa es su carácter omnicomprensivo pues todos los miembros adultos participan en la jerarquía como elegibles para los oficios.
     Gran parte del estudio del Sistema de Cargos se sitúa en zonas rurales indígenas, sin embargo también es una práctica que se puede hallar en localidades urbanas. Mientras que en las primeras tiene que ver con el prestigio y la sabiduría; en las segundas se enfocan en la capacidad del individuo y le compete únicamente al ámbito religioso.
     En las sociedades indígenas la importancia del asunto que nos ocupa es que se caracteriza por ser político y religioso, en donde la carrera normal de un carguero frecuentemente implica que asciende en forma de zigzag asumiendo alternadamente un puesto religioso y político. Se ha llegado a interpretar como el modo en el cual se propicia una democracia de los pobres, es decir, no se permite a ningún grupo o individuo monopolizar el poder.
     Tácitamente se espera que todos los hombres participen y la mayoría lo hace; de hecho se considera que quien no lo haga no puede ser un hombre respetado o importante en la población.
     Ser parte de la estructura no conlleva remuneración monetaria, al contrario, los gastos en dinero y en tiempo son exorbitantes, pero ello tiene una compensación: el individuo adquiere una enorme reputación en la comunidad y después de haber asumido las tareas más importantes de tal sistema es considerado como "pasado" o "principal" cuestión que significa prestigio y poder.
     El Sistema garantiza y legitima un proceso mediante el cual hay una transmisión de saberes y de prácticas tradicionales de generación en generación. Un anciano en la cosmovisión indígena es un sabio porque gradualmente ha transitado por diversos servicios que amplían su experiencia del mundo en el que vive para así dar paso a un cúmulo de conocimientos que por obligación tiene que pasar a los jóvenes. Representa un invaluable medio de formación e inclusión religiosa, social solidaria y política.
     Hacia la época del porfiriato comenzó un proceso de expansión de la urbe que se consolidó en los años 30 y resultó en una amplia incorporación de los pueblos eminentemente agrícolas a tal grado que trajo consigo una mutación en las prácticas ancestrales y su reducción al ámbito religioso.
     A diferencia de lo que ocurre con el Sistema de Cargos indígenas, que generalmente se estructura en cuatro o más niveles jerárquicos, en el urbano se encuentran sólo dos que se ejercen en ciclos anuales: los fiscales y los mayordomos.

En el caso urbano éstos fácilmente pueden ser ocupados sin requisitos excesivos porque no hay una exigencia clara para transitar por los servicios de manera sucesiva hasta alcanzar el puesto de mayor jerarquía. Así, lo que para las comunidades indígenas lleva toda una vida de servicio, sacrificio y entrega, en las urbanas se da en un proceso relativamente más sencillo y por lo tanto el prestigio no se relaciona directamente con la edad, sino con la capacidad de sacar adelante la fiesta de manera satisfactoria.
     En la mayoría de los casos los ámbitos cívico y religioso. están totalmente separados, a diferencia de los casos indígenas, cuyos cargos religiosos implican la toma de decisiones sobre aspectos diversos de la vida comunitaria.
     Los mayordomos y fiscales llevan un minucioso registro de quiénes cooperan y con cuánto, cuestión que se hace del conocimiento público durante la ceremonia de cambio de poderes. De esta manera, representan una suerte de "vigías de la pertenencia", puesto que son quienes pueden en un momento dado definir quién pertenece al pueblo y quién no. El Sistema de Cargos representa entonces un mecanismo de inclusión-exclusión, mediante el cual se marcan las fronteras de pertenencia. A través de esta estructura social de participación festiva se garantiza, por un lado, una normatividad refrendada anualmente, y por otro, una participación continúa de un número muy amplio de pobladores.
     Los cargos no se relacionan con un alto honor y cuando éstos concluyen aunque sea de manera satisfactoria, terminan también las responsabilidades y el honor no queda guardado corno un tesoro invaluable en la memoria colectiva.
     Volvamos la mirada a las fiestas patronales, que parecieran ser un derroche insensato de dinero, pero son mucho más: son la expresión de una forma de organización social, política, económica que permite a muchas comunidades conservar su cultura, distribuir el poder, formar cívicamente, reducir la brecha entre pobres y ricos, reforzar la presencia y prestigio social de sus habitantes. En ellas podemos atestiguar un instrumento ancestral que no ha sucumbido a los embates de la sociedad industrializada, con sus crisis de identidad y de compromiso social del lugar en el que se vive. También aprendamos de esto.

Obesidad, ¿una responsabilidad compartida?

Autor: Gonzalo Inguanzo Arteaga
Publicado: La primera de puebla, 29 de septiembre de 2010

     Según el dato publicado en días anteriores en los diversos medios de comunicación, la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) ha informado que México tiene el primer lugar en el índice de personas obesas y con sobrepeso en el mundo. Ante esta alarmante noticia no faltó que algunos de forma jocosa dijeron que en algo teníamos los mexicanos que ganar y obtener un primer lugar, sin obviar claro está que le ganamos a nuestros vecinos del norte en esto de tener personas con una circunferencia abdominal portentosa.
     Esta noticia se puede decir viene a echarle leña al fuego a lo que no se si podemos llamar reflexión, el estira y afloja, el siempre si o el siempre no, en relación a qué tipo de alimentos se deben permitir en las escuelas como lunch o merienda para los niños. Se conoce de la existencia de evidencia científica que afirma que el restringir la comida chatarra y promover de manera la actividad física en las escuelas permite una reducción significativa de la obesidad y la predisposición a la diabetes en los estudiantes.
     El gobierno, la Secretaría de Educación Pública, las escuelas, los empresarios grandes y chicos, la familia, etc. tienen algo que decir al respecto y parece que todos, al menos en el discurso, tienen claro que algo se debe hacer si no queremos que lo que hoy es un problema en la niñez, adolescencia y la adultez de los mexicanos pase de grave a fatal.
     Aceptando que todos deben ser corresponsables de las acciones a realizar, estoy convencido de que la familia tiene la mayor responsabilidad en educar a todos sus integrantes en este tema; otras instancias como la escuela puede complementar lo que en el seno familiar debe comenzar.
     En casa se debe prestar atención a la problemática y no tiene cabida el pensamiento de que en otros está la responsabilidad. Se debe educar teniendo como objetivo la prevención, pues si como padres nos dedicamos a prevenir, en un futuro no tendremos que preocuparnos por los posibles tratamientos que pudieran existir y ser efectivos.
     En casa de manera sencilla podemos llevar a cabo varias acciones que tendrán un impacto en este tema y acá solo se mencionan algunas: no todos los integrantes de la familia deben comer lo mismo y la misma cantidad, antes de salir de casa un buen desayuno es vital, enviar una merienda nutritiva y balanceada que satisfaga al niño y evite la compra en la ?tiendita?, comunicar y trasmitir valores positivos en relación a una alimentación sana, propiciar que el niño realice deportes al menos dos veces por semana más allá de las necesarias clases de educación física, las salidas a comer en familia deben proponer varias opciones en donde lo fácil o cercano no siempre es la mejor opción; no se debe confiar sólo en la voluntad de cada uno de los integrantes de la familia y, por tanto, es más inteligente tener a la mano alimentos saludables para los momentos de antojo; si estamos en presencia de niños o personas con obesidad se debe cuidar su bienestar psicológico porque será más fácil cambiar la realidad del niño si su autoestima no está dañada, y promover en los niños y adolescentes el que se sientan corresponsables de su salud.
     Aquí algunas cifras: ?hoy el 30 por ciento de los mexicanos tiene problemas de obesidad, el 69.7 por ciento presenta sobrepeso, cerca del 40% de los niños entre 5 y 10 años de edad ya presentan hipertensión arterial, a nivel mundial más de 2 millones de personas fallecen al año por causa de la obesidad, la diabetes que es una de las principales enfermedades a nivel mundial está relacionada a la presencia de obesidad.
     Es cierto, las cifras literalmente asustan pero no pueden paralizarnos. No podemos una vez más empezar a pasarnos como se dice la pelotita de unos a otros, yo invito a que todas las familias digan es NUESTRA RESPONSABILIDAD y de forma enfática exijan con el ejemplo a que los demás actores implicados se integren en la búsqueda de soluciones efectivas. Pasemos de preocuparnos a ocuparnos.


Lectura e Inteligencia

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: E - Consulta, 28 de septiembre de 2010

     Durante el pasado campeonato del mundo de futbol aconteció un hecho curioso y reiterado: a los comentaristas de futbol de las principales cadenas televisivas del país, - que en términos generales no se destacan por expresar un gran talento, ni mucho menos por el manejo certero, oportuno y claro del lenguaje -, les dio por iniciar sus comentarios afirmando que el director técnico de tal o cual equipo había hecho una buena lectura de las circunstancias del partido, razón por la cual se había hecho con la victoria o, por el contrario, que no supo leer las exigencias del partido, impidiéndole realizar las acciones convenientes para enmendar las circunstancias adversas y hacerse con la victoria. ¿Qué tanta razón tenían los comentaristas deportivos en usar tan notoria expresión? ¿Qué querían decir con eso de saber leer un partido? ¿Qué tanto eran conscientes de lo acertada de la expresión? Pues lo cierto es que por una vez, quizá sin que sirva de precedente, tenían toda la razón en lo que querían decir, aunque probablemente no sepan porqué tenían razón.
     Exploremos un poco el sentido de la palabra lectura, pero antes de hacerlo, acerquémonos a otra palabra que de tan común en el uso diario se ha desgastado tanto que pocas serán las personas que sepan su origen, en este caso me estoy refiriendo a la palabra inteligencia. ¿Qué tienen en común las palabras lectura e inteligencia? ¡Mucho!.
     La palabra inteligencia, que procede del latín intelligere, comprender, introducida en la cultura latina por Cicerón, se compone de inter, entre y legere, leer, que incluye la idea de leer entre líneas. Entonces, ser inteligente significa saber leer, o saber leer nos remite a la idea de ser inteligente.
     De momento hemos identificado la relación entre leer e inteligencia, pero falta llegar a la clave de la expresión, es decir, qué se debe entender por legere, cuál es su sentido. Por Legere, leer, en nuestro diario uso entendemos la capacidad de juntar letras y de identificar el significado de ellas en su conjunto, haciendo que los signos nos evoquen, relacionen o identifiquen ideas, cosas, personas, acontecimientos, etc..
     Sin embargo, legere, leer, tiene un sentido mucho más profundo, implicando discernir, darse cuenta, elegir o escoger. Así, que una persona que es inteligente, que saber leer, por tanto, es capaz de darse cuenta, discernir, escoger. Darse cuenta de los acontecimientos, de lo que está sucediendo, llevar a la consciencia las circunstancias del entorno, serían el primer elemento a identificar y realizar por la persona que sabe leer, que es inteligente.
     Percibir los componentes del mundo y saber qué hacer con ellos está en el origen del ejercicio de todo acto de inteligencia. De discernir tenemos que hacer notar que se trata de la capacidad de separar, de diferenciar, como quien usa un cernidor o coladera en la que separa los productos deseados de los no deseados, o simplemente no necesarios para una actividad específica, como puede ser cuando se cierne la arena para separarla de las piedrecillas que la acompañan y ya limpia ser un constitutivo importante en la mezcla empleada en la construcción de casas.
     En este caso, el de discernir provoca otra curiosidad del idioma y del pensamiento; los griegos a esta actividad de cernir, separar la denominaban como krineo, origen de dos palabras muy presentes en nuestro diario hablar: crisis y crítica, que tienen en común la capacidad y acción de separar, de distinguir.
     Crisis es una de las palabras más repetidas en nuestro diario vivir ya no en los últimos años, sino en las últimas décadas. Crisis, para los griego tenía el sentido de realizar un juicio o emitir un veredicto. Una persona que está en crisis, o que tiene que hacer una crítica, quiere decir que está obligada a separar, a emitir juicios, a afirmar o negar, a tomar decisiones, a elegir o escoger. Conjuntando todas estas ideas, podemos colegir que una persona inteligente será aquella que es capaz de leer, darse cuenta de las circunstancias del medio en el que está inmerso y por ello de realizar las funciones de separar y decidir.
     Por lo que saber leer, ejercer la inteligencia no es privativo de leer libros, sino sobre todo del conjunto de experiencias de la existencia humana, así podemos leer: el tiempo, la historia, la vida diaria, la propia cultura, las relaciones de pareja, los compromisos personales, las exigencias sociales, etc. Ser analfabeta inteligente, remitirá a no saber leer nuestro entorno, no separar o distinguir entre el bien o el mal, por ejemplo, o tomar las decisiones necesarias, o pertinentes que se tienen que hacer en los múltiples momento del diario vivir.
     Una buena formación social, cultural, debería centrar su ejercicio en capacitar a los seres humanos en la toma de conciencia de las diferentes exigencias que la vida nos presenta, en la capacidad para distinguir entre las diferentes opciones que se pueden tomar y de éstas quedarse con las mejores, con la que satisficiera plenamente la circunstancia, problema, o conflicto a resolver.
     Leer la realidad correctamente nos obliga a tomar las mejores decisiones y es así como los buenos directores técnicos de futbol han mostrado su inteligencia, eligiendo a los mejores jugadores, identificando las debilidades de los jugadores contrincantes, aprovechando las capacidades de sus jugadores y corrigiendo oportunamente las desviaciones que impiden alcanzar la meta propuesta. Por una vez, los cronistas deportivos demostraron tener razón.


Parlamento, jóvenes y educación ciudadana

Autora:Ma. Isabel Royo Sorrosal datos del autor: haz click aquí
Publicado: Síntesis, 22 de septiembre de 2010

     Cuando le cuestiona han a Fernando Rielo -filósofo y poeta español fallecido en 2004- sobre las formas de ver el mundo, respondía que una visión bien formada de la realidad precisa tres características fundamentales: ser potenciadora, incluyente y dialógica. Efectivamente educara los jóvenes sin reduccionismos ni exclusiones y sin fanatismos es alejarlos de prejuicios e intereses partidistas. De ser así, los jóvenes estarían preparados para una nueva sociedad que busque con fuerte espíritu: la paz, la vida, la unidad, el amor. Estamos hablando de una utopía, sí. Pero ¿qué sería de nuestro mundo y nuestros jóvenes sin un poco de esperanza?
     El pasado 13 de agosto se celebró el Parlamento Universal de la Juventud (PUJ) en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde 300 jóvenes de 21 países aprobaron una Carta Magna de Valores para una Nueva Civilización, fruto del trabajo de miles de jóvenes a lo largo de varios años. El PUJ es foro permanente de diálogo que encuentra sus orígenes en 1991 por una carta fundacional del autor arriba nombrado. En ella figura como misión "incrementar el compromiso personal de cada joven... unido al compromiso de los demás jóvenes de todos los credos, razas y países". Ahora el Parlamento, a través de la reciente Carta Magna presenta los actores, relaciones y ámbitos de acción necesarios para una nueva sociedad que defienda las a.spiraciones y dignidad del ser humano. Desde el modelo de unidad y amor que presenta la persona de Cristo propone la búsqueda del bien común para una sociedad que supere los conflictos vigentes de la guerra, los múltiples atentados contra la vida humana, el hambre, la inequidad, el desempleo. el problema ambiental, etc.
     Lo novedoso de la iniciativa es su propositividad. No se trata de un manifiesto de protesta, ni traslada la responsabilidad de cambiar la sociedad a otras personas o entes, sino que es una declaración de compromisos personales. Los jóvenes, convencidos de que el cambio debe empezar por ellos mismos, señalan ámbitos de la convivencia humana que requieren transformaciones profundas: las relaciones interpersonales, la familia, la política, la economía, el medio ambiente, la educación y las redes de comunicación. Pasar de las declaraciones a las acciones concretas en estos ámbitos supone un ejercicio de ciudadanía que busca iluminar políticas nacionales e internacionales sobre temas claves para la humanidad.
     ¿Cómo se puede hacer realidad? ¿Con el compromiso de cada joven para después proyectarlo en sus entornos? Este Parlamento se propone como fin que todos los jóvenes, sin distinción alguna, investiguen y analicen aquellos temas que les preocupan y que sus conclusiones y propuestas sean escuchadas a nivel mundial por todas las instancias políticas, sociales y religiosas. Se trata de ir formando una conciencia ciudadana y universal que impulse la unidad y la paz de los pueblos.

Cien años y el propósito es un llamado que sigue vigente

Autor:José Rafael de Regil Vélez
Publicado:  27 de septiembre de 2010

      Hay dos maneras de mirar la historia: como acumulamiento de una serie de datos que pueden ser usados en las conversaciones sociales para mostrar cultura general o como la posibilidad de ver al pasado, escudriñar en los acontecimientos lo que pudo motivar a las personas que nos precedieron para acometer alguna empresa, empatizar con sus intuiciones y a partir de ello dar luz a lo que nosotros mismos hacemos, soñamos, emprendemos de cara al futuro que nos imaginamos más humano y humanizante.
     La semana pasada, el 22 de septiembre, fue celebrado el centenario de la fundación de la Universidad Nacional Autónoma de México.
     En 1910 Justo Sierra Méndez, a la sazón ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Porfirio Díaz, vio cristalizar un proyecto que acuñó siendo diputado en 1881: la fundación de una Universidad para el país.
     En la iniciativa que presentó a los diputados apuntaba a la creación de una institución de educación superior que con un carácter laico y no confesional promoviera el saber mediante el método científico.
     La idea era dotar al país de una institución del más alto nivel en la cual se acuñaran las ideas, explicaciones e innovaciones tecnológicas que impulsaran su desarrollo más allá de los vaivenes políticos.
     La Universidad, así, cumpliría con su vocación ya casi milenaria: reflexionar críticamente la cultura, producir conocimiento y formar las personas que con ese patrimonio de criticidad y saber pudiesen participar activa y propositivamente en las diferentes esferas del actuar social.
     Hoy los tiempos son otros. Muchas personas ven a esta institución como la capacitadora que forma los empleados que las empresas necesitan. Su misión pareciera ser la del adiestramiento en distintas profesiones y disciplinas para la competitividad productiva.
     Pululan instituciones que dan clases y otorgan títulos y cuyos profesores no han hecho mayor investigación que la de sus tesis de licenciatura y con suerte de maestría y que carecen de producción escrita de difusión de sus áreas.
     En no pocos casos los docentes universitarios son consumidores de textos que recitan a sus alumnos, o transmisores del “know how” de una disciplina, sin mayor producción teórica y mucho menos contextualización social y política. Las instituciones de educación superior no son “conciencia de la sociedad” ni motor de innovación y cambio.
     El centenario universitario es una buena ocasión para repensar a la luz de la historia la misión de las actuales instituciones de educación superior.
     La Universidad es la casa de la criticidad. Antes que ofrecer grados académicos, es su misión revisar críticamente la cultura, la sociedad, la política. Atisbar qué hay en ellas que haga posible la dignidad humana y qué se constituye un obstáculo para lograrlo. A partir de esto traza sus líneas de investigación, diseña los planes de estudios que permitan que los profesionistas e intelectuales del futuro puedan inquirir el sentido de la realidad, desentrañar sus posibilidades y conservar sus logros.
     La criticidad significa el cultivo del pensamiento profundo que sólo la filosofía y las humanidades pueden procurar; también de la investigación social para la mejor comprensión de las condiciones en las cuales hay que construir el país, sumarse a la participación cívica y reconstruir la identidad nacional en el mundo de hoy sin ingenuidades ni dogmatismos.
     La vocación crítica universitaria está incompleta sin aquella a la creatividad. Mediante la investigación seria, situada, oportuna, la universidad puede generar explicaciones de todo tipo de fenómenos y entonces promover soluciones a problemáticas de índole tecnológica, educativa, económica, social, política.
     Crítica y creativa la universidad es la casa de la libertad. Con libertad de cátedra, con libertad de pensamiento y opinión fomenta la formación de mujeres y hombres libres: capaces de pensamiento autónomo, de revisión de los propios sistemas de valores a partir de los cuales tomen las decisiones pertinentes para una sociedad cuyo modelo está en entredicho porque genera vulnerabilidad y exclusión.
     Este llamado a la libertad existe desde que en los siglos XII y XIII nacieron las grandes universidades europeas intentando estar más allá del poder de los príncipes y los jerarcas religiosos, pues sólo así podrían cultivar el saber sin ser esclavos de los intereses políticos y dogmáticos del momento y actualmente de los económicos.
     La vinculación social, con la difusión del saber que generan las instituciones de educación superior es la consecuencia lógica del actuar universitario. Nacida en el seno de la sociedad es ésta la beneficiaria, el cliente real de sus esfuerzos. Los productos de investigación, las acciones de servicio social, los saberes construidos tienen en el beneficio de los grupos sociales, especialmente los más vulnerables, la meta clara a la cual llegar, y no lo que el empresario exige. Es un actor social relevante.
     Mirada a la luz de su historia, la misión de la Universidad está más allá de la capacitación laboral. Se sitúa en el corazón mismo de la cultura y la sociedad de las cuales nace y a las cuales retorna en forma de criticidad, creatividad, solidaridad, libertad concretados en forma de libros, de cursos, y también de egresados de sus aulas, mujeres y hombres realmente capaces para los demás; competentes para dejar este mundo un poco mejor que como lo han encontrado, no sólo como titulados capacitados para realizar una actividad específica pero sin contexto ni potencial transformador. El propósito original de las universidades es un llamado que sigue vigente.


    

"Pobres de los países que necesitan héroes".

Autor: Martín López Calva, datos del autor: haz click aquí
Publicado: El columnista, 22 de septiembre de 2010

     La conmemoración y celebración del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución tienen sin duda implicaciones en el campo de la educación que deberíamos reflexionar y traducir en acciones que contribuyan al mejoramiento de la calidad de lo que hacemos todos los días en las aulas de este país tan necesitado de recuperar y aprender de su rico pasado para poder afrontar los retos de construir un mejor futuro.
    Más allá de posiciones nacionalistas efímeras o patriotismos anacrónicos habría que preguntarse seriamente qué es lo que nos enseñan estos procesos de cambio que ha vivido México desde su nacimiento como país independiente en 1810 pasando por el siglo XIX y la Reforma liberal hasta la Revolución mexicana y los cien años de proceso postrevolucionario, y cómo podemos contribuir desde la educación a que estas enseñanzas sean aprendidas, reflexionadas y vividas por las nuevas generaciones de mexicanos.
     Se dice con razón que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla y esta afirmación tendría que convencernos como sociedad y en concreto como sistema educativo de la importancia que tiene la inclusión de la Historia en el currículo de todos los niveles educativos si queremos aspirar a un mejor futuro como país.
     Sin embargo, el lector -padre de familia, docente, directivo, estudiante o ciudadano común- podrá preguntar con razón por qué si tradicionalmente se ha enseñado la Historia de México en las escuelas, esto no ha contribuido a la construcción de un mejor país, o al menos no ha podido hacer del todo que nuestra sociedad cambie para bien. En este sentido podría decirse que sería mejor reducir la enseñanza de la Historia y aumentar las horas de asignaturas más "prácticas" o más "útiles", como parece ser la tendencia en la sociedad actual.
     La respuesta al por qué si tradicionalmente se ha enseñado Historia no se ha transformado la realidad todo lo deseable es, precisamente, porque la Historía se ha enseñado tradicionalmente. Parece un juego de palabras, pero lo que quiere decir esta expresión es que la manera en que se ha enseñado esta asignatura ha sido inadecuada porque se ha asumido que aprender Historia es aprender nombres, fechas, lugares, batallas, héroes y villanos.
     ¿Cuál sería la forma en que la inclusión de la Historia en los planes de estudio de nuestro sistema educativo nacional podría contribuir verdaderamente a que la sociedad mejore? Aquí se propondrán dos grandes ejes de transformación que sin duda ayudarían a lograrlo.
     En primer lugar, es necesario cambiar radicalmente la visión tradicionalista de la enseñanza de la Historia y dejar de pensar que con aprender datos, información sobre los procesos históricos, es suficiente para decir que se lograron los objetivos. Sin desdeñar la importancia relativa que tiene el que los alumnos sepan situar al menos de manera general las épocas, nombres y lugares de una manera coherente, es necesario aspirar a que los estudiantes comprendan la dinámica de los procesos históricos: sus causas, su lógica desde los diversos actores y posturas contrarias desmitificando a los héroes y a los villanos para tratar de verlos como personas humanas, ni totalmente buenos los unos, ni totalmente malos los otros y situando los procesos en el marco general de la sociedad de cada tiempo más allá de los héroes individuales.
     En segundo lugar, es necesario pensar como finalidad de la enseñanza de la historia, no solamente la construcción de una comprensión inteligente y una reflexión crítica de los procesos humanos y sociales más allá de los simples datos y de la división de México en "buenos" y "malos", "liberales" y "conservadores", "derechistas" e "izquierdistas", etc. sino la generación de una "conciencia histórica operante" en los estudiantes que les capacite para entender la evolución del desarrollo del país a lo largo de las generaciones y caer en la cuenta de que los grandes sueños de igualdad, fraternidad, justicia, democracia y legalidad, son construcciones humanas que nunca serán perfectas o se lograrán del todo y que además requieren de tiempos de mediana y larga duración para construirse y no puede aspirarse a ellos de manera automática.
     Esta conciencia histórica hace muchísima falta hoy en un país que parece encerrado sin posibilidades de escapar a los problemas del presente inmediato y que tiene una carencia fuerte de personas con perspectiva histórica en el mundo de la "comentocracia" y aún de la academia. Porque lo que vemos hoy es una sociedad agobiada por su momento presente lleno de problemas como la violencia, la delincuencia organizada, la descomposición social, la crisis económica, el empobrecimiento de buena parte de su población, etc. e incapaz de reconocer que en doscientos y cien años de la independencia y la revolución respectivamente, se ha avanzado en muchos campos de nuestra vida nacional. Lo que tenemos hoy en los medios y aún en las escuelas y universidades es una mayoría de líderes de opinión también mirando solamente los problemas del presente y alentando a la sociedad a no mirar con visión histórica el presente sino con una idea de que la situación actual es el único criterio y que no se avanza nada por más que pasen los siglos y aún las luchas violentas. De ahí el fuerte eco que ha tenido en la opinión pública la idea de que "no hay nada que celebrar este año en México".
     Finalmente, como tercer elemento indispensable para una enseñanza significativa de la Historia, tenemos la articulación irrenunciable entre Historia y formación ciudadana (Formación cívica y ética). No es posible enseñar la Historia aisladamente. No es eficaz enseñar el pasado además de memorística y simplificadamente, aislado por completo del presente y desligado en absoluto de la posibilidad de futuro.
     Un niño o adolescente que aprende la Historia sin ver en ella ninguna relación con su presente, con la vida de la sociedad en la que está inmerso, con los acuerdos y desacuerdos que se viven día a día, con el comportamiento que sus padres, maestros, gobernantes, empresarios, etc. tienen como ciudadanos, es un niño o adolescente que sentirá que la Historia es profundamente aburrida y que "no sirve para nada". Mientras tanto, a ese mismo niño o adolescente se le tratan de inculcar valores y comportamientos cívicos que no tienen ninguna raíz en la historia, que no se le presentan como una valiosa herencia de nuestros antepasados y por ello también los percibe como artificiales y sin sentido.
     Una enseñanza de la Historia de México que genere comprensión inteligente y reflexión crítica, que busque crear una conciencia histórica para mirar el presente a la luz del pasado y como impulso hacia un mejor futuro y que se articule plenamente con la formación ciudadana, es el mejor modo de hacer que la celebración del bicentenario sea fructífera socialmente y se prolongue en el tiempo, más allá de los juegos pirotécnicos, el grito y los desfiles conmemorativos.

Contra Fragmentación del conocimiento

Autora: Luz del Carmen Montes Pacheco
Publicado: Puebla on line, 21 de septiembre de 2010

     Existen dos ideas con mucho peso cuando se diseñan planes y programas de estudio: hay que enseñar lo simple para después enseñar lo complejo y, hay que enseñar conceptos y teorías específicas para que después se puedan integrar con otros conocimientos. Integrar en algún momento para alguna situación que pueda presentarse en el futuro.
     Aunque en los programas de educación básica se declare que los educandos aprenden ciencias sociales o ciencias naturales, lo que normalmente sucede en las aulas es que se continúa enseñando química, física, biología, historia y geografía; por supuesto sin olvidar las matemáticas, que no se han podido integrar a los conjuntos del resto de las ciencias.
     Esta rutina se sigue reproduciendo en los niveles medio superior (preparatoria o bachillerato) y superior (universidad). Posiblemente con nombres de materias más complicados pero normalmente igual de fragmentarios.
     Además, los estudiantes aprenden de manera fragmentada no sólo porque los planes de estudio están diseñados así, sino porque los profesores no sabemos enseñar de otra manera, pesa el camino seguro pues es ya bien conocido.
     Daniel Gil Pérez, en un artículo publicado por la OEA (Organización de Estados Iberoamericanos) "Para la Educación, la Ciencia y la Cultura" propone un aprendizaje integrado de las ciencias y sugiere tres ideas básicas: 1) Evitar situaciones artificiales, desconectadas de la realidad y sin significado para los estudiantes - como las clásicas prácticas de laboratorio en las que los estudiantes sólo deben repetir una receta y hacer mediciones elementales de volumen, peso y color. 2) Estudiar fenómenos o situaciones conectadas con el entorno para favorecer una percepción global, esto es, sin división en asignaturas. Y 3) Adoptar una metodología común, independiente de las disciplinas y por tanto transferible de un dominio a otro.
     ¿Cómo pueden traducirse estas ideas? Con el abordaje de problemas reales, haciendo lo que Rolando García llama un recorte de la realidad de tal manera que no se desnaturalice el fenómeno estudiado. No me refiero a la típica y trillada estrategia de "solución de problemas", me refiero a un abordaje que sencillamente pretenda la comprensión de la situación, su construcción cognitiva. Hablo de la comprensión de constructos como la globalización, la relación fe-cultura, el desarrollo sustentable, la calidad de vida, la sociedad del conocimiento, los procesos productivos, los sistemas de desarrollo de energías alternativas, la seguridad alimentaria, etc. Situaciones relevantes, vigentes y por qué no, cotidianas.
     Con respecto a la metodología en común, yo propongo mejor un método en común. Una serie de pasos cuyo objetivo sea caracterizar cualquiera de los fenómenos antes enunciados. Y como caracterizar implica enunciar las características de un ente para que sea identificado, tendríamos que identificar primero los rasgos de ese ente. En concreto, los pasos pueden ser problematizar, identificar los rasgos esenciales del ente sin perder de vista las relaciones que existen, conceptualizar una estructura que permita la descripción de las características o rasgos esenciales y por último, describir con base en esa estructura.
     Puede sonar algo complicado pero no lo es. Con los estudiantes de primer semestre de las ingenierías usamos una matriz de interrelaciones que consiste simplemente en una matriz de doble entrada en cuyos ejes colocamos ciertos subsistemas (que nos hablan del campo desde el cual hacemos las conexiones). Por ejemplo, para abordar el fenómeno del desarrollo sustentable, establecemos normalmente subsistemas con los siguientes apellidos: biofísico, tecnológico-productivo, económico y social.
     Por supuesto hace falta un ingrediente sin el cual la experiencia no puede tener éxito, el contexto. Sin el contexto se borda en el vacío. Se tiene que seleccionar un sujeto colectivo, un grupo humano de carne y hueso, que esté unido al fenómeno estudiado. No es lo mismo entender el desarrollo sustentable de un grupo de productores de café en la Sierra Norte de Puebla, que el de un grupo de productores de cereales en Milpa Alta, Distrito Federal.
     Estas experiencias de aprendizaje pueden aplicarse con estudiantes de diferentes niveles educativos pero con diferente profundidad, dependiendo del detalle y de los campos disciplinares o ciencias desde los cuales quiera ser vista esa parte de la realidad.

Centenarios: ¿ Algo qué celebrar?

Autor: Martín López Calva
Publicado: Puebla on line, 15 de septiembre de 2010

     El mes de septiembre obliga a tocar el tema del bicentenario de la independencia que estamos conmemorando junto con el centenario de la revolución. Dos fechas emblemáticas para el país que llegan en momentos especialmente difíciles en los que la violencia, la inseguridad, la crisis económica, la inmovilidad política y el desánimo social parecen ser las constantes que definen el ambiente nacional.
     Un aspecto central que ha dominado los medios de comunicación en estos últimos tiempos es el debate acerca de la celebración que, de manera tan desorganizada y mal comunicada, está realizando el gobierno federal. ¿Hay realmente algo que celebrar?
     Abundan en los periódicos y en los programas de radio y televisión e inundan los buzones de correo electrónico los mensajes a favor y en contra. La mayoría de estos mensajes, columnas y mesas de debate oscilan entre el extremo optimista ingenuo -quasi patriotero- que se pronuncia a favor de las celebraciones por motivos sentimentales válidos pero superficiales o cuando menos insuficientes -"una sopa caldosa, escuchar el himno nacional, una danza folklórica..."- y el extremo "políticamente correcto" entre los "intelectuales de vanguardia y de izquierda" que centran sus argumentos en contra de toda celebración en una visión que se encierra en el estado actual de las cosas -la pobreza, la exclusión, la violencia imperante, etc.- y se enfoca en una visión catastrofista de nuestra realidad.
     Solamente algunos de estos ejemplos de textos y reflexiones tratan de hacer un balance a partir de un análisis más complejo y con un horizonte histórico que aporte elementos para poner en la balanza los motivos y razones para sumarnos o no a las celebraciones.
     En estos pocos ejercicios complejos y con visión de largo aliento parece predominar la postura de un equilibrio entre una sana celebración que sirva como reconocimiento de los indudables avances que como país se han vivido hasta hoy y como elemento de cohesión social que reconstituya un poco el maltrecho tejido social y un ejercicio de recapitulación histórica crítica que, reconociendo las deudas pendientes y los severos problemas que aquejan al país en el presente, apunte hacia la generación de acuerdos mínimos entre todas las fuerzas económicas, políticas y sociales para construir un mejor futuro.
     Independientemente de que los eventos, monumentos, actividades conmemorativas y publicaciones históricas programadas por el gobierno y las organizaciones de la sociedad civil sean o no las adecuadas, sin renunciar a la crítica sobre la eficiencia y pertinencia del presupuesto destinado para ello y su ejercicio, estos planteamientos analíticos coinciden en invitarnos como mexicanos a celebrar con orgullo todo lo que el país ha ido siendo y haciendo a lo largo de esta historia conflictiva y difícil, para caer en la cuenta de los elementos que han promovido los avances sociales, de los obstáculos que han impedido resolver de fondo los problemas de desigualdad, injusticia y exclusión que padecemos y de los elementos que hoy se requieren para afrontar con relativo éxito los desafíos del siglo XXI que son distintos -aunque algunos de ellos tengan sus raíces en el pasado- que los del inicio del siglo XIX o los del siglo XX.
     Desde mi punto de vista y tratando de pensar con perspectiva histórica, es indudable que hay mucho que celebrar en estas fiestas patrias. México no es el mismo después de estos doscientos años. El avance en la construcción de un estado más sustentado en instituciones que en caudillos o héroes individuales, la construcción de una sociedad civil incipiente pero crecientemente participativa, los enormes saltos en cobertura educativa (basta comparar los porcentajes de cobertura en educación básica durante el porfiriato y los actuales), en salud pública, servicios, interrelación con el mundo, tecnología, expectativa de vida, equilibrio de poderes, elecciones libres y observadas por organizaciones independientes, sistema de partidos, libertad de expresión, etc. son más que evidentes a pesar de que aún falte mucho por caminar en todos estos terrenos y existan nuevos problemas.
     En estas fechas históricas, ojalá podamos dar el salto del falso patriotismo de mariachi y festejo efímero, pero no hacia el reino del pesimismo y la desmoralización disfrazados de crítica y expresados en slogans ideológicos, sino hacia una ciudadanía cada vez más reflexiva, históricamente consciente y responsable, capaz de reconocer los enormes desafíos que nos plantean los urgentes problemas nacionales sin regatearnos la posibilidad de celebrar lo que somos hoy, que es producto imperfecto pero real del sueño de nuestros antepasados: los que dieron su vida por una nación independiente, justa y democrática y los que perdieron la vida en este empeño

PERSPECTIVAS DE ESPERANZA

Autor: José Vicente Hurtado Herrera
Publicado: La Primera de Puebla, 15 de septiembre de 2010
     En lo que expresamos, los individuos mostramos aquello que nos inquieta, que nos reta en la existencia, por ello el tema de la esperanza ha sido un tema recurrente en mis colaboraciones.
     La esperanza es una capacidad humana de gran importancia, es la posibilidad de confiar, de ?esperar?, de alcanzar, de ver más allá. Como se afirma en el Diccionario Larousse (1991) ?esperanza es la confianza que se tiene de recibir una cosa?, un acontecimiento, a una persona.
     Existen diversas posturas ante el tema de la esperanza, desde la visión religiosa que la considera una de las tres virtudes teologales, hasta la visión de las Ciencias Sociales que encuentra en el optimismo el término para nombrar la actitud esperanzada.
     Al respecto de las Ciencias Sociales, en los últimos meses he tenido la oportunidad de acercarme a algunos destacados sociólogos contemporáneos: Ulrich Beck, Alain Touraine, Zygmunt Bauman. Ellos con una visión muy clara de la realidad social hacen un diagnóstico de la misma, coincidiendo que la sociedad se encuentra en una profunda crisis, la cual nombran de una manera peculiar: ?la sociedad del riesgo? (Beck), ?el fin de lo social? (Touraine), ?la posmodernidad? (Bauman). A pesar de su aguda crítica, que a primera vista pareciera hundirse en la desesperanza al evidenciar las grandes paradojas y contradicciones del sistema dominante, asumen una postura que con incertidumbre orienta hacia la esperanza.
     Al respecto, me detengo en la interesante postura asumida por Ulrich Beck quien en su obra ?La sociedad del riesgo global? (2002), sostiene: ?no me considero ni optimista, ni pesimista, sino un optimista pesimista?. Dicha expresión resulta a todas luces paradójica y contradictoria, pero frente a la realidad que estamos viviendo sin duda resulta comprensible, además viniendo de estudiosos del fenómeno social evidentemente no nace de la ingenuidad, ni del prejuicio, sino de una postura crítica, de un conocimiento profundo de las cosas.
     Esto me lleva a pensar en uno de los documentos del
Sistema Universitario Jesuita, en donde se dice que la educación superior es una oportunidad para promover en jóvenes universitarios ?una esperanza bien informada?, que les permita afrontar de mejor manera la propia existencia.
     La invitación a promover este tipo de esperanza representa un gran reto para quienes desarrollamos la labor educativa a nivel superior, pues frente a la realidad incierta y violenta por la que pasa nuestro querido México, la actitud dominante en muchos de los alumnos y de nosotros mismos es el pesimismo, la desesperanza, incluso la indiferencia pues ?nada se puede hacer?.
     Parece entonces que a efectos de construir una ?esperanza bien informada? es indispensable leer diferentes medios, escuchar diferentes voces, a fin de formar la propia opinión, de tener una visión crítica ante la realidad, como oportunidad para descubrir posibilidades de esperanza.
     La semana pasada me ha dado material para evidenciar la necesidad de informarse en diferentes medios. Me refiero al caso donde Televisa emite una serie de reportajes sobre anuncios clasificados de servicios sexuales que se publicitan en periódicos del Grupo Reforma; algunos de estos reportajes tuve oportunidad de ver y en ese momento me pareció muy pertinente su ?denuncia?. Sin embargo, el fin de semana tuve la oportunidad de acercarme a otros medios, particularmente a una entrevista que hace Carmen Aristegui (noticiero MVS) a Jenaro Villamil en donde el analista habla de un ?linchamiento moral? de la televisora contra el grupo editorial, por motivos que van más allá de la denuncia legítima contra el comercio sexual.
     La esperanza a la altura de los tiempos y de los problemas que vivimos, debe partir de una visión crítica de la realidad, de una visión bien fundamentada, a fin de generar posturas de vida pertinentemente esperanzadoras, comprometidas por la búsqueda de una vida digna a nivel social y personal. Tal vez desde aquí habría que analizar los festejos del Bicentenario, tratando de entender sus valores, sus límites, sus contradicciones.