lunes, noviembre 14, 2011

Más incomodidad, por favor


Autora: Celine Armenta, datos del autor haz klic aquí
Publicado: e-consulta, 08 de noviembre de 2011.


     La familiaridad excesiva suele tener malas consecuencias. León Felipe, el poeta, prevenía contra algunas de ellas: “Que no se acostumbre el pie/a pisar el mismo suelo,/ ni el tablado de la farsa,/ ni la losa de los templos,/para que nunca recemos/ como el sacristán los rezos,/ ni como el cómico viejo/ digamos los versos/… - No sabiendo los oficios/los haremos con respeto-./ Para enterrar a los muertos/ como debemos/ cualquiera sirve, cualquiera.../ menos un sepulturero”.
Por su parte, el paleontólogo más popular de fines del siglo pasado, Stephen Jay Gould, recordaba que, según Esopo, entre los  riesgos de la familiaridad está el desprecio y, según el humorista Mark Twain, la consecuencia más grave  son los chamaquitos, o sea la prole.
     Gould destaca un discurso que Shakespeare pone en boca de Polonio, quien aconseja a Laertes que busque amigos seguros y fieles; y tras hallarlos “los agarre a su alma con anillas de acero”. El problema es que estas anillas no se sueltan fácilmente; y esto es precisamente lo que sucede, según el mismo Gould, con lo cómodamente familiar: nos atenaza el alma y se convierte en prisión del pensamiento.
     La familiaridad cancela el asombro y cría aburrimiento. Los grilletes de la familiaridad cancelan también el pensamiento crítico, el escepticismo y la creatividad. La cómoda familiaridad pasma, inmoviliza; limita nuestra percepción a lo que miramos desde nuestra vieja poltrona sin voltear siquiera la cabeza. Y  le damos carácter de verdad a eso poquito que vemos día tras día; idéntico a lo que nos dijeron los mayores, a lo que fue útil en otras épocas.
     Ingersoll, gran agnóstico del siglo diecinueve, advirtió que a medida que los pueblos crecen en inteligencia valoran menos a los predicadores, y más a los profesores. Quienes tranquilizan o adormecen conciencias aduciendo que poseen la verdad,  resultan obsoletos, ingenuos e irrisorios en tiempos de inteligencia. En cambio, los exploradores de brechas en las selvas de lo desconocido, los formadores de criterio y promotores de la curiosidad, se vuelven imprescindibles. En consecuencia, los pueblos y las personas inteligentes valoran menos y menos los libros de autoayuda con sus recetas para la felicidad y en cambio disfrutan la incomodidad que nace de la literatura audaz y los libros de divulgación científica.
     Lo cierto es que, entre la falta de profesores y el exceso de predicadores; las anillas de acero con que se agarran al alma las ideas anacrónicas e inoperantes; y la insensibilidad nacida de la familiaridad, nos movemos en zonas de percepción tan increíblemente cómodas como estrechas e inútiles para siquiera apreciar la magnitud de los problemas que nos incumben.
     Esta conjunción de sinsentidos son mi única explicación para que, teniendo como marco el  nacimiento del coetáneo número siete mil millones y los dramas sociales y naturales que apiñan cadáveres en nuestras pantallas, alguien proponga en Puebla cambiar las penas corporales dispuestas hoy para las mujeres que interrumpan su embarazo, por la aún más inexpugnable cárcel del diagnóstico dizque científico. Proponen pasar a estas mujeres, de criminales, a enfermas psiquiátricas: discapacitadas mentales o dementes. Y hacerlas pagar una multa considerable, lo cual es aberrante. ¿Multan a la paciente o la curan?
     Y las fracciones parlamentarias, en vez de ponerse a derogar la aberrante ley Bailleres, discuten si apoyan o critican la propuesta. ¿De veras no se dan cuenta de que estamos en el siglo veintiuno? ¿No han abierto los ojos para descubrir que hay mucho conocimiento, sólido y comprobable, para sustituir la creencia cómoda, por vieja y familiar, de que los cigotos tienen derechos iguales a los de la mujer gestante? ¿No han visto la diversidad? ¿No han sido alfabetizados en laicismo y pluralidad?
     Parece que no sienten el cataclismo intelectual creado y sostenido por el feminismo; y que reprobaron las clases de biología, de filosofía, de razonamiento lógico; y hasta las de sentido común. Y que además no ven lo que sus ojos les dicen, lo que sus oídos les gritan, lo que les golpea la experiencia cotidiana. Solo ven lo que creen.
     Necesitamos profesores, no más predicadores, para ayudarnos a romper nuestra zona de comodidad y entender nuestro mundo. Los necesitamos en las escuelas y en los medios; y los necesitan desesperadamente los gobernantes, los legisladores, los jueces.
¡Profesores del mundo, uníos! Y que las señoras y señores predicadores se tomen un descanso, por los siglos de los siglos; amén.

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