lunes, octubre 10, 2011

2 de octubre, ¿no se olvida?


Autora: Laura Angélica Bárcenas Pozos
Publicado:La Primera de Puebla, 07 de octubre de 2011

     A todos los caídos el 2 de octubre de 1968.
     Esta semana estamos conmemorando un aniversario más del movimiento estudiantil del 68, que culminó con la  noche de Tlatelolco en donde murieron cientos de personas, principalmente estudiantes y profesores universitarios, pero también una buena cantidad de civiles.
     En ese momento y a punto de celebrarse los juegos olímpicos en México, el gobierno de Díaz Ordaz, poblano para nuestra mala fortuna, tuvo a bien terminar con las demandas estudiantiles, utilizando la fuerza del ejército, pues los jóvenes universitarios eran considerados comunistas y por lo tanto una peste social.
     Siempre que llega un 2 de octubre, recuerdo mis años de infancia, cuando las manifestaciones estudiantiles no se hacían esperar por las calles de nuestra ciudad, al grito de “2 de octubre no se olvida”, sin embargo con el transcurrir de los años esta fecha está cada vez más diluida y sinceramente me pregunto, qué le pasa a nuestra sociedad, por qué ha olvidado el último momento de resistencia al sistema impuesto por el PRI.
     Me pregunto sinceramente por todos esos universitarios, los de esas dos décadas e incluso de la siguiente, dónde están, qué han hecho con sus vidas, a dónde se fueron sus gritos de igualdad, libertad y solidaridad. Así que poco a poco todo eso se ha quedado en el olvido, los zapatos regados en la plaza, los helicópteros sobrevolándola, las ráfagas que dieron la voz de ataque, las carreras, los gritos, las súplicas, las fotografías reveladoras, todo, todo está en el olvido. Dónde está la noche de Tlatelolco de Poniatowska, los días y los años de González de Alba, la imparable lucha de Ibarra de Piedra. También me pregunto dónde estará Sócrates, ¿vivirá?, ¿vivirá con dignidad? Y el Buhó y la Nacha, ¿qué fue de ellos? Nada sabemos, o tal vez sabemos muy poco. Lo que sí es que ya nada se dice del 2 de octubre.
     Parece que no queda nada, de ese movimiento que por muchos años fue motivo de reflexión y conscientización ciudadana, no queda nada y se nos ha olvidado que como pueblo tenemos algo que decir ante las decisiones que los políticos toman sobre nosotros
No sé si la circunstancia social y económica en la que estamos hoy sumergidos ha hecho que el 2 de octubre se borre de nuestras memorias, de los que no lo vivimos cercanamente pero que tuvimos una constancia cercana de los hechos, pero sobre todo de los que estuvieron, ese día, en la plaza de las tres culturas, dando batalla por los estudiantes presos. Y tal vez sólo los matazetas, los carteles del crimen organizado y el deterioro social podían haber hecho que olvidáramos que un día la sociedad se organizó para protestar contra el autoritarismo del gobierno en turno. O tal vez estamos tan agotados de ver que nada pasa, que preferimos dejar que la vida siga, aunque esto signifique la destrucción de nuestra nación.
     A pesar de esto, ahora tenemos a Sicilia y la marcha por la paz, salimos a las calles vestidos de blanco para protestar por esta inseguridad y violencia exagerada que ha rodeado nuestras vidas y que nos ha generado un miedo que no conocíamos antes. Sin embargo, la marcha ha parado y Sicilia ha guardado silencio, tal vez porque se da cuenta que se requiere mucho más que una marcha, aunque su lucha sea genuina. Esto es lo más parecido que tenemos a ese 2 de octubre, en donde los estudiantes, más que miedosos estaban motivados por cambiar el mundo. Nosotros en cambio sólo queremos regresar a la paz social que teníamos hace veinte años.
     Estoy tratando de llamar la atención de todas las personas que se levantan cada día, que trabajan duro, que tienen hijos, que han construido un patrimonio con  esfuerzo, que quieren vivir y morir tranquilos. Dónde están todos, por qué nadie dice nada, por qué todos estamos esperando a que los otros se muevan, por qué estamos tan paralizados por el miedo, por qué estamos dejando que a este país se muera.
     Por eso pregunto, dónde quedó el 2 de octubre y lo que esto representaba, cuáles son los gritos que deberíamos alzar hoy para hacer una consciencia de lo que en nuestro entorno acontece, cómo se sentirán los universitarios que protagonizaron esa lucha y que aún están vivos, qué quisieran hacer, qué quisieran decir, qué queremos hacer nosotros,  por favor, no sigamos así, por ellos, por todos los que murieron ese 2 de octubre, por nosotros que vivimos la corrupción de un sistema absolutamente deteriorado, por nuestros niños y jóvenes que se merecen un país con esperanza, no olvidemos el 2 de octubre, digámosle a los políticos, que se vayan, que estamos hartos…

viernes, octubre 07, 2011

Una visión profunda de la vida

José Rafael de Regil Vélez, si quieres tener más datos del autor, haz click aquí
Publicado: Sintesis Tlaxcala,  07 de octubre de 2011

     Adolfo Nicolás es un jesuita, de hecho el jefe de todos los jesuitas a quien llaman Prepósito General. Nació en España, pero muy pronto fue a vivir al Oriente: Japón, Filipinas, por citar sólo alguno de los países donde ha vivido.
     Como superior de la Compañía de Jesús tiene que vivir empapado de la realidad compleja del mundo actual, para poder señalar la línea de aquellas cosas que sus religiosos y toda persona que concuerde con ellos debe tener en cuenta para definir una acción concreta, que promueve la humanidad en justicia.
     En las reflexiones que ha compartido con los rectores de las universidades jesuitas llama la atención sobre un tema que es muy de nuestra época y ante el cual los diversos actores sociales, especialmente los educadores, debemos posar la mirada: el de la superficialidad que puede provocar –y que de hecho provoca- la tecnología de la información y la comunicación.
    Cuando nos detenemos a considerar las posibilidades que abre ésta para la vida del ser humano encontramos cosas que no se imaginaron apenas nuestros abuelos: la posibilidad de interactuar con personas en tiempo real desde cualquier lugar y en cualquier idioma para compartir con ellos lo que se quiera: ideas, religión, sexo, chistes, información; depósitos de información en los que se puede encontrar con rapidez inusitada material para lo que se quiera; la posibilidad de utilizar toda esa información para la lectura personal, para trabajos académicos, para toma de decisiones empresariales; disponibilidad de imágenes, videos con contenidos para todos los gustos, etc.
      Las redes sociales acercan a las personas con rapidez inusitada, nos ponen al día de nuestros conocidos y familiares, se vuelven medio para participar en causas sociales, para mantenerse al día.
      Ante tanta bondad resulta ineludible enfrentarse a una parte de la realidad en la cual Nicolás pone el dedo en la llaga: la superficialidad que se ha venido generando al calor del uso de estas herramientas. El acceso rápido y casi ilimitado a la información sin ningún esfuerzo para producirla, la producción inmediata e irreflexiva de opiniones, las relaciones mediadas sin que exista algo más en la realidad concreta producen una visión superficial, poco profunda de la vida.
      Hoy, en la cultura del copiar y pegar (“copy-paste”) todo puede ser utilizado sin necesidad de pensar críticamente, de escribir con precisión y sin necesidad de llegar a conclusiones personales, señala el religioso, a lo que añade que la percepción de la realidad, los anhelos humanos se van quedando en la superficie y esto limita en mucho las posibilidades de crecimiento de las personas.
      Hacerse cargo de la realidad cotidiana supone en muchos de sus aspectos detenerse a analizar, a revisar, a ponderar, a contextualizar las cosas para poder tomar decisiones que conduzcan a procesos de humanización en cosas como la familia, el papel de los seres humanos en el trabajo, la participación ciudadana en la política. Relacionarse con seres como uno, de carne y hueso, requiere pasar de lo que a simple vista aparece para llegar a la empatía, que es la que permite la realización de acciones conjuntas para crear mejores condiciones de vida.
      Capacitar para vivir en el mundo globalizado de la tecnología de manera que se puedan obtener los grandes beneficios que ofrece supone, sin más, recuperar lo más auténticamente humano que se cuece en la criticidad, en la solidaridad concreta, en la afectividad con rostro y presencia, en la creatividad que se enfrenta a problemas reales… Vivir tecnológicamente pide necesariamente la construcción de una visión profunda de la vida.





La función de los ingenieros: un reto para la sociedad

Autora: Luz del Carmen Montes Pacheco
Publicado: Puebla on Line,  04 de octubre de 2011

     De una manera muy general, puede definirse al ingeniero como un profesionista que relaciona conocimiento científico y tecnológico para facilitar las tareas de las personas, ya sea en el sector productivo de bienes y servicios o en la vida cotidiana.
     Dependiendo de la especialidad, un ingeniero puede diseñar, implementar y evaluar sistemas de producción, de información o de manejo de energía; puede diseñar equipos y construirlos, así como mejorar procesos de producción de bienes y servicios, entre algunas otras actividades.
     Pero "producir" para el "progreso" de la sociedad, ha dejado de ser la prioridad. De hecho, esa idea nos ha conducido a un estado de vulnerabilidad que no se contemplaba hace aproximadamente veinte años, con altos costos económicos, pero sobre todo, sociales y ecológicos.
     No solo son tiempos difíciles para los ingenieros porque el desarrollo tecnológico avanza vertiginosamente y por tanto es difícil de alcanzar, como afirma Richard Felder, norteamericano experto en formación de ingenieros. Ya no se trata ahora solo de cuidar agua, energía y otros recursos para la producción, ni de evitar los desperdicios o el re trabajo. Los retos de los ingenieros están relacionados con el manejo de energía, de alimentos y de agua de una manera justa y equitativa.
     Hay que reducir costos de transformación y manejo de fuentes alternativas de energía.   
     La energía solar requiere todavía de grandes superficies de captación y tiene dificultades de almacenamiento, los biocombustibles pueden producirse pero con riesgo de la seguridad alimentaria, el control de energía radiactiva es todavía una falacia.
     Ahora se requiere desarrollar dispositivos para captación, racionamiento y distribución del agua, lo que no implica necesariamente sofisticar sistemas, sino a veces recuperar formas tradicionales y naturales como lo que hace Raúl García Diego en la zona Tehuacán-Cuicatlán. Hay que considerar el desarrollo de sistemas para la recuperación de agua pluvial, de bajo costo, para casas habitación de familias de escasos recursos, como el sistema a base de tubería de PVC y tinacos, desarrollado por ingenieros mexicanos.
     En cuanto a la producción de alimentos, hay que mejorar los sistemas de agronomía urbana y de hidroponía vertical para que las familias produzcan frutas y verduras para el autoconsumo; sin olvidar la mejora de sistemas de cultivo para contrarrestar las condiciones climáticas adversas – sin alterar la genética de las semillas. Aunque es evidente que el problema de producción en el campo, tiene más implicaciones políticas que tecnológicas.
     Sí a: techos verdes, tecnología que no contamine, mejores envases reutilizables y reciclables, alimentos más nutritivos de bajo costo, prótesis y dispositivos médicos más eficaces, menos costosos y más durables.
     No a: enfriadores para una lata de refresco, mini parrillas para mantener caliente el café de una sola taza, automóviles más bonitos y ligeros pero más caros, "súper mini aparatos" de comunicación, multifuncionales pero excluyentes social y económicamente; y toda una serie de cosas que se consumen cada vez más, que no necesitamos para vivir mejor y mucho menos para vivir. No a la obsolescencia programada o sentida.
     Producir sin agotar los recursos, sin crear bienes innecesarios y que separan aún más a los seres humanos. Avances tecnológicos para mejorar la convivencia, el estado de salud de plantas, animales, personas y comunidades; para conservar la cultura y mantener la diversidad.
     Formar ingenieros para asumir y hacer frente a estos retos supone más que querer cambiar el proceso de enseñanza-aprendizaje, la verdad es que son retos inalcanzables sin la participación de otros especialistas y de los "otros" como humanidad.

Respecto a ser un buen jefe

Autor: Alexis Vera
Publicado: en Lado B,  5 de octubre de 2011

     Aquellos que hoy tienen la responsabilidad de ser jefes, tanto en el ámbito público como en el privado, se enfrentan al monumental reto de lograr resultados en quipo y de no morir en el intento. Trabajar con gente de manera colaborativa implica un desafío enorme para cualquier persona, en especial para quienes son jefes.  Una de las principales funciones de cualquier directivo es hacer que un equipo de personas trabaje armónicamente y que además consiga su cometido. Es decir, ser competitivos sin dejar de ser humanos. Suena fácil en el papel, pero es sin duda un trabajo complejo en el que no todos tienen éxito. ¿Por qué?
     Lo que se espera de los jefes
     Las organizaciones de hoy esperan que sus jefes logren cosas extraordinarias con recursos ordinarios pero además que, en el intento, no se deshumanicen ni ellos ni los miembros de su equipo de trabajo. En las empresas se espera que sus directores y gerentes alcancen metas financieras que con frecuencia son excesivamente agresivas o difíciles de lograr. Pero además la exigencia es cada vez mayor: ahora no sólo se trata de hacer dinero sino de, por ejemplo, tener un buen ambiente de trabajo; hay que sacar la producción bien y a tiempo pero además hay que ser democráticos –no autoritarios-, hay que convencer, no vencer a los miembros de un equipo. Es decir, hay que llegar a la meta pero además hay que llegar con de una manera justa.
     Esto me parece definitivamente un reto maravilloso y noble. Es el gran reclamo de la sociedad hoy: empresas e instituciones altamente productivas e innovadoras que además hacen felices a todos sus empleados. Y ¿quiénes son los responsables de hacer que esto suceda? Pues fundamentalmente los jefes. ¿Quiénes se llevan por lo tanto la mayor presión? ¡Sí! Acertó, los jefes. Para eso les pagan, dirán algunos y –en efecto- uno de los papeles básicos de un directivo es manejar situaciones altamente estresantes por su complejidad y riesgo, pero no hay que perder de vista que todo ser humano tiene límites. 
     Me parece que hoy día los límites de lo humanamente exigible hacia los jefes se están rebasando con una frecuencia preocupante y, considerando todo lo que depende de las decisiones de los directivos, podríamos concluir que esto no es de ninguna manera positivo para la organización.
     Recomendaciones para los jefes
     Hay muchos libros escritos sobre gerencia y liderazgo. También hay muchos eventos con grandes conferencistas que, al igual que dichos libros, dan buenos consejos para líderes y jefes. Creo que todos ellos, sin ser exhaustivos ni absolutos, aportan. Las recomendaciones que a continuación escribo no son, por supuesto, una receta que curará todos los males de quien jefe es. Probablemente tampoco son los mejores ni todos los consejos que hay al respecto. Son más bien tips con sentido común que, a la luz de mi propia experiencia, pueden ser de gran utilidad.
Autoconocimiento
     Todo buen jefe sabe cuáles son sus fortalezas y debilidades, tanto en lo laboral como en lo personal. Pero además sigue buscando y descubriendo continuamente, es decir, no cesa de autodiagnosticarse para intencionalmente mejorar. Las virtudes y limitaciones de un líder no son estáticas. Éstas van evolucionando o involucionando con el paso de los años, por lo que se vuelve  necesario autodiagnosticarse continuamente para tener una foto actualizada de la persona y jefe que se es.
Escucha
     Antes de tomar decisiones, un buen jefe escucha, aprende de los demás para tener un mejor juicio de lo que está pasando. Ningún jefe tiene el monopolio de la razón, por lo tanto es sabio buscar aprendizaje en lo que el otro tiene que decir. Cuando se es directivo la gran tentación es sólo querer dar órdenes, es decir, hablar todo el tiempo sin escuchar. Oír activamente a los demás deja un mensaje positivo y, por lo tanto, puede conquistar voluntades más fácilmente.
Desapego
     No se puede dar gusto a todos, en algún momento las decisiones de un jefe acabarán por fastidiar a alguien, por lo que buscar el cien por ciento de aceptación de una decisión o idea es una tarea ilusa. El buen jefe reconoce esta limitación natural de su puesto y busca lo que es mejor para la encomienda que se la ha dado sin mortificarse demasiado por su propia popularidad. Es decir, tiene cierto desapego emocional de lo que puedan pensar o hacer aquellos que irán en contra de su criterio. Cabe señalar que desapego no es igual a negligencia.
Autocuidado
     Finalmente, el buen jefe es capaz de cuidarse a sí mismo, tanto física como psicológicamente. Darse un tiempo para hacer cosas que le gustan, estar con gente que le ame, comer bien, etc. Como ya vimos, es mucha la presión y, por lo tanto, es fundamental que un jefe sepa cuidarse para afrontar lo que viene de la mejor manera.
     Para terminar, me parece que un buen jefe no olvida aquello que Jesús preguntó a sus apóstoles hace dos mil años: ¿de qué le sirve al hombre ganarse al mundo si se pierde a sí mismo?






lunes, octubre 03, 2011

Guadalupe M., sí futuro

José Rafael de Regil Vélez, si quieres saber del autor, haz click aquí
Director de la Preparatoria Ibero Tlaxcala / Universidad Iberoamericana Puebla
Publicado en Síntesis, Tlaxcala, el 1 de octubre de 2011


“Rodrigo D, no futuro” fue la forma fílmica con la cual Víctor Gaviria, cineasta colombiano, expresó la visión que muchas mujeres y hombres tenían en 1990 de la absurda e impresionante violencia que se vivía en su natal país sudamericano.
     La producción retrata la cotidianidad de los barrios del nororiente de Medellín en una época en la cual los guerrilleros, los narcoterroristas, los militares, los paramilitares y los delincuentes comunes convivían con la ciudadanía colombiana en una especie de “cultura de la muerte”.
     Eran los días en los cuales los sicarios no rebasaban los 16 años de edad y mataban policías cuya cabeza, por el sólo hecho de ser policías, tenía un precio de dos mil dólares, fijado por los capos del narcotráfico; en los cuales era común que toda familia tuviera en su haber o un muerto caído violentamente o un desaparecido del cual, seguramente, no se sabría nunca más nada.
     La película –concursante en el festival de Cannes-, rodada con actores naturales, al final tiene una leyenda que dice: "Dedicada a la memoria de John Galvis, Jackson Gallegos, Leonardo Sánchez y Francisco Marín, actores que sucumbieron sin cumplir los 20 años, a la absurda violencia de Medellín, para que sus imágenes vivan por lo menos el término normal de una persona". Y es que los intérpretes fueron asesinados antes de poder exhibir la cinta al público. Rodrigo, el protagonista, cayó ultimado pocos días antes del festival francés.
     En ese contexto violento y mortal campeaban la desesperanza, la desilusión, la sensación del NO FUTURO.
     Hoy México vive momentos muy complicados. Hace no más de una semana hubo más de cuarenta ajusticiados que fueron tirados en las calles de Veracruz, Acapulco y amplias zonas de Guerrero parecieran ingobernables, han muerto presidente municipales, políticos, víctimas inocentes como las calcinadas en el Casino Royale, de Monterrey.
      Comienzan a surgir voces que parecen profetas del desencanto.
      Y ante ellas y la visión colectiva de incertidumbre que se genera conviene mirar con más detenimiento la realidad y darse cuenta de que persona como Guadalupe M. nos dicen que sí hay futuro.
      Ella, chica de clase media, común y corriente, al paso de sus estudios de bachillerato encontró que el desarrollo regional con sustentabilidad es una buena causa. Al finalizar la educación media se fue a trabajar un año a la mixteca poblana en promoción de proyectos populares, al tiempo que cursó estudios muy relacionados con sus inquietudes en Zautla, en la sierra norte del Estado de Puebla. Hoy estudia en la Universidad Autónoma de Chapingo, esforzándose por entender al agro y las posibilidades de nuestro país de otra manera.
     Como ella en toda ciudad hay personas interesadas en hacer de este país algo viable para la vida humana, esa que vale la pena, la que es digna, que se construye en la paz.
     Ante la tentación de sucumbir a la idea del no futuro que pareciera desprenderse de las imágenes y titulares de los medios de comunicación que nos impresionan con la violencia se impone la tarea de descubrir y comunicar a todo mundo que sí hay futuro, porque existen muchas cosas que estamos haciendo para que la muerte no tenga la última palabra.

Ciencia contra la Maldad

Autora: Celine Armenta datos del autor haz click aquí
Publicado: e-consulta, 26 de septiembre de 2011

     Si en la actualidad se gastan millones para investigar todo tipo de enfermedades, ¿por qué nadie se ha dedicado a indagar las raíces de la maldad humana, uno de los peores males que acosan a la humanidad? La maldad, la perversidad, la crueldad: ¿a qué se deben?, ¿tienen raíces genéticas? ¿Cómo se puede abordarlas desde la ciencia para comprenderlas primero y contenerlas, modificarlas  y hasta erradicarlas después? Estas preguntas son el pretexto y el tema del libro más reciente de Marcelino Cereijido. Y creo que urge responderlas precisamente ahora, cuando el actuar malévolo de un número creciente de seres humanos está implantando el reino del miedo y la desesperanza en muchos enclaves del país.
     Los profesionales de la educación  hemos dicho, casi unánimemente, que desde las aulas y las secretarías federal y estatales de educación hay mucho por hacer; porque mucho se puede lograr educando más, a más mexicanos y de mejor manera. Aquí y allá surgen y se fortalecen  la investigación y las estrategias de educación para la paz y  la convivencia; se crean programas de educación en valores, educación para la tolerancia, la democracia y la calidad de vida. Por su parte, el arzobispo católico de Puebla, señala que lo que se necesita es amor; y seguramente propondrá estrategias para ponerlo por obra.
     Pero lo que Cereijido propone va más allá de las aportaciones parciales de cada profesión. Su libro, publicado por Tusquets, invita a aplicar la ciencia, su visión y su método al problema de “los malos”.
     Cabe aclarar que la ciencia es mucho más que el ámbito profesional de los científicos. La visión científica de la realidad es patrimonio de todos los seres humanos de nuestro tiempo. Al menos en principio, las mujeres y los hombres de hoy día compartimos criterios científicos: si enfermamos solicitamos un diagnóstico científico, nos hacemos analizar con métodos científicos y usamos medicinas creadas por la ciencia. Y lo  mismo cabe decir de cómo saciamos nuestra hambre, cómo nos trasladamos de un lugar a otro y cómo nos comunicamos. Y salvo excepción,  incluso quienes afirman que la explicación última de la maldad es el karma, satanás o la permisividad divina, coinciden  en que la mirada científica es válida; y sus acciones, eficaces.  Pocos, muy pocos desdeñan el saber científico; por el contrario, día atrás día comprobamos que si miramos la realidad con las herramientas de la ciencia y la explicamos en sus términos, podemos domeñarla.
     Marcelino Cereijido seguramente no es el primero en abordar así el problema de “los malos”, o sea de quienes causan sufrimiento a sabiendas. Pero es el más reciente y su texto llega en el momento apropiado. ¡Hay que mirar al mal con inteligencia!
Imitando el desarrollo de otras ciencias, lo primero que nos propone el libro de Cereijido es una taxonomía con quince tipos de seres malos: desde los cotidianos, entre quienes se encuentran el profesor que castiga a sus estudiantes en silencio y de brazos cruzados durante todo el recreo, el policía que detiene varias horas al pobre heladero hasta que se evapora el hielo seco; y entonces lo deja ir; y los que incendian basureros en nuestra ciudad, arrancan las bocinas de los teléfonos y grafitean las fachadas recién pintadas.
     Otra es la maldad del maestro que humilla a algunos estudiantes; siempre a los mismos, frente a todo el grupo. Y la del padre que amenaza con sadismo creciente a su prole; amenazas imposibles pero no por ello menos terroríficas: “si no te comes la sopa, la caliento aún más y te la meto con una jeringa por las venas”.
     Los torturadores profesionales ocupan uno de los tipos más graves; ¿podría incluirse entre ellos a los tiernos preescolares que gozan quemando lombrices vivas,  y a los preadolescentes que torturan hasta la muerte a  gatitos huérfanos?
     Otra categoría agrupa a quienes cometen cognicidio, maldad que consiste en destruirle al ser humano la herramienta que nos ha salvado desde la prehistoria: el conocimiento. Una forma sutil y generalizada de esta maldad es el adoctrinamiento de los niños en la creencia de dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad.
     Por supuesto, un tipo especialmente  repugnante de maldad es el genocidio; y aquí se incluye a Hitler, a los dictadores de todo el planeta y a quienes ordenaron y a quienes ejecutaron las masacres de San Fernando y de Acteal.
     La maldad lastima más, mucho más que las catástrofes naturales y las enfermedades.  ¿Podrá la ciencia darnos luz para comprenderla?  ¿Se puede detectar de alguna manera antes de que eclosione?  ¿Está dentro de todos nosotros? ¿Existe alguna manera efectiva de frenarla?

Desafíos del emprendimiento y la educación asociativa en México

Autora: Rocío Barragán de la Parra
Publicado: e-consulta, 23 de septiembre de 2011

     La mutualidad, el respeto al medio ambiente, la solidaridad y la democracia participativa son valores de una organización que promueve la consecución del bien social en consonancia con la finalidad individual; esta filosofía empresarial no priva en los modelos comunes de gestión comercial, por ello los emprendedores sociales enfrentan varios desafíos.
     En los mercados domésticos e internacionales, la imagen y poder de acción del cooperativismo se desdibuja cuando las condiciones del micro y el macroentorno responden mayoritariamente a economías de escala y de mercado, donde por costumbre, que no por justeza, se privilegia el capital sobre el trabajo, la satisfacción económica de unos cuantos sobre el bienestar social y se privilegia a las minorías sobre el colectivo.
     Quienes deciden agremiarse en un esquema de organización social enfrentan varios desafíos:
     • Integrarse en un modelo de negocio medianamente difundido y a veces desprestigiado.
     • Lidiar con empresas del mercado gestionadas a través de un modelo capitalista que pueden representar un atroz competidor.
     • Inconsistencia y vacío legal en la conformación de la empresa, que puede repercutir en su funcionamiento.
     • Ausencia de cooperativistas profesionales que promuevan una cultura de desarrollo económico y social.
     • Incipiente cultura y conciencia del mercado para apoyar iniciativas de comercio sostenible y consumo responsable de organizaciones cooperativas.
     Una empresa de economía social debe considerar en su constitución financiera, empresarial y legal los siguientes aspectos:
     • Compromiso personal y social
     • La organización y profesionalización del trabajo
     • La propuesta de valor al cliente
     • El desarrollo de servicios y productos diferenciados en el mercado
     • Estándares de calidad en sus procesos
     • Vivir en cada una de sus acciones los valores cooperativos que la fundamentan
     La promoción de la Economía Social, su reglamentación y adecuación a la realidad de nuestro país es una tarea urgente y obligada para los legisladores; el gobierno tiene la enorme responsabilidad de activar la economía del país posibilitando a su vez el desarrollo social y la mejora de la calidad de vida, y las Universidades tienen a su vez un compromiso con la promoción de modelos de negocio asociativos.
     Una apremiante necesidad de la actividad económica del sector social encuentra respuesta en la educación, en el compromiso que las Universidades asumen en la formación de profesionales que respondan a los retos y realidades de su entorno y que posibiliten la creación de empleos, la reactivación de la economía y la mejora en la calidad de vida de los individuos.
     La educación es un espacio propicio para impulsar la formación de profesionales en la gestión de Economía Social, competentes en la implementación de modelos de negocio que privilegian el trabajo sobre el capital y el bienestar colectivo sobre el individual. Los profesionales de las áreas sociales y de negocios son especialistas en la gestión y desarrollo de actividades administrativas, financieras, económicas humanas, mercadológicas, comerciales y sociales; a través de estas disciplinas se construye la razón de ser de cualquier organización, se define su objeto social, su marco operativo y su pertinencia en el mercado, plasmados en la visión estratégica y filosofía empresarial de cada negocio.
      Es apremiante integrar en los programas de estudios universitarios perfiles, competencias y herramientas que coadyuven al desarrollo de profesionales en emprendimiento y cultura asociativa, que privilegien la producción y el intercambio de bienes, con visión empresarial, que maximicen los beneficios al tenor de reducir la brecha de la desigualdad social y que sus acciones se rijan en el fomento al equilibrio entre economía, ecología (medio ambiente) y sociedad, teniendo como eje de sus acciones la promoción del desarrollo humano.
     Que los educadores asuman la tarea comprometida y acuciante de formar profesionales solidarios, la creación de organizaciones sociales y con ello contribuir, en alguna medida, a la justicia y la equidad social.
     En México la educación cooperativista es escasa y a veces malentendida, la ley tiene vacíos jurídicos que pueden confundir, favorecer o desvirtuar su sentido, por ello la urgencia de fortalecer a través de la educación, la formación de profesionales inquietos por incursionar en la consultoría o emprendimiento social y sensibles al desarrollo económico y social de nuestro país.

Corrupción y violencia en nuestras escuelas

Autora: Luz del Carmen Montes Pacheco
Publicado: La Primera de Puebla,  28 de septiembre 2011

     En nuestro país hay una lucha encarnizada contra el crimen organizado, se proclama internacionalmente un gran avance en materia de la transparencia y lucha contra la corrupción. Hay campañas nacionales contra la violencia hacia la mujer y los niños,  contra la violencia en las familias.
     ¿Por qué este tipo de políticas, programas y estrategias no llegan a nuestras escuelas?
La violencia en las escuelas no solo consiste en el acoso sistemático y prolongado de uno o varios estudiantes en contra de un compañero o compañera, acompañado de silencio o complicidad de otros estudiantes.
     Hay otras formas de violencia, de corrupción y de crimen organizado que no se están combatiendo.
     Hay crimen organizado en muchas escuelas. Cuando las autoridades piden a los directores y profesores que no reprueben a los estudiantes para no afectar las cifras nacionales. Cuando estudiantes universitarios, después de haber aprobado ocho o nueve semestres de una licenciatura, reprueban el examen general de egreso ceneval. Cuando se contrata a profesores o se permite que se herede una plaza magisterial, sin que haya preparación pedagógica o interés en la labor educativa.
     No hay transparencia cuando los profesores asignan una calificación ficticia para simular que el estudiante pasa los exámenes, cuando los profesores solo preparan por semanas enteras a sus estudiantes para pasar las pruebas estandarizadas, cuando los profesores permiten el uso indiscriminado y excesivo de teléfonos celulares y de computadoras para tareas que no son académicas y muchos menos formativas.
     Hay corrupción cuando los estudiantes, después de hacer poco o casi nada de actividades académicas, negocian con los profesores para que no los reprueben o para que les suban las notas.
     Hay violencia escolar cuando un profesor acepta que un estudiante entregue cualquier cosa que no es lo que pidió como tarea y asigna una calificación aprobatoria, cuando un estudiante responde otra cosa a lo que se le preguntó y le agradece su aportación, y cuando permite que todo el grupo aplauda un mal trabajo que presenta un equipo de sus compañeros.
     No hay que olvidar que además se fomenta el plagio pues se aceptan todo tipo de copias de tareas que están en internet (o en libros) sin citar la fuente de la que se extrajo la información.
     Es un acto de violencia ignorar que los estudiantes de secundaria o preparatoria no saben sumar, dividir o multiplicar fracciones, y no saben acentuar ni decodificar lo que leen, ya no digamos comprenderlo.
     ¿En dónde están la tan citada calidad educativa? ¿En dónde queda el aprendizaje auténtico y el interés porque los estudiantes aprendan conocimientos y desarrollen habilidades y actitudes positivas para su formación? ¿No son igual de importantes los hábitos de estudio que los hábitos para alimentarse bien?
     ¿Cómo es posible que se proclame por los derechos humanos y se construya una sociedad más justa si no se denuncian las prácticas corruptas en las escuelas?
Hace unas cuantas semanas, en la segunda sesión de la Cátedra Pablo Latapí Sarre organizada por las Universidades Jesuitas en México, el Dr. Bernardo Toro, académico de la Universidad Javeriana de Colombia, hablaba de que un bien público, es un bien con la misma calidad para toda la sociedad, ricos y pobres. Si queremos que la educación sea un bien público en México, todos debemos trabajar para que haya la misma calidad en todas las escuelas, funcionen con fondos públicos o privados, en todos los niveles educativos.
     Si continuamos aceptando la simulación, la corrupción y la violencia en nuestras escuelas, no solo seremos un país de reprobados, el número de ciudadanos ignorantes y corruptos aumentará y todos seremos culpables.
     Padres, madres, profesoras, directores, rectores, presidentes y estudiantes debemos luchar, desde la trinchera en la que nos hemos colocado, con las armas que tenemos  a nuestro alcance, para que la educación sea formación y no solo información, para que haya transparencia en nuestras prácticas; para que se cultive la honestidad, la responsabilidad, la verdad, el amor, la belleza, la justicia, los valores inherentes al ser humano.


A propósito del 11-S

Autor: Rubén Hernández Herrera
Publicado: el Lado B, 20 de septiembre de 2011

     El filósofo estadounidense de origen español, Georges Santayana se hizo célebre por acuñar la expresión “Aquellos que no recuerdan su pasado, están condenados a repetirlo”, y esta la emitió por el horror que le causaba el holocausto que muchas víctimas de diversas nacionalidades padecieron a manos de la locura nazi. Particularmente se cuenta que fue expresada en una visita al campo de concentración de Auschwitz. Y tal consigna en Occidente la hemos aceptado como un principio axiomático que por ser tan evidente no admite ser cuestionada. Pero, ¿cómo se debe recordar el pasado?, ¿memorando la bestialidad, el horror de la estupidez humana tal cual fue, con todos sus detalles, o tomando consciencia de que los sueños de la razón producen monstruos, como lo dejó plasmado en su célebre aguafuerte el gran Goya? Todo este preámbulo viene a cuento por el recién aniversario del atentado contra las torres gemelas conocido como el 11-S. Todos los noticiarios de Estados Unidos y los del mundo que los siguen, y muy particularmente los canales destinados a la difusión de temas culturales o históricos como Discovery Channel, History Channel y National Geographic, nos recordaron los acontecimientos de esos días haciendo gala de imágenes terroríficas, sin hacer la mínima concesión al espectador.
     El show mediático del 2001 uno se repitió diez años después, pero corregido y aumentado con imágenes inéditas. Ahora bien, ¿cuál es la intención de tan dantesco espectáculo? En tales medios insistían que ese día el mundo cambió, que la historia de la humanidad es otra a partir de ese día. Cuando el tiempo haya tomado la suficiente distancia que permita valorar tal afirmación serán los análisis de los historiadores los que nos indicarán sobre su trascendencia, es decir, si realmente es un auténtico hito en la historia, o tan solo una anécdota sangrienta de principios de siglo. Los medios de comunicación son muy proclives a manipular con enorme facilidad el sentido de la historia, haciendo de lo trivial un acontecimiento de gran magnitud, que con el paso del tiempo se diluye sin que realmente haya modificado o alterado radicalmente ni la vida del país afectado y mucho menos la del resto de la humanidad.
     Pero en tanto esperamos el juicio ineludible de la historia con mayúsculas, ¿por qué se nos vende un acontecimiento, ciertamente doloroso y criminal, como el 11-S como si fuera el acontecimiento más trascendente de lo que va del siglo, no solo de los Estados Unidos, sino de toda la humanidad?, ¿qué intencionalidad es la que se oculta, qué intereses se esconden?, ¿por qué no se dejan cicatrizar las heridas y se promueve que el dolor se reproduzca una y otra vez? Si de recordar se tratara, también se deberían de recordar las numerosas víctimas que Irak, Afganistán, o Paquistán han tenido como consecuencia de la invasión de las fuerzas imperiales legitimadas por las muertes del 11-S.
     Estado Unidos nunca ha querido empañar su imagen internacional invadiendo a quien se le antoje expresando sus auténticas intenciones que no son otras que hacerse con los bienes de una nación. Tal como sucede con conocidos personajes cinematográficos, por ejemplo, Rambo (Silvester Stalone) o John McClane (Bruce Willis), antes de convertirse en máquinas de matar y cometer toda serie de atrocidades, se les presenta como ciudadanos relativamente tranquilos, respetuosos de la ley, pero que al ser violentados por los malos, atentando contra su dignidad, o masacrando a sus seres queridos, encuentran la legitimación de ser peores que los asesinos con los que se enfrentan, teniendo como plus la complacencia de los espectadores que gozan con la legítima venganza de tales personajes. Pues bien, esta es la misma lógica que Estados Unidos utiliza en sus invasiones. Primero se hacen las víctimas y después atacan ferozmente, por ejemplo: el hundimiento del Main que dio origen a la guerra hispano estadounidense, Pear Harbor, o el 11-S, por citar los más conocidos. ¿Por qué no cerrar las heridas y seguir rascándose las cicatrices? ¿Estados Unidos quiere justicia o venganza, o quiere dejar abiertas las heridas para legitimar una nueva invasión? Si algo ha dejado el espectáculo mediático del 11-S para ser recordado por la humanidad es la institucionalización del miedo.
     Enrique Gil Calvo en una de sus obras parafrasea la famosa frase de Marshall McLuhan, que decía el “Medio es el mensaje”, titulándola: “El miedo es el mensaje”. El miedo es el que se quiere institucionalizar para aterrar a la sociedad y a través de él impedir principios de reconciliación, perdón o construcción de una sociedad en principios de no violencia, como recientemente el Dalai Lama ha recordado una y otra vez. La violencia crea más violencia y además la legitima. Sin duda, en muchos casos la recreación de las imágenes del 11-S generan deseos de venganza, que no de justicia, tanto en las víctimas, como en los espectadores.

Educación y crisis moral.

Educación y crisis moral.
Autor: Martín López Calva
Publicado: Puebla on line, 28 de septiembre de 2011

“El hecho inevitable es que estamos continuamente
haciendo juicios de valor, o sea, conociendo valores
 y viviendo nuestras vidas sobre las bases de estos
 valores. Distinguimos entre buenas y malas escuelas,
 buenas y malas políticas, políticos honestos y deshonestos,
 buenas y malas acciones. Funcionamos en sociedad
 con base en estos valores…”[1]
(Cronin, 2006; p. 5)

     Desde hace algunas semanas varios analistas de la realidad nacional han dedicado sus columnas periodísticas al tema de la crisis moral que subyace a la situación de violencia que está apoderándose de gran parte de nuestro país.
    El tema es polémico puesto que el hablar de moral parece para algunos –con visión científica positivista- cuestión de simple “literatura” y para otros –con perspectiva sociológica de izquierda- puede convertirse en una manera de justificar el estado de cosas y relevar de su responsabilidad a las autoridades encargadas de proporcionarnos seguridad.
     Sin embargo considero necesario que los ciudadanos y los actores de la educación reflexionemos sobre esta dimensión de la realidad en que vivimos, porque me parece que es la raíz más profunda y difícil de revertir de esta espiral de muerte que azota al país de manera creciente.
     Porque como afirma la cita que aparece al inicio de este artículo, es un hecho inevitable que los seres humanos hacemos juicios de valor y esto implica que conocemos ciertos valores y vivimos conforme a ellos nuestra existencia individual y social.
            “…Distinguimos entre entre buenas y malas acciones…” menciona la cita y el problema en que estamos involucrados los mexicanos de esta segunda década del siglo XXI tiene que ver con que nuestra sociedad parece estar perdiendo la capacidad de distinguir estas cuestiones que son fundamentales para vivir una vida y construir una sociedad que puedan calificarse como humanas.
     En efecto, si bien resulta innegable que en la situación actual, la violencia y el crimen tienen que ver con acciones particulares de individuos  que podríamos considerar como “malas personas”, es evidente que  no puede explicarse únicamente desde esta perspectiva particular o estadística.
     También es cierto que la situación actual que vive México tiene que ver con una severa crisis institucional que ha deformado las dinámicas de interacción social, las estructuras policíacas, el sistema de justicia, la forma de legislar y aplicar las leyes, las políticas públicas y su forma de operar y todo el sistema social en el que predominan la impunidad, la corrupción y los intereses particulares y de grupo o partido por encima del bienestar de la sociedad.
      Esta crisis institucional es una explicación más amplia y pertinente pero no agota los elementos o niveles de análisis para comprender en toda su complejidad la situación que estamos viviendo.
      Es necesario también caer en la cuenta de que como afirma el intelectual francés Edgar Morin entre muchos otros autores, estamos viviendo además de una crisis institucional una profunda crisis moral que exige una reforma ética de largo aliento.
     Esto no significa que como dicen algunos, “se hayan perdido los valores”, porque los valores no están en la realidad externa, no son algo que podamos perder y “recuperar” o “rescatar” del pasado o de algún lugar misterioso en el que están depositados. Los valores se construyen en las interacciones que realizamos con el mundo natural, con los objetos construidos, con los demás seres humanos, con la sociedad toda y con la especie humana a partir de los juicios de valor que hacemos.
     Hay muchos signos de que estas interacciones se han distorsionado y de que nuestra sociedad ha perdido la capacidad de distinguir entre “buenas y malas acciones…”  pues incluso empieza a percibir como “natural” o lógica la resolución violenta –verbal o física- de los conflictos y diferencias.
     El sistema educativo tendría que asumir su responsabilidad en esta crisis moral y empezar a establecer políticas que comiencen a crear una nueva conciencia moral en los estudiantes. Una conciencia capaz de distinguir entre “lo humano y lo inhumano” en nuestro contexto de cambio de época, una conciencia capacitada para hacer buenos juicios de valor que resuelvan las diferencias a través del diálogo y el respecto activo. Una conciencia capaz de conmoverse con el sufrimiento que genera la violencia y de manifestarse pacíficamente a favor de la paz.
     Solamente así podremos reformar las instituciones y lograr que la crisis estructural que reproduce la violencia pueda ser revertida.








[1] Traducción libre de un fragmento del libro: Value Ethics de Brian Cronin (página 5).