domingo, marzo 31, 2013

Viejos y vigentes significados: la Pascua


Autor: José Rafael de Regil Vélez ,  Publicado en Síntesis Tlaxcala el 29 de marzo de 2013

Para Juan García y su equipo, por las ganas que tienen de compartir vida
Cuando los humanos tenemos experiencias profundas, significativas, llenas de sentido, de esas que mueven la mente y el corazón y orientan nuestras acciones, solemos transmitirlas a las siguientes generaciones. Si sucede que a estas también les parece que son importantes y trascendentes las trasmiten a sus sucesores.
 Si lo experienciado tiene que ver con cosas trascendentes que nos religan, que nos unen a lo que consideramos Dios, las religiones aparecen como grandes vehículos que institucionalizan las cosas para garantizar que sean replicadas en distintos tiempos y lugares.
Estructuran un conjunto de explicaciones que pueden ser contadas en diversos tiempos y lugares; instrumentan una serie de preceptos para vivir conforme al espíritu de aquellas experiencias originarias y articulan una serie de ritos y ceremonias que hacen que en la repetición cultual las cosas queden a disposición de otros. Hoy, como hace miles de años, los judíos celebran la Pascua reunidos en familia, recordando cosas antiguas, los cristianos hacen ritos bautismales y los musulmanes saludan a la meca.
 El problema viene cuando esas experiencias originarias, originantes se van revistiendo de símbolos, de ritos y al paso del tiempo las personas empiezan a no entender fácilmente de qué se trata todo eso. Así puede pasar las celebraciones de la semana santa, llenas de símbolos, de gestos, de textos sagrados.
 Para evitar la repetición insensata de acciones que no dicen nada, vale la pena volver los ojos hasta los tiempos en que Jesús de Nazareth deambulaba por los caminos del Medio Oriente y predicaba algo que él había encontrado muy, muy valioso: que sí hay respuesta para las cosas deshumanizantes que entristecen nuestros corazones, como el odio, la violencia insensata, la exclusión, la preminencia teleológica de cualquier otra cosa que no sean las personas, el robo, el ocultamiento de la verdad.
 En sus tiempos como los nuestros la muerte insensata provoca indignación, tristeza y dolor; el despojo de lo trabajado, también. Y cuando esto se da en niveles macro la impotencia es tal que nos sentimos desbordados, expectantes por algo que pueda revertir las cosas y este mundo sea viable humanamente hablando.
 Jesús vio con claridad que el sentirse querido profundamente por Dios, más allá de cualquier querer inmediato y compartir la vida en la fraternidad son dos cosas que no fallan para construir alternativas de vida humana digna.
En esto se encuentran cosas importantes para vivir como la compasión, la inclusión, la misericordia, la verdad, la justicia, la creatividad, la libertad y se tiene el dinamismo para comprometerse como lo hicieron Benito de Nursia, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Teresa de Calcuta, Vasco de Quiroga, Bartolomé de las Casas y muchas mujeres y hombres que entregaron lo que eran, lo que tenían lo que sabían a la causa del ser humano, que es la misma causa de su padre-madre Dios y que se concreta en la fraternidad que busca la vida humana justa y digna.
 El empeño de aquel nazareno por la vida humana digna fue tan serio y valió tanto la pena que un mensaje quedó grabado en los corazones de muchísimas personas. A pesar de que haya situaciones tan difíciles que parecieran de muerte, esta no tiene jamás la última palabra sino la de la vida…. La muerte no triunfa, la vida sale victoriosa en el amor, la fraternidad, la promoción de los otros y de uno mismo. Y esto porque hay un amor muy grande que sobre pasa todas nuestras limitaciones e incluso todas nuestras malas disposiciones; un amor divino.
 Quien se ha descubierto amado enormemente, invitado y acogido en la fraternidad que busca la justicia, quien experimente el compromiso de los valores humanizantes que polarizaron todas las energías con las que vivió Jesús, tiene fe en que el mundo puede ser más como Dios quiere, tiene esperanzan en que la apuesta por un futuro en el que se viva como hijos de Dios es algo que vale la pena; se compromete amorosamente en crear mejores condiciones de vida humana digna. Fe, Esperanza y Amor, virtudes que orientan una vida comprometida en la causa de la Vida.
 Los días jueves y viernes santos, el domingo de resurrección portan esta antiquísima experiencia y son días para mirar la propia vida, descubrir cuándo nos hemos sentidos cercados por situaciones de muerte y por oscuro que pareciera el panorama la vida emergió una y otra vez triunfante. Son tiempo propicio para zambullirnos en lo humano, en lo que humaniza y también en lo que trasciende. La experiencia que subyace a los días santos nos llama a sentirnos agraciados, agradecidos e invitados a no bajar la guardia, porque el mundo que vivimos requiere urgentemente una reingeniería humanizante y saber que la vida triunfa sobre la muerte es un motor garantizado para que algo bueno en ello sí suceda

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