sábado, febrero 20, 2016

Hablemos del amor... sin tanta melcocha

Autor: José Rafael de Regil Vélez
Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 16 de febrero de 2016 en la columna Palabras que humanizan

He hecho la prueba muchas veces con grupos de jóvenes y adultos. Todos hablamos del amor, pero cuando hago la ineludible pregunta sobre qué es eso de lo que decimos, prácticamente nadie atina a señalar mayor cosa: impera la ambigüedad. Con razón la palabra amor está llena de melcocha y malentendidos: nos referimos a él sentimentalmente, llenos de romanticismo, como si protagonizáramos una película y fuéramos princesas de Disney… Bueno, realmente no pensamos mucho… hablamos de lo amoroso diciendo todo y posiblemente nada. Intentaré clarificar un poco:
Una mirada a lo que hacemos los humanos nos permite decir que somos capaces de relacionarnos con los demás, comprometiéndonos en su crecimiento como seres humanos.
La madre puede empeñarse en sacar adelante a sus hijos: con el que le cuesta la disciplina, intentando que la obtenga; con el que sufre con las rupturas en las relaciones que establece, animando para gane fortaleza; con el que tiene menor salud, bregando para que la obtenga.
El amigo es capaz de obligarse a caminar con el amigo cuando la situación económica atraviesa por un bache o el fracaso y la frustración parecieran abatirlo o la enfermedad lo agobia.
Un profesor puede buscar de una y otra forma que un estudiante se relacione con las cantidades hasta que logre hacer matemática; trabajar para que el introvertido logre abrirse al mundo exterior; intentar que el egoísta ensanche su horizonte personal abriéndose a los demás y recibiendo de ellos riquezas para ser una persona más cabal.
La lista de ejemplos puede crecer y en todos ellos será posible encontrar un común denominador: hay en los amorosos un querer profundo de que el otro crezca; un intento comprometido en promover al otro para que sea el mejor ser humano que pueda ser; lo que los latinos llamaban benevolencia, es decir: el querer el bien del otro (bene / volere). Desde esta constatación podemos afirmar que quien habla del amor indica la voluntad incondicionalmente fiel de la promoción del otro para que sea más otro en la situación en la que se encuentre.
En esta línea -para seguir profundizando- amar y enamorarse no son lo mismo… Desde mi perspectiva son palabras mal emparentadas… En el primero hay que dar el paso, moverse, ser activo. En el segundo las personas no son agentes, pues el enamoramiento es algo que acontece, ante lo cual se reacciona. Aquel tendería a la mayor permanencia posible, este -tarde o temprano- va a desaparecer. Amar es volitivo, enamorarse es mucho más bioquímico.
El amor tampoco es mero sentimiento, aunque acoja en su experiencia una pléyade de sentires. El sentimiento sirve para advertirnos de la realidad, nos conecta con lo que deseamos, con lo que necesitamos y nos dice cuando hay algo que nos amenaza, nos recompensa, nos rompe el balance. En cuanto pasa aquello que nos mueve dejamos de sentir lo que sentíamos para enfocarnos en otra cosa. No se espera de una madre amante o amorosa el que ame solo mientras le dura la alegría o la tristeza o el miedo o la sensación de confort, sino de una manera que vaya trascendiendo momentos, lugares y circunstancias: que ame al niño, al joven o al adulto que ha ido siendo su hijo o su hija.
En muchas, muchas, muchas ocasiones el amor tiene que pasar por el crisol del disgusto, del dolor, de la incomodidad. No es  para nada agradable ni en sí mismo reconfortante estar toda la noche al lado de la cama de un niño a quien no baja la temperatura o consume la leucemia, como tampoco lo es lidiar con el necio que niega la realidad, víctima de su incapacidad mental o de los bloqueos que suceden cuando se viven las cosas que tocan las fibras más sensibles de la persona. Mucho menos es placentero tener que soportar las rarezas que de una forma u otra todos tenemos y a las que quien nos ama no está acostumbrado o no le parecen agradables, por más que haya pasado el tiempo y nos conozca. Es muy difícil seguir comprometidos cuando las fuerzas disminuyen, cuando ha pasado la emoción del primer contacto y el otro se nos ha vuelto un viejo conocido.
Más allá del sentir el amor es compromiso con, por y para el otro.

Vistas de este modo las cosas el amor es posible para con la pareja, los hijos, los padres, los pacientes del personal de la salud, los discípulos de los profesores, los amigos: en todas estas formas de relación (y las que el lector quisiera añadir) es factible ir más allá de la melcocha, la parafernalia de las princesas Disney que sobre simplifican las explicaciones sobre la vida humana. Se puede llegar al compromiso de hacer cuanto de nosotros dependa para ser más con, por y para los demás. De eso hablamos cuando de amor hablamos.

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